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Thursday, October 1, 2026

OREMOS (2)



Obstáculos Para la Oración

En el artículo anterior hemos analizado el llamado a la oración que leemos en 1 Timoteo 2:1-4: 


“Exhorto, ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Ti 2:1-4). 

Ahora alguien podría decir: Pero es que no tengo el espíritu de oración, no puedo orar con perseverancia. En este caso, hay serios obstáculos para la oración en tu vida, cosas que paralizan tu vida de oración.

Isaías 1:15 habla de esta situación: 

“Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos” (Is 1:15). 

En este pasaje el Señor dice: “No oiré vuestras oraciones porque vuestras manos están llenas de sangre”. Lo mismo leemos en Isaías 59:1: 

“He aquí no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír, pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír. Porque vuestras manos están contaminadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad, vuestros labios pronuncian mentira, habla maldad vuestra lengua” (Is 59:1).

Aquí tenemos el primer obstáculo para la oración: Alguien cuyas manos están llenas de sangre, es un asesino. 

¿Están tus manos llenas de sangre? Dices que no, pero ¡no lo digas tan precipitadamente! La Biblia dice: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida” (1 Jn 3:15). 

Cuando hay cualquier amargura contra alguien en tu corazón, entonces tus manos están manchadas con sangre. Dios se aparta de ti cuando te pones a orar. Tú también lo sientes: el cielo parece de hierro, no puedes penetrarlo.

Ve y reconcíliate con tu hermano o con tu hermana. Experimentarás que volverás a tener el deseo de orar, y te convertirás en una persona de oración.

“Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, Mas al altivo mira de lejos” (Sal 138:6).

El segundo obstáculo por el cual Dios no puede oír tus oraciones, lo encontramos en Isaías: 

“vuestros labios pronuncian mentira, habla maldad vuestra lengua” (Is 59:3). 

¿No será tal vez que has dicho cosas horribles acerca de un siervo del Señor en presencia de otra persona? La calumnia, piadosamente disfrazada, es una de los peores pecados. Por ejemplo: tengo excelente comunión con cierto hermano y le aprecio mucho. Luego me encuentro contigo, y me cuentas cosas malas acerca de él. En el mismo instante en que oigo estas cosas, se rompe el lazo de unión invisible que había entre él y mi persona. Vuelvo a encontrarlo y sigo siendo amable con él como de costumbre, pero en el interior de mi corazón se metió la espina venenosa de la calumnia. Él lo nota, pero no puede remediarlo, ya que no sabe qué hablaron sobre él.

¿Cuántas veces has causado daño a la buena reputación de alguien, por hablar cosas negativas de él que no puedes probar en su presencia? 

¡Ten presente que esto es abominación delante de Dios! Puedes seguir orando cuanto quieras, pero el Señor mantendrá cerrado el cielo sobre ti mientras que no te humilles y repares el daño que has causado. Si sabes realmente que alguien anda en caminos equivocados, entonces habla sobre esto con el Señor, y con la persona misma, pero no lo transmitas a terceros. Está escrito en el Salmo 15:1-3: 

“Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón. El que no calumnia con su lengua, ni hace mal a su prójimo, ni admite reproche alguno contra su vecino” (Sal 15:1-3). 

¡Arrepiéntete por los pecados de tu lengua! ¡Libérate de la manía de hablar mal de tu prójimo! pues está escrito en la Biblia: “En las muchas palabras no falta pecado” (Pr 10:19). 

Estás llamada a ser una persona de oración, pero si has calumniado a alguien, si has separado a amigos con tu lengua, si has sembrado cizaña entre hermanos, debes arrepentirte y buscar la forma de enmendar el daño causado. Lee Quien aparta a los mejores amigos

El tercer obstáculo para la oración está descrito en 1 Pedro: 

“…como Sara obedecía a Abraham, llamándole Señor, de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza. Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 P 3:6-7). 

A los matrimonios les dice el Señor Sus oraciones están siendo estorbadas cuando algo no está bien en la vida conyugal. Sara llamaba a Abraham “mi señor” (lee el pasaje en Gn 18:12, esta cita es de cuando ella estaba sola, hablando consigo misma), pero en cuanto a la gracia de Dios, ella tenía los mismos derechos. La mujer debe someterse a su marido, pues él es la cabeza de ella, así como Cristo es la Cabeza de la Iglesia (Ef 5:22 al 25).

Pero esto no quiere decir que le sea permitido al marido ser un dictador tiránico, sino todo lo contrario. 1 Pedro 3:7 le dice al marido que debe honrar a su mujer para que sus oraciones no sean estorbadas. Todas las tensiones y todos los problemas de tu matrimonio proceden de que Jesucristo no está entre ustedes. Felices son los matrimonios que tienen por centro a Jesús. Cuando hay divergencias de opinión y los dos ‘yos’ se acercan amenazadoramente el uno al otro, Jesús está en medio, y en Él siempre es posible volver a la unión. La mujer ocupa su debida posición para con el marido, porque le ama a Él, y el marido para con su mujer porque los dos aman al Señor. 

Marido, mujer: ¿están llevando una vida conyugal tal, que no tiene impedimentos para la oración? Si no es así, marido, mujer: ¡arrepiéntete rápidamente, antes que sea demasiado tarde!

El cuarto obstáculo para la oración es la desobediencia. Está escrito, en Proverbios: 

“El que aparta su oído para no oír la ley, su oración también es abominable” (Pr 28:9). 

La ley aquí es la Palabra de Dios. El Señor nos quiere decir por medio de este versículo que si alguien cierra el oído interior de su corazón ante la Palabra de Dios, la oración del tal es abominación, pues el “oír” bíblico es obedecer, recibir la palabra con obediencia Mis ovejas oyen mi voz. Juan dice con valentía y certidumbre: 

“Y cualquier cosa que pidiéremos la recibiremos de él” (1 Jn 3:22a). 

¿Por qué? 

“…porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Jn 3:22b). 

Muchas veces ocurre que cuando se le dice a alguien que tiene la oportunidad de orar por esto en ese momento, él o ella invierten la cosas, y oran: “Señor, dame esta obediencia, haz que te obedezca”. Esto significa, en el fondo: “Si yo no soy obediente entonces es culpa tuya, Señor”.

No progresas ni prosperas en la vida de oración porque, aunque estés dispuesto a vivir piadosamente, no quieres obedecer en tu vida cotidiana. No pienses que a Dios le interesan tus fórmulas teológicas en la oración. No le interesan las quejas, ni aun tus lágrimas. Lo que le interesa a Dios es tu obediencia a Sus mandamientos. 

“Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios” (1S 15:22). 

Quizás contestes en tu corazón: “Pero es Dios quien da el querer y el hacer, y a mí no me lo ha dado”. 

Te pregunto delante de Dios: ¿quieres obedecer ahora? ¿Quieres hacer lo que Él te manda hacer? Si puedes responder, de todo corazón: “Sí, lo quiero”, entonces te convertirás en una persona de oración.

¿Qué tan importante es para ti tu relación con el Señor? ¿Es más importante que el resentimiento que le guardas a esa persona? Entonces ve y reconcíliate con él/ella, y el Señor te prestará atención cuando le ores. O estarás en la misma cárcel en la que fue echado el siervo malvado de este pasaje:

“Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A este, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mt 18:23-35).

Obedece al Señor y arrepiéntete de tu amargura, de tus calumnias, de tu desobediencia y rebeldía a Sus mandamientos, y Él te recibirá porque le has demostrado que tu relación con Él es más importante que hacer el deseo de tu corazón.

 “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer 17:9).

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QUÉDATE CONMIGO



“Quédate conmigo, no temas; quien busca mi vida, buscará también la tuya; pues conmigo estarás a salvo” (1 S 22:23).

Cuando los dos discípulos Andrés y Juan se encontraron por primera vez con el Señor Jesús, quedaron tan impresionados por la gloria de Su persona que quisieron quedarse con él. Querían permanecer donde estaba su Señor. Y cuando “fueron, y vieron donde moraba… se quedaron con él aquel día” (Jn 1:38-39).

Desde entonces, muchos creyentes han experimentado lo mismo, no en sentido literal, sino en sentido figurado: conmovidos por Su gloria y atraídos por Su amor, se han quedado con Él. No solo un día, sino toda su existencia. Le entregaron su vida y todo lo que tenían y le siguieron.

¿A Quién Iremos?

Un día, 

“muchos discípulos del Señor Jesús volvieron atrás, y ya no andaban con él” (Jn 6:66).

Jesús les preguntó a los doce:

 “¿Queréis acaso iros también vosotros?”. Pedro respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Jn 6:67-69). 

Los doce no tenían a nadie más a quien acudir. No tenían alternativa ni otro plan. ¿A quién podían recurrir? Solo había Uno que tenía palabras de vida eterna y solo Uno que era el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Querían quedarse y vivir con Él. 

Permanecer Fieles al Señor da Propósito al Corazón

En esta misma línea se movía la exhortación de Bernabé a los creyentes de Antioquía. 

“Este, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor” (Hch 11:23). 

Era su profundo deseo para estos jóvenes creyentes que permanecieran cerca de Su Señor y que llevaran una vida en comunión con él y en obediencia a Su palabra.

En este sentido, también nosotros debemos permanecer en él. El Señor nos exhorta a “permanecer en Él” y “en Su amor”, buscando Su comunión y “guardando Sus mandamientos” (Jn 15:4, 9, 10). En ello reside también nuestra única seguridad, pues solo él puede realmente preservarnos de este mundo oscuro y malvado.

Quédate Conmigo

Fueron palabras reconfortantes las que David dirigió al sacerdote Abiatar después de que el edomita Doeg exterminara a sangre fría a toda la familia sacerdotal: 

“Quédate conmigo, no temas... pues conmigo estarás a salvo” (1 S 22:23). 

También podemos aplicarlas a nosotros mismos. Y lo hacemos porque en estas palabras percibimos la voz inconfundible del Buen Pastor, que quiere preservarnos en Su cercanía y comunión. David le pidió a Abiatar que se quedara con él. El Señor Jesús también quiere que permanezcamos con Él.

Permanecer en Él significa obedecer Su Palabra y buscar siempre Su cercanía y compañía (Jn 15:7,10). Significa estar donde Él está y hacer lo que Él quiere que hagamos para no entristecerlo. En Su presencia no tenemos que temer, porque es nuestro Salvador, que ha demostrado plenamente Su amor al morir por nosotros. ¿Quién podría hacernos daño si Él está con nosotros?, y ¿quién está contra nosotros? si Dios es por nosotros? (Ro 8:31) 

En Su presencia, nada ni nadie puede hacernos daño: Él nos guardará hasta que estemos donde Él ya está, en la casa del Padre (Jn 12:26;14:3).

No Temas

David unió su vida y su seguridad a la de Abiatar. A su vez, la seguridad de Abiatar residía en su cercanía con David. ¿No estamos nosotros, como creyentes, aún más unidos al Señor Jesús? Lo estamos de forma inseparable y para siempre. La pregunta del Señor: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch 9:4) muestra claramente cómo se une a nosotros. Él es la cabeza de Su cuerpo y nosotros somos Sus miembros (1 Co 12:27; Col 1:18). Él es nuestra vida, y porque Él vive, nosotros también vivimos (Jn 14:19; Col 3:4). ¿Quién podría quitarnos la vida eterna? ¿Quién podría arrebatarnos de Su mano? (Jn 10:28-29)

No, ¡realmente no tenemos nada que temer! Por muy turbulentas y aterradoras que sean las circunstancias, el Señor está con nosotros. Él está por encima de todo. 

Conmigo Estarás a Salvo

Así como Abiatar estaba a salvo con David, también nosotros estamos a salvo con el Señor Jesús. Su cercanía nos protege del pecado y de las tentaciones del enemigo (2 Ts 3:3). Sin Él, nuestra protección estaría en mal estado, pero con y en Él estamos seguros. Su persona es la garantía inquebrantable de que seremos preservados en el camino hacia la meta celestial y que un día estaremos con Él en la gloria (2 Ti 4:18; Jud 24). Sí, nuestro futuro está seguro e indisolublemente ligado a Él mismo. Pase lo que pase, el Señor Jesús es nuestra vida, seguridad, esperanza y nuestro futuro. ¡Tú también puedes aferrarte a ello! 

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador.  Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido” (Jn 15:1-11).

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IF I WERE THE DEVIL...

 


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Paul Harvey was an American radio broadcaster. He originally broadcast this on April 3rd, 1965. We watched it this weekend as we learned about why God must be first in every area of our lives.








WHY INTROVERTS BUILD THEIR OWN EDUCATION

 


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DARWIN’S DEIFICATION



Having rejected the Bible and God and the doctrine of eternal life, Darwin was left with no meaning in life and a bleak future in which man is doomed to perish in a dying universe.

“With respect to immortality, nothing shows me how strong and almost instinctive a belief it is, as the consideration of the view now held by most physicists, namely that the sun with all the planets will in time grow too cold for life, unless indeed some great body dashes into the sun and thus gives it fresh life.--Believing as I do that man in the distant future will be a far more perfect creature than he now is, it is an intolerable thought that he and all other sentient beings are doomed to complete annihilation after such long-continued slow progress” (Autobiography, p. 92).

Before his death, Darwin professed “no assured and ever present belief in the existence of a personal God or of a future existence with retribution and reward” (Desmond, Darwin, p. 636).

Interestingly, though, the last words of this man who had no belief in God were “Oh God, oh Lord God”. Every agnostic and every atheist believes in God in his heart of hearts.

Darwin was buried in Westminster Abbey with a full-blown Anglican funeral. The “elders of science, State, and Church, the nobility of birth and talent” were in attendance. It was called “the greatest gathering of intellect that was ever brought together in our country”.

The Darwins and Wedgewoods gathered in the Jerusalem Chamber, where one of the committees had met to work on the King James Bible and where, more recently, the English Revised Version committee led by Westcott and Hort had deliberated.

Among his pall bearers were the old X-Clubbers Huxley and Hooker and New Ager Alfred Wallace. The coffin was draped in black velvet and covered with white flowers. Choristers sang “I am the resurrection”. A special hymn composed for the occasion was taken from the book of Proverbs. Incongruously, it began, “Happy is the man that findeth wisdom, and getting understanding,” and ended with, “He ways are ways of pleasantness, and all her paths are peace”.

As the coffin was lowered into the grave, the choristers sang, “His body is buried in peace, but his name liveth evermore”.

Darwin’s Deification

Darwin was buried in Westminster Abbey. Three years after his death, a life-sized statue was erected in the most prominent place in the new Natural History Museum. The Times called it “The Temple of Nature”, and Pope Huxley presided over the dedication ceremony.

At some point in the 20th century, the statue was moved to another area of the museum, but on the 100th anniversary of Darwin’s death, it was restored to a place of prominence, where it remains today, looking for all the world like an idol enshrined in a temple.

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