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sábado, 1 de enero de 2022

LOS CAMINOS DE DIOS SON MISTERIOSOS



¿Por qué Dios permite problemas, pruebas y tribulaciones en este mundo? ¿Por qué sufren incluso los cristianos? ¿Por qué el Señor, cuando alguien lo recibe como su Salvador, no lo saca inmediatamente de este mundo de problemas? ¿Por qué somos dejados aquí? 

Podemos culpar al pecado de todos los problemas. Pero, ¿de dónde viene el pecado? Podemos culpar del pecado al diablo, pero ¿de dónde viene él? ¿Creó un Dios bueno a un diablo malo? Dios sabía que Adán y Eva cederían a la tentación, ¿o fue la caída del hombre una sorpresa para Dios? 

En nuestro intento por comprender estas cosas, debemos reconocer que es el plan de Dios que cada uno de nosotros tenga el derecho a escoger. No fuimos creados como robots, nuestras acciones no fueron programadas al ser creados, y ningún ser superior nos controla y dirige por control remoto.  Dios desea que quienes le sirven y adoran lo hagan porque han decidido hacerlo, no porque Él los obligue a hacerlo.

Adán tenía una opción. Nosotros tenemos una opción. Algunos aceptan; algunos rechazan la oferta de Dios. Las Escrituras dicen: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Dt. 30:19). Elige hoy día a quién servirás (Jos. 24:15), es la enseñanza que corre a través de toda la Biblia.

Una vez que entendemos el derecho otorgado por Dios a elegir, es evidente que tiene que haber al menos dos cosas diferentes entre la que tenemos que ejercer nuestro poder de elección. Si nunca hubiera existido el mal en este mundo, nunca habríamos sabido lo que está mal, y en consecuencia, no podríamos tampoco elegir hacer lo correcto. 

Si tan sólo el mal estuviera permitido en este mundo, nunca hubiéramos sabido acerca del bien. Para que podamos elegir, tanto el bien como el mal tienen que coexistir en este planeta. 

Dos diferentes sistemas espirituales existen en este mundo. Son conocidos por expresiones descriptivas tales como el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la inmundicia y la pureza, la sabiduría y la necedad, la verdad y la mentira, el yin y el yang. Diariamente, estos dos sistemas batallan por influir en la mente de las personas que pueblan el mundo. Para que esto suceda de manera sistemática y organizada, es necesario que cada sistema tenga un líder. Nuestro Señor Jesucristo es el líder de todo lo bueno, por supuesto. Y para que el sistema del mal prospere es necesario que también tenga un líder, un opuesto de Dios, el diablo

Entonces, ¿un Dios bueno creó un diablo malo? 

Dios no creó al diablo; más bien creó un hermoso ángel que luego, por sí solo, se convirtió en el diablo, porque a los ángeles Dios también les ha dado el libre albedrío: el poder de elegir a quien servir. Dios es el Creador. “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Col. 1:16-17).  “Para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto” (Is. 45:6-7). 

Podemos ver un propósito para el sistema del mal y su líder, siendo su existencia necesaria para que la humanidad pueda tomar la decisión de a quién servir. Pero después de haber hecho nuestra elección, después de haber recibido a Cristo, ¿por qué el Señor no nos saca inmediatamente de este mundo? La oración del Señor Jesús fue: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn. 17:15). 

¿Por qué nos quedamos aquí para pasar por problemas y pruebas? Una razón es para que desarrollemos el verdadero carácter cristiano por medio de la experiencia y la observación. El bien se vuelve obvio en comparación con lo malo; lo malo se vuelve obvio cuando se compara con lo bueno. Si lo pensamos bien, no podríamos conocer al Señor Jesús como nuestro Salvador si no nos hubiéramos convertido en pecadores. Convertirse en pecador no fue difícil, “por cuanto todos pecaron” (Ro. 3:23). Pero las buenas noticias es que Cristo murió por los pecadores (Ro. 5: 6; 1 Co. 15:3). No podríamos ser salvados si no hubiéramos estado perdidos. No podríamos ser curados si no estuviéramos enfermos. No podríamos obtener la victoria si no nos enfrentamos a la derrota. No podríamos tener una respuesta a nuestras oraciones si nunca tuviéramos necesidades. Sin pasar por los valles, nunca experimentaríamos el gozo de llegar a la cumbre.

¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminosPorque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la Gloria por los siglos. Amén (Ro. 11:33-36).  

Los caminos de Dios son misteriosos como la senda del viento, o como la forma en que el espíritu humano se infunde en el cuerpo del niño aún en el vientre de su madre” (Ec. 11:5 NBV).

Cuando decimos que Dios obra de maneras que son a menudo consideradas misteriosas”, queremos decir que los métodos de Dios a menudo nos dejan totalmente desconcertados. ¿Por qué Dios le diría a Josué y a los hijos de Israel que marcharan alrededor de la ciudad de Jericó durante una semana? (Jos. 6:1-4) ¿Qué bueno podía resultar de que Pablo y Silas fueran arrestados y golpeados sin motivo? (Hch. 16:22-24)

Los procesos que Dios usa, la interacción de la libertad humana (libre albedrío) y la soberanía de Dios, y las conclusiones finales de Dios están mucho más allá de lo que la limitada mente humana puede entender. La Biblia y los testimonios de los cristianos en todos los tiempos están repletos de historias reales de cómo Dios transformó por completo las situaciones, los problemas y las vidas, y con frecuencia de las maneras más inesperadas, sorprendentes e inexplicables.

La vida de José es un buen ejemplo de la forma misteriosa en que a veces obra Dios (Gn. 37:1-50:26). En Génesis 50:20, José les dice a sus hermanos, Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien. En esta declaración José resume los acontecimientos de su vida, comenzando con el mal que le hicieron sus hermanos y terminando con su reconocimiento de que todo era parte del buen plan de Dios para rescatar al pueblo de Su pacto (Gn. 15:13-14).

En Canaán hubo una hambruna en el lugar donde se habían establecido los descendientes de Abraham, el pueblo hebreo (Gn. 43:1), y por eso José los sacó a todos de Canaán y los llevó a Egipto (Gn. 46:26-27). José pudo proveer comida para todos ellos porque se había convertido en gobernador de Egipto y estaba a cargo de la compra y venta de alimentos (Gn. 42:6). ¿Por qué estaba José en Egipto? Los hermanos de José lo habían vendido como esclavo hacía unos veinte años y ahora dependían de él para su sustento (Gn. 37:28). Esta ironía es sólo una pequeña parte de lo que ocurrió en la vida de José. El movimiento contradictorio de Dios es evidente en toda la historia de José. Si José no hubiera sido gobernador de Egipto y no hubiera trasladado a sus parientes allí, entonces no existiría la historia de Moisés, ni el éxodo de Egipto cuatrocientos años después (Ex. 6:1-8).

Si José hubiera tenido la opción de elegir si sus hermanos lo vendían como esclavo o no, es obvio  que José habría respondido con un rotundo “No” (Gn. 50:20). Si a José nuevamente se le hubiera dado la opción de ser encarcelado o no por falsas acusaciones (Gn. 39:1-20), lógicamente habría dicho “No”. ¿Quién elegiría voluntariamente ese maltrato? Sin embargo, fue en Egipto donde José pudo salvar a su familia, y fue en la prisión donde se abrió la puerta del palacio.

Dios anuncia “lo por venir desde el principio” (Is. 46:10-11), y podemos estar seguros de que cada evento en la vida de un creyente es útil para él en el perfecto plan de Dios (Is. 14:24; Ro. 8:28). Desde nuestro punto de vista, la forma en que Dios entreteje eventos extraordinarios en y a través de nuestras vidas puede parecer ilógica y poco comprensible. Sin embargo, caminamos por fe y no por vista (2 Co. 5:7). Los cristianos sabemos que los pensamientos de Dios están por encima de nuestros propios pensamientos, y que los caminos de Dios son más altos que los nuestros, “como son más altos los cielos que la tierra” (Is. 55:8-9). Y, por lo tanto, todo lo que Dios hace es mejor, y perfecto, y grandioso. Aunque no lo entendamos completamente ahora, podemos descansar en el hecho de que nuestro libre albedrío y la soberanía de Dios obran de la mano en nuestras vidas, si cumplimos a cabalidad lo que Pablo nos dice en su epístola a los Romanos: 

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro. 8:28-39).

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