En teología, la doctrina que sostiene que el pecado de Adán no se transmitió a la humanidad y que cada individuo nace libre de culpa y es responsable únicamente de sus propios actos se llama pelagianismo.
El pelagianismo es la enseñanza no bíblica de que el pecado de Adán no afectó a las futuras generaciones de la humanidad. Según el Pelagianismo, el pecado de Adán fue únicamente suyo, y sus descendientes no heredaron una naturaleza pecaminosa transmitida a ellos. Pelagio creía que Dios crea directamente a cada alma humana, y, por lo tanto, cada alma humana comienza en la inocencia y está originalmente libre de pecado. No somos básicamente malos, dice la herejía pelagiana; somos básicamente buenos.
El pelagianismo lleva el nombre de Pelagio, un monje católico que vivió a finales del siglo IV y principios del siglo V d.C. Pelagio comenzó a enseñar la doctrina asociada con su nombre en un esfuerzo por promover la vida santa entre los cristianos. Cuando la gente pecaba, Pelagio se cansó de escuchar la excusa de “No puedo evitarlo. Está en mi naturaleza hacer el mal”. Para contrarrestar esta excusa, Pelagio enfatizó la libertad de la voluntad humana, enseñando esencialmente que todo pecado es el resultado de una elección consciente del mal sobre el bien; todos tienen la capacidad de elegir libremente hacer el bien todo el tiempo. Y, puesto que no hay tal cosa como el pecado original o una naturaleza pecaminosa heredada, entonces no podemos culpar a Adán. Dios nos creó buenos, así que nadie tiene una excusa para pecar. Si no estás viviendo una vida santa, es porque no te esfuerzas lo suficiente.
El Pelagianismo contradice la Biblia. Romanos 5:1-21 refuta sólidamente la creencia de que el pecado de Adán no tuvo ningún efecto en nosotros:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro 5:12).
“porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo” (Ro 5:15).
“Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación...” (Ro 5:16).
“Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia” (Ro 5:17).
“Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Ro 5:18).
“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro 5:19).
¿Cuántas veces tiene que repetir Pablo que por el pecado de uno (Adán) todos hemos sido hechos pecadores porque hemos heredado su naturaleza pecaminosa?
Además, la Biblia nos dice que somos pecadores desde el momento de la concepción (Sal 51:5; Sal 109:14). Todos los seres humanos mueren como resultado de la naturaleza pecaminosa (Ez 18:20; Ro 6:23). El árbol sólo puede dar fruto según su género o naturaleza (Gn 1:11,12), lo mismo todo ser viviente (Gn 1:21,24,25), incluido el ser humano.
Mientras que el Pelagianismo dice que los seres humanos no nacen con una inclinación natural hacia el pecado, la Biblia dice lo contrario:
“No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; Con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; Su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; Quebranto y desventura hay en sus caminos; Y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Ro 3:10-18).
Cualquiera que ha criado al menos a un hijo puede atestiguar que no es necesario enseñarle a pecar para que peque; por el contrario, un niño pequeño debe ser cuidadosa y consistentemente enseñado a no pecar, y a comportarse sabia, prudente y justamente, o el pecado se enseñoreará de él porque es lo que le brota naturalmente de su corazón (Pr 22:15; Jer 17:9).
La falencia básica del pelagianismo es su dependencia en la fuerza de voluntad, en lugar de la gracia de Dios. Al decir que todos poseemos el poder inherente para hacer el bien, Pelagio dejó sin efecto la obra de convicción de pecado que sólo el Espíritu de Dios puede realizar (Jn 16:8). La Biblia dice que, antes de que la gracia de Dios nos salve, estamos muertos en nuestros delitos y pecados (Ef 2:1). No tenemos poder para obedecer los mandamientos de Dios, ni podemos agradar a Dios y salvarnos a nosotros mismos a no ser que nos arrepintamos de nuestros pecados en el nombre del Señor Jesús.
Pelagio y su falsa doctrina fueron combatidos y condenados por el Concilio de Cartago en el año 418 d.C., el mismo año en que Pelagio fue excomulgado. Sin embargo, la doctrina no desapareció y tuvo que ser condenada de nuevo por el Concilio de Efeso (431) y por los concilios eclesiásticos posteriores.
El pelagianismo sobrevive hasta el día de hoy y aparece en cualquier enseñanza que dice que seguir a Cristo es principalmente una elección que hacemos aparte de la intervención sobrenatural de la gracia preveniente de Dios. En cualquier época y en cualquier forma, el Pelagianismo es antibíblico y debe ser rechazado.
La salvación resulta de una cooperación entre la gracia de Dios y el libre albedrío humano (sinergia), esto es algo que toda la Biblia enseña desde el relato de Adán y Eva, y su caída, en el Huerto del Edén. Sin embargo, a quienes sostienen esta clara y correcta enseñanza bíblica se los acusa de creer en el semipelagianismo, el término que en la actualidad se usa.
Todo lo que se puede añadir al respecto es:
“Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente”(Ro 14:5b).
“...cada uno mire cómo sobreedifica”(1 Co 3:10).
“...la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará” (1 Co 3:13).
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