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Tuesday, June 16, 2026

EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE (ECM)



Una experiencia cercana a la muerte (ECM) es un suceso en el que una persona, supuestamente al borde de morir, vuelve a la vida y relata posteriormente una experiencia “espiritual” durante el tiempo que estuvo inconsciente o clínicamente muerta. 

Los testimonios suelen ser vívidos e incluyen sensaciones de salir del cuerpo, encuentros con familiares fallecidos, la visión de una luz blanca o incluso escenas del cielo o del infierno (todos temas clásicos del ocultismo). 

Las Escrituras no respaldan las “experiencias cercanas a la muerte” como revelaciones divinas o fuentes de verdad espiritual.

Algunos citan 2 Corintios 12:2-4 como evidencia bíblica de una ECM. En ese pasaje, Pablo dice: 

“Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (no sé si en el cuerpo, no sé si fuera del cuerpo, Dios lo sabe) el tal fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco a tal hombre (si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe) que fue arrebatado al paraíso, y escuchó palabras inefables que al hombre no se le permite expresar (2 Co 12:2-4).

No obstante, aplicar esta experiencia de Pablo al concepto moderno de una ECM es forzar el texto. Pablo no dice que hubiera muerto, estuviera al borde de la muerte, ni que experimentara una resurrección; simplemente relata una visión celestial que Dios le concedió. Su experiencia fue sobrenatural, espiritual, y no se describe como un episodio entre la vida y la muerte.

No es imposible que Dios le dé a alguien una visión del cielo o del más allá, incluso en momentos cercanos a la muerte. Si Él decide revelar algo a una persona que sufre un trauma, tiene plena autoridad para hacerlo. Sin embargo, con la finalización del canon bíblico, tales visiones no deben considerarse normativas para los creyentes. Además, Pablo mismo señaló que “oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Co 12:4), lo que contrasta con los numerosos relatos modernos de quienes dicen haber visto o visitado el cielo o el infierno: porque lo cuentan todo con lujo de detalles.

Debemos ser muy cuidadosos al evaluar este tipo de experiencias. La prueba definitiva de cualquier testimonio espiritual debe ser la Palabra de Dios. Satanás se presenta “como ángel de luz” (2 Co 11:14), y muchas experiencias que parecen buenas o inspiradoras son, en realidad, engaños satánicos. La Biblia, no las sensaciones o experiencias personales, debe tener la última palabra.

Podría sonar incorrecto en esta era afirmar que todas las experiencias cercanas a la muerte son falsas, imaginarias o satánicas, pero la verdad es que tienen todas las señales distintivas de serlo: a menudo la persona que dice haber ido al “más allá” no es creyente, no ha nacido de nuevo ni tiene una relación personal con el Señor Jesucristo. ¿Por qué el Señor le permitiría echarle un vistazo al “más allá”? 

En Lucas 16:19-31 el Señor Jesús relata un evento muy importante acerca de las condiciones de la existencia en la ultratumba:

 Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas. Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama. Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora este es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá. Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento. Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. Él entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán. Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos (Lc 16:19-31).

En este pasaje el Señor nos ofrece grandes enseñanzas:

En primer lugar, Jesús enseña que el cielo y el infierno son lugares reales y literales. Lamentablemente, muchos predicadores evitan hablar de temas incómodos como el infierno. Algunos incluso predican el universalismo, la creencia de que todos irán al cielo. Sin embargo, Cristo habló mucho sobre el infierno, al igual que Pablo, Pedro, Juan, Judas y el autor de Hebreos. La Biblia deja claro que cada persona que ha vivido pasará la eternidad en el cielo o en el infierno. Como el hombre rico en la historia (Lc 16:19-31), multitudes hoy están convencidas de que todo está bien con sus almas, pero muchos escucharán a nuestro Salvador decirles lo contrario después de morir (Mt 7:23).

Este relato (Lc 16:19-31) también ilustra que, al cruzar a la dimensión espiritual, no hay más oportunidades. El estado eterno de cada persona queda sellado al momento de la muerte (2 Co 5:8; Lc 23:43; Fil 1:23). Cuando los creyentes mueren, entran inmediatamente en la gozosa presencia de Dios en el paraíso. Cuando los incrédulos mueren, entran inmediatamente en el dolor consciente del infierno. Observemos que el hombre rico no pidió a sus hermanos que oraran para que él fuera liberado de un supuesto purgatorio. Sabía que estaba en el infierno y entendía por qué. Por eso, solo pidió consuelo y una advertencia para sus hermanos. Sabía que no había escapatoria, que estaba eternamente separado de Dios, y Abraham dejó claro que no había esperanza de alivio para su dolor y sufrimiento. Los que están en el infierno recordarán perfectamente las oportunidades perdidas y su rechazo del evangelio.

Como muchos que creen en el “evangelio de la prosperidad”, el hombre rico veía erróneamente sus riquezas materiales como evidencia del amor y la bendición de Dios. También asumía que los pobres como Lázaro estaban maldecidos por Dios. Pero la realidad es, como dice Santiago, que: 

“Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza” (Stg 5:5). 

No solo las riquezas no llevan al cielo, sino que tienen el poder de alejar a una persona de Dios como pocas cosas pueden hacerlo. Las riquezas son engañosas (Mr 4:19). No es imposible que los ricos entren al cielo (muchos héroes bíblicos fueron ricos), pero la Escritura afirma que para ellos es muy difícil (Mt 19:23-24; Mr 10:23-25; Lc 18:24-25).

Los verdaderos creyentes en Cristo Jesús no serán indiferentes a la situación de los pobres como lo fue el hombre rico. Dios ama a los pobres y se ofende cuando Sus hijos los descuidan (Pr 17:5; 22:9, 22-23; 29:7; 31:8-9). De hecho, quienes muestran misericordia a los pobres están ministrando a Cristo personalmente (Mt 25:35-40). Los cristianos se reconocen por los frutos que producen. La presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones impactará cómo vivimos y qué hacemos.

Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos (Lc 16:31).

Estas palabras confirman que el entendimiento de la Palabra de Dios tiene el poder de otorgarnos vida eterna ahora (He 4:12; Stg 1:18; 1 P 1:23). Si descuidamos la Escritura, o la menospreciamos, ¿por qué habría de darnos el Señor una segunda oportunidad después de la muerte? Además, Uno ya se levantó de entre los muertos: el Señor Jesús, y Su evangelio ha sido anunciado a todo el mundo por más de dos mil años. El que no cree ni obedece las Escrituras ya ha tomado su decisión y sellado su destino eterno.

También, comprender las Escrituras nos ayuda a aceptar que los hijos de Dios, como Lázaro, pueden sufrir en esta tierra, pues el sufrimiento es una consecuencia del pecado en el mundo caído.

Santiago nos dice que nuestra vida terrenal es: 

“neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Stg 4:14). 

Nuestro tiempo en la tierra es extremadamente breve. Quizás la mayor lección de esta historia sea que, cuando llegue la muerte, solo importará una cosa: nuestra relación con el Señor Jesucristo: 

“¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mt 16:26; Mr 8:36). 

La vida eterna solo se encuentra en Cristo: 

“Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Jn 5:11-12). 

La verdad es que, si deseamos vivir alejados de Dios en la tierra, Él respetará ese deseo por la eternidad. Si abordas el tren de la desobediencia a Su evangelio, tendrás que ir en él hasta su destino final e irrevocable.

No creamos en las supuestas “experiencias cercanas a la muerte”. El mensaje subyacente en todas ellas es que Dios da una segunda oportunidad (al menos a algunas personas) después de la muerte. Todo lo que necesitamos saber para esta vida y la siguiente ya ha sido revelado en las Escrituras. No necesitamos saber más. El Señor ya ha concluido el tema.

Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio (He 9:27).

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