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Monday, June 22, 2026

¿OBEDECED A VUESTROS PASTORES?



Las supuestas contradicciones entre el apóstol Pablo y el Señor Jesús es uno de los temas más debatidos en teología. Mientras que Jesús fue el fundador del cristianismo con un enfoque en la transformación del corazón y el reino de Dios, Pablo sistematizó y expandió estas enseñanzas para los gentiles.

Pero en el resultado de esa sistematización y expansión de las enseñanzas del Señor hechas por Pablo (sus epístolas), algunos ven ciertas enseñanzas que, piensan, contradicen las enseñanzas del Señor, y esto los ha llevado al extremo de acusar al apóstol de crear una teología totalmente propia: paulina, y no cristiana. 

Uno de los temas que se mencionan como contradicciones, es el del rol de los pastores (o ancianos, u obispos, o líderes). En este breve artículo veremos lo que el Señor Jesús enseña acerca del tema del liderazgo eclesiástico y lo compararemos con lo que Pablo enseña sobre el mismo. Por ejemplo, el Señor Jesús dice:

“En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mt 23:1-12).

Pablo enseña:

“Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque eso no os es provechoso” (He 13:17).

El Señor sienta las bases de lo que más tarde Pedro describirá como El sacerdocio de todos los creyentes. Pablo, en cambio, llama a los creyentes a “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos” (He 13:17). ¿Cuál de las dos declaraciones es la correcta? ¿Cuál es la que tiene mayor autoridad? Los pastores, por supuesto, citan a menudo a Pablo (He 13:17), y nunca al Señor (Mt 23:1-12) porque la declaración de este último les quita peso y autoridad eclesiástica. 

A los buenos pastores les duele profundamente ver como las personas ignoran el consejo de Dios que ellos dan. Cuando las personas ignoran la Palabra de Dios, lo hacen, no sólo en detrimento propio, sino también en detrimento de los que están a su alrededor. Los jóvenes tienen la tendencia a desatender el consejo de sus mayores, cometiendo el error de confiar en su propio entendimiento y en el consejo de su propio corazón. 

Un buen pastor comparte los preceptos de la Palabra de Dios porque desea servir a Dios y darle a la congregación el alimento espiritual que ocasionará que experimenten la vida abundante que el Señor Jesús promete (Jn 10:10).

Lo opuesto de un buen pastor es el mal pastor o falso pastor que no se toma a pecho el bienestar de la congregación, sino que está más interesado en mantener el control o ejercitar su señorío sobre otros, o aquel que no estudia la Palabra de Dios, y por lo tanto, enseña mandamientos de hombres en vez de los de Dios. Los fariseos del tiempo de Jesús fueron acusados de ser “ciegos guías ciegos (Mt 15:14). Y existen repetidas advertencias acerca de falsos maestros en los Hechos, las Epístolas, y en el Apocalipsis. Debido a la proliferación de estos falsos pastores, sin duda habrá muchas instancias en que tengamos que desobedecer al hombre a fin de obedecer a Dios (Hch 4:18-20). 

Sin embargo, las acusaciones en contra de un pastor de la iglesia no deben ser hechas a la ligera, y deben ser corroboradas por más de un testigo (1 Ti 5:19).

Los buenos pastores valen su peso en oro. Tienen una gran responsabilidad, y Hebreos 13:17 dice que un día habrán de dar cuenta de su ministerio delante de Dios. 1 Pedro 5:1-4 señala que no deben ser dictatoriales, sino que deben guiar con su ejemplo y sana doctrina (1 Ti 4:16), con humildad de corazón. Como Pablo, deben ser como una nodriza que cuida con ternura a los bebés que le han sido encomendados (1 Ts 2:7-12). Los buenos pastores están dispuestos a darse a sí mismos por su congregación y gobiernan con gentileza (1 Ts 2:7-12; Jn 10:11). Se caracterizan por su sincera devoción a la Palabra y a la oración (Hch 6:4) para poder liderar en el poder y la sabiduría de Dios, y darle a la iglesia alimento espiritual sólido para producir cristianos sanos y vibrantes. Si esta es una descripción de tu pastor, o está cerca de serlo (ningún hombre en la tierra es perfecto), él es digno de doble honor y obediencia, ya que declara las claras enseñanzas de Dios (1 Ti 5:17).

Debemos obedecer a los que en verdad son buenos pastores. Es decir, a aquellos que cumplen con los requisitos para serlo:

Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?); no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo (1 Ti 3:1-7).

El balance entre la enseñanza del Señor y la de Pablo está en el criterio con que debemos armonizarlas; y ese criterio es la Palabra de Dios. Por ejemplo, Lucas nos cuenta acerca de los creyentes de Berea (los bereanos). Nos dice:

“Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y estos [los bereanos] eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hch 17:10-11).

Los bereanos “recibieron la palabra con toda solicitud”, pero no pasivamente, sino que lo hicieron escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así”.

No se sometieron a Pablo ni siquiera porque este era un apóstol y erudito de las Escrituras; de hecho, no se sometieron a Pablo en absoluto sino que recibieron lo que él les dijo y fueron inmediatamente a las Escrituras para ver si él estaba en lo correcto. Aceptaron lo que el apóstol Pablo les comunicó sólo después de que ellos lo corroboraron con las Escrituras

Hoy, con los llamados pastores, debemos hacer lo mismo. No debemos aceptarlos sólo por las credenciales académicas o eclesiásticas que puedan tener. Debemos corroborar su carácter, su conducta y su enseñanza con las Escrituras. Debemos ser como los bereanos, y aceptar la enseñanza sólo después de estar seguros de que esta armoniza con lo registrado en el canon sagrado.

A pesar de sus diferentes enfoques, el apóstol Pablo nunca proclamó un evangelio distinto al del Señor Jesús, ni sistematizó una enseñanza diferente. Él mismo afirmó que sus revelaciones provenían directamente del Cristo resucitado (), tomando las enseñanzas del Maestro y explicándolas para que el cristianismo pudiera expandirse a nivel global.

No hay contradicción entre las enseñanzas del Señor Jesús y las de Pablo ni en este tema ni en ningún otro. Como a menudo suele suceder, lo que hay es un desconocimiento de las Escrituras por nuestra parte, y una falta de voluntad de tomarnos el tiempo para ponerlas en la balanza con imparcialidad.

“Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 P 5:2-4).

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