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Monday, May 11, 2026

TU MARIDO ES TU HACEDOR

 



“Busca lana y lino, Y con voluntad trabaja con sus manos” (Pr 31:13).

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Una mujer virtuosa no está por encima de ensuciarse las manos y trabajar duro manualmente, si tiene que hacerlo. No se hace ilusiones ni pretensiones sobre su papel. Ella sabe que la prosperidad de la casa comienza con sus manos, no con sus sueños. Aunque es capaz de usar su mente para aprovechar sus activos, no tiene reparos en agregar su capital de sudor al patrimonio familiar. Que toda mujer perezosa o mimada se humille ante la sabiduría de Dios.

He aquí un rasgo de la mujer virtuosa, que el rey Lemuel aprendió de su madre para hallar a una buena esposa (Pr 31:1,10). Las mujeres deben aceptar que una mujer escribió esta elevada descripción (Pr 31:10-31), en caso de que piensen que la vara está demasiado alta, que los rasgos carecen de suficiente atractivo o que enfatizan la posición de la mujer por debajo de su marido. Dios creo a la mujer para el hombre, no el hombre para la mujer; y aprender esta lección es el primer paso para ser una mujer virtuosa (Gn 2:18; 3:16; 1 Co 11:9).

Una mujer virtuosa no necesita que se haga mucho por ella. Ella busca qué hacer: cosas útiles y valiosas para la casa. Es una trabajadora dispuesta y entusiasta, tiene iniciativa para trabajar duro por su cuenta. No necesita que la empujen. Ve una necesidad, se arremanga y pone manos a la obra. No espera que su marido lo haga por ella cuando llegue a casa del trabajo; ella lo termina temprano para estar lista para atenderlo a él.

Una mujer casada que pasa rápidamente del té a la charla ociosa y de ahí a la TV, viola la ley de Dios para la mujer casada. No se encuentra en la Palabra de Dios ni en ninguna sociedad prudente tal cuadro. Dios hizo a la mujer para trabajar, y ella logra uno de sus objetivos principales mediante el uso diligente de su tiempo. Toda mujer cristiana debe asegurarse de ser más virtuosa que la mujer victoriana. Ser la “señora de la casa” no tiene nada que ver con tomarse las cosas con calma y hacer del marido el principal proveedor.

A la mujer casada de hoy le resulta difícil levantarse con su marido y que se espere de ella que cumpla con un día de trabajo tal y como el marido cumple con el suyo. Prefiere levantarse tarde, arrastrar las pantuflas por la casa, hablar por teléfono, revisar las redes sociales, leer copuchas de los ricos y famosos, visitar el spa, arreglarse las uñas y luego llamar al marido para recordarle que traiga la cena a casa. Es impensable que la mujer que vive así se crea además “cristiana”. Las mujeres de la Biblia trabajaron tanto o más que sus maridos, y lo hicieron de buena gana e incluso con entusiasmo.

En la búsqueda de una mujer para Isaac, el siervo de Abraham encontró a Rebeca sacando agua de un pozo (Gn 24:15-16). ¿Cómo la calificó? Esperó a ver si ella amablemente se ofrecía como voluntaria para sacar agua para sus diez camellos (¡cada uno puede beber 90 litros en 10 minutos!). ¿Qué hizo ella? Corrió a buscar agua lo suficientemente rápido para esas bestias sedientas (Gn 24:18-20). Isaac tenía una ganadora. Si crees que se trata de una excepción, lee dónde conoció Jacob a Raquel (Gn 29:9-18).

Las “niñas” remilgadas pueden vivir y morir solteras como mujeres perezosas, o pueden soñar con hombres afeminados que las mimarán como muñecas hasta el hastío. El matrimonio no es para que una mujer encuentre un sillón cómodo donde poder vitrinear por internet, comprar y dormir la siesta la mayor parte del día antes de manipular a su marido para que traiga pizza a casa. El matrimonio es para que un hombre tenga una amante compañera que lo ayude en sus proyectos espirituales, materiales y patrimoniales.

La iglesia es la novia del Señor Jesucristo, el Rey de gloria. Su Padre no escogió a Su novia, ni Jesús murió por ella, para que ella fuera “feliz” en esta vida, sino para “que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante”, para que fuese santa (Ef 5:27). Los que forman parte de la familia de Dios fueron escogidos para servir y trabajar para glorificar a Dios y ayudarse unos a otros en el proceso (Mt 20:25-28; Ro 14:8; 1 Co 10:31-33; 2 Co 5:13-15; 12:15). Cristiana, ¿cuán alegre y arduamente trabajas para complacer al marido que es tu Hacedor? (Is 54:5)

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