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Monday, February 23, 2026

DESPUÉS




El que reprende al hombre, hallará después mayor gracia Que el que lisonjea con la lengua” (Pr 28:23).

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La verdadera amistad y estima dependen de tu contribución a la vida de los demás. Aquellos que halagan a otros pueden ganar algunos amigos temporales, que disfrutan de la alabanza vacía. Pero los que corrijan y enseñen de acuerdo al camino de Dios, tendrán amigos devotos y agradecidos por el provecho que han obtenido para sus almas y vidas.

Reprender significa reprobar o recriminar a otra persona por alguna acción o rasgo que no es aceptable. Es decirle a otra persona que está equivocada y que necesita cambiar. Significa señalar sus errores y expresar una fuerte aversión hacia ellos.

Lisonjear es alabar a alguien de manera exagerada o interesada para ganar su voluntad, agradarle o envanecerlo. Implica adular con palabras, a menudo deshonestas, para obtener un beneficio. Es decirle a otra persona cosas positivas simplemente para hacerla feliz y deseosa de tu amistad. Es jugar con la vanidad de una persona y animarla con intenciones ocultas.

El proverbio no compara dos cosas buenas y sugiere que una es mejor que la otra. La reprensión es algo muy bueno y santo, porque detiene el pecado en la vida de los demás y los dirige a la justicia. Lisonjear es algo malo, porque alienta a las personas a continuar en el pecado, fomentando en ellas una falsa seguridad (Pr 20:19; 29:5; Job 17:5; Sal 12:2-3).

El verdadero amor reprende el pecado. De hecho, amar a tu prójimo requiere que lo reprendas por su pecado. Si no lo reprendes, lo odias (Lv 19:17). Si amas a alguien, quieres ayudarlo a perfeccionarse señalando las cosas que están mal en su vida (Pr 27:5-6; Ro 15:14; 1 Ts 5:14). Arriesgarás la relación con el fin de ayudarlo.

La reprensión bajo consideración aquí es la reprobación del pecado, definido este según la Palabra de Dios. A esta reprensión a menudo se la llama también disciplina. Ocho veces la Escritura inspirada usa la palabra disciplina como sinónimo de reprensión en los siete versículos de Hebreos 12 citados aquí  (He 12:5,6,7,8,9,10,11).

Considera el valor de la reprensión (disciplina). No puede haber progreso sin cambio, y no puede haber cambio sin corrección, y corrección significa reprender (o disciplinar) por hacer algo mal. El padre que disciplina a su hijo será, a la larga, más amado por ese hijo que el padre consentidor, que evita los conflictos, que cede ante los caprichos de su hijo, que muestra exceso de afecto y prioriza los deseos de su hijo por encima de las normas. Hasta un atleta generalmente aprecia más al entrenador severo y exigente, que se esfuerza por sacar de él el máximo rendimiento.

La adulación, por alegre, positiva o vanidosa que sea, no le hace ningún bien a nadie. Simplemente desperdicia el oxígeno de la tierra y crea contaminación acústica. Dejas a la persona peor que antes. Mientras más agradable suene la adulación dada, peor será la condición del receptor en el futuro. Un justo evitará tanto recibir lisonjas como proporcionarlas, porque sabe que el verdadero valor está en la reprensión sabia y oportuna (Pr 27:9; Sal 141:5).

Los justos son árboles de vida: Nutren a otros con sabiduría (Pr 10:21;11:30). Pero la mayoría de las personas son bastante inútiles, porque nunca contribuyen al beneficio o la perfección de los demás. Son demasiado temerosas, o ignorantes, o egoístas, para ayudar. En lugar de ser árboles de vida, son simplemente troncos sin raíz que ocupan un lugar valioso en el suelo en el que están.

El valor y la vitalidad de una iglesia depende de la práctica de este proverbio. Hay dos grandes beneficios. Si los miembros de la iglesia cumplieran el rol de exhortarse mutuamente a hacer el bien y condenar el pecado, esa iglesia crecería en gracia y santidad (Ro 15:14; Ef 4:16; 1 Ts 5:14; He 3:12-13;10:24-25) ). Entonces, también, esa iglesia crecería en amor y verdadera estima de los unos por otros, por el beneficio obtenido de las reprensiones sabias y piadosas. ¡Esto es a lo que la palabra de Dios nos llama a hacer como miembros del Cuerpo de Cristo!

Pero hoy en día las iglesias no son más que clubes sociales religiosos. Después de una breve sesión con forma de piedad, que llaman servicio de adoración, se involucran en charlas ociosas y bromas tontas. Luego se van a casa murmurando y calumniándose unos a otros. ¡Dios no quiera que tú estés en una iglesia así! Los verdaderos creyentes deben exhortarse unos a otros a una mayor piedad, y reprender cualquier pecado conocido entre ellos (Gl 6:1; Ef 4:29; Stg 5:16,19-20).

La mayoría de los cristianos nunca corrigen o reprenden a nadie en asuntos de piedad porque rechazan la verdad de este proverbio. Asumen que la forma de obtener y mantener amigos es la adulación, la cháchara cómoda y las trivialidades. Temen perder amigos y el favor de ellos, lo opuesto a la sabiduría de Dios, por lo que nunca corrigen a otros a causa de su pecado.

Hay recompensa por reprender a otros. A Dios le complace que hayas cumplido tu papel y guardado Su instrucción, y la persona a la que reprendiste te amará por ello, si es sabia (Pr 9:7-9). Sin embargo, puede que no te ame en el momento de tu reprensión. Y para esto debes estar preparado de antemano. Vuelve a leer el proverbio. Dice que el que reprende “hallará después mayor gracia”. Nuevamente, esto lo confirma el autor de Hebreos:

“Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados (He 12:11).

Tu hijo apreciará después tu reprensión y la instrucción bíblica que le diste temprano en la vida; cuando sea mayor, la recordará y la apreciará (Pr 22:6,15).

El Señor Jesucristo, el ejemplo preeminente, estuvo siempre corrigiendo, reprendiendo e instruyendo a todos aquellos con los que encontraba, fueran amigos o enemigos. Y Pablo hizo lo mismo, dedicando su vida a corregir y reprender el pecado que encontró en las vidas de sus oyentes. Los justos los amaron a ambos, porque apreciaron los santos esfuerzos por perfeccionar sus vidas.

Si un creyente estuviera debidamente convencido acerca del venidero Día del Juicio (He 9:27), le faltaría el tiempo para perfeccionar a los demás con sabias y bíblicas reprensiones e instrucciones. Porque una vez que estés ante el Juez (Hch 10:42; 1 Ti 4:8; He 12:23), desearás con vehemencia que otros te hubieran reprendido más y mejor, y otros desearán también con vehemencia que tú los hubieras reprendido más y mejor. ¿Por qué convertir aquel día en el gran Día del Pesar? Amable y sabiamente reprende el pecado donde lo veas hoy, comenzando por ti mismo.

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