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Monday, July 27, 2026

OREMOS (1)

 


 Exhorto, ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Ti 2:1-4). 


Los Enemigos de la Oración

Hay seis armas formidables de las cuales se vale el diablo para paralizar las alas de la oración de los creyentes.

La primera es el cansancio. Este es un cansancio paralizador que te deja incapaz de seguir orando. Pero, justamente en oración es que puedes vencer este cansancio inexplicable, pues la Biblia dice: 

Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas… los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas, levantarán alas como las águilas, correrán, y no se cansarán, caminarán, y no se fatigarán (Is 40:29,31). 

Entonces, arrójate al río de la oración, pues ahí encontrarás el descanso verdadero y auténtico.

La segunda arma formidable que el diablo usa para paralizar las alas de la oración de los creyentes es la distracción. Simplemente, no puedes concentrarte. Otros pensamientos te sobrevienen. Mientras oras, te das cuenta que tus pensamientos están ocupados con cualquier otra cosa. Pero a esta arma del enemigo uno puede hacerla ineficaz orando en voz alta. David dice: 

En cuanto a mí, a Dios clamaré; y él oirá mi voz. Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz” (Sal 55:16-17)

Ora en voz alta, pues es allí cuando los poderes de la distracción ya no tienen influencia sobre ti.

En tercer lugar está la inquietud interior. Una inquietud inexplicable se apodera de ti al ponerte a orar. Pero de ella puedes librarte justamente por medio de la oración. Para cualquiera que sea la causa: pecados, nerviosismo o incredulidad, la Biblia dice: 

Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará, no dejará para siempre caído al justo” (Sal 55:22). 

Además, está escrito: 

¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío (Sal 42:11). 

Es solamente en oración que puedes recibir ayuda en cuanto a la inquietud interior.

La cuarta arma que el diablo usa para paralizar las alas de la oración de los creyentes es el apuro. El arma aplicada con más éxito por Satanás contra quienes se disponen a orar, probablemente es el apuro. ¿Qué dice la Escritura en Eclesiastés 8:3? 

No te apresures a irte de su presencia” (Ec 8:3)

¿Cuál es la causa de tu apuro? ¿Mucho trabajo? ¿Muchas cosas por hacer? Pero es por medio de la oración que adquirimos condiciones para una mejor y más rápida realización del trabajo. Cuanto más tiempo pasas en oración, tanto más trabajas. Esto está en contra de nuestra manera de pensar, pero hay miles de casos que comprueban esta experiencia. Isaías habla acerca de ella: 

¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura(Is 55:2)

Por tu hábito de oración, tu medida diaria de trabajo está siendo controlada con fuentes divinas de poder. Con asombro descubrirás que el tiempo que pasas en insistente oración es la mejor manera de aprovechar el tiempo. ¡Y así se hará ineficaz la formidable arma del apuro!

En quinto lugar está el desánimo: un arma que paraliza a muchas personas de oración. Tener desánimo o estar desanimado significa que no hemos mirado lo suficientemente lejos. La Biblia nos llama a poner los ojos en Jesús. Fijar los ojos en el Señor Jesús significa apartar la atención de lo visible y pedirle ayuda al Señor Jesús, esto es mirarle en oración. Quizás estés desanimado por causa de tu flaqueza, por causa de tus fracasos, por la dureza de la gente, o por las circunstancias tristes de tu vida. Pablo exclama: 

…estamos atribulados en todo, mas no angustiados, en apuros, más no desesperados…(2 Co 4:8)

¿Por qué? Porque era un hombre de oración. Isaías exclama: 

Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles. Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis, he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago, Dios mismo vendrá, y os salvará” (Is 35: 3-4).

Hay solamente una manera de apartarse del desánimo: la oración. Mientras piensas en esto, sentirás cómo los poderes invisibles tratan de impedirte que lo creas. Satanás hace todo lo posible para desanimarte, para que no puedas creer que la oración te abre las fuentes eternas del poder de Dios. Pero en el nombre de Jesús, también estos poderes son vencidos. Te digo a ti, que tienes el corazón desanimado: ¡Ora! ¡Comienza hoy de nuevo! Di en alta voz: Elijo la voluntad de Dios y rehúso la voluntad de Satanás, en el nombre de Jesús. La voluntad de Dios es que ores; la de Satanás, que no ores.

La sexta arma formidable que el diablo usa para paralizar las alas de la oración de los creyentes es la pereza. Esta arma sutil será dirigida por Satanás contra todos aquellos que quieren ser personas de oración. Es el arma de la pereza, de la carne, de la impotencia. Deseas orar, pero casi no te sale ninguna palabra. ¡Todo es tan difícil! La carne no puede orar. ¿Cómo puedes librarte de esta pereza horrible y de la impotencia de dirigirte a Dios? 

Aquí tienes la respuesta: ora con la Biblia. Lee en voz alta las promesas que se refieren a la oración. Por ejemplo, el Señor Jesús dice: 

Pedid, y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7:7). 

Dile sencillamente al Señor en oración: Señor, me siento incapaz de orar como se debe, pero tú dices en tu Palabra que debo hacerlo, y hacerlo con perseverancia

Derrama delante de Él toda tu miseria e impotencia. ¡No calles! Y mientras estás hablándole a Él de todo lo que te sucede, y leyendo Su Palabra, de repente te darás cuenta que una chispa de oración se enciende en ti, y sentirás cómo la pereza va desapareciendo, y puedes llegar al trono de la gracia en oración.

Dile al Señor: Padre celestial, ayúdame a vencer cuando todo se desvanece delante de mí, cuando veo solamente mi propia ruina, cuando carezco de poder para orar y no tengo esperanza de que algo vaya de veras a mejorar

El Señor atenderá tus gemidos, porque Él mismo ha hablado de ellos: 

Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles (Ro 8:26).

Durante mis años como cristiano he leído varios libros sobre la oración escritos por creyentes que aprendieron a hacerlo haciéndolo. Dos ilustraciones tomadas de esas lecturas resultan pertinentes aquí. 

La primera es la de un niño de unos cinco años que llamaremos Juanito. Su madre le había enseñado a orar todas las noches antes de dormir. En una de esas oraciones, Juanito, después de mencionar a todas las personas más queridas para él, le dijo al Padre: ...Y Dios, por favor, cuídate mucho; porque si algo llega a pasarte, estaremos en muchos problemas

La segunda ilustración es la de un estudiante de teología en un seminario-internado. Todos los días, de 3 a 4 de la tarde, todos los estudiantes debían dedicar ese tiempo a la oración privada. No debían juntarse ni siquiera dos: la oración debía ser totalmente privada. Cada estudiante debía apartar esa hora para estar a solas con el Señor en oración. Cada estudiante debía acudir a su lugar de oración en el internado y debía pasar la hora entera en oración, no en conversación, no en lectura, no en meditación, no cantando: en oración. En oración privada.

Al estudiante de nuestra ilustración esta regla del internado le parecía una tortura y una hipocresía. ¡Una hora era demasiado! Lo que él tenía para orar podía expresarlo en unos cuantos minutos, pero debía quedarse en actitud o postura de oración por una hora entera fingiendo que oraba, lo cual a menudo lo llevaba a quedarse dormido, y así la hora de oración se transformaba en realidad en la hora de la siesta.  

Pero se impuso ser honesto. Después de todo estaba en un seminario para ser ministro del Señor: ¡Qué clase de ministro iba a ser si no podía cumplir con tal regla?

Al principio, después de orar los pocos minutos a los que estaba acostumbrado, comenzó a recitar de memoria versículos y pasajes de la Biblia para completar el tiempo. Pero se distraía con esta y aquella preocupación, con este y aquel recuerdo, con este y aquel plan, mientras miraba su reloj a cada rato para ver cuánto tiempo había transcurrido. 

Después comenzó a orar por esas preocupaciones, por esos recuerdos, por esos planes. Su oración se convirtió poco a poco en una conversación con el Señor acerca de todo lo que tenía en su corazón y su mente. Pronto, una hora a solas con el Señor todos los días se le hizo muy poco tiempo, y comenzó a levantarse más temprano para así pasar más tiempo con Él todos los días.

La enseñanza que aprendí de estas dos ilustraciones es que debemos dejar de lado las oraciones teológica y doctrinalmente perfectas, y conversar con el Señor tal y como lo haríamos con un amigo. Con respeto y reverencia, pero sin falsa piedad. Después de todo, Él nos conoce: sabe cómo somos en verdad. No debemos asumir ninguna postura, o actitud, o tono de voz especial o formal ante Él, y no debemos fingirle ningún sentimiento ni buenas intenciones. Él sabe exactamente cómo somos: lo que sentimos, lo que pensamos, lo que necesitamos, lo fuimos y lo que seremos... Él conoce nuestro fin desde antes que fuésemos concebidos en el vientre de nuestra madre.

Si nos damos el tiempo para aprender a conversar con el Señor en nuestro tiempo oración, destruiremos fácilmente las seis armas mencionadas en este artículo de las cuales se vale el diablo para anular nuestra vida espiritual. Esta práctica debe transformarse en una hábito diario:

“...para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones (2 Co 2:11).

Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros (Ro 16:20).

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