"Estoy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios" (Hch 20:26-27; Stg 4:7-8).
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Saturday, August 22, 2026
Friday, August 21, 2026
SOBRE ESTA ROCA EDIFICARÉ MI IGLESIA
“Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt 16:18).
Las palabras del Señor Jesús en Mateo 16:18 son el centro de un debate continuo sobre quién o qué es “la roca” que menciona Jesús. El contexto inmediato contiene una pregunta que Jesús hizo a Sus discípulos: “¿quién decís que soy Yo?” (Mt 16:15).
Primer Punto de Vista: La Roca es Pedro
Una opinión es que Jesús estaba declarando que Pedro sería la “roca” sobre la que edificaría Su iglesia. El Señor Jesús utiliza un juego de palabras:
“Tú eres Pedro [petros] y sobre esta roca [petra] edificaré mi iglesia”.
Dado que el nombre de Pedro significa “roca” y Jesús va a edificar Su iglesia sobre una roca, Cristo vincula a Pedro con la fundación de la iglesia. Es cierto que Dios utilizó a Pedro de manera importante en la fundación de la iglesia. Fue Pedro quien proclamó por primera vez el evangelio el día de Pentecostés (Hch 2:14-47). Pedro también fue el primero en llevar el evangelio a los gentiles (Hch 10:1-48). En cierto sentido, Pedro fue la “piedra angular” de la iglesia. Esta es la postura de la iglesia católica.
Segundo Punto de Vista: La Roca es la Verdad contenida en la declaración de Pedro
Otra interpretación popular es que la roca a la que se refería Jesús no es Pedro, sino la declaración de Pedro en Mateo 16:16:
“Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.
La “roca” aquí es la veracidad de esa declaración: la iglesia está construida sobre la verdad sólida como una roca de que Jesús es el Elegido de Dios y el Hijo eterno de Dios. Al confesar a Jesús como el Cristo, Pedro, la “roca”, demostró su propia estabilidad al mantenerse firme en esta verdad. En cierto modo, estaba demostrando su carácter, por qué Jesús lo apodó “Cefas” o “Pedro” (ver Juan 1:42).
Tercer Punto de Vista: La Roca es la Fe de Pedro
El Señor Jesús nunca había enseñado explícitamente a los discípulos la plenitud de Su identidad, por lo que fue Dios quien soberanamente abrió los ojos de Pedro a esa revelación. Jesús señala la fuente de esa verdad en Mateo 16:17. La confesión de Pedro de que Jesús era el Mesías y el Hijo de Dios brotó de él como una sincera declaración de fe personal. Dado que la fe personal en Cristo es el sello distintivo del verdadero cristiano, aquellos que ponen su fe en Cristo, como lo hizo Pedro, son la iglesia. Pedro, escribiendo a los creyentes dispersos por el mundo antiguo, los compara con piedras utilizadas para construir la iglesia:
“Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 P 2:4-5).
La fe de los creyentes es lo que nos convierte en “piedras vivas” que forman parte del edificio espiritual que es la iglesia universal.
Cuarto Punto de Vista: La roca es Jesús Mismo
Después de que el Señor Jesús declara que Dios Padre le había revelado la verdad a Pedro, dice:
“...tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia...” (Mt 16:18).
La palabra “Pedro” [petros] es un sustantivo masculino que significa “una piedra desprendida, una piedra más grande que se puede lanzar o mover fácilmente” (Zodhiates, S., The Complete Word Study Dictionary: New Testament, AMG Publishers, 1992, p. 1154).
La palabra que el Señor menciona a continuación para “roca” es una palabra griega diferente [petra], un sustantivo femenino que significa “una masa de roca” o “un acantilado rocoso” y, por lo tanto, algo fundamental (ver también Mateo 7:24-25).
La diferencia entre los dos términos sugiere que Jesús estaba contrastando a Pedro con Él mismo. Es decir, Jesús estaba diciendo:
“Tú eres la roca pequeña, pero Yo Soy la roca grande, el fundamento de la iglesia”.
Esta postura encuentra apoyo en otros pasajes que presentan a Cristo, y no a Pedro, como el Fundamento de la iglesia (1 Co 3:11) y la Roca que da vida (1 Co 10:4).
Por supuesto, los apóstoles desempeñaron un papel fundamental en la edificación de la iglesia, pero el papel de primacía está reservado solo a Cristo. Por lo tanto, las palabras de Jesús en Mateo 16:18 se interpretan mejor como un simple juego de palabras:
La verdad fundamental, la Roca de la verdad, salió de la boca de alguien a quien se le llama “piedra pequeña” .
El mismo Cristo es llamado la “ la principal piedra del ángulo” (1 P 2:6-7; Mt 21:42).
La piedra angular de cualquier edificación era aquella sobre la que se anclaba la construcción, la que soportaba el peso del edificio. Si Cristo se declaró a Sí mismo como la piedra angular, ¿cómo podría Pedro ser la roca sobre la que se construyó la iglesia?
Los creyentes somos las piedras vivas que componen la iglesia. Estamos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (plural, no solo Pedro) y anclados a la Piedra angular (Ef 2:20).
“Y el que creyere en él [Cristo], no será avergonzado” (1 P 2:6).
La iglesia católica romana sostiene que Pedro es la roca sobre la que Jesús edificó Su iglesia. Le confiere a Pedro el título de papa y afirma ser la única iglesia verdadera. Sin embargo, como hemos visto, identificar a la roca con Pedro no es la interpretación válida de Mateo 16:18. Incluso si Pedro es la roca sobre la que Jesús prometió edificar Su iglesia, esto no le da ninguna autoridad a la iglesia católica romana. En ninguna parte de las Escrituras se registra que Pedro estuviera en Roma. En ninguna parte de las Escrituras se describe a Pedro como supremo sobre los demás apóstoles. El Nuevo Testamento no describe a Pedro como el líder con toda autoridad de la iglesia primitiva. El origen de la iglesia católica no se encuentra en las enseñanzas de Pedro ni de ningún otro apóstol. Si Pedro fuera realmente el fundador de la iglesia católica romana, esta estaría en total acuerdo con lo que el mismo Pedro enseñó (Hch 2:22-36; 1 P 2:6-7). ¡Y no lo está!
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Wednesday, August 19, 2026
LA PROLIFERACIÓN DE LOS LLAMADOS “MINISTERIOS DE LIBERACIÓN”
La definición comúnmente aceptada sobre el “ministerio de liberación” se refiere a la expulsión de demonios o espíritus inmundos con el fin de resolver problemas personales. Por ejemplo, un “ministro de liberación” puede tratar de ayudar a alguien a superar la ira echando fuera un “espíritu de ira”.
Los ministerios de liberación también se centran en derribar las fortalezas espirituales en la vida de una persona, encontrar la sanidad interior y reclamar la victoria en Cristo sobre todos los enemigos. Muchos se refieren a las ataduras del alma, maldiciones generacionales, y los “derechos legales” de los demonios. Bíblicamente, se sabe que los demonios o espíritus malignos relacionados con ángeles caídos que se rebelaron contra Dios junto con Satanás (Ap 12:4, 9; Is 14:12-20; Ez 28:1-19).
Ciertamente hay muchas cosas en las Escrituras sobre Satanás y su horda de demonios. Pero poco se nos dice sobre “liberarnos” de ellos, y nada se nos dice sobre la liberación como “ministerio”.
Los oficios de la iglesia se encuentran definidos en Efesios 4:11. Primero fueron los apóstoles y profetas, el fundamento de la iglesia, siendo Jesús la piedra angular (Ef 2:20). Luego están los evangelistas, después los pastores y los maestros. La habilidad de expulsar demonios no se menciona como un don espiritual o un deber ministerial.
Los Evangelios y los Hechos relatan que Jesús y los discípulos expulsaron demonios. Las porciones de enseñanza del Nuevo Testamento (desde Romanos hasta Judas) se refieren a la actividad demoníaca pero no mencionan el método para expulsarlos, ni se exhorta a los creyentes a hacerlo. Se nos dice que nos pongamos toda la armadura de Dios para enfrentarnos a la maldad espiritual (Ef 6:10-18). Se nos dice que resistamos al diablo (Stg 4:7) y que no le demos lugar en nuestras vidas (Ef 4:27). Pero no se nos dice cómo echar al diablo o a sus demonios de los demás, o que incluso deberíamos considerar hacerlo. El llamado bíblico es al individuo: es algo que cada uno de nosotros debe hacer en uno mismo con el poder de Dios en nosotros por el Espíritu Santo.
Es muy interesante que no tengamos registro de las instrucciones de Jesús a Sus discípulos sobre cómo expulsar demonios, excepto en Mateo 12:43-45 y 17:19-21, donde se da alguna información. Cuando los discípulos comprobaron que los demonios se les sometían en el nombre y la autoridad de Jesús, se regocijaron (Lc 10:17; cf. Hch 5:16; 8:7; 16:18; 19:12). Sin embargo, el Señor Jesús le dijo a los discípulos:
“Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lc 10:20).
En lugar de un “ministerio de liberación” todos y cada uno de los creyentes tenemos la autoridad espiritual en el poderoso nombre del Señor Jesús. Un día, Juan le dijo al Señor:
“Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es” (Mr 9:38-40).
Claramente, la autoridad sobre los demonios es el poder del Señor en acción, no el de un exorcista o de un ministerio especial de “liberación”.
El énfasis en la guerra espiritual se destaca en versículos como 1 Juan 4:4:
“Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo [el diablo]”.
La victoria es nuestra por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Los creyentes podemos superar nuestras luchas con el pasado, los hábitos y las adicciones, porque:
“todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn 5:4).
Necesitamos la oración, el consejo de Dios, y el apoyo de la Escritura. No necesitamos a un “ministro de liberación” con sus ridículos mantras, manierismos, manipulación emocional, trucos de mentalistas, ritos de espiritistas, falsas “lenguas”, risa en el “espíritu”, danza en el “señor”, caer hacia atrás con la “unción”, gritos histéricos, sugestión masiva y fórmulas chamánicas.
El Espíritu del Señor nos manda:
“Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe...Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca” (1 P 5:8-10).
La clave para la victoria en la vida cristiana es estar lleno (controlado y fortalecido) con el Espíritu Santo en cada momento (Ef 5:18). El Padre sabe quiénes le pertenecen:
“Los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Ro 8:14).
El Espíritu Santo no morará en nadie que no haya nacido de nuevo (Jn 3:3-8; 2 Ti 2:19; Hch 1:8; 1 Co 3:16), así que el primer paso en la victoria espiritual es poner nuestra fe en el Señor Jesucristo. Luego, regocíjate de que Jesús está en ti y tienes Su poder y Su victoria, y ponla en práctica en tu vida por medio de la oración escritural diaria.
En vez de culpar a un demonio de lujuria, rechazo, ira o adicción por tus malas actitudes y mal carácter, reconoce tus conductas pecaminosas y hazte responsable por tu pecado y sus consecuencias en tu vida— reconócelo, confiésalo, arrepiéntete de él, y vive en el poder del Espíritu de Dios disponible para todo creyente genuino.
“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Ef 6:10).
“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Ef 6:11).
“Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (Ef 6:13).
“Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres” (1 Co 7:23).
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Monday, August 17, 2026
LOS HIJOS DE DIOS Y LAS HIJAS DE LOS HOMBRES
Génesis 6:1-4 hace referencia a los hijos de Dios y las hijas de los hombres. Ha habido muchas opiniones sobre quiénes eran los hijos de Dios, y por qué los hijos que tuvieron ellos con las hijas de los hombres crecieron como una raza de gigantes (así parece indicarlo la palabra “nephilim” (o, nefilim), que significa gigantes, atacantes, oponentes).
Las tres opiniones más importantes sobre la identidad de los “hijos de Dios” es que son:
(1) ángeles caídos
(2) poderosos gobernantes humanos
(3) los descendientes de Set, que se casaron con las hijas de Caín.
Apoyando la primera postura está el hecho de que en el Antiguo Testamento la frase “hijos de Dios” siempre se refiere a ángeles (Job 1:6; 2:1; 38:7). Por lo tanto es lógico que la mención a los “hijos de Dios” en Génesis (Gn 6:2,4) tenga el mismo significado.
Un problema potencial con esta postura es el hecho de que Mateo 22:30 indica que los ángeles no se casan. Pero esta referencia no tiene por qué aplicarse a Satanás ni a los ángeles caídos. El Señor Jesús dice específicamente que los ángeles que no se casan son “los ángeles de Dios en el cielo” (Mt 22:40). ¿Por qué la aclaración?
La falla en las otras dos posturas es que el casamiento de hombres comunes que se casaron con mujeres comunes no explica por qué su descendencia fue de “gigantes” (nefilim o nephilim) o de los “héroes de la antigüedad”, o de “varones de renombre” (Gn 6:4).
¿Por qué decidió Dios traer el diluvio sobre toda la tierra (Gn 6:5-7) cuando Él nunca prohibió que los descendientes de Set (hombres comunes y corrientes) se casaran con mujeres comunes y corrientes descendientes de Caín?
El juicio en Génesis 6:5-7 está ligado a lo que tuvo lugar en Génesis 6:1-4. Solo el obsceno y perverso “matrimonio” de ángeles caídos con mujeres humanas parecería justificar la dureza de este juicio.
Como se señaló anteriormente, la debilidad del primer punto de vista es que Mateo 22:30 declara:
“Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo” (Mt 22:30).
Sin embargo, el texto no dice que “los ángeles no pueden casarse” ni engendrar una raza híbrida de seres sobrenaturales con mujeres humanas. Sólo indica que “los ángeles de Dios en el cielo” no se “casan”. Esto no se aplica a los ángeles caídos, que no se preocupan por el orden establecido por Dios y, por el contrario, buscan activamente maneras de corromper Su plan para la humanidad. El hecho de que los santos ángeles de Dios no se “casen” no significa que lo mismo sea cierto para Satanás y sus demonios (entendiendo “casarse” como eufemismo para “engendrar”).
Creemos que la postura correcta es la que dice que los “hijos de Dios” son ángeles caídos que engendraron una raza híbrida de seres sobrenaturales al unirse con las “hijas de los hombres”. Sí, es una interesante “contradicción” decir que los ángeles no se “casan” y luego decir que los “hijos de Dios” son ángeles caídos que procrearon gigantes con mujeres humanas. Sin embargo, aunque los ángeles son seres espirituales (He 1:14), también pueden tomar formas humanas (Mr 16:5). Los hombres de Sodoma y Gomorra querían tener relaciones sexuales con los dos ángeles que estaban con Lot (Gn 19:1-5). Es admisible que los ángeles sean capaces de tomar forma humana hasta el extremo de duplicar sus características sexuales y hasta su reproducción.
¿Por qué los ángeles caídos no siguieron actuando de esta manera después del diluvio?
“Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día” (Jud 6).
Dios “ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día” (Jud 6) a los ángeles caídos que cometieron este abominable pecado, para que los otros ángeles caídos no hagan lo mismo.
Los primeros intérpretes hebreos, escritos apócrifos y pseudoepígrafos son unánimes en sostener que los “hijos de Dios” mencionados en Génesis 6:1-4 son “...los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada”.
La oración “...no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada” significa que estos ángeles no tomaron en cuenta las restricciones de Dios impuestas a los seres angélicos.
Por supuesto, esto no zanja el debate. Sin embargo, la opinión de que Génesis 6:1-4 involucra a ángeles caídos engendrando con mujeres humanas una raza de seres híbridos (mitad humanos, mitad angélicos), tiene fuertes bases contextuales, gramaticales e históricas.
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EFATA
“Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua; y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata, es decir: Sé abierto. Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien” (Mr 7:33-35)
“Efata” es una palabra aramea (o siríaca) que aparece una sola vez en el Nuevo Testamento, en Marcos 7:34. El mismo Marcos nos da el significado de la palabra: “Sé abierto”. Jesús pronunció esta palabra cuando sanó a un hombre “sordo y tartamudo” (Mr 7:32).
Marcos, más que los otros evangelistas, se preocupó por registrar las palabras exactas que el Señor Jesús dijo. El hecho de conservar expresiones literales del Señor muestra la influencia de Pedro, testigo presencial, en la redacción del evangelio de Marcos.
El Señor Jesús estaba viajando por la región de Decápolis cuando algunas personas le llevaron a un hombre “sordo y tartamudo” (Mr 7:32). Jesús tomó al hombre “aparte de la gente”, y puso Sus dedos en sus oídos (Mr 7:33). Luego escupió y tocó la lengua del hombre con Su saliva. Jesús no necesitaba realizar tales acciones físicas—en otros milagros simplemente pronunció una palabra (Mt 8:8,13)—, pero en este caso eligió hacerlo de esta manera.
Después de tocar los oídos y la lengua del hombre, Jesús “levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata” (Mr 7:34). Al levantar la vista, Jesús mostraba Su conexión con el Padre, en cuyo nombre actuaba. El gemido de Jesús reflejaba Su profunda compasión por la situación del hombre y Su dolor por el pecado en el mundo y sus tristes consecuencias.
Cuando Jesús dijo: “Efata”, el resultado fue inmediato:
“Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien” (Mr 7:35).
Jesús les mandó a los presentes que no divulgaran el milagro:
“... pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban. Y en gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar” (Mr 7:36-37).
Es interesante notar que Jesús rara vez sanó a las personas de la misma manera. A veces simplemente habló (Mt 12:13). Otras veces puso las manos sobre ellas y las sanó (Lc 13:10-13). En una ocasión escupió en el suelo, hizo lodo y lo aplicó en los ojos de un ciego (Jn 9:6-7), y en otra ocasión sanó a un leproso tocándolo y hablándole (Mr 1:41-42). Los detalles de cada milagro varían ligeramente. La variedad de métodos que el Señor usó elimina la idea de confiar en una técnica, fórmula o procedimiento específico. La sanidad no es el resultado de un ritual, ceremonia o palabras secretas como lo propone la liturgia católica y la hechicería pagana. La sanidad proviene Dios, y Él la da a quien Él quiere y por los métodos que Él elige.
Pero la verdad debe ser dicha: Esta es la sanidad más extraña de los cuatro Evangelios: dedos presionados en oídos sordos, escupo en la lengua del tartamudo, ojos alzados al cielo, un profundo gemido y una palabra aramea sin traducir: “Efata”, que literalmente significa “ábrete”.
Quisiéramos tener el tiempo para analizar cada gesto y mostrar por qué ninguno de ellos es casual. Quisiéramos tener la atención del lector para hacerle ver cómo el Señor entró en el mundo silencioso del hombre en lugar de exponerlo a la multitud, qué significaba la saliva en el mundo antiguo, por qué el Hijo de Dios gimió antes de sanar al hombre y cómo una palabra poco común —mogilalos— vincula sutilmente este momento con una promesa que Isaías escribió setecientos años antes (Is 35:5-7). Al final el lector vería cómo el milagro más antihigiénico de la Biblia es, en realidad, el acto más tierno y delicado del Señor registrado en los Evangelios.
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EL PUEBLO ESCOGIDO DE DIOS
Sin lugar a dudas, Dios escogió a Israel para ser Su pueblo de una manera especial. Dios declaró abiertamente Su elección en Deuteronomio 7:6:
“Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra” (Dt 7:6).
El siguiente versículo explica por qué Dios escogió a Israel:
“No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres” (Dt 7:7-8a).
La elección de Israel por parte de Dios no tuvo nada que ver con ellos, sino con Dios.
Una pregunta que surge a menudo es: “¿Sigue siendo Israel el pueblo escogido de Dios?”.
Después de todo, el Nuevo Testamento se refiere a todos los creyentes en Cristo como “escogidos de Dios, santos y amados” (Col 3:12; cf. 1 P 1:1), y, en Cristo, no hay diferencia entre judíos y gentiles (Gl 3:28).
Creemos que, si bien Dios obra a través de la iglesia en esta era, Israel sigue siendo el pueblo de Dios de manera única. La base bíblica para esta afirmación se encuentra en los pactos y cánticos del Antiguo Testamento, la historia judía, las profecías bíblicas y la insistencia del Nuevo Testamento en que Dios es fiel.
Israel sigue siendo el Pueblo de Dios: Los Pactos
El pacto de Dios con Abraham incluye tres cosas: una tierra, una descendencia y una bendición (Gn 12:1-3). A través de la descendencia de Abraham, todo el mundo sería bendecido. En Génesis 13:15, Dios destaca la naturaleza perdurable de este pacto:
“Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre” (Gn 13:15).
Es importante destacar que el pacto no dependía de la capacidad de Abraham para cumplirlo. De hecho, Abraham ni siquiera estaba consciente cuando Dios ratificó el pacto por sí mismo (Gn 15:12). Dado que solo Dios asumió la responsabilidad de bendecir la descendencia de Abraham, el pacto es incondicional.
Dios reafirmó el pacto con Isaac, hijo de Abraham (Gn 21:12; 26:3-4), y con Jacob, hijo de Isaac (Gn 28:14-15). A partir de entonces, cada vez que Dios se refería a sí mismo como “el Dios de Abraham, Isaac y Jacob”, se recordaba ese pacto. Dios decidió tener una relación perpetua con los descendientes de Abraham de generación en generación.
El pacto que Dios estableció con David (y, por consiguiente, con Salomón) fue igualmente una promesa unilateral e incondicional.
En este pacto el Señor le aseguró a David:
“Además, yo fijaré lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré, para que habite en su lugar y nunca más sea removido, ni los inicuos le aflijan más, como al principio” (2 S 7:10).
Además, el Señor le aseguró que establecería una “casa” y un “reino” para David (2 S 7:11-12). Finalmente, el Señor declaró la perdurabilidad de este pacto:
“Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente” (2 S 7:16).
Desde el principio, Israel ha mantenido una relación única y sagrada con Dios. Tanto el Pacto Abrahámico como el Pacto Davídico detallan las bendiciones especiales que Dios concedió a Israel, y se enseña que ambos pactos son eternos.
Israel sigue siendo el Pueblo de Dios: Historia Bíblica
El hecho de que Israel sea el pueblo de Dios se ve en su Éxodo de Egipto (Ex 3-13). Dios dividió el Mar Rojo para ellos (Ex 14). Se reunió con ellos en el monte Sinaí y les habló personalmente (Ex 19:16-19). Los sustentó durante cuarenta años en el desierto (Neh 9:21) y los llevó a la Tierra Prometida (Neh 9:22). A lo largo de todo ello, el trato de Dios hacia Israel se basó en Su fidelidad a los pactos que había hecho con ellos.
La relación única entre Israel y Dios se manifiesta en la naturaleza teocrática del primer gobierno de Israel. Israel iba a ser gobernado directamente por Dios. Moisés, Josué y los jueces actuaban como regentes e intermediarios (Jue 8:23). Finalmente, los israelitas rechazaron ese arreglo en favor de un rey (1 S 8:5-7). No obstante, aun durante el período monárquico, el Señor continuó morando en medio de Su pueblo en el tabernáculo y, posteriormente, en el templo (Ex 29:44-46; 2 Cr 7:15-16). El arca del pacto, que contenía una copia del pacto, se erigía como símbolo del trono de Dios, desde el cual Él gobernaba a Su pueblo, Israel.
Aunque el pueblo de Israel perseveró en la desobediencia y el Señor lo expulsó de la tierra bendita, Dios permaneció fiel a Sus promesas:
“Mas por tus muchas misericordias no los consumiste, ni los desamparaste; porque eres Dios clemente y misericordioso” (Neh 9:31).
De hecho, el Señor restauró a Israel a su tierra (véanse los libros de Esdras y Nehemías).
Israel sigue siendo el Pueblo de Dios: la Poesía Bíblica
El tema de la elección de Israel por parte de Dios como Su pueblo se mantiene a lo largo del Libro de los Salmos. A continuación presentamos solo algunos ejemplos de esta verdad:
“Porque Jehová ha elegido a Sion; La quiso por habitación para sí. Este es para siempre el lugar de mi reposo; Aquí habitaré, porque la he querido” (Sal 132:13-14).
“¿Por qué observáis, oh montes altos, Al monte que deseó Dios para su morada? Ciertamente Jehová habitará en él para siempre” (Sal 68:16).
“Porque se acordó de su santa palabra Dada a Abraham su siervo. Sacó a su pueblo con gozo; Con júbilo a sus escogidos. Les dio las tierras de las naciones, Y las labores de los pueblos heredaron; Para que guardasen sus estatutos, Y cumpliesen sus leyes. Aleluya.” (Sal 105:42-45)
“Porque el Señor ha escogido a Jacob para Sí, a Israel para posesión Suya” (Sal 135:4).
Israel sigue siendo el Pueblo de Dios: Las Profecías
A lo largo de la historia de Israel, Dios se esforzó por mantener Su relación con Su pueblo elegido mediante los profetas. Elías, Isaías, Oseas, Ezequiel y otros proclamaron el llamado divino para que la nación abandonara sus caminos pecaminosos y volviera a Él. En términos inequívocos, los profetas advirtieron sobre las consecuencias de la desobediencia persistente. El pueblo elegido de Dios mató a los profetas e ignoró su mensaje (Hch 7:52). A pesar de esa rebelión, Dios permaneció fiel a Su pueblo del pacto.
En un pasaje sobre la restauración de Israel, el profeta Isaías describe a la ciudad de Jerusalén como desesperada por la ayuda de Dios (Isaías 49:14). En respuesta, el Señor declara:
“ ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. 16 He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros” (Is 49:15-16)
En un pasaje paralelo en el que promete la restauración de la nación de Israel, el profeta Jeremías cita la promesa de amor inquebrantable de Dios:
“En aquel tiempo, dice Jehová, yo seré por Dios a todas las familias de Israel, y ellas me serán a mí por pueblo. Así ha dicho Jehová: El pueblo que escapó de la espada halló gracia en el desierto, cuando Israel iba en busca de reposo. Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia. Aún te edificaré, y serás edificada, oh virgen de Israel; todavía serás adornada con tus panderos, y saldrás en alegres danzas. Aún plantarás viñas en los montes de Samaria; plantarán los que plantan, y disfrutarán de ellas. Porque habrá día en que clamarán los guardas en el monte de Efraín: Levantaos, y subamos a Sion, a Jehová nuestro Dios” (Je 31:1-6)
Más adelante, en el mismo contexto, el profeta Jeremías escribe al pueblo de Dios, Israel:
“Así ha dicho Jehová, que da el sol para luz del día, las leyes de la luna y de las estrellas para luz de la noche, que parte el mar, y braman sus ondas; Jehová de los ejércitos es su nombre: Si faltaren estas leyes delante de mí, dice Jehová, también la descendencia de Israel faltará para no ser nación delante de mí eternamente” (Jer 31:35-36).
El profeta Zacarías, que también aguardaba con ansias el día de la restauración, anuncia un acontecimiento que revela la gloria que espera a Israel en el futuro:
“Así ha dicho Jehová de los ejércitos: En aquellos días acontecerá que diez hombres de las naciones de toda lengua tomarán del manto a un judío, diciendo: Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros” (Zac 8:23).
Israel sigue siendo el Pueblo de Dios: El Nuevo Testamento
El apóstol Pablo responde directamente a la pregunta “¿Sigue siendo Israel el pueblo de Dios?” en Romanos 9-11. En este extenso pasaje, Pablo comienza expresando su profundo y sincero amor por sus hermanos judíos (Ro 9:1-4). A continuación, ofrece una breve descripción de cómo Dios los bendijo y los utilizó para traer al Mesías al mundo (Ro 9:4-5).
Sin embargo, el apóstol Pablo señala que, a primera vista, podría parecer que Israel ha sido rechazado como pueblo de Dios. Tras siglos de rebelión, que culminaron con el rechazo de su propio Mesías (Hch 2:36; 3:13-15), se ha producido un tropiezo y un endurecimiento del corazón (Ro 9:6-33). Israel es celoso de Dios, pero no tiene un conocimiento verdadero de Él (Ro 10:2). Intentan establecer su propia justicia mediante el cumplimiento de la ley y rechazan la justicia que viene por la fe en Cristo Jesús (Ro 10:3-13). En todo esto, se han convertido en “un pueblo rebelde y contradictor” (Ro 10:21; cf., Is 65:2).
Pablo formula la pregunta:
“¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera. Porque también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín. No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció...” (Ro 11:1-2).
Con anterioridad, en la misma carta, el apóstol había planteado lo mismo:
“¿Pues qué, si algunos de ellos han sido incrédulos? ¿Su incredulidad habrá hecho nula la fidelidad de Dios? De ninguna manera; antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Ro 3:3-4).
En consecuencia, las promesas de Dios a Israel permanecen firmes, a pesar de la infidelidad de Israel.
La expresión que el apóstol Pablo emplea para rechazar la idea de que Dios ha abandonado a Su pueblo es una negación sumamente enfática en griego (μὴ γένοιτο). Cuando afirma: “De ninguna manera” (Ro 11:1, Ro 3:4), rechaza rotundamente cualquier idea de que Dios haya terminado con Israel. De hecho, el apóstol lo respalda con un argumento personal: “yo soy israelita” (Ro 11:1). Si Dios hubiera abandonado definitivamente a Su pueblo, Pablo no se habría salvo.
El resto de Romanos 11 ofrece una explicación del estado actual de Israel y del plan futuro de Dios para Su pueblo. En la actualidad, Israel ha experimentado un endurecimiento de corazón debido a su rechazo del Mesías (Ro 11:7). Tropezaron con la verdad y han sido dejados momentáneamente de lado en el plan de Dios. Para usar la analogía de Pablo:
“...algunas de las ramas fueron desgajadas [Israel], y tú, siendo olivo silvestre [los gentiles], has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo, no te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti. Pues las ramas, dirás, fueron desgajadas para que yo fuese injertado. Bien; por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará” (Ro 11:17-21).
Este desgajar las ramas naturales fue temporal y para procurar la salvación de los gentiles:
“¿Han tropezado los de Israel para que cayesen? En ninguna manera; pero por su transgresión vino la salvación a los gentiles, para provocarles a celos. Y si su transgresión es la riqueza del mundo, y su defección la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plena restauración?” (Ro 11:11.12).
Al explicar el “desgajamiento” de Israel, el apóstol Pablo reitera solemnemente que ellos siguen siendo el pueblo del pacto de Dios (Ro 11:11). Al concluir su argumentación, el apóstol aclara aún más:
“Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, Que apartará de Jacob la impiedad” (Ro 11:25-26).
Obsérvese tres aspectos importantes aquí:
1) El endurecimiento actual de Israel es parcial (“en parte”).
2) La actual exclusión de Israel es temporal (“hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles”).
3) El futuro de Israel implica la salvación (“luego todo Israel será salvo”).
Así es: Israel sigue siendo el pueblo elegido de Dios, aunque, debido a su actual estado de rebelión, haya sido temporalmente apartado del plan divino de bendecir al mundo.
Pero Dios es fiel. Mantendrá Sus promesas a Israel, pase lo que pase. Porque, como señala Pablo:
“...irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Ro 11:29).
Sigamos, pues, el ejemplo del apóstol Pablo y seamos fieles a Israel, el pueblo escogido de Dios.
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Ro 11:36).
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ISRAEL Y LA IGLESIA
Romanos 11:16-36 contiene la ilustración del árbol de olivo. Este pasaje habla de Israel, las (ramas “naturales”) siendo arrancadas del árbol de olivo, y la Iglesia (ramas o brotes “silvestres”) siendo injertadas en el olivo. Puesto que a Israel se le llama “ramas”, así como la iglesia, es lógico entender que ningún grupo es “el árbol entero”, por así decirlo; más bien, todo el árbol representa la obra de Dios con la humanidad como un todo.
Por lo tanto, el programa de Dios con Israel y con la Iglesia forma parte de Su propósito con la humanidad en general.
En Génesis 12, Dios le promete a Abraham que él sería padre de una gran nación (los judíos). Los judíos poseerían una tierra, la nación sería bendecida sobre todas las demás naciones, y todas las naciones serían bendecidas de Israel. Así que, desde el principio, Dios reveló que Israel sería Su pueblo elegido en la tierra, pero que Sus bendiciones no estarían limitadas exclusivamente a ellos. Gálatas 3:14 identifica la naturaleza de la bendición que vendría a todas las demás naciones:
“… para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gl 3:14).
Todas las naciones del mundo son bendecidas por Israel, a través de quien vendría el Salvador del mundo.
El plan de Dios de redención está edificado sobre la obra terminada del Señor Jesucristo, descendiente de David y Abraham. Pero la muerte de Cristo en la cruz es suficiente por los pecados del mundo entero, no solo de los judíos. Gálatas 3:6-8 dice:
“Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham. Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones” (Gl 3:6-8).
Finalmente, Gálatas 3:29 dice:
“Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gl 3:29).
En otras palabras, en Cristo, los creyentes son contados como justos por medio de la fe de la misma manera que lo fue Abraham (Gl 3:6-8). Si estamos en Cristo, entonces somos participantes de la bendición de Israel y todas las naciones en la obra redentora de Cristo. Los creyentes nos convertimos en descendientes espirituales de Abraham.
Los creyentes no nos convertimos físicamente en judíos, pero podemos disfrutar el mismo tipo de bendiciones y privilegios que los judíos.
Ahora, esto no contradice o anula la revelación dada en el Antiguo Testamento. Las promesas de Dios en el Antiguo Testamento aún son válidas, y la relación de Dios con Israel como el pueblo elegido, apunta a la obra de Cristo como un Redentor de todo el mundo. La Ley Mosaica aún es obligatoria para todos los judíos que aún no han aceptado a Cristo como su Mesías. Jesús hizo lo que ellos no pudieron hacer – cumplir la Ley en todos sus detalles (Mt 5:17). Como creyentes del Nuevo Testamento, ya no estamos bajo la maldición de la Ley (Gl 3:13), porque Cristo ha tomado esa maldición sobre Sí Mismo en la cruz. La Ley servía para dos propósitos: revelar el pecado y la incapacidad de la raza humana (por sus propios méritos) para hacer algo al respecto; y dirigirnos a Cristo, quien cumplió la Ley.
Su muerte en la cruz satisfizo totalmente los justos requerimientos de perfección de Dios.
Las promesas incondicionales de Dios no son invalidadas por la infidelidad de Israel. Nada de lo que Israel hace es una sorpresa para Dios, y Él no necesita ajustar Sus planes de acuerdo a la forma en que Israel se omporte. No, Dios es soberano sobre todas las cosas – pasadas, presentes y futuras – y lo que Él ha preordenado tanto para Israel como para la Iglesia, sucederá, independientemente de las circunstancias.
Romanos 3:3-4 explica que la incredulidad de Israel no anularía Sus promesas concernientes a ellos:
“¿Pues qué, si algunos de ellos han sido incrédulos? ¿Su incredulidad habrá hecho nula la fidelidad de Dios? De ninguna manera; antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso; como está escrito: Para que seas justificado en tus palabras, y venzas cuando fueres juzgado” (Ro 3:3-4).
Las promesas hechas a Israel aún se cumplirán en el futuro. Podemos estar seguros de que todo lo que Dios ha dicho es verdad y sucederá, por Su carácter y consistencia. La Iglesia no reemplaza a Israel y no debe esperar un cumplimiento simbólico de las promesas del Antiguo Pacto. Como se lee en las Escrituras, es necesario mantener separados a Israel y a la Iglesia.
¿DEBEMOS LOS CRISTIANOS APOYAR A ISRAEL?
Los cristianos definitivamente debemos apoyar a la nación de Israel. Debemos recordar que Israel, la nación, es muy especial para Dios. Leemos en Deuteronomio 7:6-8 estas palabras:
“Porque tú eres pueblo santo para el Señor tu Dios; el Señor tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido el Señor y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto el Señor os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado el Señor con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto” (Dt 7:6-8).
El propósito eterno de Dios es bendecir al mundo a través de Israel. Ya lo ha hecho en cierta medida, pues “la salvación viene de los judíos” (Jn 4:22), pero la plenitud de la bendición futura se indica en la maravillosa promesa de Isaías 27:6:
“Días vendrán cuando Jacob echará raíces, florecerá y echará renuevos Israel, y la faz del mundo llenará de fruto” (Is 27:6).
La declaración de que “la salvación viene de los judíos” sugiere nuestra inmensa deuda con Israel. Todo lo que vale la pena tener nos ha llegado a través de los judíos. Nuestra Biblia es un Libro judío, y nuestro Salvador es un Salvador judío. Nunca olvidemos orar por el pueblo elegido por Dios. Es cierto que Israel, hoy en día, se encuentra en el lugar del rechazo. La nación es una nación secular e incrédula (en cuanto a las afirmaciones de las Escrituras y de su Mesías, Jesucristo); pero “...en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia” (Ro 11:5).
Algunos judíos se están salvando y se están convirtiendo en miembros del cuerpo de Cristo a través de la fe en su Mesías.
Bíblicamente hablando, los judíos son el “pueblo elegido de Dios” y muy amado por Él. Otra razón para que los cristianos apoyen a la nación de Israel es el Pacto con Abraham. Leemos la promesa de Dios en Génesis 12:2-3:
“Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Gn 12:2-3; 27:29; Nm 24:9).
De las declaraciones bíblicas sobre el amor y el cuidado de Dios por Su pueblo elegido, la nación de Israel, y de la historia de las naciones que han sido destruidas a causa de sus malos tratos con el pueblo elegido de Dios, los judíos, los creyentes cristianos deberían apoyar al pueblo elegido de Dios. Esto no quiere decir que apoyemos necesariamente los métodos que utilizan en sus relaciones con las naciones árabes. La Biblia advirtió que el conflicto siempre caracterizaría las relaciones entre los descendientes de Isaac e Ismael. Lamentablemente, este conflicto continuará hasta que Jesús regrese a juzgar a las naciones y establezca Su reino de paz de 1.000 años en la tierra. Debemos mirar el "panorama general" con una visión bíblica del mundo. Aunque no tenemos que apoyar todo lo que hace Israel como nación, definitivamente debemos apoyar el derecho de Israel a existir. Dios cumplirá Sus promesas y pactos con Israel. Dios todavía tiene un plan para Israel. Ay de todo aquel que intente frustrar ese plan;
“a los que te maldijeren maldeciré” (Gn 12:3).
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