En las discusiones jurídicas, un mediador representa los intereses de ambas partes, trabajando como agente intercesor para negociar un acuerdo. En los conflictos mundiales, un mediador interviene como negociador entre potencias mundiales opuestas para intentar alcanzar la paz.
El apóstol Pablo le escribe a Timoteo:
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti 2:5).
La humanidad nace en pecado (Sal 51:5). El pecado es un problema porque se interpone en el camino, bloqueando la relación entre los seres humanos y Dios. Todas las personas entran en este mundo separadas o alejadas del Dios Santo (Is 59:2; Ro 5:10, 12) y merecedoras de Su ira (Ef 2:3).
Romanos 6:23 explica que la pena por el pecado es la muerte, no solo la muerte física, sino la muerte espiritual y eterna (Ap 20:11-15).
Debido a nuestra condición pecaminosa, los seres humanos necesitamos un mediador para negociar la paz con Dios, y esa persona es el Señor Jesucristo:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro 5:1).
Las Escrituras revelan a Moisés como el mediador del pacto del Antiguo Testamento (Gl 3:19; Ex 20:19, 21-22; Dt 5:5, 22, 23, 27, 31; Hch 7:38).
Moisés entró en la presencia de Dios en nombre del pueblo de Israel. Se acercó a Dios, hablando e intercediendo como su representante. Moisés fue el mediador escogido por Dios para guiar a los israelitas por el camino de la salvación a través de una relación con Jehová.
En el Nuevo Testamento, el Señor Jesucristo se convirtió en el mediador de un pacto nuevo y superior:
“Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas” (He 8:6).
El Señor Jesús, el Hijo encarnado de Dios, es el intermediario perfecto, mejor que Moisés, porque solo Él está debidamente calificado para ser el único mediador entre Dios y los hombres. Solo el Señor Jesucristo es completamente humano y completamente divino (Jn 1:1,14; He 2:17).
Como hombre y Dios, Jesús es el único capacitado para representar a ambas partes. Solo Él media entre Dios y el hombre. Solo Él cumple los requisitos justos de la ley, abriendo el camino a la presencia de Dios de una vez por todas mediante Su muerte en la cruz y Su resurrección a la vida (Jn 1:17; He 3:1-6; 9:15, 22; 10:10; 12:24).
Solo el sacrificio del Cordero de Dios sin pecado ni mancha pudo pagar totalmente el rescate necesario para liberar a los seres humanos del pecado y de la muerte eterna. El Señor Jesús cargó con nuestro castigo, haciendo posible que experimentásemos el perdón del pecado y la liberación de su control destructivo.
Que haya un solo mediador entre Dios y los hombres significa que Cristo es el único camino hacia Dios Padre. Jesús dice de Sí mismo:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn 14:6).
Si queremos experimentar la paz con Dios y una relación restaurada de gozo en Su presencia, debemos llegar por la sangre del Señor Jesús:
“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne” (He 10:19-20).
Jesucristo es el único mediador, el único Salvador del mundo (Jn 1:29; 1 Ti 1:15). No hay otro intermediario, no hay otro mediador, no hay otro intercesor. Llegamos a Dios mediante la fe en Su Hijo, que es el único medio de salvación. La religión no nos puede salvar. La iglesia no nos puede salvar. El cristianismo no nos puede salvar. Las buenas obras no nos harán quedar bien con Dios, aparte de Cristo. Nada más que la fe en Él es suficiente para salvar la distancia entre la humanidad pecadora y un Dios Santo.
Como único mediador entre Dios y el hombre, el Señor Jesucristo intercede ahora por los creyentes que se acercan a Él:
“¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro 8:34).
Podemos vivir con la seguridad de que, al final, Cristo pondrá a todo enemigo “debajo de sus pies”, incluido “el postrer enemigo”, que es la muerte misma (1 Co 15:24-27), “y así estaremos siempre con el Señor” (1 Ts 4:17), si perseveramos en Él hasta el fin (Mt 10:22; 24:13; Mr 13:13).- - - - - -
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