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Thursday, June 11, 2026

EL QUE PIENSA ESTAR FIRME, MIRE QUE NO CAIGA

 


Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co 10:12).

En 1 Corintios 10, el apóstol Pablo destaca acontecimientos de la historia de Israel para proporcionar ejemplos de realidades espirituales y advertir contra el pecado. Pablo quiere que sus lectores aprendan, tal como Israel había aprendido, que el orgullo espiritual es un poderoso engañador y que la confianza en uno mismo es un peligroso terreno resbaladizo.

“Mire que no caiga” es una expresión que significa “vigilar cuidadosamente, ser cauteloso, estar alerta, estar atento”. 

La palabra “firme” en el versículo 12 es una expresión militar que se refiere a “mantener la posición, permanecer inconmovible en una postura”. 

Pablo transmite la idea de un creyente que piensa que está firmemente enraizado en la fe, pero que en realidad está solo siendo demasiado confiado y se engaña a sí mismo. 

“Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co 10:12).

El apóstol Pedro alardeó de su dedicación a Cristo, desafiando la muerte: 

“Señor, dispuesto estoy a ir contigo no solo a la cárcel, sino también a la muerte” (Lc 22:33). 

La respuesta que le dio el Señor Jesús fue sombría: 

“Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces” (Lc 22:34).

En otras palabras, el Señor le dijo a Pedro lo mismo que Pablo nos está diciendo a nosotros los creyentes (1 Co 10:12). Antes el Señor se lo había advertido a Pedro con estas palabras:

Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil (Mt 26:41).

“Mire que no caiga” es una advertencia para todos aquellos que llamándose cristianos están convencidos de su propia justicia, aún si es de su justicia en Cristo. Los creyentes que creen que no pueden caer de la gracia (Gl 5:4) ni perder su salvación (Mt 10:12; 24:13; Mr 13:13), o que creen que no pasarán por la gran tribulación (Mt 24:21), ya pueden estar a punto de caer, al igual que los israelitas cayeron en el desierto. Allí, Dios estaba descontento con el pueblo hebreo por su exceso de confianza, su falta de dependencia de Él y los malos deseos de sus corazones:

por lo cual quedaron postrados en el desierto (1 Co 10:5-10).

En Hebreos la advertencia es repetida: 

Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado (He 3:12-13).

Estas Escrituras deben entenderse como textos que prueban la enseñanza de que podemos perder nuestra salvación. Están dirigidas a los “hermanos”. También hablan de aquellos que podrían pensar que son salvos, pero que en realidad podrían no serlo. El Señor Jesús mismo nos advierte: 

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchos milagros? Entonces les declararé: Jamás los conocí; apártense de Mí, los que practican la iniquidad (Mt 7:21-23).

Pablo nos advierte que, al igual que los israelitas enfrentaron pruebas en el desierto, los creyentes del Nuevo Testamento también enfrentaremos dificultades y pruebas en este mundo: 

No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar (1 Co 10:13).

A veces sentimos que nuestras luchas individuales son únicas o que nadie más puede comprenderlas, pero las Escrituras dicen que las pruebas son comunes a todos los hombres (“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana”). 

Pablo, más adelante, añade: 

“Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Ts 5:24; cp. 1 Co 1:9, 18). 

Podemos confiar en que el Señor nos proporcionará una vía de escape o la fortaleza para soportar la prueba. Él sabe lo que podemos y no podemos soportar. Pero debemos:

Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil (Mt 26:41).

A veces la “salida” (1 Co 10:13) consiste simplemente en resistir la prueba en oración mientras Dios obra para fortalecer y madurar nuestra fe: 

Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna (Stg 1:2-4).

A menudo se dice que una diferencia entre los creyentes verdaderos y los falsos es que Dios guarda a los suyos para que no se aparten. Pero estos pasajes bíblicos nos enseñan que si aún los verdaderos creyentes no oran y se ocupan en su salvación con temor y temblor todo el tiempo (Fil 2:12), están en peligro de caer.

El Señor Jesús es la vid en la que debemos permanecer (Jn 15:1-17). Para obtener el fin de nuestra fe o la salvación final (1 P 1:9), no podemos decir tan solo que permanecemos firmes en el Señor (Ro 4:25; 5:1-2; Jn 10:28) y ciertamente no basta con citar pasajes que sustenten esta noción. 

Al igual que los corintios, debemos aprender del pasado. La advertencia de Pablo—“Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Co 10:12)—nos exhorta a los creyentes de todas las generaciones a evitar caer en la confianza infundada de nuestros propios méritos espirituales. La única manera de permanecer firmes en la fe, una vez que hemos nacido de nuevo (Jn 3:1-8), es ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor todo el tiempo (Fil 2:12) mediante la gracia protectora del Señor para no caer (Ro 6:23; Ef 2:8-9).

Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos (Stg 1:22).

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