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Thursday, June 11, 2026

EL LIBRE ALBEDRÍO




Si por “libre albedrío” se entiende que Dios da a los humanos la oportunidad para tomar decisiones que verdaderamente afecten su destino eterno, entonces sí, los seres humanos tenemos libre albedrío. El estado actual de pecado del mundo está directamente asociado con las decisiones tomadas por Adán y Eva. Dios creó a la humanidad a Su propia imagen, y eso incluye la capacidad de elegir.

Sin embargo, el libre albedrío no significa que la humanidad pueda hacer lo que le plazca. Nuestras opciones se limitan a lo que está de acuerdo con nuestra naturaleza. Por ejemplo, un hombre puede optar por cruzar un puente o no cruzarlo; lo que no puede elegir es sobrevolar el puente; su naturaleza le impide volar. De manera similar, un hombre no puede elegir autojustificarse: su naturaleza (pecado) le impide cancelar su culpa (Ro 3:23). Por lo tanto, el libre albedrío está limitado por la naturaleza humana.

Esta limitación no reduce nuestra responsabilidad en asuntos morales y espirituales. La Biblia es clara en que no sólo tenemos la capacidad de elegir, sino que también tenemos la responsabilidad de elegir sabiamente. En el Antiguo Testamento, Dios escogió una nación (Israel), pero los individuos dentro de esa nación todavía tenían la capacidad de escoger, o no, obedecer a Dios. Y los individuos fuera de Israel podían elegir creer y seguir a Dios también (por ejemplo, Rut y Rahab).

En el Nuevo Testamento, a los pecadores se les pide una y otra vez que se “arrepientan” y “crean” (Mt 3:2; 4:17; Hch 3:19; 1 Jn 3:23). Cada llamado al arrepentimiento es un llamado a elegir. El mandamiento de creer asume que el oyente puede elegir obedecer el mandamiento.

El Señor Jesús identificó el problema de algunos incrédulos cuando les dijo: 

“y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40). 

Claramente, podrían haber venido si hubieran querido; pero decidieron no hacerlo. “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gl 6:7), y los que no reciben la salvación “no tienen excusa” (Ro 1:20-21).

Pero, ¿cómo puede el ser humano, limitado por una naturaleza pecaminosa, escoger lo que es bueno? Es sólo a través de la gracia y el poder de Dios que el libre albedrío llega a ser verdaderamente “real” en el sentido de poder elegir la salvación (Jn 15:16). 

Es el Espíritu Santo quien obra en, y a través, de la voluntad de una persona para regenerarla (Jn 1:12-13) y darle una nueva naturaleza “creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4:24). 

La salvación es obra de Dios, pero el ser humano debe aceptarla, o rechazarla. Al mismo tiempo, nuestros motivos, deseos y acciones son voluntarios, y con razón somos responsables de ellos.

Todos conocemos la historia bíblica:

Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás (Gn 2:15-17; 3:1-24).

Con la caída, el ser humano no perdió su libre albedrío. Lo que perdió fue la vida eterna que Dios le dio cuando sopló Su espíritu dentro de él (Gn 2:7). Dios ni la caída le quitaron su capacidad para elegir, porque el libre albedrío es una cualidad divina que Dios le dio al ser humano cuando lo hizo a Su imagen y semejanza (Gn 1:26). Dios no puede negarse a Sí mismo (2 Ti 2:13). Él es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (He 13:8).

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