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Thursday, August 27, 2026

POCOS Y MALOS HAN SIDO LOS DÍAS DE LOS AÑOS DE MI VIDA—LECCIONES DE LA VIDA DE JACOB

 


“Y Jacob respondió a Faraón: Los días de los años de mi peregrinación son ciento treinta años; pocos y malos han sido los días de los años de mi vida, y no han llegado a los días de los años de la vida de mis padres en los días de su peregrinación” (Gn 47:9).

El nombre bíblico Jacob proviene del hebreo Ya'aqov y significa “el que agarra el talón”, “el que suplanta” o “engañador”. Este significado se origina en el relato de su nacimiento en Génesis, donde se relata que nació aferrado al talón de su hermano gemelo Esaú (Gn 25:24-26).

La vida de Jacob comenzó con una lucha cuando aún estaba en el vientre de su madre. Siendo un gemelo en el útero con Esaú, él batallaba por su posición sobre su hermano y fue dado a luz agarrando el talón de su hermano Esaú. 

Cuando su madre Rebeca le preguntó a Dios durante su embarazo lo que le estaba ocurriendo en su vientre, Dios le dijo que dentro de ella había dos naciones (o tribus), las cuales se dividirían. Un pueblo sería más fuerte que el otro, y el mayor serviría al menor (Gn 25:23).

Jacob y Esaú crecieron juntos viviendo una vida nómada. Esaú se convirtió en un excelente cazador y le encantaba estar en el campo, mientras que Jacob “era varón quieto, que habitaba en tiendas” (Gn 25:27). Esaú, siendo un cazador, era el favorito de su padre quien comía de la caza que Esaú traía, mientras Rebeca amaba más a Jacob (Gn 25:28). Este favoritismo destructivo seguiría a la familia en la siguiente generación, especialmente con José el hijo de Jacob. Tal fue el favoritismo de Jacob por José, que causó gran resentimiento entre sus hermanos y casi le cuesta la vida a José.

Cuando Isaac envejeció y sus ojos se oscurecieron, pensó que estaba cerca de su muerte e hizo arreglos con Esaú para bendecirlo con las bendiciones de Dios ya que él era el primogénito (Gn 27:1-4). Al oír esto, Rebeca concibió un plan para engañar a Isaac y hacerlo que bendijera a Jacob en vez de a Esaú. Por lo tanto, Jacob y no Esaú recibió la bendición de su padre. Esaú juró que mataría a Jacob por causa de esto tan pronto como el período de luto por la muerte de su padre terminara (Gn 27:41). Pero Isaac vivió otros veinte años antes de morir (Gn 35:27-29).

Toda la vida de Jacob está marcada por ceder ante la conspiración de su madre, Rebeca, de robarle la bendición de Isaac para Esaú. Nótese cómo la consciencia de Jacob lo convenció de pecado cuando Rebeca le ordenó que engañara a Isaac para robarle la bendición de Esaú:

“Aconteció que cuando Isaac envejeció, y sus ojos se oscurecieron quedando sin vista, llamó a Esaú su hijo mayor, y le dijo: Hijo mío. Y él respondió: Heme aquí. Y él dijo: He aquí ya soy viejo, no sé el día de mi muerte. Toma, pues, ahora tus armas, tu aljaba y tu arco, y sal al campo y tráeme caza; y hazme un guisado como a mí me gusta, y tráemelo, y comeré, para que yo te bendiga antes que muera. Y Rebeca estaba oyendo, cuando hablaba Isaac a Esaú su hijo; y se fue Esaú al campo para buscar la caza que había de traer. Entonces Rebeca habló a Jacob su hijo, diciendo: He aquí yo he oído a tu padre que hablaba con Esaú tu hermano, diciendo: Tráeme caza y hazme un guisado, para que coma, y te bendiga en presencia de Jehová antes que yo muera. Ahora, pues, hijo mío, obedece a mi voz en lo que te mando. Ve ahora al ganado, y tráeme de allí dos buenos cabritos de las cabras, y haré de ellos viandas para tu padre, como a él le gusta; y tú las llevarás a tu padre, y comerá, para que él te bendiga antes de su muerte.  Y Jacob dijo a Rebeca su madre: He aquí, Esaú mi hermano es hombre velloso, y yo lampiño. Quizá me palpará mi padre, y me tendrá por burlador, y traeré sobre mí maldición y no bendición. Y su madre respondió: Hijo mío, sea sobre mí tu maldición; solamente obedece a mi voz y ve y tráemelos.  Entonces él fue y los tomó, y los trajo a su madre; y su madre hizo guisados, como a su padre le gustaba. Y tomó Rebeca los vestidos de Esaú su hijo mayor, los preciosos, que ella tenía en casa, y vistió a Jacob su hijo menor; y cubrió sus manos y la parte de su cuello donde no tenía vello, con las pieles de los cabritos; y entregó los guisados y el pan que había preparado, en manos de Jacob su hijo” (Gn 27:1-17).

“Quizá me palpará mi padre, y me tendrá por burlador, traeré sobre mí maldición y no bendición (Gn 27:12), le responde Jacob a Rebeca tratando de evitar el engaño. 

“Hijo mío, sea sobre mí tu maldición; solamente obedece a mi voz y ve y tráemelos (Gn 27:13), le responde Rebeca

Pero después ocurrió que:

 Y aborreció Esaú a Jacob por la bendición con que su padre le había bendecido, y dijo en su corazón: Llegarán los días del luto de mi padre, y yo mataré a mi hermano Jacob. Y fueron dichas a Rebeca las palabras de Esaú su hijo mayor; y ella envió y llamó a Jacob su hijo menor, y le dijo: He aquí, Esaú tu hermano se consuela acerca de ti con la idea de matarte. Ahora pues, hijo mío, obedece a mi voz; levántate y huye a casa de Labán mi hermano en Harán, y mora con él algunos días, hasta que el enojo de tu hermano se mitigue; hasta que se aplaque la ira de tu hermano contra ti, y olvide lo que le has hecho; yo enviaré entonces, y te traeré de allá. ¿Por qué seré privada de vosotros ambos en un día? (Gn 27:41-45).

Cuando las primeras consecuencias del engaño perpetrado por Rebeca y Jacob tomaron forma de amenaza contra la vida de Jacob, nótese cómo Rebeca lo culpa sólo a él de lo sucedido: “hasta que se aplaque la ira de tu hermano contra ti, y olvide lo que le has hecho  (Gn 27:44). 

“Lo que [tú] le has hecho”. Ya no está el Hijo mío, sea sobre mí tu maldición” (Gn 27:13). 

“Honra a tu padre y a tu madre” es el cuarto mandamiento de la ley de Dios y el primero que incluye una promesa de bienestar y larga vida (Ex 20:12). El apóstol Pablo lo recuerda en el Nuevo Testamento como “el primer mandamiento con promesa: para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra” (Ef 6:2-3). Tratar al padre con estima y acatar su guía, obedecerle y prestarle atención cuando envejece y necesita honra, reconocer el origen de la vida y el esfuerzo que hizo en la crianza...todas estas fueron cosas que Jacob quebrantó cuando engañó a Isaac obedeciendo la voz de Rebeca en vez de a su propia consciencia (Gn 27:12). Estos son principios eternos que se conocían, aunque fueron puesto por escrito más tarde por Moisés.

“Quizá me palpará mi padre, y me tendrá por burlador, traeré sobre mí maldición y no bendición” (Gn 27:12), le respondió inicialmente Jacob a Rebeca tratando de evitar su participación en el engaño. Pero cedió ante su madre. 

Y, lo peor de todo, es que Rebeca y Jacob hicieron esto sin ninguna necesidad, ya que Dios había dicho antes de que Esaú y Jacob nacieran:

Dos naciones hay en tu seno, Y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; El un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, Y el mayor [Esaú] servirá al menor [Jacob] (Gn 25:23).

Jacob pasaría el resto de su vida cosechando exactamente lo que había tratado de evitar (Gn 27:12). Por eso es que al final la resumiría toda su vida con estas sencillas pero, a la vez, profundas palabras:

“Los días de los años de mi peregrinación son ciento treinta años; pocos y malos han sido los días de los años de mi vida...” (Gn 47:9).

“Pocos y malos han sido los días de los años de mi vida. Sólo la soberana bendición de Dios los hizo llevaderos, al mitigar la amargura de la cosecha de sus obras con la misericordia del Dios que lo escogió como objeto de Su bendición.

Rebeca también le dijo a Isaac que Jacob debía encontrar una esposa de entre su parentela. Entonces, Isaac envió a Jacob a su tío Labán que vivía en su hogar ancestral, en Harán (Gn 27:43). 

Durante el viaje de Jacob, tuvo un sueño de una escalera que llegaba al cielo, y ángeles de Dios que subían y descendían por ella. Esta imagen se refleja en las palabras de Jesús a Su discípulo Natanael (Jn 1:51). Dios le dio a Jacob la seguridad de Su presencia y reiteró la promesa que había hecho a Abraham (Gn 28:13-15). Como resultado de esta experiencia, Jacob le colocó a ese lugar el nombre de Betel, que significa “casa de Dios”, y se comprometió a servir a Dios.

Después que Jacob se estableció en Harán, Labán ofreció pagarle por el trabajo que había estado haciendo como pastor cuidando de sus rebaños. Jacob se ofreció trabajar para Labán durante siete años a cambio de Raquel, la hija de Labán, a quien amaba profundamente. Sin embargo, Jacob descubrió que su tío Labán podía ser tan engañador como él mismo había sido. En la noche de bodas de Jacob, Labán sustituyó su hija mayor, Lea, por Raquel (Gn 29:23-25). Sin embargo, Labán también acordó de entregarle a Jacob a su hija Raquel, siempre y cuando terminara la semana de bodas con Lea antes de tomar a Raquel como esposa, luego trabajar otros siete años para él. Jacob estuvo de acuerdo con este plan. Mientras que las dos mujeres fueron esposas de Jacob, él amaba a Raquel más que a Lea (Gn 29:30), lo que fue una fuente continua de conflictos familiares.

Mientras que Raquel permanecía estéril, Lea dio a luz a Rubén, el primogénito de Jacob. Luego, siguió el nacimiento de once hijos más de Lea, Raquel y sus dos siervas. Estos hijos serían los progenitores de las doce tribus de Israel. Después del nacimiento de José, quien fue el undécimo hijo de Jacob y el primer hijo de Raquel, Jacob le pidió a Labán que lo dejara ir de vuelta a su tierra. Labán le pidió a Jacob que se quedara y que le señalará su salario. Jacob pidió sólo las ovejas y cabras manchadas y salpicadas de color de todos los rebaños de Labán que él apacentaba para que fueran de su propio rebaño. La estratagema funcionó, Jacob puso varas verdes frente a los rebaños cuando se apareaban, y esto resultó en borregos listados, pintados y salpicados que él reclamó para sí. Jacob hizo esto sólo con los animales fuertes, por lo que sus rebaños crecieron fuertes mientras que los de Labán eran rebaños débiles (Gn 30:31-43). Jacob reconoció que Labán y la actitud de sus hijos hacia él había cambiado. Fue entonces cuando Dios le ordenó a Jacob que volviera a la tierra de sus padres, acompañado por Su promesa: “y yo estaré contigo” (Gn 31:3). Jacob salió de Harán, llevándose consigo a sus esposas e hijos y todos los grandes rebaños que había acumulado. Cuando Labán se enteró de que Jacob se había ido, lo persiguió. Pero Dios le dijo a Labán en un sueño “guárdate que no hables a Jacob descomedidamente” (Gn 31:24). Labán le preguntó a Jacob porqué se había ido secretamente y le dijo que tenía el poder para hacerle el mal si no hubiera sido por la advertencia de Dios. También acusó a Jacob de haber robado sus dioses (estatuillas de ídolos). Continuando con el legado de engaño, Raquel, quien había tomado los ídolos sin que Jacob lo supiera, los ocultó de su padre mientras él los buscaba. Labán y Jacob finalmente se separaron después de hacer un juramento de no invadir las tierras el uno al otro.

Luego, Jacob tuvo que enfrentarse a su hermano Esaú. Aunque ya habían transcurrido veinte años desde que se habían visto por última vez, el recuerdo de la amenaza de Esaú de matar a Jacob, aún lo acosaba (Gn 32:11). Jacob envió mensajeros delante de él con presentes, instruyéndoles a decirle a Esaú que él venía tras de ellos. Los mensajeros volvieron a Jacob diciéndole que Esaú venía a reunirse con él junto con cuatrocientos hombres. Con el temor de que Esaú viniera a destruirlo, Jacob dividió su familia en dos grupos, esperando que al menos un grupo pudiera escapar del ataque. Jacob oró a Dios para que lo salvara, recordándole a Dios que Él lo había enviado de regreso a la tierra de Abraham y que le haría bien, y su descendencia sería innumerable (Gn 32:9-12). Jacob seleccionó más presentes para Esaú, los cuales él envió adelante con siervos que iban en grupos, con la esperanza de apaciguar a Esaú. Esa noche también despidió a sus esposas e hijos. Mientras estaba solo, en medio de la noche y temiendo por su vida, Jacob, luchó con un varón que resultó ser el mismo Señor Dios (Gn 32:22-31; Os 12:2-6), o el Ángel del Señor. El varón tocó el muslo de Jacob, descoyuntándolo, pero ni aun cuando rayaba el alba Jacob lo dejó ir. Pidió una bendición y el varón le dijo: 

No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido (Gn 32:28). 

Jacob le preguntó al varón su nombre y luego comprendió que era Dios. Jacob nombró el lugar Peniel, reconociendo que había visto a Dios y, sin embargo, Dios había preservado su vida. Este combate y el cambio de nombre marcó un nuevo comienzo para Jacob.

El reencuentro con Esaú no fue el ataque que había temido: 

Esaú corrió a su encuentro y le abrazó, y se echó sobre su cuello, y le besó; y lloraron (Gn 33:4). 

Esaú se ofreció a acompañar a Jacob el resto del camino. Jacob se negó, citando el tamaño de su familia. Jacob también se negó al ofrecimiento de Esaú de dejar algunos de sus hombres con el grupo. Jacob no confiaba plenamente en su hermano Esaú, y así, en lugar de reunirse con Esaú en Seir, Jacob llevó a su familia por otro camino donde finalmente compró una parcela de tierra y se asentaron en el El-Elohe-Israel o “Poderoso es el Dios de Israel”. 

Aunque se le había dado un nuevo nombre, Jacob el engañador aún se cuidaba de otros que podrían estar intentando engañarlo. Aquí vemos que la mente de aquellos que conspiran para engañar, es siempre sospechosa de las motivaciones de los demás y nunca puede estar completamente en paz.

Génesis 34 registra la violación de Dina, la única hija de Jacob, y la venganza que sus hermanos Simeón y Leví llevaron a cabo sobre toda la comunidad del violador. Una vez más, vemos cómo el pecado de los padres se cosecha en los hijos en la manera engañosa en que vencieron a sus enemigos. Jacob, enojado con sus hijos y en obediencia a la guía de Dios, se trasladó con su familia a Betel (Gn 35:1) donde Dios apareció nuevamente a Jacob y confirmó Su bendición (Gn 35:9-13). En el encuentro de Jacob con Dios, recibió la promesa de que reyes y muchas naciones saldrían de él y que la tierra que Dios había prometido a sus antepasados sería su herencia (Gn 35:11-12).

Jacob y su familia se mudaron de Betel a Migdal-edar. En el camino, Raquel dio a luz a su segundo hijo, Benjamín, el doceavo hijo de Jacob. Rachel murió en el parto. Jacob se reunió con su padre, Isaac, en Mamre. Cuando murió su padre, tanto Esaú como Jacob lo sepultaron.

Similar a su madre, Jacob también tenía favoritos. Raquel era su esposa favorita, y sus hijos José y Benjamín fueron sus hijos preferidos. De hecho, José fue tan favorecido que sus hermanos se pusieron celosos y lo vendieron como esclavo. Pero Dios estaba con José, y finalmente le fue bien en Egipto y rescató a su familia de una gran hambruna de siete años, incluyendo a Jacob. Jacob murió en Egipto y fue embalsamado a petición de José (Gn 49:29-50:3). José y sus hermanos tomaron el cuerpo de Jacob de vuelta a la tierra de Canaán, para ser enterrado junto a Abraham, Sara, Isaac, Rebeca y Lea. Antes de su muerte, Jacob bendijo a sus doce hijos y pidió ser enterrado en la cueva que Abraham había comprado para su entierro. 

Jacob también bendijo a los dos hijos de José, dando la bendición del primogénito al hijo más joven. A diferencia de su padre que había sido engañado, dando la bendición del primogénito a Jacob, Jacob cruzó sus manos adrede para dar la bendición de forma poco habitual.

Las similitudes en la vida de Abraham, Isaac y Jacob son sorprendentes. En sus historias, vemos la importancia de la familia y la influencia del ejemplo. Temas como el engaño, el favoritismo, conflictos familiares generados por la poligamia y la idolatría, bendiciones inesperadas, reconciliación y fe, fluyen a través de los relatos. En la mayoría de los casos, vemos que Dios es fiel a Sus promesas, pero al mismo tiempo justo en Sus juicios. Él escoge llevar a cabo los propósitos de Su reino a través de pecadores que están dispuestos a obedecerle. A los pecadores, Él los puede hacer personas nuevas. Simbolizando este cambio de corazón, Dios le dio el nombre de Sara a Sarai, a Abram lo renombró Abraham, a Jacob le dio el nombre de Israel para marcar una nueva identidad y el cumplimiento de su pacto con ellos, porque Él puede hacer nuevas criaturas de aquellos que se someten a Su palabra (2 Co 5:17). 

La Biblia enseña que cada persona cosecha de manera inevitable las consecuencias de sus acciones, decisiones y actitudes. Este principio moral y espiritual se conoce como la ley de la siembra y la cosecha (Pr 11:18; Os 8:7;2 Co 9:6; Gl 6:7-8). Nuestras acciones cotidianas tienen un destino: ya sea sembrar lo malo que nos traerá aflicción, tristeza y ruina, o sembrar lo bueno que resultará en el fruto perdurable del Espíritu que resulta de una vida guiada por Dios.

Aunque las consecuencias de nuestros pasados caminos pecaminosos todavía nos atormenten, en Cristo encontramos el perdón de nuestros pecados, así como el poder para vencerlos. Estamos invitados a participar en la obra de Dios en el mundo. Tenemos nuevos nombres y podemos confiar en las promesas de Dios, quien demuestra ser fiel a Sí mismo y a Sus promesas, una y otra vez.

Los engaños que sufrió Jacob forman una parte central de su historia, marcando un paralelo con los engaños que él mismo cometió contra su hermano primero; y contra su padre, después. 

Primero están los engaños de su suegro Labán. Jacob se enamoró de Raquel, la hija menor de Labán, y acordó trabajar siete años para poder casarse con ella. Sin embargo, en la noche de bodas, Labán aprovechó la oscuridad y el velo de la novia para entregarle a su hija mayor, Lea. Jacob no se dio cuenta hasta la mañana siguiente. Al ser confrontado, Labán se justificó diciendo que en su cultura no se podía casar a la menor antes que a la mayor. Para otorgarle también a Raquel, obligó a Jacob a trabajar siete años más (Gn 29:15-30). 

Después de cumplir los 14 años por sus esposas, Jacob acordó quedarse a cargo del ganado de Labán a cambio de las ovejas y cabras que nacieran manchadas, pintadas o rayadas. Al ver que el ganado de Jacob prosperaba milagrosamente, Labán le cambió las condiciones del salario 10 veces (Gn 31:7) para intentar disminuir sus ganancias, alternando si su pago serían los animales rayados o los salpicados.

Más tarde, la dinámica del engaño afectó directamente el corazón de Jacob a través de sus hijos mayores, quienes resentían al hijo favorito de su padre, José. Sus hermanos lo vendieron como esclavo a unos mercaderes, pero le ocultaron la verdad a Jacob. Tomaron la túnica de colores de José, la empaparon en la sangre de un cabrito y se la presentaron a su padre. Al reconocer la túnica, Jacob asumió inmediatamente que una mala bestia había devorado a su hijo. Pasó muchos años de su vida sumido en un profundo duelo, engañado por el silencio cómplice de sus hijos, hasta que descubrió la verdad al reencontrarse con José en Egipto. Jacob engañó a su padre ciego (Isaac) usando la ropa de su hermano Esaú y la piel de unos cabritos en sus manos. Labán engañó a Jacob aprovechando la oscuridad (ceguera temporal), y sus hijos lo engañaron usando la túnica de José y la sangre de un cabrito. 

El nombre de Jacob, “engañador”, parece caracterizar gran parte de su vida. Pero Dios lo convirtió en Israel, aquel a quien Dios le hizo promesas a las cuales Él fue, y sigue siendo, fiel. 

Dios se le apareció a Jacob, y él creyó en las promesas de Dios. A pesar de sus pecados y equivocaciones, Dios lo escogió para ser el líder de una gran nación que aún hoy lleva su nombre. 

Hoy, al igual que en la historia bíblica, vemos a Jacob (Israel) como un receptor pasivo de los eventos internacionales, mientras los protagonistas son aquellos que están a su alrededor. Debido a esto, muchas personas creen que no hay gran sabiduría o enseñanza que podamos desprender de Jacob, y estamos tentados a verlo como poco más que un instrumento pasivo de Dios. Si somos tentados a pensar que, puesto que no estamos en el centro de atención realizando grandes proezas para Dios, no somos importantes para Él, entonces debemos considerar la vida de Jacob y saber que, a pesar de nuestras faltas y pecaminosidad, Dios todavía puede usarnos como parte de Su plan para la humanidad, si tan sólo nos sometemos a Él y le damos el lugar que se merece en nuestras vidas.

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