“El necio da rienda suelta a toda su ira, Mas el sabio al fin la sosiega” (Pr 29:11).
No tienes que decirlo todo ahora. La sabiduría sabe qué hacer antes de hablar y cuándo hablar; pero los necios explotan y lo dicen todo en cualquier momento y sin consideración.
Los necios hablan mucho. No hablan con prudencia, reserva o moderación ante las circunstancias, analizando el entorno antes de decir algo. No tienen un habla cautelosa, seria y mesurada, que evita la impulsividad que lleva a malos entendidos y al rompimiento de las relaciones.
Salomón dice que todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora (Ec 3:1):
“Tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Ec 3:7).
Pero saber cuál es el momento apropiado requiere autocontrol, discreción y prudencia, ingredientes de la sabiduría que el necio no posee.
No hay nada virtuoso en ser “franco”. Es simplemente otra palabra para un necio. Muchas veces es mejor dejar de lado la franqueza para que se disuelva en la bilis de tu hígado y entre en tu torrente sanguíneo. Mejor es pedirle al Señor que ponga guarda a tu boca y guarde la puerta de tus labios (Sal 141:3). Di sólo lo indispensable porque la llamada franqueza a menudo sólo es el cumplimiento de la primera parte de este proverbio.
Muchas cosas—palabras ociosas, inmundicias, tonterías, bromas, chistes, calumnias, quejas, reproches y murmuraciones—no debieran mencionarse jamás (Pr 10:18; 11:13; 25:23; Mt 12:36; Ef 5:3-5). Las muchas palabras elevan la probabilidad de pecar (Pr 10:19; Ec 5:3). ¿Cuánto daño y dolor podrías haber evitado si hubieras reducido la cantidad de tus palabras? (Pr 12:18) Cuanto menos, y más cuidadosamente escogidas, y más pausadamente pronunciadas, sean tus palabras, tanto mejor (Stg 1:19).
La necedad de la persona iracunda se conoce pronto, porque no puede contener sus palabras (Pr 12:16). Una persona necia tiene que decir algo, debe tener la última palabra. Esparce sus tonterías en voz alta sin ninguna consideración.
Las personas sabias reflexionan antes de responder (Pr 12:23; 13:16; 15:28) y refrenan sus palabras (Pr 17:27-28). Eligen cuidadosamente qué decir y esperan el momento oportuno para decirlo (Pr 15:23; 24:26; 25:11). La discreción y la prudencia son las guardianas de la sabiduría. Restringe tus palabras hasta que captes claramente la situación y puedas tener una respuesta justa (Pr 12:23; 13:16; 14:8; 16:21; 19:11; 22:3).
Las personas sabias se controlan “hasta después”. Hasta después de que la pasión se disipe y puedan hablar con prudencia y objetividad (Pr 19:11; Stg 1:19). Hasta después de aplicar las Escrituras a la situación y encontrar la respuesta sabia (Sal 119:11; 1 Co 13:4-7). Hasta después de haber meditado en el asunto (Pr 15:28; 22:17-21). Hasta después de haber santificado al Señor en sus corazones (1 P 3:15). Hasta después que alguien haya solicitado sinceramente su parecer (Pr 18:13; 25:6-7).
Sansón “le descubrió... todo su corazón” a una ramera (Jue 16:17). El que “presionándole ella cada día con sus palabras e importunándole” hasta que “su alma fue reducida a mortal angustia” (Jue 16:16), no le pareció suficiente advertencia contra el peligro en el que se hallaba. Esta táctica de acoso verbal, de presionar y provocar con palabras para hacer que el necio abra el saco y derrame los frijoles es típica de la mujer odiosa; y Sansón, que ya había vivido una situación similar (Jue 14:15-17), debió haber salido corriendo en el acto.
En cambio Abigail, una mujer prudente y de buen entendimiento, esperó el momento adecuado para darle la mala noticia a su marido (1 S 25:36). Y el Señor le dijo a Samuel que le respondiera a Saúl solo una parte de la verdad (1 S 16:1-3). Y cuando estaba siendo juzgado, Pablo reveló sólo la parte de su relación con los fariseos que le granjeó la simpatía de los presentes (Hch 23:6).
Los cristianos debemos hablar con suma discreción y cautela. Debemos ser circunspectos, inspeccionando el asunto desde todos los ángulos antes de responder (Ef 5:15). Prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Mt 10:16), nuestra palabra debe ser siempre con gracia, sazonada con sal, sabiendo cómo debemos responder a cada uno de buena manera, para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes (Ef 4:29; Col 4:6).
El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley (Gl 5:22-23). Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu (Gl 5:24-25).
¿Puedes evitar descubrir todo tu corazón? ¿Puedes esperar hasta tener las palabras adecuadas y la oportunidad apropiada para decirlas?
“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén” (2 Co 13:14).
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