Es una triste realidad que quienes profesan la fe—los cristianos—a veces se enfrentan al abandono de parte de su cónyuge.
Aunque Dios diseñó el matrimonio para que una pareja permanezca casada hasta la muerte (Gn 2:24), y dice que divorciarse del cónyuge es un pecado que Él odia (Mal 2:16), también reconoce que los cristianos pueden no tener control sobre lo que hace su cónyuge. En los casos en que un cónyuge incrédulo abandona a un creyente, Dios ofrece gracia al que queda atrás.
¿Qué libertad tiene un cónyuge abandonado?
Pablo explica:
“Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios” (1 Co 7:15).
Paráfrasis:
“Pero si el que no cree [lo que la Palabra del Señor dice] se separa, que se separe. En tales casos el creyente abandonado no está obligado, sino que Dios nos ha llamado para vivir en paz” (1 Co 7:15).
El texto deja claro que, si un cónyuge incrédulo abandona a un creyente, éste último es libre de aceptar la separación y seguir adelante con su vida. No está “atado” (sujeto a servidumbre), lo que indica plena libertad para volverse a casar. Por supuesto, el cónyuge creyente puede y debe trabajar por la reconciliación (1 Co 7:11), pero nadie puede obligar a otro a actuar en contra de su voluntad.
¿Y si el cónyuge que abandona es creyente?
Estrictamente hablando, las instrucciones de Pablo en 1 Corintios 7:15 tratan específicamente con los matrimonios mixtos—la unión de una persona creyente con una persona incrédula. En la situación de dos cristianos casados entre sí, 1 Corintios 7:15 no se aplicaría. Aunque, ¿hasta dónde se puede llamar “cristiana” o “creyente” a una persona que no obedece lo que el Señor dice (1 Co 7:10)? Él declara enfáticamente:
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7:21-22; Lc 13.25-27).
Además, en Mateo 18:15-17 vemos que una persona no es “cristiana” o “creyente” porque dice serlo, sino porque obedece a la autoridad de la Palabra pronunciada por el Espíritu del Señor a través de los creyentes en verdadera comunión con el Señor:
“Si si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano” (Mt 18:15-17).
Si una persona que dice ser creyente vive en pecado sin arrepentirse—en este caso, abandonando/desertando a su cónyuge—incluso después de ser confrontada por la iglesia, esa persona no debe ser considerada cristiana, sino una persona incrédula. De esta manera, 1 Corintios 7:15 puede aplicarse a los creyentes que abandonan a sus cónyuges y se niegan a responder al llamado de arrepentirse.
¿Qué se considera abandono/deserción?
En este contexto, el abandono o deserción se refiere a la separación física o al divorcio. Si uno de los cónyuges abandona al otro, abandonando físicamente el hogar, el matrimonio queda disuelto de hecho. El cónyuge abandonado es libre de dejar ir al cónyuge desertor. El cónyuge abandonado no está “atado” (sujeto a servidumbre), esto es, en un sentido moral y espiritual al cónyuge desertor. No hay nada que vincule al cónyuge creyente con la persona que le abandonó. El cónyuge abandonado es libre de divorciarse y libre de volver a casarse, aunque no está obligado a ninguna de las dos cosas.
Si el abandono se produce en forma de solicitud de divorcio por parte de uno de los cónyuges, entonces el cónyuge abandonado es libre de firmar el papeleo, una vez que hayan fracasado todos los intentos de reconciliación. No hay pecado ni vergüenza para el cónyuge abandonado/desertado. Aceptar la disolución del matrimonio forma parte de seguir la Palabra del Señor: “a paz nos llamó Dios” (1 Co 7:15).
Algunos consejeros y clérigos, deseando ser amables, han definido el abandono/deserción en términos demasiado amplios. Algunos dicen que puede referirse a dificultades experimentadas a causa de adicciones, enfermedades mentales, sentencias de prisión o falta de amabilidad. Sin embargo, esa no es la definición bíblica de abandono. La definición bíblica de abandono/deserción es dejar físicamente el hogar y a la persona que es el cónyuge.
Si alguien es abandonado, ¿puede volver a casarse?
El adulterio y el ser abandonado son las dos únicas excepciones dadas en la Biblia para el divorcio—las dos únicas situaciones válidas en las que se puede decir que una persona abandonada no ha pecado. En Mateo 19:9, el Señor Jesús permite que las personas divorciadas vuelvan a casarse. Esa fue la razón por la que Moisés permitió el divorcio, en primer lugar (Mt 19:6-8). Es cierto que lo permitió, como el Señor dice: “Por la dureza de vuestro corazón” (Mt 19:8). Pero el hecho es que si no lo hubiera permitido el número de parejas viviendo en adulterio habría aumentado exponencialmente en Israel, contaminando a toda la nación y a la descendencia de estas uniones ilícitas.
Hoy, en la iglesia (cristiandad), la situación es la misma. “Por la dureza de vuestro corazón” (Mt 19:8) el divorcio libera a ambos cónyuges para continuar con sus vidas como personas solteras, y para volver a casarse si así lo desean.
De acuerdo a los argumentos dados, es nuestra opinión que quien se divorcia—especialmente si ha sido víctima de abandono/deserción—puede volver a casarse. La frase “no está sujeto a servidumbre” (1 Co 7:15) da este tipo de libertad.
¿Es siempre inocente la persona abandonada/desertada?
En absoluto. Algunas personas, infelices en un matrimonio, harán todo lo posible para empujar a su cónyuge a marcharse y luego solicitar el divorcio, todo mientras permanecen “inocentes”. Pero esto no es inocencia; es el pecado de manipulación en el matrimonio; y eso requiere arrepentimiento ante Dios y confesión a la víctima.
Pero, ¿el Señor no condena el volver a casarse en Mateo 5:31-32?
En este pasaje, el Señor dice:
“También fue dicho: Cualquiera que repudie [apoluo] a su mujer, dele carta de divorcio [apostasion]. Pero yo os digo que el que repudia [apoluo] a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada [apoluo], comete adulterio” (Mt 5:31-32; Mr 10:11-12).
La confusión con las palabras del Señor aquí (y en Mr 10:11-12) se debe a la mala traducción de las versiones modernas de la Biblia, y a que la RV-1960 no define la palabra repudiar.
Las palabras repudiar [apoluo] y divorcio [apostasion] no son sinónimas, como se puede ver por las palabras griegas que se usan (el NT fue escrito en griego, no en nuestro idioma materno). Repudiar significa “dejar ir”, “despedir”, “poner en libertad”, “liberar” (buscar en el Diccionario Vine, o similares, el significado y uso de repudiar y apoluo).
Repudiar es equivalente, en nuestro contexto, a separarse. Es decir, cuando una pareja legalmente casada pone fin a su relación de hecho, ya sea de común acuerdo o unilateralmente, lo primero que ocurre es la separación. Uno de los dos cónyuges se va del lugar que compartía con su mujer o marido. Muchos matrimonios se quedan por años, o para siempre, en esta etapa: nunca disuelven el matrimonio con un divorcio que ponga un fin legal a la unión. Técnicamente (legalmente) todavía son un matrimonio.
Esto era lo que estaba ocurriendo en el tiempo del Señor Jesús. Los judíos estaban repudiando a sus mujeres, pero no les daban carta de divorcio. Como no se divorciaban de ellas, ellas seguían casadas (técnicamente, legalmente), lo que hacía que cuando se unían en convivencia con otra pareja, adulteraran (o estuvieran viviendo en adulterio). Por eso el Señor dice que:
- 2 Timoteo 4:3-4: Pablo predice que vendrá tiempo cuando los “cristianos” no sufrirán la sana doctrina, sino que se apartarán de la verdad y se volverán a las fábulas.
- Mateo 24:10-13: El Señor Jesús advierte que en los tiempos finales muchos “cristianos” tropezarán, se traicionarán y se odiarán mutuamente, y el amor de muchos se enfriará.
- Hebreos 6:4-6: Habla de la imposibilidad de renovar para arrepentimiento a los “cristianos” que cayeron (apostataron) después de haber sido iluminados.
- 2 Timoteo 3:1-9: Describe los tiempos peligrosos de la apostasía venidera, donde los “cristianos” tendrán apariencia de piedad pero negará la eficacia de ella.
- 2 Pedro 2:1: Advierte sobre falsos profetas “cristianos” que introducirán encubiertamente herejías destructoras y negarán al Señor.
Sin embargo, considérense las implicaciones. ¿Por qué ocurrió el divorcio en primer lugar? No señales la mota en el ojo de tu ex: identifica la viga en el tuyo. ¿Qué ha cambiado, aparte del hecho de que ahora eres mucho mayor que cuando te casaste por primera vez y, por lo tanto, menos atractivo(a)? ¿Crees que podrías ser un mejor marido, una mejor esposa? ¿Te interesa serlo, o piensas en un segundo intento con otras consideraciones en mente?
El Señor, en el Antiguo Testamento, repudió a Israel y le dio carta de divorcio (Jer 3:8) llamándola ramera (Ez 16:30-35;16:41,44). Hemos visto que la palabra divorcio tiene implicaciones mucho más profundas en el aspecto espiritual. Así como el Señor se divorció de Israel, ha prometido hacerlo de cada “cristiano(a)” que no oiga y obedezca Su voz (Ap 3:20). Cinco, de las siete iglesias (Ap 1:4,11,20) mencionadas en el Apocalipsis, reciben severas advertencias de parte del Señor de perder su relación con Él si no se arrepienten. Cuatro veces las llama al arrepentimiento (Ap 2:5,16; 3:3; 3:19). Su llamado es individual: no a toda la iglesia, sino a aquel, a aquella, que “oye su voz”.
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3:20).
El divorcio no sólo termina con un matrimonio diseñado por el Señor para toda la vida, destruye a una familia, marca a los hijos de por vida, crea traumas, cicatrices y complejos que no se superarán ni viviendo dos vidas después de esta. Trae reproche al nombre del Señor ante el mundo que ve que los llamados “cristianos” no son mejores que ellos ni tienen poder “espiritual” para sobrellevar las desavenencias maritales, ¿con qué autoridad moral los juzgan a ellos y los llaman a arrepentirse? Médico, cúrate a ti mismo.
La persona cristiana que quiere volver a casarse después de haber sufrido un divorcio debe ser muy cauta al respecto. Debe tomarse el tiempo para sanar del trauma de la relación rota, para analizar todo lo que contribuyó a la ruptura, y para buscar la voluntad de Dios para el futuro.
Volver a casarse sólo es la mejor opción si el Señor te concede una guía inequívoca en esa dirección. ¿Eres ahora una mejor versión de la que fuiste en tu primer matrimonio? Si no, ¿por qué te iría ahora mejor que la vez anterior?
Como cristianos, hemos hecho un voto nupcial con el Señor Jesús. Pablo describe el matrimonio humano, con sus responsabilidades y obligaciones, con estas palabras:
“Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” (Ef 5:32).
Para los creyentes, el matrimonio debe ser mucho más que una unión entre marido y mujer. Debe ser una representación de la relación que tenemos con el Señor. Él ha prometido no fallarle a los Suyos, y sabemos que Su promesa es digna de confianza. La nuestra, en cambio, no lo es. Debemos renovar diariamente en oración nuestro voto de serle fiel, y rogar por Su gracia para poder cumplirlo. Mientras no tengamos una relación así con Él, no podemos esperar Su bendición en nuestros planes de un nuevo matrimonio; porque el matrimonio, dice Pablo, es un reflejo de nuestra unión con Él.
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3:20).
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