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Friday, June 5, 2026

NO DEIS LO SANTO A LOS PERROS

  



Millones de personas en todo el mundo tienen perros de compañía a los que cuidan y quieren. Sin embargo, en el mundo antiguo, la gente no sentía el mismo cariño por el mejor amigo del hombre. Como muestra la Biblia, la gente consideraba que los perros eran repugnantes (Lc 16:21; Pr 26:11) y dignos de desprecio (1 S 17:43).


En el Sermón del Monte, el Señor Jesús se basa en la mala reputación de los perros y los cerdos para ilustrar a Sus discípulos un punto importante sobre la predicación del Evangelio. Dice: 

No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen (Mt 7:6).

El Señor Jesús prohíbe dos actos insensatos que simbolizan lo mismo. En primer lugar, nos advierte en contra de dar a los perros lo que es santo (sagrado), ya que no pueden apreciar lo santo. En segundo lugar, nos advierte en contra de ofrecer a los cerdos lo que es valioso, porque tales bestias no puede apreciarlo tampoco. Ni los perros ni los cerdos pueden apreciar ni lo santo ni lo valioso; la cualidad especial de lo santo y lo valioso se pierde en estos animales. En esta analogía, lo que es santo y valioso representa la proclamación del Evangelio, y los animales representan a quienes han oído la buena nueva y la han rechazado.

Los discípulos no deben ofrecer lo que es santo (el mensaje del Evangelio) a los perros (aquellos que han demostrado que lo consideran sin valor). El Señor Jesús reiteró este principio de forma más directa más adelante en Su ministerio, diciendo: 

“Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies” (Mt 10:14; Pr 9:8).

El contexto de Mateo 7:6 proporciona más información sobre cómo los cristianos podemos aplicar este principio hoy en día. En este pasaje, el Señor Jesús enseña a juzgar correctamente (Mt 7:1-6). En primer lugar, advierte a Sus seguidores que no hagan juicios hipócritas, instruyéndolos a sacar primero la viga de su propio ojo antes de intentar corregir el pecado en otra persona (Mt 7:3-5). Luego, nos anima a practicar el discernimiento, que es un tipo de juicio. No debemos dar a los perros lo que es santo (Mt 7:6). Una persona culpable de hacer juicios hipócritas carece de autoconciencia y no juzga correctamente. Una persona culpable de no hacer juicios justos carece de discernimiento y no debe juzgar en absoluto.

Los cristianos podemos tener dificultades para determinar el momento adecuado para perseverar en compartir el Evangelio y el momento adecuado para abstenernos. ¿Cómo podemos estar seguros? Primero, la oración ferviente es de gran importancia y debe saturar el proceso de evangelización de principio a fin. Luego, saber cuándo abstenernos de compartir el evangelio a cierta persona o grupo requiere sabiduría y una comprensión de cómo las personas están respondiendo al mensaje.

En la última parte de Mateo 7:6, el Señor hace hincapié en que la persecución es un factor clave para tomar la decisión: “no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen”. Cuando se produce una reacción hostil al mensaje del Evangelio, las personas que lo escuchan han mostrado su naturaleza. Al tratar de dañar al mensajero, el pecador endurecido se vuelve como un perro en su insensatez y como un cerdo en su porfía. Por lo tanto, es importante discernir cuándo debemos “sacudirnos el polvo”, y llevar el mensaje a otra parte o persona.

Pablo tomó esta difícil decisión una vez cuando surgió la persecución en respuesta a su proclamación del Evangelio en Corinto: 

“Pero oponiéndose y blasfemando estos, les dijo, sacudiéndose los vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo, limpio; desde ahora me iré a los gentiles” (Hch 18:6). 

Entonces salió de la sinagoga y se puso a predicar al lado (Hch 18:7). Si Pablo hubiera seguido predicando en la sinagoga de Corinto, habría sido culpable de dar a los perros lo santo y a los cerdos lo precioso.

Pero hay más. La enseñanza no se limita a enseñarnos cuando debemos abstenernos de compartir el Evangelio. 

En Proverbios 26:4, se nos dice que no debemos responder al necio según su necedad. No debemos, incluso, decirle la verdad a quien no la aprecia. Por eso es que necesitamos sabiduría al hablar con los demás. No debemos tener un mensaje estándar para todos. Necesitamos buscar a Dios para discernir lo que Él quiere que le digamos a cada persona. Este es el ejemplo que nos da el Señor Jesús. 

En Isaías 50:4 hay una profecía sobre el Señor que resulta muy apropiada para quienes predicamos la Palabra y se preguntan: “¿Qué mensaje de Dios debo compartir con esta persona?”. 

Primero es necesario discernir la condición espiritual de la persona. Necesitamos aquí visión profética de parte de Dios para hablarle a alguien sobre la Palabra de Dios. Compartir la Palabra de Dios es algo sobrenatural. Si lo consideramos como una clase de escuela dominical, o como enseñar química, podemos enseñar acerca de cualquier porción de la Biblia a cualquiera en cualquier momento. Pero si queremos ministrar la Palabra de Dios según la necesidad o el nivel espiritual de cada persona, necesitamos una visión sobrenatural que solo Dios nos puede dar. 

Isaías 50:4 dice refiriéndose al Señor Jesús: 

Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios

En otras palabras, para dar la palabra adecuada a quien me encuentro por el camino, el Señor tiene que despertar mi oído espiritual para que pueda escucharlo a Él como lo hacen los creyentes espirituales. 

El Señor Jesús está diciendo aquí que escucharía cada día, y constantemente al Padre para poder dar la palabra apropiada a quienes se acercaran a Él.

Una aplicación de esto se encuentra en Juan 8. Leemos que los fariseos le llevaron al Señor una mujer sorprendida en adulterio y le citaron la Ley de Moisés en cuanto a que ella debía ser apedreada hasta la muerte por su pecado. El Señor no los contradijo, pues conocía la Ley. Él mismo se la había dado a Moisés cientos de años antes. ¿Qué hizo entonces? No respondió de inmediato sino que se inclinó y comenzó a escribir en la tierra con el dedo (Jn 8:6). Esperaba una palabra clara del Padre. Imaginemos la probable oración interior:

“Padre, ¿qué les respondo a estos fariseos? ¿Qué les diré a estos que quieren apedrear a esta oveja perdida hasta la muerte? He venido a salvar a los pecadores, no a condenarlos a muerte”

No iba a contradecir la Ley, ya que Él mismo se la había dado a Moisés y decía que los adúlteros debían ser apedreados hasta la muerte. Cuando recibió la palabra del Padre, se enderezó y les dijo:

“El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Jn 8:7).

En otras palabras: Adelante, pueden apedrear a esta mujer según la Ley, pero solo quien esté libre de pecado puede lanzar la primera piedra. 

Y entonces todos se fueron, comenzando por los mayores, porque con la edad viene la sabiduría y la humildad de la cual carece la juventud. La persona mayor sabe por la experiencia que nadie está libre de pecado, porque ha pecado mucho; y teme más a Dios, porque está pronto a encontrarse cara a cara con Él.

Una palabra del Padre bastó para resolver la situación. No hizo falta ningún sermón, ningún debate acerca de la Ley, ninguna gran controversia. Hubo otra ocasión en que el Señor Jesús no respondió en absoluto lo que se le preguntó, y esa fue Su repuesta. Por ejemplo:

“Cuando vino al templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él mientras enseñaba, y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿y quién te dio esta autoridad? Respondiendo Jesús, les dijo: Yo también os haré una pregunta, y si me la contestáis, también yo os diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres? Ellos entonces discutían entre sí, diciendo: Si decimos, del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? Y si decimos, de los hombres, tememos al pueblo; porque todos tienen a Juan por profeta. Y respondiendo a Jesús, dijeron: No sabemos. Y él también les dijo: Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas” (Mt 21:23-27).

El Señor Jesús no tenía un formulario estándar con el que tratar a todos, ni andaba con tarjetas con respuestas pre-fabricadas. Sus respuestas no eran respuestas fijas, como las que se obtienen al consultar la IA cuando se le pregunta: “¿Cuál es la respuesta a esto?” El Señor Jesús escuchaba al Espíritu Santo antes de responder, y ese es un principio muy importante que debemos aprender de Mateo 7:6.

Necesitamos saber cuál es la palabra apropiada para cada persona. Es fundamental que en toda interacción social sepamos exactamente qué palabra dar a cada uno. ¿Por qué dice el Nuevo Testamento que debemos procurar profetizar (1 Co 14:1)? A todo creyente se le dice que debe desear fervientemente profetizar. (Profetizar, aquí, es simplemente comunicar un mensaje de parte de Dios. No todos los creyentes son profetas, pero todos pueden profetizar en un momento dado.) La razón por la que los creyentes debemos procurar profetizar es porque el Señor nos puede usar para darle una palabra a quien la necesita oír en ese momento, y así esa persona es convencida por lo que oye y los secretos de su corazón se revelan porque oye una palabra que se ajusta exactamente a su necesidad o situación (1 Co 14:24-25). Entonces exclama en su corazón: “¡Dios me habló; recibí la palabra que exacta que necesitaba oír!”.

Imagina si en cada reunión de creyentes el Señor usara a dos o a tres hermanos para que profetizaran de acuerdo a las necesidades de los hermanos presentes (1 Co 14:29; 2 Co 13:1), en vez de que el asalariado de turno contara otra vez esa archiconocida sarta de clichés evangélicos. Cada iglesia debería tener creyentes capaces de compartir una palabra profética al resto, esto es, un mensaje fresco recibido directamente del Señor para satisfacer la necesidad de Sus ovejas. 

Para ello, se necesita esperar en Dios y entregarle todo. Si no, entonces solo eres apto para enseñar acerca de la Biblia: los fariseos hacen eso muy bien, lo hacían muy bien en el tiempo del Señor, y lo siguen haciendo muy bien hoy en día. 

Pero para tener una Palabra de parte del Señor que sea apropiada para la persona que Él te pone por delante... Debes pasar mucho tiempo con el Señor.

Esta es la otra cara de la moneda de lo que el Señor dice en Mateo 7:6: Cuando veas a alguien que es como un cerdo, dale lo que es propio de un cerdo; cuando veas a alguien que es como un perro, arrójale un hueso. Lo santo y lo valioso no es para ellos.

El don de profecía, el don de comunicar un mensaje fresco y directo a la persona que lo necesita o que debe oírlo, nos permitirá, en el momento en que nos levantemos para hablar, discernir con precisión la necesidad de quienes nos escuchan, y el Señor nos dará la palabra adecuada para esa necesidad o situación exactas. Este es un principio fundamental con el que el Señor Jesús concluye el Sermón del Monte, y es crucial que lo comprendamos, especialmente quienes hemos sido llamados a profetizar la Palabra de Dios, ya sea a creyentes o no creyentes. No menospreciamos a nadie. Si menosprecias a alguien, no eres digno de ser discípulo del Señor. El Señor Jesús no menosprecia ni al peor de los pecadores. Pero, como Él mismo nos lo enseña, necesitamos procurar obtener de Él la palabra justa, apropiada para la necesidad del que aprecia lo santo y atesora lo valioso; de lo contrario sólo estaremos comunicando información bíblica. Ese es el otro punto de Mateo 7:6. La espada es de doble filo.

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