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"Estoy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios" (Hch 20:26-27; Stg 4:7-8).
Los Enemigos de la Oración
Hay seis armas formidables de las cuales se vale el diablo para paralizar las alas de la oración de los creyentes.
La primera es el cansancio. Este es un cansancio paralizador que te deja incapaz de seguir orando. Pero, justamente en oración es que puedes vencer este cansancio inexplicable, pues la Biblia dice:
“Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas… los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas, levantarán alas como las águilas, correrán, y no se cansarán, caminarán, y no se fatigarán” (Is 40:29,31).
Entonces, arrójate al río de la oración, pues ahí encontrarás el descanso verdadero y auténtico.
La segunda arma formidable que el diablo usa para paralizar las alas de la oración de los creyentes es la distracción. Simplemente, no puedes concentrarte. Otros pensamientos te sobrevienen. Mientras oras, te das cuenta que tus pensamientos están ocupados con cualquier otra cosa. Pero a esta arma del enemigo uno puede hacerla ineficaz orando en voz alta. David dice:
“En cuanto a mí, a Dios clamaré; y él oirá mi voz. Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz” (Sal 55:16-17).
Ora en voz alta, pues es allí cuando los poderes de la distracción ya no tienen influencia sobre ti.
En tercer lugar está la inquietud interior. Una inquietud inexplicable se apodera de ti al ponerte a orar. Pero de ella puedes librarte justamente por medio de la oración. Para cualquiera que sea la causa: pecados, nerviosismo o incredulidad, la Biblia dice:
“Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará, no dejará para siempre caído al justo” (Sal 55:22).
Además, está escrito:
“¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío” (Sal 42:11).
Es solamente en oración que puedes recibir ayuda en cuanto a la inquietud interior.
La cuarta arma que el diablo usa para paralizar las alas de la oración de los creyentes es el apuro. El arma aplicada con más éxito por Satanás contra quienes se disponen a orar, probablemente es el apuro. ¿Qué dice la Escritura en Eclesiastés 8:3?
“No te apresures a irte de su presencia” (Ec 8:3).
¿Cuál es la causa de tu apuro? ¿Mucho trabajo? ¿Muchas cosas por hacer? Pero es por medio de la oración que adquirimos condiciones para una mejor y más rápida realización del trabajo. Cuanto más tiempo pasas en oración, tanto más trabajas. Esto está en contra de nuestra manera de pensar, pero hay miles de casos que comprueban esta experiencia. Isaías habla acerca de ella:
“¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura” (Is 55:2).
Por tu hábito de oración, tu medida diaria de trabajo está siendo controlada con fuentes divinas de poder. Con asombro descubrirás que el tiempo que pasas en insistente oración es la mejor manera de aprovechar el tiempo. ¡Y así se hará ineficaz la formidable arma del apuro!
En quinto lugar está el desánimo: un arma que paraliza a muchas personas de oración. Tener desánimo o estar desanimado significa que no hemos mirado lo suficientemente lejos. La Biblia nos llama a poner los ojos en Jesús. Fijar los ojos en el Señor Jesús significa apartar la atención de lo visible y pedirle ayuda al Señor Jesús, esto es mirarle en oración. Quizás estés desanimado por causa de tu flaqueza, por causa de tus fracasos, por la dureza de la gente, o por las circunstancias tristes de tu vida. Pablo exclama:
“…estamos atribulados en todo, mas no angustiados, en apuros, más no desesperados…” (2 Co 4:8).
¿Por qué? Porque era un hombre de oración. Isaías exclama:
“Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles. Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis, he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago, Dios mismo vendrá, y os salvará” (Is 35: 3-4).
Hay solamente una manera de apartarse del desánimo: la oración. Mientras piensas en esto, sentirás cómo los poderes invisibles tratan de impedirte que lo creas. Satanás hace todo lo posible para desanimarte, para que no puedas creer que la oración te abre las fuentes eternas del poder de Dios. Pero en el nombre de Jesús, también estos poderes son vencidos. Te digo a ti, que tienes el corazón desanimado: ¡Ora! ¡Comienza hoy de nuevo! Di en alta voz: Elijo la voluntad de Dios y rehúso la voluntad de Satanás, en el nombre de Jesús. La voluntad de Dios es que ores; la de Satanás, que no ores.
La sexta arma formidable que el diablo usa para paralizar las alas de la oración de los creyentes es la pereza. Esta arma sutil será dirigida por Satanás contra todos aquellos que quieren ser personas de oración. Es el arma de la pereza, de la carne, de la impotencia. Deseas orar, pero casi no te sale ninguna palabra. ¡Todo es tan difícil! La carne no puede orar. ¿Cómo puedes librarte de esta pereza horrible y de la impotencia de dirigirte a Dios?
Aquí tienes la respuesta: ora con la Biblia. Lee en voz alta las promesas que se refieren a la oración. Por ejemplo, el Señor Jesús dice:
“Pedid, y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7:7).
Dile sencillamente al Señor en oración: Señor, me siento incapaz de orar como se debe, pero tú dices en tu Palabra que debo hacerlo, y hacerlo con perseverancia.
Derrama delante de Él toda tu miseria e impotencia. ¡No calles! Y mientras estás hablándole a Él de todo lo que te sucede, y leyendo Su Palabra, de repente te darás cuenta que una chispa de oración se enciende en ti, y sentirás cómo la pereza va desapareciendo, y puedes llegar al trono de la gracia en oración.
Dile al Señor: Padre celestial, ayúdame a vencer cuando todo se desvanece delante de mí, cuando veo solamente mi propia ruina, cuando carezco de poder para orar y no tengo esperanza de que algo vaya de veras a mejorar.
El Señor atenderá tus gemidos, porque Él mismo ha hablado de ellos:
“Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Ro 8:26).
Durante mis años como cristiano he leído varios libros sobre la oración escritos por creyentes que aprendieron a hacerlo haciéndolo. Dos ilustraciones tomadas de esas lecturas resultan pertinentes aquí.
La primera es la de un niño de unos cinco años que llamaremos Juanito. Su madre le había enseñado a orar todas las noches antes de dormir. En una de esas oraciones, Juanito, después de mencionar a todas las personas más queridas para él, le dijo al Padre: “...Y Dios, por favor, cuídate mucho; porque si algo malo llega a pasarte, estaremos en serios problemas”.
La segunda ilustración es la de un estudiante de teología en un seminario-internado. Todos los días, todos los estudiantes debían dedicar media hora a la oración privada (había un momento fijo del día designado para eso). No debían juntarse ni siquiera dos: la oración debía ser totalmente privada. Cada estudiante debía apartar esa media hora para estar a solas con el Señor en oración. Cada estudiante debía acudir a su lugar de oración en el internado y debía pasar la media hora entera en oración, no en conversación, no en lectura, no en meditación, no cantando: en oración. En oración privada.
Al estudiante de nuestra ilustración esta regla del internado le parecía una tortura y una hipocresía. ¡Media hora era demasiado! Lo que él tenía para orar podía expresarlo en unos pocos minutos, pero debía quedarse en “actitud” o “postura” de oración por una media hora entera fingiendo que oraba, lo cual a menudo lo llevaba a quedarse dormido, y así la media hora de oración se transformaba en realidad en la hora de la siesta.
Pero se impuso ser honesto. Después de todo estaba en un seminario para ser ministro del Señor: ¡Qué clase de ministro iba a ser si no podía cumplir con tal regla?
Al principio, después de orar los pocos minutos a los que estaba acostumbrado, comenzó a recitar de memoria versículos y pasajes de la Biblia para completar el tiempo. Pero se distraía con esta y aquella preocupación, con este y aquel recuerdo, con este y aquel plan, mientras miraba su reloj a cada rato para ver cuánto tiempo había transcurrido.
Después comenzó a orar por esas preocupaciones, por esos recuerdos, por esos planes. Su oración se convirtió poco a poco en una conversación con el Señor acerca de todo lo que tenía en su corazón y su mente. Pronto, media hora a solas con el Señor todos los días se le hizo muy poco tiempo, y comenzó a pasar más tiempo con Él todos los días. Con el paso del tiempo, escribiría su libro sobre la oración donde habla de sus experiencias en esta área de la vida cristiana.
La enseñanza que aprendí de estas dos ilustraciones es que debemos dejar de lado las oraciones “religiosamente correctas”, y conversar con el Señor tal y como lo haríamos con un amigo. Con respeto y reverencia, pero sin falsa piedad. Después de todo, Él nos conoce: sabe cómo somos en verdad. No debemos asumir ninguna postura, o actitud, o tono de voz especial o formal ante Él, y no debemos fingirle ningún sentimiento ni buenas intenciones. Él sabe exactamente cómo somos, quiénes somos: lo que sentimos, lo que pensamos, lo que necesitamos, lo fuimos y lo que seremos... Él conoce nuestro fin desde antes que fuésemos concebidos en el vientre de nuestra madre.
Si nos damos el tiempo para aprender a conversar con el Señor en nuestro tiempo oración, destruiremos fácilmente las seis armas mencionadas en este artículo de las cuales se vale el diablo para anular nuestra vida espiritual. Esta práctica debe transformarse en una hábito diario:
“...para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones” (2 Co 2:11).
“Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros” (Ro 16:20).
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ANA—SERVÍA A DIOS CON AYUNOS Y ORACIONES
CLAMA A MÍ, Y YO TE RESPONDERÉ
En las discusiones jurídicas, un mediador representa los intereses de ambas partes, trabajando como agente intercesor para negociar un acuerdo. En los conflictos mundiales, un mediador interviene como negociador entre potencias mundiales opuestas para intentar alcanzar la paz.
El apóstol Pablo le escribe a Timoteo:
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti 2:5).
La humanidad nace en pecado (Sal 51:5). El pecado es un problema porque se interpone en el camino, bloqueando la relación entre los seres humanos y Dios. Todas las personas entran en este mundo separadas o alejadas del Dios Santo (Is 59:2; Ro 5:10, 12) y merecedoras de Su ira (Ef 2:3).
Romanos 6:23 explica que la pena por el pecado es la muerte, no solo la muerte física, sino la muerte espiritual y eterna (Ap 20:11-15).
Debido a nuestra condición pecaminosa, los seres humanos necesitamos un mediador para negociar la paz con Dios, y esa persona es el Señor Jesucristo:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro 5:1).
Las Escrituras revelan a Moisés como el mediador del pacto del Antiguo Testamento (Gl 3:19; Ex 20:19, 21-22; Dt 5:5, 22, 23, 27, 31; Hch 7:38).
Moisés entró en la presencia de Dios en nombre del pueblo de Israel. Se acercó a Dios, hablando e intercediendo como su representante. Moisés fue el mediador escogido por Dios para guiar a los israelitas por el camino de la salvación a través de una relación con Jehová.
En el Nuevo Testamento, el Señor Jesucristo se convirtió en el mediador de un pacto nuevo y superior:
“Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas” (He 8:6).
El Señor Jesús, el Hijo encarnado de Dios, es el intermediario perfecto, mejor que Moisés, porque solo Él está debidamente calificado para ser el único mediador entre Dios y los hombres. Solo el Señor Jesucristo es completamente humano y completamente divino (Jn 1:1,14; He 2:17).
Como hombre y Dios, Jesús es el único capacitado para representar a ambas partes. Solo Él media entre Dios y el hombre. Solo Él cumple los requisitos justos de la ley, abriendo el camino a la presencia de Dios de una vez por todas mediante Su muerte en la cruz y Su resurrección a la vida (Jn 1:17; He 3:1-6; 9:15, 22; 10:10; 12:24).
Solo el sacrificio del Cordero de Dios sin pecado ni mancha pudo pagar totalmente el rescate necesario para liberar a los seres humanos del pecado y de la muerte eterna. El Señor Jesús cargó con nuestro castigo, haciendo posible que experimentásemos el perdón del pecado y la liberación de su control destructivo.
Que haya un solo mediador entre Dios y los hombres significa que Cristo es el único camino hacia Dios Padre. Jesús dice de Sí mismo:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn 14:6).
Si queremos experimentar la paz con Dios y una relación restaurada de gozo en Su presencia, debemos llegar por la sangre del Señor Jesús:
“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne” (He 10:19-20).
Jesucristo es el único mediador, el único Salvador del mundo (Jn 1:29; 1 Ti 1:15). No hay otro intermediario, no hay otro mediador, no hay otro intercesor. Llegamos a Dios mediante la fe en Su Hijo, que es el único medio de salvación. La religión no nos puede salvar. La iglesia no nos puede salvar. El cristianismo no nos puede salvar. Las buenas obras no nos harán quedar bien con Dios, aparte de Cristo. Nada más que la fe en Él es suficiente para salvar la distancia entre la humanidad pecadora y un Dios Santo.
Como único mediador entre Dios y el hombre, el Señor Jesucristo intercede ahora por los creyentes que se acercan a Él:
“¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro 8:34).
Podemos vivir con la seguridad de que, al final, Cristo pondrá a todo enemigo “debajo de sus pies”, incluido “el postrer enemigo”, que es la muerte misma (1 Co 15:24-27), “y así estaremos siempre con el Señor” (1 Ts 4:17), si perseveramos en Él hasta el fin (Mt 10:22; 24:13; Mr 13:13).- - - - - -
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¿OBEDECED A VUESTROS PASTORES?

Turkish Foreign Minister Hakan Fidan told CNN Türk that Israel has become “a problem for the entire international community” and that “Israeli authorities have become a burden humanity can no longer bear” (“Turkish FN Fidan,” World Israel News, July 3, 2026). He is unwittingly citing Scripture. The prophet Zechariah said:
“The burden of the word of the LORD for Israel, saith the LORD, which stretcheth forth the heavens, and layeth the foundation of the earth, and formeth the spirit of man within him. Behold, I will make Jerusalem a cup of trembling unto all the people round about, when they shall be in the siege both against Judah and against Jerusalem. And in that day will I make Jerusalem a burdensome stone for all people: all that burden themselves with it shall be cut in pieces, though all the people of the earth be gathered together against it” (Zec. 12:1-3).
This is a reference to Armageddon when the foolish nations will besiege Jerusalem during the coming day of the Lord. Jerusalem will be a stone that is too heavy to lift and too strong to break. This is exactly what we see in the last 2,000 years of history. It is as if Jerusalem were a massive stone in a field that someone wants to remove, but no matter how much they labor, they cannot remove it, and they become drunk with a fervor to solve this unsolvable problem. Both the city (Jerusalem) and the field (the land of Israel) are God’s, and those who are wise will leave them alone. Jerusalem is mentioned 814 times in Scripture. In addition, it is called Zion 153 times. Jerusalem was chosen by God that His name might be there (2 Ch. 8:6). This is not said of any other city on earth. God calls Jerusalem “my city” (Isa. 45:13). God loves Jerusalem (Ps. 78:68; 87:2) and has stated that He will dwell in Jerusalem forever (Ps. 132:13-14). God delivered Jerusalem to Israel by the hands of David in about 1050 BC (1 Ch. 11:4-9) and it was Israel’s capital city until the Babylonian Captivity. Since then Israel has been under “the times of the Gentiles” and has largely been under Gentile control, but Jerusalem still belongs to God and will be the capital of the Messianic kingdom. (See Ps. 2:6; 48:1-2; 68:35; 87:5-7; 102:16, 21; 110:2; 132:11-18; Isa. 2:1-4; 4:3-5; 12:4-6; 24:23; 27:13; 30:19; 33:5, 20; 35:10; 40:2, 9; 41:27; 44:26; 46:13; 51:3, 11, 17; 52:1-2, 9; 59:20; 60:14; 61:3; 65:18-19; 66:10, 13, 20; Jer. 3:17; 17:25-26; 30:17; 31:12; 32:44; 33:10, 13, 16; 50:28; Joel 3:1, 16-17, 20; Ob. 1:17; Mic. 4:2, 7, 8; Zep. 3:14-17; Zec. 2:4, 10, 12; 8:3-4, 8; 8:22; 9:10; 12:6-11; 14:8-11, 14, 16-17, 21; Mal. 3:4.) Throughout the times of the Gentiles, Jerusalem has been a cup of trembling and a burdensome stone for many people. The city has been captured and recaptured more than 40 times. Jerusalem was a cup of trembling to the Babylonians, to the Greek Seleucid Empire of Syria, to the Romans, to the Catholic Crusaders, to the Muslims, and to the British. The latter seemed to be drunken with the desire to solve the Jerusalem problem, but the great world empire builders had zero success and finally gave up in disgust and left. Jerusalem has been a cup of trembling to American presidents who have tried repeatedly and unsuccessfully to solve “the Middle East problem.” Jerusalem is a cup of trembling to Hamas, Hezbollah, the Palestinian Authority, the PLO, and Iran. Jerusalem will be a cup of trembling at Armageddon.
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