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Thursday, July 16, 2026

BIENAVENTURADAS LAS ESTÉRILES, Y LOS VIENTRES QUE NO CONCIBIERON

 

“Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron” (Lc 23:29).

“Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: No tomarás para ti mujer, ni tendrás hijos ni hijas en este lugar. Porque así ha dicho Jehová acerca de los hijos y de las hijas que nazcan en este lugar, de sus madres que los den a luz y de los padres que los engendren en esta tierra: De dolorosas enfermedades morirán; no serán plañidos ni enterrados; serán como estiércol sobre la faz de la tierra; con espada y con hambre serán consumidos, y sus cuerpos servirán de comida a las aves del cielo y a las bestias de la tierra.  Porque así ha dicho Jehová: No entres en casa de luto, ni vayas a lamentar, ni los consueles; porque yo he quitado mi paz de este pueblo, dice Jehová, mi misericordia y mis piedades. Morirán en esta tierra grandes y pequeños; no se enterrarán, ni los plañirán, ni se rasgarán ni se raerán los cabellos por ellos; ni partirán pan por ellos en el luto para consolarlos de sus muertos; ni les darán a beber vaso de consolaciones por su padre o por su madre. Asimismo no entres en casa de banquete, para sentarte con ellos a comer o a beber. Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: He aquí que yo haré cesar en este lugar, delante de vuestros ojos y en vuestros días, toda voz de gozo y toda voz de alegría, y toda voz de esposo y toda voz de esposa. Y acontecerá que cuando anuncies a este pueblo todas estas cosas, te dirán ellos: ¿Por qué anuncia Jehová contra nosotros todo este mal tan grande? ¿Qué maldad es la nuestra, o qué pecado es el nuestro, que hemos cometido contra Jehová nuestro Dios? Entonces les dirás: Porque vuestros padres me dejaron, dice Jehová, y anduvieron en pos de dioses ajenos, y los sirvieron, y ante ellos se postraron, y me dejaron a mí y no guardaron mi ley; y vosotros habéis hecho peor que vuestros padres; porque he aquí que vosotros camináis cada uno tras la imaginación de su malvado corazón, no oyéndome a mí. Por tanto, yo os arrojaré de esta tierra a una tierra que ni vosotros ni vuestros padres habéis conocido, y allá serviréis a dioses ajenos de día y de noche; porque no os mostraré clemencia. No obstante, he aquí vienen días, dice Jehová, en que no se dirá más: Vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de tierra de Egipto; sino: Vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra del norte, y de todas las tierras adonde los había arrojado; y los volveré a su tierra, la cual di a sus padres. He aquí que yo envío muchos pescadores, dice Jehová, y los pescarán, y después enviaré muchos cazadores, y los cazarán por todo monte y por todo collado, y por las cavernas de los peñascos. Porque mis ojos están sobre todos sus caminos, los cuales no se me ocultaron, ni su maldad se esconde de la presencia de mis ojos. Pero primero pagaré al doble su iniquidad y su pecado; porque contaminaron mi tierra con los cadáveres de sus ídolos, y de sus abominaciones llenaron mi heredad. Oh Jehová, fortaleza mía y fuerza mía, y refugio mío en el tiempo de la aflicción, a ti vendrán naciones desde los extremos de la tierra, y dirán: Ciertamente mentira poseyeron nuestros padres, vanidad, y no hay en ellos provecho. ¿Hará acaso el hombre dioses para sí? Mas ellos no son dioses. Por tanto, he aquí les enseñaré esta vez, les haré conocer mi mano y mi poder, y sabrán que mi nombre es Jehová (Jer 16:1-21).

Al comienzo de este libro, cuando el Señor llama a Jeremías para ser su profeta a la nación, Jeremías dijo: 

“¡Ah! ¡Ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño” (Jer 1:6). 

Esto no significa necesariamente que Jeremías fuera un adolescente, pero sí implica que era todavía muy joven. Sin embargo, el Señor le prohíbe buscar para sí una mujer y pensar en tener hijos. ¿Por qué le dijo esto a Jeremías? (Jer 16:2-4)

El Señor sabía que se acercaba el momento en que Jerusalén y las ciudades circundantes serían saqueadas por un feroz ejército enemigo. La gente iba a morir de hambre y a espada; experimentarían toda clase de sufrimiento imaginable. Miles iban a morir. No era el tipo de evento que uno desearía para un ser querido. Así que una razón para decirle que no se casara era para evitarle a Jeremías la angustia, el dolor y sufrimiento de ver morir cruelmente a sus seres queridos. El Señor puede negarnos tener algo que todos creen es justo y bueno, pero lo hace por nuestro bien, para evitarnos un dolor mayor.

Pero Jeremías no solo no debía casarse, sino que los versículos 5-9 (Jer 16:5-9) dicen que ni siquiera debía asistir a funerales para acompañar a los dolientes en su duelo, ni a fiestas, ni a celebraciones. 

El Señor quería que la vida entera de Jeremías fuera una señal para la nación de Israel. El Señor a menudo les ordenó a los profetas que hicieran algo que sirviera de ejemplo para los demás: una lección objetiva. ¿Qué quería el Señor que el pueblo supiera? (Jer 16:5)

Así como Jeremías no debía mostrar compasión a la gente en un funeral, el Señor había retirado Su amor y misericordia de la nación debido a su persistente rebeldía hacia Él. ¿Y cuál era la razón para no asistir a ninguna celebración, como una boda? (Jer 16:8-9)

El mensaje era que el Señor pondría fin a todas esas festividades. Eso sucedería cuando los enemigos destruyeran sus ciudades y se llevaran a muchos cautivos. El pueblo necesitaba comprender que el Señor estaba enojado con sus actos de rebeldía y pecado. Pero ellos siguieron con su vida como si nada malo nunca les fuera a pasar, como si nunca fuera a ocurrir nada malo porque eran “el pueblo del Señor”. Las acciones hurañas de Jeremías serían un recordatorio diario del mensaje que predicaba sobre el juicio venidero del Señor.

Pensemos, pues, en cómo Jesús advirtió que será nuestro mundo cuando regrese para traer el juicio final del Señor. Dijo: 

“Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre” (Mt 24:37-39). 

Esto es lo mismo que les dice el Señor a las mujeres que lloraban y hacían lamentación por Él cuando iba camino al Calvario:

“Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?” (Lc 16:28-31)

La destrucción de Jerusalén y la dispersión de toda la nación de Israel ocurriría el año 70 d. C., cuarenta años después de estas palabras del Señor. Fueron días de venganza sobre la nación que se extenderían hasta la consumación del Holocausto Judío a manos de Hitler, y que terminaría recién en el 14 de mayo de 1948, cuando David Ben-Gurión proclamó la independencia del Estado de Israel. Este evento marcó el restablecimiento de la nación soberana de Israel en la antigua Tierra Prometida. (Para conocer sobre estos hitos históricos y los procesos diplomáticos previos, puedes consultar el artículo de Wikipedia o leer el análisis de El Orden Mundial). 


Pero las palabras que se aplican a la cristiandad ahora son las que el Señor pronuncia al final: 

“Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?” (Lc 16:31).

Dos mil años después del inicio de la cristiandad, esta es, en verdad, el árbol seco del que habla el Señor (Lc 16:31). Y el mensaje que precede a esta conclusión (Lc 16:28-30) es lo que le predice el Señor que le ocurrirá a esta generación.

 “¿Es tiempo de tomar plata, y de tomar vestidos, olivares, viñas, ovejas, bueyes, siervos y siervas?” (2 R 5:26b).

Nuestro mensaje, a supuestos cristianos y evidentes incrédulos debe ser:

“Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado...si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Mt 3:2; Lc 13:3).

Que los momentos de relativa paz que todavía disfruta el occidente no nos distraigan de nuestra necesidad de estar preparados para el regreso de Cristo.

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