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Saturday, August 1, 2026

PALABRAS OCIOSAS




Sin duda, las palabras son poderosas. Las palabras de Dios eran tan poderosas que lo crearon todo (Génesis 1). Pero incluso nuestras palabras pueden hacer cosas poderosas. Proverbios dice:

“La muerte y la vida están en poder de la lengua” (Pr 18:21)

El poder de la vida y de la muerte puede verse en los juicios con jurado, donde los testigos y los miembros del jurado pueden pronunciar palabras que podrían determinar literalmente si un acusado vive o muere. Menos extremo, pero no menos real, es el poder de las palabras alentadoras para dar esperanza y alegría, y el poder de las palabras desalentadoras para provocar desánimo y depresión.

El Señor Jesús dice: 

Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio (Mt 12:36). 

La frase griega es rema argos, que significa “palabras descuidadas o inútiles”. 

En el contexto, Jesús está contrastando las “cosas buenas” dentro de una persona buena con las “cosas malas” en el corazón de una persona mala. 

Se nos exhorta a hacer el mejor uso de nuestras palabras, porque las palabras expresan lo que hay en nuestros corazones: 

“Porque de la abundancia del corazón habla la boca (Mt 12:34).

En Mateo 12:37, el significado de las palabras es que serán usadas para medir la condición espiritual de una persona en el juicio: 

Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado (Mt 12:37). 

El Señor Jesús se dirigía a un grupo de fariseos que acababan de acusarlo de estar endemoniado (Mt 12:24). Jesús los llama “Generación de víboras”, y les pregunta: “¿Cómo podéis hablar lo bueno siendo malos?” (Mt 12:34). 

Al igual que las víboras tienen la boca llena de veneno, así los fariseos tenían malas palabras sobre el Salvador.

Luego Jesús advierte a los fariseos del juicio venidero, en el que tendrán que rendir cuentas de sus palabras (Mt 12:37). No hay mejor juez del corazón de una persona que las palabras que permite que salgan de su boca. Del mismo modo que los buenos árboles producen buenos frutos y los malos árboles producen malos frutos, la boca revela el estado del corazón (Mt 12:33).

Pero no son sólo las malas palabras por las que la gente debe dar cuenta. Jesús dice que toda palabra descuidada u ociosa también puede servir de juicio contra quien la pronuncia. Hasta el pecado más leve, la más pequeña desviación de la perfección de Dios, condenará a una persona a los ojos de Dios. El pecado de los fariseos era grande—habían blasfemado al Señor de la gloria con sus palabras—pero incluso las palabras aparentemente insignificantes, a veces justificadas como lapsus linguae, se consideran pecaminosas si no dan gloria a Dios. 

Según Mateo 12:38, el Señor Jesús tuvo la última palabra al respecto, pues los escribas y fariseos cambiaron de tema inmediatamente.

Otros pasajes ofrecen una visión adicional. Efesios 4:29 establece la norma: 

Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes (Ef 4:29). 

Santiago nos advierte de lo difícil que es controlar la lengua: 

Ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal (Stg 3:8). 

Luego agrega:

Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez. Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro? (Stg 4:11-12).

Dadas las graves consecuencias de nuestras palabras—incluso de las “descuidadas”—debemos aprender a someter los miembros de nuestro cuerpo, incluida la lengua, al control del Espíritu Santo, el único que puede domar la lengua. 

Aprendamos a orar como el salmista:

“Pon guarda a mi boca, oh Jehová; Guarda la puerta de mis labios” (Sal 141:3).

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(Primera versión del artículo publicada el 3 de diciembre de 2021)