Obstáculos Para la Oración
En el artículo anterior hemos analizado el llamado a la oración que leemos en 1 Timoteo 2:1-4:
Isaías 1:15 habla de esta situación:
“Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos” (Is 1:15).
En este pasaje el Señor dice: “No oiré vuestras oraciones porque vuestras manos están llenas de sangre”. Lo mismo leemos en Isaías 59:1:
“He aquí no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír, pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír. Porque vuestras manos están contaminadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad, vuestros labios pronuncian mentira, habla maldad vuestra lengua” (Is 59:1).
Aquí tenemos el primer obstáculo para la oración: Alguien cuyas manos están llenas de sangre, es un asesino.
¿Están tus manos llenas de sangre? Dices que no, pero ¡no lo digas tan precipitadamente! La Biblia dice: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida” (1 Jn 3:15).
Cuando hay cualquier amargura contra alguien en tu corazón, entonces tus manos están manchadas con sangre. Dios se aparta de ti cuando te pones a orar. Tú también lo sientes: el cielo parece de hierro, no puedes penetrarlo.
Ve y reconcíliate con tu hermano o con tu hermana. Experimentarás que volverás a tener el deseo de orar, y te convertirás en una persona de oración.
“Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, Mas al altivo mira de lejos” (Sal 138:6).
El segundo obstáculo por el cual Dios no puede oír tus oraciones, lo encontramos en Isaías:
“vuestros labios pronuncian mentira, habla maldad vuestra lengua” (Is 59:3).
¿No será tal vez que has dicho cosas horribles acerca de un siervo del Señor en presencia de otra persona? La calumnia, piadosamente disfrazada, es una de los peores pecados. Por ejemplo: tengo excelente comunión con cierto hermano y le aprecio mucho. Luego me encuentro contigo, y me cuentas cosas malas acerca de él. En el mismo instante en que oigo estas cosas, se rompe el lazo de unión invisible que había entre él y mi persona. Vuelvo a encontrarlo y sigo siendo amable con él como de costumbre, pero en el interior de mi corazón se metió la espina venenosa de la calumnia. Él lo nota, pero no puede remediarlo, ya que no sabe qué hablaron sobre él.
¿Cuántas veces has causado daño a la buena reputación de alguien, por hablar cosas negativas de él que no puedes probar en su presencia?
¡Ten presente que esto es abominación delante de Dios! Puedes seguir orando cuanto quieras, pero el Señor mantendrá cerrado el cielo sobre ti mientras que no te humilles y repares el daño que has causado. Si sabes realmente que alguien anda en caminos equivocados, entonces habla sobre esto con el Señor, y con la persona misma, pero no lo transmitas a terceros. Está escrito en el Salmo 15:1-3:
“Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón. El que no calumnia con su lengua, ni hace mal a su prójimo, ni admite reproche alguno contra su vecino” (Sal 15:1-3).
¡Arrepiéntete por los pecados de tu lengua! ¡Libérate de la manía de hablar mal de tu prójimo! pues está escrito en la Biblia: “En las muchas palabras no falta pecado” (Pr 10:19).
Estás llamada a ser una persona de oración, pero si has calumniado a alguien, si has separado a amigos con tu lengua, si has sembrado cizaña entre hermanos, debes arrepentirte y buscar la forma de enmendar el daño causado. Lee Quien aparta a los mejores amigos
El tercer obstáculo para la oración está descrito en 1 Pedro:
“…como Sara obedecía a Abraham, llamándole Señor, de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza. Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 P 3:6-7).
A los matrimonios les dice el Señor Sus oraciones están siendo estorbadas cuando algo no está bien en la vida conyugal. Sara llamaba a Abraham “mi señor” (lee el pasaje en Gn 18:12, esta cita es de cuando ella estaba sola, hablando consigo misma), pero en cuanto a la gracia de Dios, ella tenía los mismos derechos. La mujer debe someterse a su marido, pues él es la cabeza de ella, así como Cristo es la Cabeza de la Iglesia (Ef 5:22 al 25).
Pero esto no quiere decir que le sea permitido al marido ser un dictador tiránico, sino todo lo contrario. 1 Pedro 3:7 le dice al marido que debe honrar a su mujer para que sus oraciones no sean estorbadas. Todas las tensiones y todos los problemas de tu matrimonio proceden de que Jesucristo no está entre ustedes. Felices son los matrimonios que tienen por centro a Jesús. Cuando hay divergencias de opinión y los dos ‘yos’ se acercan amenazadoramente el uno al otro, Jesús está en medio, y en Él siempre es posible volver a la unión. La mujer ocupa su debida posición para con el marido, porque le ama a Él, y el marido para con su mujer porque los dos aman al Señor.
Marido, mujer: ¿están llevando una vida conyugal tal, que no tiene impedimentos para la oración? Si no es así, marido, mujer: ¡arrepiéntete rápidamente, antes que sea demasiado tarde!
El cuarto obstáculo para la oración es la desobediencia. Está escrito, en Proverbios:
“El que aparta su oído para no oír la ley, su oración también es abominable” (Pr 28:9).
La ley aquí es la Palabra de Dios. El Señor nos quiere decir por medio de este versículo que si alguien cierra el oído interior de su corazón ante la Palabra de Dios, la oración del tal es abominación, pues el “oír” bíblico es obedecer, recibir la palabra con obediencia Mis ovejas oyen mi voz. Juan dice con valentía y certidumbre:
“Y cualquier cosa que pidiéremos la recibiremos de él” (1 Jn 3:22a).
¿Por qué?
“…porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Jn 3:22b).
Muchas veces ocurre que cuando se le dice a alguien que tiene la oportunidad de orar por esto en ese momento, él o ella invierten la cosas, y oran: “Señor, dame esta obediencia, haz que te obedezca”. Esto significa, en el fondo: “Si yo no soy obediente entonces es culpa tuya, Señor”.
No progresas ni prosperas en la vida de oración porque, aunque estés dispuesto a vivir piadosamente, no quieres obedecer en tu vida cotidiana. No pienses que a Dios le interesan tus fórmulas teológicas en la oración. No le interesan las quejas, ni aun tus lágrimas. Lo que le interesa a Dios es tu obediencia a Sus mandamientos.
“Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios” (1S 15:22).
Quizás contestes en tu corazón: “Pero es Dios quien da el querer y el hacer, y a mí no me lo ha dado”.
Te pregunto delante de Dios: ¿quieres obedecer ahora? ¿Quieres hacer lo que Él te manda hacer? Si puedes responder, de todo corazón: “Sí, lo quiero”, entonces te convertirás en una persona de oración.
¿Qué tan importante es para ti tu relación con el Señor? ¿Es más importante que el resentimiento que le guardas a esa persona? Entonces ve y reconcíliate con él/ella, y el Señor te prestará atención cuando le ores. O estarás en la misma cárcel en la que fue echado el siervo malvado de este pasaje:
“Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A este, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mt 18:23-35).
Obedece al Señor y arrepiéntete de tu amargura, de tus calumnias, de tu desobediencia y rebeldía a Sus mandamientos, y Él te recibirá porque le has demostrado que tu relación con Él es más importante que hacer el deseo de tu corazón.
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer 17:9).
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