“Hay generación cuyos dientes son espadas, y sus muelas cuchillos, Para devorar a los pobres de la tierra, y a los menesterosos de entre los hombres” (Pr 30:14).
El profeta Agur te enseña sabiduría inspirada mediante la descripción de cuatro generaciones o clases de personas (Pr 30:11-31).
Esta cuarta generación esta compuesta por personas opresivas y crueles en palabra y obra, especialmente contra los indefensos, los pobres y los débiles. Estas personas, críticas y condenables, son egoístas, despiadadas y violentas. Como no tienen compasión natural por los que están debajo o cerca de ellas, pueden ascender a posiciones de influencia o poder corrompiendo o destruyendo a quienes se interponen en su camino.
Considera a Caín y Abel. ¿Cómo pudo Caín matar a su hermano simplemente por hacer lo correcto? ¿Especialmente después de que Dios le dijo cuán fácilmente él también podría ser aceptado? ¿Cómo pudo Caín hablar casualmente del asesinato de su hermano, incluso cuando Dios mismo le pidió explicaciones? Era un hijo del diablo (1 Jn 3:12), y tú muestras el mismo espíritu diabólico de asesinato cuando te enojas sin causa justa contra tu hermano (Mt 5:21-26).
Es fácil dirigir el proverbio a los gobernantes o asesinos de la historia. Pero Agur dirige su sabiduría más cerca: al hogar, donde puede ocurrir el aborto de un bebé no deseado, el abuso hacia una empleada, el adulterio contra el cónyuge, el aplastamiento del espíritu de un hijo, el negarle limosna a un mendigo que toca a tu puerta, el pagar menos o cobrar más en una transacción doméstica, el ignorar cruelmente la necesidad de compañía de una persona de la tercera edad.
David sufrió ante personas así durante toda su vida: Saúl, Mical, Doeg, Absalón y otros. Incluso su propio sobrino Joab tenía un cruel espíritu de venganza que le causó a David mucho dolor en varias ocasiones. Escribió sobre su situación con tales personas en los Salmos:
“Mi vida [lit., alma] está entre leones; Estoy echado entre hijos de hombres que vomitan llamas; Sus dientes son lanzas y saetas, Y su lengua espada aguda” (Sal 57:4).
El Hijo de David, el Señor Jesús, tuvo que soportar un trato cruel y odioso por parte de Su generación hasta que lo crucificaron, aunque Él sólo había hecho entre ellos buenas obras: salvar, sanar, echar fuera demonios, y resucitar muertos. Dentro de su propio grupo de apóstoles hubo un ladrón sin corazón, que robaba a los pobres y traicionó a su Señor, Maestro y Amigo por unas míseras treinta piezas de plata: el precio de un esclavo (Ex 21:32; Zac 11:12-13; Mt 26:15; Mt 27:8-10).
Los impíos mencionados cumplieron este proverbio mejor que nadie.
Los verdaderos creyentes son misericordiosos (Mt 5:7). De hecho, aman la misericordia (Miq 6:8). Salomón enseña en otra parte que los justos son misericordiosos incluso con los animales (Pr 12:10). Pero las personas de este proverbio son crueles cuando deben mostrar misericordia.
“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Stg 1:27; Gl 2:10).
Los justos, en vez de evitar a los menos afortunados, los buscan para bendecirlos y confortarlos.
Es el deber de todo padre enseñarle a su hijo ser misericordioso, para que no se convierta en parte de la generación egoísta condenada aquí. Dado que la mayoría se suelta el pelo en el hogar, este es un gran lugar para enseñar la compasión y la misericordia que el Señor nos demanda en todos nuestros tratos. Las rivalidades entre hermanos, la paternidad opresiva, las respuestas irreverentes de los hijos, y otros problemas familiares deben corregirse antes de que un hogar se vuelva disfuncional y forme un monstruo que justifique la crueldad de cualquier tipo.
En contraste con esta generación malvada descrita por Agur, tú puedes echar toda tu ansiedad sobre el Señor, porque Él cuida de aquellos que ponen su confianza en Él (1 P 5:7). Aunque tu padre y tu madre te abandonen, lo cual es antinatural, el Señor no lo hará (Sal 27:10). Su misericordia es eterna, y puedes confiar en Él incluso para el perdón de los pecados más atroces. Aunque tiene poder para condenar y castigar con el infierno eterno, perdonará a cualquiera que se arrepienta sinceramente y confiese sus pecados ante Él (1 Jn 1:9).
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