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Tuesday, February 24, 2026

EL COMPAÑERO DE APOLIÓN




El que roba a su padre o a su madre, y dice que no es maldad, Compañero es del hombre destruidor” (Pr 28:24).

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Aquí hay dos pecados. Robar a un padre o a una madre es un crimen perverso, porque antes del robo el hijo ya estaba endeudado con ellos por el resto de su vida. Pero minimizar un pecado tan atroz es aún peor. Dios juzgará a este necio perverso con la severidad con que juzga a los asesinos.

El Señor manda: “No hurtarás” (Éx 20:15; Dt 5:19). En la antigüedad, en Israel, el robo se castigaba con restitución múltiple según el valor de lo robado (Ex 22:1-4):

No tienen en poco al ladrón si hurta Para saciar su apetito cuando tiene hambre; Pero si es sorprendido, pagará siete veces; Entregará todo el haber de su casa (Pr 6:30-31).

Si el ladrón no podía pagar, era vendido como esclavo:

“El ladrón hará completa restitución; si no tuviere con qué, será vendido por su hurto” (Ex 22:3).

No se le daba una habitación privada en una pensión estatal; no se le daba de comer tres comidas al día ni se le permitía jugar al baloncesto y leer revistas todo el día, como en la mayoría de los sistemas penitenciarios modernos.

Pero robar a un padre o a una madre es un caso de hurto agravado. Un hijo ya está en deuda perpetua con los padres por haberlo dado a luz, educado y provisto para él (1 Ti 5:4). Muestra una conciencia muerta y un alma perversa. Rechaza la obligación natural de honrar a los padres, y a la injusticia le suma la ingratitud. No hay límite para la maldad en tal hijo; sólo Dios sabe cómo y cuánto degenerará en su perversa condición con el pasar del tiempo.

La historia de los patriarcas es a menudo la triste historia de pecados horribles. A la luz de este proverbio, puedes ver a Raquel robando los ídolos de su padre, escondiéndolos de su búsqueda y engañándolo con falso recato (Gn 31:19,34-35). ¿Es de extrañar que muriera poco después con mucho dolor, y prematuramente, durante el parto de su segundo hijo? (Gn 35:16-20)

Pero el profano pecador de este proverbio no se contenta con robarle a sus padres. También ridiculiza la gravedad de su crimen. Presume que lo que ellos tienen es suyo, y no necesita sentirse culpable por tomarlo para sí mismo. Se ofendería si lo llamaran ladrón y sinvergüenza, pero el Señor lo tiene por malvado y lo tratará como corresponde (Pr 21:7).

Si bien los delitos domésticos pueden minimizarse en algunos círculos familiares, dado que son simplemente asuntos privados, no se minimizan en las Escrituras. Este crápula podría razonar que no es un gran delito, ya que el hijo es heredero de la propiedad familiar de todos modos. Simplemente está tomando más temprano lo que tendrá, de todas maneras, más tarde. Pero Dios y Salomón clasifican con justicia a este despreciable como el compañero del destructor, que más adelante en las Escrituras es identificado como el ángel del abismo (Ap 9:11).

La alegoría clásica de John Bunyan, El Progreso del Peregrino, incluye una escena memorable en la que Cristiano lucha con un monstruo demoníaco llamado Apolión (gr. el destructor). Haciendo honor a su nombre, Apolión casi destruye a Cristiano. El peregrino, con su armadura, resiste el ataque y empuña su espada para repeler al demonio. El “Apolión” de Bunyan es una representación simbólica de nuestro enemigo espiritual, pero la inspiración del personaje es literal. El Abadón o Apolión del Apocalipsis (Ap 9:11) es un ser demoníaco real, que un día infligirá dolor real a personas reales durante el día de la ira de Dios. 

Un hijo puede robarle a su padre o a su madre de varias maneras. Literalmente puede robar sus activos, ya sea dinero del bolso de la madre o una tarjeta de crédito de la billetera del padre. Puede llevarse herramientas, alimentos, joyas, muebles, cuadros o muchas otras cosas sin permiso de sus padres. Si se condena el robo a un amo, ¿cuánto más los pequeños hurtos a un padre? (Tit 2:9-10) Todo verdadero creyente confesará cualquier pecado de este tipo a su Padre celestial, y hará una restitución completa a sus padres terrenales, incluso si el crimen lo cometió hace décadas.

La parábola del hijo pródigo (Lc 15:11-32) es una descripción clásica e inspirada acerca de cómo un hijo puede robarle a su padre o a su madre. 

Negarles a sus padres el honor, el servicio y el apoyo que merecen en la vejez, es también una forma de robo. Dios considera la tacañería y la ingratitud de un hijo en una época así como una negación de la fe cristiana y una conducta peor que la de un incrédulo (1 Ti 5:8). Deja que el noble ejemplo de José alimentando a su padre Jacob en Egipto sea tu guía (Gn 45:9-13; 47:11-12,27-28).

En los días del Señor Jesús, los judíos hipócritas legaban sus bienes al templo para no mantener a sus padres (Mr 7:11). El bendito Señor los condenó por su hipocresía y los acusó de violar el claro mandamiento de Dios de honrar a los padres (Mt 15:1-9). Que el propósito declarado fuera ofrendar al templo, no importaba según el correcto juicio de Cristo. Los padres son primero que el templo (1 Ti 5:4).

¡Dios no se deja burlar por tales necios! Serán severamente juzgados. 

“Sabed que vuestro pecado os alcanzará” (Nm 32:23). 

“El ojo que escarnece a su padre Y menosprecia la enseñanza de la madre, Los cuervos de la cañada lo saquen, Y lo devoren los hijos del águila” (Pr 30:17). 

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gl 6:7). 

¡Amén! Hay un Juez en el cielo que juzgará imparcialmente a todos los hijos malagradecidos.

Nuestro Señor Jesucristo estuvo en total sujeción a Sus padres en la niñez (Lc 2:51). Y Él proveyó diligentemente para Su madre, incluso mientras expiraba en la cruz (Jn 19:26-27). Nunca les robó nada a ninguno de ellos, sino que los honró por su relación con Él. Que cada hijo considere este noble ejemplo y lo cumpla perfectamente con sus propios padres.

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