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Thursday, June 18, 2026

THE STAGE IS BEING SET

 

 “Y el tercer ángel los siguió, diciendo a gran voz: Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero; y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre. Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Ap 14:9-12).


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Wednesday, June 17, 2026

153 GRANDES PECES

 


¿Por qué Juan menciona la pesca de exactamente 153 grandes peces (Jn 21:11)? No aproximadamente. No muchos. Ciento cincuenta y tres grandes peces, contados y registrados por Juan, uno de los testigos oculares que estaba en la playa esa mañana. 

El número ha fascinado a eruditos, numerólogos, matemáticos y teólogos durante dos mil años, y continúa haciéndolo.

La estructura matemática que Agustín de Hipona descubrió en el número en el siglo V, el registro de historia natural antigua que Jerónimo relacionó con el Mar de Galilea, y la visión profética de Ezequiel 47 escrita seiscientos años antes de aquella mañana en la playa, no han dejado de intrigar a quienes se detienen a reflexionar en el número. Y luego está el detalle que la mayoría de los lectores pasan por alto: el fuego encendido (Jn 18:18; 21:9). 

La misma palabra [antrakia] traducida en la Reina-Valera 1960 primero como fuego (Jn 18:18) y luego como brasas (Jn 21:9) mencionada dos veces por el mismo escritor del Evangelio. La misma luz anaranjada ante la cual Pedro primero negó al Señor tres veces, y donde Jesús en la mañana de la resurrección le preguntó tres veces si lo amaba. Si Juan escribió dos veces antrakia por casualidad, es una casualidad muy precisa para ser tan solo eso.

¿Qué Hay Aquí? 

Después de que Jesús resucitó de entre los muertos, se apareció a los discípulos en varias ocasiones. Juan 21 registra la tercera de esas instancias e incluye la notable mención de 153 grandes peces (Jn 21:11). Pedro y los demás acababan de presenciar otro milagro de Jesús que involucraba una gran captura de grandes peces: 

“Subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, la red no se rompió (Jn 21:11).

En esta ocasión, el Señor Jesús se apareció a Sus discípulos en la orilla del mar de Tiberias, mientras estaban regresando de una noche infructuosa de pesca en su barca (Jn 21:1-3). Jesús, a quien aún no habían reconocido, los llamó desde la orilla, preguntándoles si habían pescado algo (Jn 21:4-5). Después de que los discípulos respondieron que no, Jesús les dijo que lanzaran la red al lado derecho (estribor) de la barca. Así lo hicieron, y pescaron tantos peces en la red que no podían sacarla (Jn 21:6). Juan rápidamente se dio cuenta de que el hombre en la orilla era Jesús, y se lo dijo a Pedro. Pedro se lanzó al agua para nadar hasta la orilla y llegar a Jesús (Jn 21:7). Mientras tanto, los otros discípulos llegaron en la barca, estando apenas a unos 200 codos (o casi 100 metros) de la orilla (Jn 21:8). Cuando llegaron a la orilla, Pedro volvió al barco para ayudarles a recoger los peces, y contaron 153 peces grandes. Aunque los peces eran muchos, la red no se rompió (Jn 21:11). Esto es lo que destaca Juan en su relato.

El significado de los 153 peces en Juan 21:11 es evidente por el contexto. Como pescadores profesionales, los discípulos no habrían sido ajenos al proceso de contar sus pescas. Eran peces lo bastante grandes como para poner a prueba a los pescadores y a la red (aunque, milagrosamente, esta no se rompió). Que Juan mencione el número de 153 peces enfatiza el hecho de que algo extraordinario ha sucedido, porque Alguien extraordinario estaba allí. Los 153 peces proporcionaron a los discípulos una prueba más de que Jesús resucitado tenía poder sobre la naturaleza, tal como había demostrado antes de Su crucifixión. Anteriormente, Juan había relatado que Jesús convirtió el agua en vino (Jn 2:1-11), sanó al hijo de un un oficial del rey (Jn 4:48-54), sanó a un paralítico (Jn 5:1-18), alimentó a 5.000 personas con cinco panes y dos peces (Jn 6:1-14), caminó sobre el agua (Jn 6:16-21), sanó a un ciego de nacimiento (Jn 9:1-41), resucitó a Lázaro (Jn 11:1-44) y resucitó Él mismo (Jn 20:1-29). 

Los 153 peces de Juan 21:11 podrían parecer insignificantes comparados con los ocho milagros mencionados, pero para un grupo de pescadores que no habían conseguido pescar ni un solo pez en toda una noche de trabajo, esta extraordinaria pesca constituía una prueba más de que su fe en Jesús estaba bien fundada.

Justo unos versículos antes de que Juan registre la captura de los 153 peces, Juan explica cuál es su propósito al escribir su Evangelio:

Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre (Jn 20:30-31).

El propósito al escribir su Evangelio es que la gente crea en Jesús y tenga vida en Su nombre (Jn 20:30-31). Juan podría haber registrado muchos otros milagros y muchas otras obras del Señor Jesús, pero eligió registrar las que se incluyen en su Evangelio para que sus lectores puedan tener confianza en que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios (Jn 20:31), y que Él es realmente igual a Dios (Jn 5:18).

No hay ninguna razón para entender el número de peces pescados aquella mañana como otra cosa que 153 peces literales. Pero, ¿tienen algún significado oculto o simbólico como lo han propuesto los eruditos, numerólogos, matemáticos y teólogos durante dos mil años? Podría ser, como también puede que no. Todo aquello es pura especulación sin valor espiritual para el cristiano de fe sencilla. 

La pesca de los 153 peces en Juan 21:11 fue importante para los apóstoles—que además, en su mayoría, eran pescadores de oficio—por la misma razón que lo es para todo lector del Evangelio de Juan, ya que tenemos 153 razones más para creer en Jesús el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mt 16:16; Jn 6:69). En esta fe descansamos.

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PRINCESS MARYA BOLKONSKY ON SPIRITUAL READING









PRINCESS MARYA BOLKONSKY ON SPIRITUAL READING



Princess Marya Nikolaevna Bolkonsky has received a copy of Karl von Eckartshausen’s “occult treatise” (in the translators’ words), A Key to the Mysteries of Nature, from her friend Julie Karagin, with the recommendation, “Read the mystical book I am sending you and that is causing a furor here [in St Petersburg society]. Though there are things in this book that are hard to grasp with weak human understanding, it is an admirable book, the reading of which calms and elevates the soul”. [1] The more sensible Princess Marya replies:

A thousand thanks, dear friend, for the work you have sent me, and which is causing such a furor there. However, since you tell me that amidst several good things there are others that weak human understanding cannot grasp, it would seem to me rather useless to occupy myself with unintelligible reading matter; which by that very fact cannot be of any fruit. I have never been able to understand the passion certain persons have for muddling their wits by fastening upon mystical books, which only awaken doubts in their minds, excite their imagination, and give them an exaggerated character totally contrary to Christian simplicity. Let us read the Apostles and Gospel. Let us not seek to penetrate what they contain of the mysterious, for how should we dare aspire, miserable sinners that we are, to initiate ourselves into the terrible and sacred secrets of Providence, so long as we wear this fleshly husk, which raises an impenetrable veil between us and the eternal? Let us limit ourselves, then, to studying the sublim principles that our divine Savior has left us for our conduct here below; let us seek to conform ourselves to them and to follow them, let us persuade ourselves that the less flight we give to our weak human spirit, the more pleasing it is to God, who rejects all science that does not come from him; that the less we seek to delve into what he has been pleased to conceal from our knowledge, the sooner he will grant us the discovery of it through his divine spirit. [2]

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[1] Leo Tolstoy, War & Peace, tr. Richard Pevear & Larissa Volokhonsky (NY: Vintage, 2008), p. 93.

[2] Ibid., pp. 94-5.







WHAT IS GOD ACTUALLY DOING WHEN HE FEELS SILENT?



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Tuesday, June 16, 2026

EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE (ECM)



Una “experiencia cercana a la muerte” (ECM) es un suceso en el que una persona, supuestamente al borde de morir, vuelve a la vida y relata posteriormente una experiencia “espiritual” durante el tiempo que estuvo inconsciente o clínicamente muerta. 

Los testimonios suelen ser vívidos e incluyen sensaciones de salir del cuerpo, encuentros con familiares fallecidos, la visión de una luz blanca o incluso escenas del cielo o del infierno (todos temas clásicos del ocultismo). 

Las Escrituras no respaldan las ECM como revelaciones divinas o fuentes de verdad espiritual.

Algunos citan 2 Corintios 12:2-4 como evidencia bíblica de una ECM. En ese pasaje, Pablo dice: 

“Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (no sé si en el cuerpo, no sé si fuera del cuerpo, Dios lo sabe) el tal fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco a tal hombre (si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe) que fue arrebatado al paraíso, y escuchó palabras inefables que al hombre no se le permite expresar (2 Co 12:2-4).

No obstante, aplicar esta experiencia de Pablo al concepto moderno de una ECM es forzar el texto. Pablo no dice que hubiera muerto, estuviera al borde de la muerte, ni que experimentara una resurrección; simplemente relata una visión celestial que Dios le concedió. Su experiencia fue sobrenatural, espiritual, y no se describe como un episodio entre la vida y la muerte.

No es imposible que Dios le dé a alguien una visión del cielo o del más allá, incluso en momentos cercanos a la muerte. Si Él decide revelar algo a una persona que sufre un trauma, tiene plena autoridad para hacerlo. Sin embargo, con la finalización del canon bíblico, tales visiones no deben considerarse normativas para los creyentes. Además, Pablo mismo señaló que “oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Co 12:4), lo que contrasta con los numerosos relatos modernos de quienes dicen haber visto o visitado el cielo o el infierno: porque lo cuentan todo con lujo de detalles.

Debemos ser muy cuidadosos al evaluar este tipo de experiencias. La prueba definitiva de cualquier testimonio espiritual debe ser la Palabra de Dios. Satanás se presenta “como ángel de luz” (2 Co 11:14), y muchas experiencias que parecen buenas o inspiradoras son, en realidad, engaños satánicos. La Biblia, no las sensaciones o experiencias personales, debe tener la última palabra.

Podría sonar incorrecto en esta era afirmar que todas las ECM son falsas, imaginarias o satánicas, pero la verdad es que tienen todas las señales distintivas de serlo: a menudo la persona que dice haber ido al “más allá” no es creyente genuino, no ha nacido de nuevo ni tiene una relación personal con el Señor Jesucristo. ¿Por qué el Señor le permitiría echarle un vistazo al “más allá”? 

En Lucas 16:19-31 el Señor Jesús relata un evento muy importante acerca de las condiciones de la existencia en la ultratumba:

 Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas. Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama. Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora este es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá. Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento. Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. Él entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán. Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos (Lc 16:19-31).

En este pasaje el Señor nos ofrece grandes enseñanzas:

En primer lugar, Jesús enseña que el cielo y el infierno son lugares reales y literales. Lamentablemente, muchos predicadores evitan hablar de temas incómodos como el infierno. Algunos incluso predican el universalismo, la creencia de que todos irán al cielo. Sin embargo, Cristo habló mucho sobre el infierno, al igual que Pablo, Pedro, Juan, Judas y el autor de Hebreos. La Biblia deja claro que cada persona que ha vivido pasará la eternidad en el cielo o en el infierno. Como el hombre rico en la historia (Lc 16:19-31), multitudes hoy están convencidas de que todo está bien con sus almas, pero muchos escucharán a nuestro Salvador decirles lo contrario después de morir (Mt 7:23).

Este relato (Lc 16:19-31) también ilustra que, al cruzar a la dimensión espiritual, no hay más oportunidades. El estado eterno de cada persona queda sellado al momento de la muerte (2 Co 5:8; Lc 23:43; Fil 1:23). Cuando los creyentes mueren, entran inmediatamente en la gozosa presencia de Dios en el paraíso. Cuando los incrédulos mueren, entran inmediatamente en el dolor consciente del infierno. Observemos que el hombre rico no pidió a sus hermanos que oraran para que él fuera liberado de un supuesto purgatorio. Sabía que estaba en el infierno y entendía por qué. Por eso, solo pidió consuelo y una advertencia para sus hermanos. Sabía que no había escapatoria, que estaba eternamente separado de Dios, y Abraham dejó claro que no había esperanza de alivio para su dolor y sufrimiento. Los que están en el infierno recordarán perfectamente las oportunidades perdidas y su rechazo del evangelio.

Como muchos que creen en el “evangelio de la prosperidad”, el hombre rico veía erróneamente sus riquezas materiales como evidencia del amor y la bendición de Dios. También asumía que los pobres como Lázaro estaban maldecidos por Dios. Pero la realidad es, como dice Santiago, que: 

“Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza” (Stg 5:5). 

No solo las riquezas no llevan al cielo, sino que tienen el poder de alejar a una persona de Dios como pocas cosas pueden hacerlo. Las riquezas son engañosas (Mr 4:19). No es imposible que los ricos entren al cielo (muchos héroes bíblicos fueron ricos), pero la Escritura afirma que para ellos es muy difícil (Mt 19:23-24; Mr 10:23-25; Lc 18:24-25).

Los verdaderos creyentes en Cristo Jesús no serán indiferentes a la situación de los pobres como lo fue el hombre rico. Dios ama a los pobres y se ofende cuando Sus hijos los descuidan (Pr 17:5; 22:9, 22-23; 29:7; 31:8-9). De hecho, quienes muestran misericordia a los pobres están ministrando a Cristo personalmente (Mt 25:35-40). Los cristianos se reconocen por los frutos que producen. La presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones impactará cómo vivimos y qué hacemos.

Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos (Lc 16:31).

Estas palabras confirman que el entendimiento de la Palabra de Dios tiene el poder de otorgarnos vida eterna ahora (He 4:12; Stg 1:18; 1 P 1:23). Si descuidamos la Escritura, o la menospreciamos, ¿por qué habría de darnos el Señor una segunda oportunidad después de la muerte? Además, Uno ya se levantó de entre los muertos: el Señor Jesús, y Su evangelio ha sido anunciado a todo el mundo por más de dos mil años. El que no cree ni obedece las Escrituras ya ha tomado su decisión y sellado su destino eterno.

También, comprender las Escrituras nos ayuda a aceptar que los hijos de Dios, como Lázaro, pueden sufrir en esta tierra, pues el sufrimiento es una consecuencia del pecado en el mundo caído.

Santiago nos dice que nuestra vida terrenal es: 

“... neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Stg 4:14). 

Nuestro tiempo en la tierra es extremadamente breve. Quizás la mayor lección de esta historia sea que, cuando llegue la muerte, solo importará una cosa: nuestra relación con el Señor Jesucristo. 

“Porque, ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mt 16:26; Mr 8:36). 

La vida eterna solo se encuentra en Cristo: 

“Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Jn 5:11-12). 

La verdad es que, si deseamos vivir alejados de Dios en la tierra, Él respetará ese deseo por la eternidad. Si abordas el tren de la desobediencia a Su evangelio, tendrás que ir en él hasta su destino final e irrevocable.

No creamos en las supuestas “experiencias cercanas a la muerte”. El mensaje subyacente en todas ellas es que Dios da una segunda oportunidad (al menos a algunas personas) después de la muerte. Todo lo que necesitamos saber para esta vida y la siguiente ya ha sido revelado en las Escrituras. No necesitamos saber más. El Señor ya ha concluido el tema.

Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio (He 9:27).

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Monday, June 15, 2026

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¿JACOBO O SANTIAGO?

 



En el original en griego, Ἰάκωβος (gr. Iacobos), es la versión helenizada del nombre hebreo Jacob, el hijo de Isaac, y era un nombre muy común entre los hebreos. (De hecho, hay no menos de 7 personas llamadas Jacob o Jacobo en toda la Biblia). Jacob en Hebreo es más bien pronunciado como Iaakov, pero en Latín (el idioma religioso más común por casi diez siglos), el nombre era Iacobus. Y, por supuesto, al ser uno de los autores de la Escritura, la iglesia católica canonizó a Jacobo (el medio hermano del Señor) como San Jacobo, o en Latín Sanctus Iacobus. Este nombre compuesto devino en Sant Iacob, y al poco tiempo terminó siendo una sola palabra: San-tiago. Así, el nombre de Jacobo pasó a ser San Jacobo, y de aquí se contrajo a Sant-iago en español. 

[Como nota al margen, tal vez conoces que, en inglés, el nombre de la epístola de Jacobo no es Jacob ni Santiago sino James. Este es un cambio más radical, y más difícil de rastrear. De hecho, un lingüista reconocido, Bill Mounce, admite que no hay una evidencia concluyente de cómo sucedió este cambio. Lo más probable tiene que ver con las traducciones de la Biblia del griego al inglés. Iaakov del hebreo pasó a Iacobus en griego, que a su vez pasó en algún momento y en algunas zonas a Iacomus en latín (primero Iacombus y luego esa b se asimiló y la o desapareció—se nasalizó). Esto dio paso al francés Jammes, que concluyó más tarde en el inglés James.]

Si bien estas transformaciones idiomáticas son muy interesantes, la transformación más sorprendente es aquella del Jacobo que no creía en el Señor Jesús (Jn 7:5), a aquel que no solo fue líder de la iglesia en Jerusalén, sino que, como dice Josefo, murió como mártir por el evangelio del Señor Jesús.

No debe haber sido fácil ser el hermano menor de Alguien que nunca pecó y que hizo bien todas las cosas, mientras Sus hermanos tenían un corazón pecaminoso y, con toda probabilidad, lleno de envidia. Este es un testimonio del poder de la resurrección de nuestro Señor y de la verdad del evangelio. Una vez Jacobo tuvo su encuentro con el Jesús resucitado (1 Co 15:7), no su nombre, sino toda su vida fue trasformada. Bendito sea el Señor que sigue haciendo lo mismo hoy.

Santiago, el Apóstol

El Señor Jesús tuvo dos discípulos llamados Santiago: Santiago el hijo de Zebedeo y Santiago el hijo de Alfeo. Uno de estos dos Santiagos, se convirtió en uno de los Doce Apóstoles: Santiago el hijo de Zebedeo, que también es llamado Santiago el Menor (o el Joven) en Marcos 15:40, donde también sabemos que el nombre de su madre era María. 

Cuando el Señor Jesús llamó a Santiago el hijo de Zebedeo a seguirle, él estaba en un barco reparando redes de pesca con su padre, Zebedeo, y su hermano, Juan. 

[Jesús] los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron (Mt 4:21-22).

 Desde entonces, Santiago estuvo en el ministerio a tiempo completo con el Señor Jesús.

Santiago fue uno del “círculo íntimo” del Señor. Santiago, Juan y Pedro son mencionados juntos frecuentemente como los únicos apóstoles que presenciaron algunos de los milagros del Señor: la resurrección de una niña muerta (Mr 5:41), por ejemplo. El Señor Jesús llevó a Santiago a una montaña junto con Pedro y Juan, donde Santiago vio la transfiguración del Señor y vio cómo conversaba con Moisés y Elías (Mt 17:1-9). 

Santiago, junto con Juan, Pedro y Andrés, le pidieron al Señor Jesús en privado que les dijera cuándo el templo sería destruido (Mr 13:2-3). Debido a su deseo de entender mejor las palabras del Señor, los cuatro recibieron enseñanza profética acerca del futuro cercano y también acerca del fin de los tiempos (Mr 13:5-37).

Santiago y su hermano Juan recibieron el sobrenombre “Boanerges” de parte del Señor, lo que significa “hijos del trueno” (Mr 3:17). Este seudónimo nos da una pista acerca de la personalidad de Santiago. Tanto él como su hermano Juan se caracterizaron por su celo, pasión y ambición.

Santiago y Juan le pidieron al Señor que les permitiera a cada uno de ellos dos sentarse uno a cada lado de Él en Su reino (Mr 10:37). El Señor les respondió que no podía otorgarles esa petición, porque no estaba en Su poder hacerlo. Entonces profetizó acerca de su futuro: Santiago y Juan sufrirían persecución al igual que Él (Mr 10:39). El Señor Jesús manejó la audaz solicitud de los hermanos con gracia, convirtiéndola en una lección de humildad para todos los discípulos (Mr 10:42-45). Los otros diez discípulos se mostraron muy descontentos con los hermanos debido a su descarada petición —y, con toda seguridad, porque ellos también querían esos puestos de honor en el reino (Mr 10:41).

Más tarde, Santiago y Juan demostraron su carácter celoso y furibundo cuando Jesús envió mensajeros antes que Él a un pueblo samaritano, para ver si lo dejaban pasar por allí. Sin embargo, la gente del pueblo se negó a dejarlo pasar porque sabían que se dirigía a Jerusalén (Lc 9:51-53). Entonces Santiago y Juan le preguntaron al Señor si debían pedir que descendiera fuego del cielo para destruir el pueblo (Lc 9:54). Este impetuoso y vengativo deseo provocó la reprimenda del Señor Jesús, quien les recordó a los hijos del trueno que Su misión era salvar vidas, no destruirlas.

Las Escrituras no registran detalles específicos acerca de las actividades de Santiago después de la resurrección del Señor Jesús, excepto que fue a pescar con algunos de los otros discípulos en el Mar de Galilea, presenció otra milagrosa pesca (Jn 21:1-11) y tomó desayuno en la orilla con el Cristo resucitado. Después de la ascensión del Señor, Santiago estuvo presente el día de Pentecostés (Hch 2) y cumplió su parte en la Gran Comisión. Dada la naturaleza franca de Santiago, probablemente fue un testigo audaz del Señor y condujo a muchos a la fe.

Como Jesús había predicho, Santiago experimentó persecución poco después del inicio de la iglesia en Jerusalén. El rey Herodes decidió arrestar a algunos creyentes, y mandó a matar a espada a Santiago (Hch 12:2). Santiago se convirtió así en el primer apóstol en ser martirizado, aunque no en el primer mártir de la fe: ese fue Esteban (Hch 7:1-59).

La vida del apóstol Santiago nos muestra que Jesús conoce bien nuestro carácter: identificó a Santiago como un “hijo del trueno” de inmediato. El Señor Jesús pacientemente trabaja con cada uno nosotros para conformarnos a Su voluntad, al igual que lo hizo con Santiago. También aprendemos de la vida de Santiago que el coraje en nuestro servicio a Cristo es una valiosa herramienta para difundir el evangelio, aunque puede hacernos el blanco de la persecución. Al mismo tiempo, no debemos permitir que nuestro celo por el Señor se convierta en descortesía o falta de compasión. Nuestro celo debe ser sazonado con gracia, y la impetuosidad debe ser refrenada por el firme compromiso de hacer siempre la voluntad de Dios.

Santiago el Justo, el hermano del Señor

Santiago el Justo (el medio hermano del Señor Jesús) recibió el apodo de “rodillas de camello debido al tiempo que se dedicó a orar de rodillas. Debido a esta practica, desarrolló grandes y gruesos callos en sus rodillas. Este detalle fue documentado por el historiador de la iglesia primitiva, Hegesipo, y citado por Eusebio de Cesarea en su Historia de la Iglesia

Como uno de los hijos de María y José, Santiago fue un medio hermano del Señor Jesús y hermano de José, Simón, Judas, y sus hermanas (Mt 13:55). En los evangelios, se menciona a este Santiago un par de veces, al principio como uno de los que no comprendió el ministerio de Jesús y no era un creyente en Él (Jn 7:2-5). Luego, se convirtió en uno de los primeros testigos de la resurrección del Señor (1 Co 15:7), y permaneció en Jerusalén formando parte del grupo de creyentes que oraron en el aposento alto (Hch 1:14). A partir de ese momento, la posición de Santiago dentro de la iglesia de Jerusalén creció hasta transformarse en una de las “columnas” de ella, junto con los apóstoles Pedro y Juan (Gl 1:18-20; 2:9).

Varios años más tarde, cuando Pedro se escapa de la cárcel, informa a Santiago cómo el Señor le había sacado de la cárcel (Hch 12:17). Cuando el concilio de Jerusalén se reunió, Santiago (o Jacobo) aparentemente lo presidió (Hch 15:13-21). Más tarde, nuevamente preside una reunión en Jerusalén, esta vez después del tercer viaje misionero de Pablo. Se cree que Santiago el Justo (Jacobo) fue martirizado alrededor del año 62 d.C., o poco antes del asedio y destrucción de Jerusalén el año 70 d.C. Aunque no hay ningún registro bíblico de su muerte, Clemente de Alejandría (siglos II-III), en el libro sexto de sus Hipotiposis, señala que “fue arrojado desde el parapeto [del templo] y golpeado hasta la muerte con una porra”. Otros historiadores de la antigüedad describen un martirio similar.

Este Santiago es el autor de la Epístola de Santiago, que se cree él escribió alrededor de los años 50 y 60 d.C. Él se identifica por su nombre, aunque simplemente se describe a sí mismo como “siervo de Dios y del Señor Jesucristo” (Stg 1:1). Su carta es considerada el libro de Proverbios del Nuevo Testamento, porque trata más con la sabiduría práctica de la ética cristiana que con la teología. Su tema es el obrar de la fe, es decir, la evidencia externa de la conversión interior. Hay algo de la rusticidad de Juan el Bautista en el tono de sus declaraciones.

Un estudio de la vida de Santiago el Justo (o Jacobo), ofrece algunas lecciones importantes para nosotros. Su conversión da un testimonio del poder arrollador que experimentó como resultado de ser testigo de la resurrección del Señor Jesús. Santiago pasó de ser un escéptico a ser un líder de la iglesia basado en su encuentro con el Cristo resucitado. El discurso de Santiago en el concilio de Jerusalén en Hechos 15:14-21 revela su dependencia en las Escrituras, su deseo de paz en el seno de la iglesia, su énfasis en la gracia por encima de la ley, y su atención a los creyentes gentiles, aunque él mismo ministró prácticamente solo a los judíos cristianos. También vale la pena mencionar la humildad de Santiago (o Jacobo): nunca usó su posición de familiar sanguíneo del Señor Jesús como una base para su autoridad dentro de la iglesia. Se presenta a sí mismo como “siervo de Dios y del Señor Jesucristo” (Stg 1:1) y nada más: no apóstol, no maestro, no profeta, no pastor. 

Santiago el Justo (Jacobo) fue un creyente misericordioso y ferviente, a través del cual la iglesia fue—y continúa siendo—ricamente bendecida. El estudiante de la Biblia que aparte tiempo para estudiar la Epístola de Santiago se verá seriamente desafiado a poner en práctica su fe para demostrar que esta es genuina.

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THE SECRET REASONS WOMEN PI$$ YOU OFF SO MUCH

 

 DISCLAIMER: This is not a Christian YT Channel, nor is it run by a Christian. However, it contains many truths about women that all men should seriously consider. “Examine all things, hold fast to what is good” (1 Ts 5:21).


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TEACH US TO PRAY

 


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READING PROVERBS CAN CHANGE YOUR LIFE

 


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GIVING, NOT TITHING



There are many areas where Christians today are living under the Old Covenant; they do not realize that a New Covenant has been established. It is almost like people in India not knowing that they became independent in 1947. Can you imagine somebody in India being ignorant of that? It is just as ridiculous for Christians to still live under the Old Covenant.

Most Christians live under the Old Covenant in many areas. In the Old Covenant, you could only have your sins forgiven (Psalm 103); in the New Covenant, Romans 6:14 says that sin will not rule over you. When people have only forgiveness of sins and no victory over the sin, they are living in the Old Covenant. In the Old Covenant, there was a congregation that could not work together as one body. When a church today is like that, when it cannot function together as a body, that proves it is really just an Old Covenant congregation. When tithing is emphasized, that is also Old Covenant.

The emphasis that we see on tithing in Christendom today is completely Old Covenant, therefore we need to understand the principles of New Testament giving. There is no law in the New Testament that says you must pay to your local church 10% of your income. The last mention of a tithe being commanded is in the book of Malachi, in the Old Testament. When Jesus referred to it in Matthew 23, He was speaking to people who were still under the Old Covenant—the Pharisees and the Jewish people. Once the New Covenant was established, there is not a single command to Christians to pay the tithe. There is no reference to the tithe at all.

In the New Covenant, the principles of giving are that it should be secret, cheerful, and, proportionate to what you have earned.

There is a vague reference to Abraham having given 10% to Melchizedek in the book of Hebrews, but that was not a law that Abraham was following. He could have given whatever he liked. It happened to be 10%, but Abraham was not following a law, and he would not have sinned if he had not done it.

In the New Covenant, the principles of giving are that it should be secret (Matthew 6:1-4), cheerful (2 Corinthians 9:7), and, proportionate to what you have earned (1 Corinthians 16:2). There is no law as to how much you should give. You can give as God has prospered you. If you have much, and you have got plenty to spare, then you can give more; and if you do not have much, you do not have to give. That is OK, because God is a billionaire, and He does not want any of His poor children to suffer by giving to Him.

If you do not understand these principles, a lot of pastors and preachers will exploit you and take advantage of you financially. But keep this in mind, that when we give, we should give secretly. Any church that makes you reveal what you are giving is actually asking you to disobey the word of God in Matthew 6:1-4. As far as possible all our giving should be secret, voluntary, and cheerful.

This is why we should put a bag in front of people and force people to give when they may not be giving cheerfully. It is probably not possible for them to give secretly, because their neighbors are watching them give. The best way to do it is by keeping a box somewhere in the church-building where people voluntarily give secretly, cheerfully, and according to their ability. But very few churches practice this because there is a tremendous love for money among most Christian preachers and in most Christian churches.

Remember, that Matthew 5:20—“Your righteousness must surpass the righteousness of the Pharisees”—could be the heading for almost the rest of the Sermon on the Mount: “the ways in which our righteousness is to exceed the righteousness of the scribes and Pharisees, in order for us to enter into God’s kingdom”. (Paraphrasis)

In the matter of our giving, the Lord Jesus says our attitude must be completely different from the Pharisees, hypocrites who wanted people to know what they were giving. He said to beware of practicing your righteousness before men. That is the fundamental principle. The Lord said not to do it in order to be noticed by people.

We cannot avoid people noticing these things sometimes, and we do not have to feel guilty if people happen to accidentally to know about them, or if there is no way to avoid it, but we do not do these things in order to be noticed by men. That is the point. Otherwise you have no reward from your Father in Heaven. According to this verse, there are a number of people who have given for the Lord’s work who are going to get NO reward in Heaven, because they wanted other people to know how much they gave.

If you give secretly, your Father, Who sees in secret, will repay you. That is a wonderful reward that God has promised, that if we obey His command here, then one day, when Christ comes again, there is going to be a great reward for those who have given sacrificially and secretly. 

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Friday, June 12, 2026

GUERRA CON AMALEC




Los amalecitas eran una tribu que se menciona por primera vez durante el tiempo de Abraham (Gn 14:7). Aunque los amalecitas no se mencionan en la tabla de las naciones en Génesis 10, Números 24:20 hace referencia  ellos como “cabeza de naciones”

Génesis 36 se refiere a los descendientes de Amalec, el hijo de Elifaz y nieto de Esaú, como amalecitas (Gn 36:12, 16). Por lo tanto, los amalecitas estaban de alguna manera relacionados, pero eran distintos de los edomitas (descendientes de Esaú).

Las Escrituras registran la larga enemistad entre los amalecitas y los israelitas y la orden de Dios de erradicar a los amalecitas de la faz de la tierra (Éx 17:8-13; 1 S 15:2; Dt 25:17). 

¿Por qué Dios le ordenó a Su pueblo que exterminara a todo un pueblo? Echamos un vistazo a la historia bíblica.

Como muchos pueblos del desierto, los amalecitas eran nómadas. Números 13:29 los coloca como nativos del Neguev, el desierto entre Egipto y Canaán. Los babilonios los llamaban Sute, los egipcios Sittiu, y las tabletas Amarna se refieren a ellos como Khabbatti, o “saqueadores”.

La constante crueldad de los amalecitas hacia los israelitas comenzó con un ataque en Refidim (Éx 17:8-13). Esto se narra en Deuteronomio 25:17-19 con esta exhortación: 

Acuérdate de lo que hizo Amalec contigo en el camino, cuando salías de Egipto; de cómo te salió al encuentro en el camino, y te desbarató la retaguardia de todos los débiles que iban detrás de ti, cuando tú estabas cansado y trabajado; y no tuvo ningún temor de Dios. Por tanto, cuando Jehová tu Dios te dé descanso de todos tus enemigos alrededor, en la tierra que Jehová tu Dios te da por heredad para que la poseas, borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo; no lo olvides(Dt 25:17-19).

Los amalecitas después se unieron con los cananeos y atacaron a los israelitas en Horma (Nm 14:45). En Jueces se unieron con los moabitas (Jue 3:13) y los madianitas (Jue 6:3) para declarar la guerra a los israelitas. Ellos fueron los responsables de la reiterada destrucción de la tierra y del suministro de alimentos de los israelitas.

En 1 Samuel 15:2-3, Dios le dice al rey Saúl: 

Yo castigaré lo que hizo Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto. Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos(1 S 15:2-3).

En respuesta, el rey Saúl primero advierte a los ceneos, amigos de Israel que abandonen la zona. Entonces, él ataca a los amalecitas, pero no completa la tarea. Le perdona la vida a Agag, el rey amalecita, tomó el botín para él y su ejército, y mintió a Samuel acerca del por qué lo hizo. La rebelión de Saúl contra Dios y Sus mandamientos fue tan grave, que hizo que Dios lo rechazara definitivamente como rey, a él y a su descendencia (1 S 15:23).

Los amalecitas que escaparon, siguieron hostigando y saqueando a los israelitas durante sucesivas generaciones por cientos de años. 1 Samuel 30 reporta un ataque de los amalecitas en Siclag, una aldea de Judea donde David tenía propiedades. Los amalecitas incendiaron la aldea y tomaron cautivas a todas las mujeres y niños, incluyendo dos mujeres de David. David y sus hombres derrotaron a los amalecitas y rescataron a todos los rehenes. Sin embargo, unos pocos cientos de amalecitas escaparon. Mucho después, durante el reinado del rey Ezequías, un grupo de los Simeonitas “mató al resto de los amalecitas” que habían estado viviendo en el monte de Seir (1 Cr 4:42-43).

La última mención de los amalecitas se encuentra en el libro de Ester, donde Amán agagueo, un descendiente de Agag, el rey amalecita, se conspira para que todos los judíos en Persia sean aniquilados por orden del rey Asuero. Sin embargo, Dios salvó a los judíos de Persia; y Amán, sus hijos y el resto de los enemigos de Israel, fueron aniquilados (Est 9:5-10).

El odio de los amalecitas contra los judíos y sus repetidos intentos de destruir al pueblo de Dios, los condujo a su perdición. Su destino debe ser una advertencia para todos los que intenten frustrar el plan de Dios o quieran maldecir lo que Dios ha bendecido (Gn 12:3).

Amâlêq, significa “belicoso” o “pueblo que ama la pelea y la contienda”. Es un espíritu satánico, que se levanta contra los propósitos que Dios tiene para tu vida, tu hogar y tu descendencia. Ataca a los débiles de la fe. Como espíritu de odio y resentimiento que es, representa la carne.

Pablo nos dice que debemos hacer morir las obras de la carne en nuestra vida, o ellas nos matarán a nosotros:

“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Gl 5:16-25).

Y esta guerra entre el Espíritu y la carne dura toda la vida en el creyente.

“Y Jehová dijo a Moisés: Escribe esto para memoria en un libro, y di a Josué que raeré del todo la memoria de Amalec de debajo del cielo. Y Moisés edificó un altar, y llamó su nombre Jehová-nisi; y dijo: Por cuanto la mano de Amalec se levantó contra el trono de Jehová, Jehová tendrá guerra con Amalec de generación en generación” (Éx 17:14-16). 

¡Cristiano, cristiana: da muerte a Amalec en tu vida! Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna (1 Ti 6:12). Recuerda que Dios no tuvo compasión de Saúl por haberlo desobedecido en el tema de Amalec. Saúl consultó con temor a una bruja, se suicidó, fue decapitado y colgado por los filisteos para exhibirlo como trofeo; su cuerpo fue incinerado, enterraron sus huesos debajo de un árbol y su familia fue destituida del trono.

Puede ser que la muerte física del cristiano que se niega a matar a Amalec en su vida no sea tan trágica como la de Saúl; pero ciertamente su muerte espiritual lo será.

El Inicio de la Hostilidad

Como dijimos, la constante crueldad de los amalecitas hacia los israelitas comenzó con un ataque en Refidim (Éx 17:8-13) que Dios ha jurado nunca olvidar (Dt 25:17-19). 

En la batalla que se produjo tras el ataque de Amalec, tres hombres destacan por el rol que el Señor les asignó. Ellos son: Moisés, Aaron y Hur (sin desmerecer de ninguna manera la participación de Josué como comandante del ejército de Israel). Moisés y Aarón no necesitan ninguna presentación, pero Hur sí.

Hur es principalmente un nombre propio que significa lino blanco, o noble en hebreo. Provenía de la tribu de Judá. Como Hur se menciona a menudo junto con Aarón, el hermano de Moisés y sumo sacerdote de los israelitas, es probable que Hur también tuviera un lugar de autoridad entre el pueblo. 

Cuando Moisés ascendió al monte Sinaí para recibir los Diez Mandamientos, dejó a Aarón y Hur a cargo del pueblo. Ambos hicieron un muy mal trabajo, pues, cuando Moisés regresó, se encontró con que el pueblo había forjado un becerro de oro para adorarlo en lugar del Señor. El propio Aarón fundió el ídolo (Ex 32:2-4), y aunque no está clara la participación de Hur en la idolatría, es probable que, como líder de Israel, fuera cómplice pasivo en el asunto.

El último dato que nos da la Biblia sobre Hur, de la tribu de Judá, es que era abuelo de Bezaleel (Ex 31:2), el artesano que recibió el Espíritu de Dios para supervisar la construcción del tabernáculo y el Arca de Dios. Según una tradición judía, Hur estaba casado con la hermana de Moisés, Miriam. Otra tradición dice que Hur era hijo de Miriam. Según otra tradición judía, Hur se enfrentó a los idólatras en el monte Sinaí en el evento del becerro de oro, y fue asesinado por ellos, tras lo cual Aarón se mostró mucho más complaciente con las exigencias de la multitud. Estas especulaciones son interesantes, pero no pueden confirmarse por las Escrituras.

El nombre “Hur” también es conocido por el personaje “Judah Ben-Hur” de la película Ben-Hur. Sin embargo, el personaje de la película no se basa ni en este ni en ningún otro de los hombres llamados “Hur” en la Biblia.

Hur es uno de los dos hombres que sostuvieron los brazos de Moisés durante la batalla de los israelitas contra los amalecitas. En la bata contra los amalecitas, Moisés se situó en una colina desde la que contemplaba la batalla abajo, liderada por Josué. Bastón en mano, Moisés levantó sus manos en posición de oración (Ex 17:8-9). Mientras Moisés tuvo fuerza para mantener sus manos alzadas, los israelitas prevalecieron en la batalla; pero cuando, cansado, las bajó, los amalecitas comenzaron a vencer a los israelitas (Ex 17:11). Así que, cuando a Moisés se cansó tanto que no podía alzar sus manos, Aarón y Hur lo sentaron en una piedra y se pusieron uno a cada lado de él para levantarle las manos y mantenerlas en alto en posición de oración. Gracias a la ayuda de Aarón y Hur, las manos de Moisés alzadas hasta la puesta del sol, y Josué venció a espada al ejército amalecita (Ex 17:12-13).

así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol. Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada (Ex 17:12-13).

La enseñanza del pasaje es clara para el creyente. La batalla es del Señor:

 “Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos” (1 S 17:47).

Moisés representa al débil y cansado creyente que cree que la batalla es del Señor pero que no puede mantener sus manos alzadas durante la prolongada batalla en oración. Aarón y Hur representan, respectivamente, al Señor Jesús y al Espíritu Santo, quienes nos fortalecen y ayudan en nuestra debilidad (Ro 8:26-27He 7:22-25). Amalec (o los amalecitas) representa a Satanás, nuestro adversario en las batallas de la vida.

El Espíritu Santo Intercede por Nosotros

A veces nos encontramos sin palabras. Afortunadamente, cuando oramos como hijos del Padre, tenemos un ayudante, el Espíritu Santo, que nos ayuda en nuestra debilidad humana cada vez que las palabras se quedan cortas: 

“Porque qué pedir como conviene no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con con gemidos indecibles” (Ro 8:26).

En Romanos 8:18-27, el apóstol Pablo anima a los creyentes a aferrarnos a la esperanza y seguridad de nuestra adopción, redención y glorificación finales, incluso mientras soportamos pacientemente el sufrimiento en esta vida presente. Encontramos fuerza en medio de nuestra fragilidad humana cuando dependemos de la asistencia del Espíritu Santo en la oración. Cuando no estamos seguros de cómo orar o no sabemos por qué orar, el Espíritu Santo “gime” dentro de nuestros corazones con palabras que no se pueden pronunciar o expresar.

La frase traducida como “gemidos indecibles” significa “gemidos indescriptibles o sin palabras” en el idioma griego original. El mismo pasaje también enseña que los “gemidos sin palabras” incluyen a toda la creación, la cual gime “como con dolores de parto” (Ro 8:22 8:22), y “nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Ro 8:23).

La mayoría de nosotros hemos luchado en la oración, preguntándonos si debemos orar por la liberación de nuestro sufrimiento, el alivio y el rescate milagroso, o por la fortaleza para soportarlo. Incluso el apóstol Pablo suplicó al Señor que le quitara el “aguijón en la carne”, solo para que se le dijera que el poder de Dios se perfecciona en la debilidad humana (2 Co 12:7-9). Como Pablo, a menudo pensamos que sabemos lo que necesitamos, pero no siempre somos buenos jueces de la perfecta voluntad de Dios. ¡Qué alivio es darse cuenta de que la eficacia de nuestras oraciones no depende de nosotros! No tenemos que tener el conocimiento o las palabras para expresar lo que necesitamos porque el Padre que conoce los corazones, sabe lo que dice el Espíritu, porque el Espíritu intercede por nosotros en armonía con la voluntad de Dios (Ro 8: 27).

Nuestra visión limitada no es excusa para abandonar la oración, ya que es esencial para la vida cristiana. Pero debemos darnos cuenta de que la oración es una actividad trinitaria. Oramos al Padre. El Espíritu Santo es nuestro abogado e intercesor en el proceso (Jn 14:16, 26; 15:26; 16:7). No podemos orar verdaderamente sin la ayuda del Espíritu Santo. A través de Jesucristo, tenemos acceso al Padre por el Espíritu Santo (Ef 2:18), quien nos ayuda e intercede con gemidos indecibles. En un lenguaje que no podemos entender, el Padre escudriña el corazón humano, la morada del Espíritu, para escuchar la oración del Espíritu. Cuando el Padre escucha que el Espíritu ora de acuerdo a Su voluntad (porque el Espíritu intercede por los santos de acuerdo con la voluntad de Dios), entonces el Padre y el Espíritu están en perfecta armonía para que los propósitos de Dios se cumplan en el creyente a través del instrumento de oración.

La intercesión del Espíritu Santo con “gemidos indecibles” no debe confundirse con hablar en lenguas. En las Escrituras, las lenguas se expresan en palabras pronunciadas audibles que están destinadas a ser entendidas e interpretadas (Hch 2:4-47; 19:6; 1 Co 14:13-40). En Romanos 8:26, Pablo se refiere a gemidos silenciosos, espirituales. Estos gemidos sin palabras, sin sonido, son de naturaleza espiritual y divinamente entendidos.

Vivimos en un mundo caído que no es nuestro hogar permanente (He 13:14; Fil 3:20). Estamos atrapados entre “nuestros padecimientos presentes” y la futura “gloria que se manifestará en nosotros” (Ro 8:18). Somos acosados por debilidades internas (Mt 26:41; 2 Co 12:5-10) y poderosos enemigos externos (Ef 6:11-13). Podemos orar con palabras usando nuestro entendimiento humano, pero Dios no nos ha dejado solos en este empeño. Él nos ha dado el ministerio del Espíritu Santo que ora por nosotros con gemidos indecibles. Podemos confiar en el intelecto divino y la visión infinita del Espíritu para orar eficazmente de acuerdo con el buen propósito y la voluntad de Dios (1 Co 14:15; Ef 6:18–20; Jud 1:20).

El Señor Jesús Intercede por Nosotros

Respecto al Señor Jesús, el escritor de los Hebreos nos dice: 

“Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He 7:25). 

Este pasaje nos enseña que, aunque la obra de Cristo para asegurar la salvación de los elegidos se completó en la cruz, como se evidencia en Su clamor “Consumado es” (Jn 19:30), Su amor por los redimidos nunca terminará.

El Señor Jesús no ascendió al cielo después de Su ministerio terrenal para tomarse un descanso de Su función como Pastor eterno de Su pueblo (Ro 5:10). Si cuando estuvo humillado, despreciado, en agonía y muerto, tuvo el poder de realizar una obra tan grande como la de reconciliarnos con Dios, cuánto más podemos esperar que Él pueda guardarnos ahora que es un Redentor vivo, exaltado y triunfante, resucitado e intercediendo por nosotros ante el trono (Ro 8:34). Claramente, Jesús está todavía muy activo a favor nuestro en el cielo.

Después que el Señor Jesús ascendió al cielo y se sentó a la diestra de Dios Padre (Hch 1:9; Col 3:1), volvió a la gloria que tenía antes de Su encarnación (Jn 17:5) para continuar con su función de Rey de reyes y Señor de señores. Mientras esta caída tierra continúa siendo “ganada” para Cristo, el Señor es el Abogado de los Suyos, lo que significa que es nuestro gran Defensor. Este es el papel intercesor que Él actualmente cumple por aquellos que somos Suyos (1 Jn 2:1). Jesús siempre está defendiendo nuestro caso ante el Padre, al igual que un abogado defensor a favor nuestro.

El Señor Jesús está intercediendo por nosotros mientras que Satanás (cuyo nombre significa “adversario y acusador”) nos acusa, señalando nuestros pecados y debilidades ante Dios, tal como lo hizo con Job (Job 1:6-12). Sin embargo, las acusaciones caen en oídos sordos en el cielo, porque la obra de Jesús en la cruz pagó por completo nuestra deuda por el pecado; por lo tanto, Dios siempre ve en Sus hijos la perfecta justicia de Jesús. Cuando Jesús murió en la cruz, Su justicia (perfecta santidad) nos fue imputada, mientras que nuestro pecado se le atribuyó a Él en Su muerte. Este es el gran intercambio del que habla Pablo en 2 Corintios 5:21. Eso nos quita nuestro estado pecaminoso delante de Dios, para que Dios pueda aceptarnos como inocentes ante Él.

Finalmente, es importante entender que Jesús es el único mediador humano entre Dios y el hombre. Nadie más, ni María, ni ningún santo cristiano de la historia, tiene el poder de interceder por nosotros ante el trono del Todopoderoso. Ningún ángel tiene esa posición. Sólo Cristo es el Dios-hombre, y Él es el mediador e intercede entre Dios y el hombre (1 Ti 2:5).

Aplicación 

La intercesión del Señor Jesús y del Espíritu Santo por nosotros no es efectuada sin nosotros. Somos colaboradores de Dios (1 Co 3:9). No nos engañemos ni por un segundo creyendo que la intercesión del Señor y del Espíritu ocurren sin nosotros, o mientras estamos en pecado ante Dios. El Señor y su Espíritu interceden con nosotros, cuando nos presentamos ante el Padre en oración

Teniendo, pues, dos grandes intercesores a nuestro favor, no descuidemos el hábito de la oración DIARIA junto con el diligente estudio de la Palabra. La oración y la Palabra, la Palabra y la oración, son el Señor y el Espíritu ayudándonos a continuar en nuestro peregrinaje por este mundo condenado a la destrucción (2 P 3:10-11).

Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (He 4:16).

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Thursday, June 11, 2026

EL QUE PIENSA ESTAR FIRME, MIRE QUE NO CAIGA

 


Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co 10:12).

En 1 Corintios 10, el apóstol Pablo destaca acontecimientos de la historia de Israel para proporcionar ejemplos de realidades espirituales y advertir contra el pecado. Pablo quiere que sus lectores aprendan, tal como Israel había aprendido, que el orgullo espiritual es un poderoso engañador y que la confianza en uno mismo es un peligroso terreno resbaladizo.

“Mire que no caiga” es una expresión que significa “vigilar cuidadosamente, ser cauteloso, estar alerta, estar atento”. 

La palabra “firme” en el versículo 12 es una expresión militar que se refiere a “mantener la posición, permanecer inconmovible en una postura”. 

Pablo transmite la idea de un creyente que piensa que está firmemente enraizado en la fe, pero que en realidad está solo siendo demasiado confiado y se engaña a sí mismo. 

“Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co 10:12).

El apóstol Pedro alardeó de su dedicación a Cristo, desafiando la muerte: 

“Señor, dispuesto estoy a ir contigo no solo a la cárcel, sino también a la muerte” (Lc 22:33). 

La respuesta que le dio el Señor Jesús fue sombría: 

“Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces” (Lc 22:34).

En otras palabras, el Señor le dijo a Pedro lo mismo que Pablo nos está diciendo a nosotros los creyentes (1 Co 10:12). Antes el Señor se lo había advertido a Pedro con estas palabras:

Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil (Mt 26:41).

“Mire que no caiga” es una advertencia para todos aquellos que llamándose cristianos están convencidos de su propia justicia, aún si es de su justicia en Cristo. Los creyentes que creen que no pueden caer de la gracia (Gl 5:4) ni perder su salvación (Mt 10:12; 24:13; Mr 13:13), o que creen que no pasarán por la gran tribulación (Mt 24:21), ya pueden estar a punto de caer, al igual que los israelitas cayeron en el desierto. Allí, Dios estaba descontento con el pueblo hebreo por su exceso de confianza, su falta de dependencia de Él y los malos deseos de sus corazones:

por lo cual quedaron postrados en el desierto (1 Co 10:5-10).

En Hebreos la advertencia es repetida: 

Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado (He 3:12-13).

Estas Escrituras deben entenderse como textos que prueban la enseñanza de que podemos perder nuestra salvación. Están dirigidas a los “hermanos”. También hablan de aquellos que podrían pensar que son salvos, pero que en realidad podrían no serlo. El Señor Jesús mismo nos advierte: 

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchos milagros? Entonces les declararé: Jamás los conocí; apártense de Mí, los que practican la iniquidad (Mt 7:21-23).

Pablo nos advierte que, al igual que los israelitas enfrentaron pruebas en el desierto, los creyentes del Nuevo Testamento también enfrentaremos dificultades y pruebas en este mundo: 

No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar (1 Co 10:13).

A veces sentimos que nuestras luchas individuales son únicas o que nadie más puede comprenderlas, pero las Escrituras dicen que las pruebas son comunes a todos los hombres (“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana”). 

Pablo, más adelante, añade: 

“Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Ts 5:24; cp. 1 Co 1:9, 18). 

Podemos confiar en que el Señor nos proporcionará una vía de escape o la fortaleza para soportar la prueba. Él sabe lo que podemos y no podemos soportar. Pero debemos:

Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil (Mt 26:41).

A veces la “salida” (1 Co 10:13) consiste simplemente en resistir la prueba en oración mientras Dios obra para fortalecer y madurar nuestra fe: 

Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna (Stg 1:2-4).

A menudo se dice que una diferencia entre los creyentes verdaderos y los falsos es que Dios guarda a los suyos para que no se aparten. Pero estos pasajes bíblicos nos enseñan que si aún los verdaderos creyentes no oran y se ocupan en su salvación con temor y temblor todo el tiempo (Fil 2:12), están en peligro de caer.

El Señor Jesús es la vid en la que debemos permanecer (Jn 15:1-17). Para obtener el fin de nuestra fe o la salvación final (1 P 1:9), no podemos decir tan solo que permanecemos firmes en el Señor (Ro 4:25; 5:1-2; Jn 10:28) y ciertamente no basta con citar pasajes que sustenten esta noción. 

Al igual que los corintios, debemos aprender del pasado. La advertencia de Pablo—“Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co 10:12)—nos exhorta a los creyentes de todas las generaciones a evitar caer en la confianza infundada de nuestros propios méritos espirituales. La única manera de permanecer firmes en la fe, una vez que hemos nacido de nuevo (Jn 3:1-8), es ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor todo el tiempo (Fil 2:12) mediante la gracia protectora del Señor para no caer (Ro 6:23; Ef 2:8-9).

Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos (Stg 1:22).

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