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EL TRIBUNAL DE CRISTO O EL JUICIO DEL GRAN TRONO BLANCO


Romanos 14:10-12 dice: “Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo..... De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí”. 

2 Corintios 5:10 nos dice: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo”. 

En el contexto de ambas Escrituras, está claro que se refieren a cristianos, no incrédulos. EL TRIBUNAL DE CRISTO, por lo tanto, involucra a creyentes que dan cuenta de sus vidas a Cristo. Pablo lo describe de esta manera:

“Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego” (1 Co. 3:10-15).

Sí, como dicen las Escrituras, tendremos que dar cuenta de nuestras vidas y de nuestra(s) obra(s): lo que sobreedificamos sobre el fundamento que es Cristo durante esta vida. El “fuego” revelará la calidad de nuestra obra, que puede ser hecha con madera, heno, hojarasca; o con oro, plata y/o piedras preciosas. “Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego”. 

En el tribunal de Cristo, los creyentes seremos recompensados o no en base a cuán fielmente servimos a Cristo en esta vida (1 Co. 9:24-27; 2 Ti. 2:5). Las cosas por las que seremos juzgados serán, entre muchas otras: qué tan bien obedecimos a la Gran Comisión (Mt. 28:18-20), qué tan victoriosos fuimos sobre el pecado (Ro. 6:1-4), qué tanto controlamos nuestra lengua (Stg. 3:1-9). La Biblia habla de creyentes recibiendo coronas por diferentes cosas, basadas en cuán fielmente servimos al Señor (1 Co. 9:24-27; 2 Ti. 2:5). Las diferentes coronas son descritas en 2 Timoteo 2:5; 2 Timoteo 4:8; Santiago 1:12; 1 Pedro 5:4 y Apocalipsis 2:10. 

Santiago 1:12 es un buen resumen de cómo debemos pensar acerca del tribunal de Cristo, “Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman”.

EL JUICIO DEL GRAN TRONO BLANCO se describe en Apocalipsis 20:11-15, y es el juicio final antes de que los perdidos sean echados al lago de fuego. Sabemos por Apocalipsis 20:7-15 que este juicio tendrá lugar después del milenio y después de que Satanás, la bestia, y el falso profeta sean lanzados al lago de fuego (Ap. 20:7-10). Los libros que son abiertos (Ap. 20:12) contienen registros de las acciones de todos, tanto si son buenas como malas, porque Dios conoce cada cosa que uno ha dicho, hecho, o aún pensado (Sal. 28:4; Sal. 62:12; Ro. 2:6; Ap. 2:23; 18:6; 22:12).

Al mismo tiempo también se abrirá otro libro que es el “libro de la vida” (Ap. 20:12). Es este el libro que determina si una persona heredará la vida eterna con Dios, o recibirá el castigo eterno en el lago de fuego. Sabemos por la Escritura que es en este juicio donde Jesús juzgará a “los muertos de acuerdo a sus obras” (Ap. 20:12) y que todos aquellos “cuyos nombres no se encuentren inscritos en el libro de la vida” serán echados al lago de fuego (Ap. 20:15).

El hecho de que habrá un juicio final para todos los hombres, tanto creyentes como no creyentes, es claramente confirmado en muchos pasajes de la Escritura. Cada persona comparecerá un día ante Cristo para ser juzgada por sus obras.

Las Escrituras revelan tres diferentes juicios por venir. El primero es el juicio de las “ovejas y los cabritos”, o el “juicio de las naciones” como es visto en Mateo 25:31-36. Este juicio tendrá lugar después de la gran tribulación (Mt. 24:21,29), pero antes del milenio y es para determinar quién entrará en el reino milenial. El segundo es el juicio de las obras de los creyentes que ya vimos arriba, frecuentemente referido como el “tribunal de Cristo” (2 Co. 5:10), tiempo durante el cual, los cristianos recibiremos grados de recompensa por nuestras obras o servicio a Dios. El tercero es el juicio del “gran trono blanco” al final del milenio (Ap. 20:11-15), que es el juicio de los incrédulos en el cual ellos serán juzgados de acuerdo a sus obras y sentenciados al castigo eterno en el lago de fuego.

Es importante nunca perder de vista tres hechos importantes concernientes a los juicios venideros. 

(1) Que el Señor Jesucristo será el juez (Hch. 10:42;17:31). 

(2) Que los incrédulos serán juzgados por Cristo, y que ellos serán castigados de acuerdo a sus obras. La Biblia es muy clara en que el incrédulo está acumulando “ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Ro. 2:5), y que Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras” (Ro. 2:6). 

(3) Que los creyentes también seremos juzgados por Cristo para poner en evidencia la calidad de nuestra obra en esta vida (1 Co. 3:10-15). Romanos 14:10-12 es muy claro en cuanto a que “todos compareceremos ante el tribunal de Cristo” y que “cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí”.

En relación a estos dos juicios, muchos creyentes creen que tienen asegurada su comparencencia al Tribunal de Cristo porque alguna vez “aceptaron al Señor Jesucristo como su salvador” y que por lo tanto JAMÁS se presentarán al Juicio del Gran Trono Blanco (porque al aceptar al Señor sus nombres fueron inscritos en el libro de la vida). Si el alguna vez haber “aceptado al Señor Jesucristo como salvador” es seguridad irrefutable de que el problema de la salvación ya está resuelto, entonces por qué el Señor Jesús nos dice esto a todos los creyentes:

1) “Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido... Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios” (Ap. 2:4-5,7).

2) “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte” (Ap. 2:10-11).

3) “Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe” (Ap. 2:17).

4) “Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro, y serán quebradas como vaso de alfarero; como yo también la he recibido de mi Padre; y le daré la estrella de la mañana” (Ap. 2:26-28).

5) “El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles” (Ap. 3:5).

6) “Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra. He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona. Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo” (Ap. 3:10-12).

7) “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca...He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Ap. 3:15-16, 20-21).

8) “Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro” (Ap. 22:19).

9) “El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo” (Ap. 21:7).

En el primer pasaje citado, el Señor le dice al creyente de la iglesia de Éfeso que si no se arrepiente por haber dejado su “primer amor”, Él quitará su candelero del lugar en el que está. ¿Qué significa esto? Además le promete, si vence, que podrá disfrutar del árbol de la vida que está en medio del paraíso. ¿Qué pasará si no vence?

En el segundo pasaje citado, el Señor le ordena al creyente de la iglesia de Esmirna que sea “fiel hasta la muerte”, y que si venciere, “no sufrirá daño de la segunda muerte” (Ap. 2:10-11). ¿Qué le sucederá si no es fiel hasta la muerte, si no vence?

En el tecer pasaje citado, sólo el que venciere recibirá la vida eterna simbolizada por “una piedrecita blanca, y un nombre nuevo”. ¿Qué le sucederá si no vence?

En el cuarto pasaje, sólo el que venza recibirá “la estrella de la mañana” (un símbolo del Señor Jesús mismo) y autoridad para reinar. ¿Puede alguien tener vida eterna sin “la estrella de la mañana”?

En el quinto pasaje, el Señor no puede ser más claro: “El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles” (Ap. 3:5). El que no venciere no será vestido de vestiduras blancas, su nombre será borrado del libro de la vida, y el Señor no confesará su nombre delante del Padre, ni delante de sus ángeles.

En el sexto pasaje, si el creyente no retiene lo que tiene, otro tomará su corona, y el Señor no lo hará columna en el templo de Dios, ni permanecerá para siempre allí, ni escribirá sobre él el nombre de Dios, y el nombre de la ciudad de Dios.

En el séptimo pasaje, por cuanto el creyente es tibio, y no frío ni caliente, el Señor lo vomitará de su boca. Le quitará su lugar en el cuerpo de Cristo.

El octavo pasaje es inequívoco: “Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro” (Ap. 22:19). Nótese que para que Dios quite tu parte del libro de la vida, tu parte tiene que estar allí en primer lugar.

Si sólo “el que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo” (Ap. 21:7), ¿qué le pasará al que no venciere?

¿Todavía estás seguro de que te presentarás ante el Tribunal de Cristo, y de que no corres ningún riesgo de hacerlo ante el Juicio del Gran Trono Blanco? 

Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto. Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron.  Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil. Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglosAsí que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar (1 Co. 10:1-13).

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