Search This Blog

Friday, June 12, 2026

GUERRA CON AMALEC




Los amalecitas eran una tribu que se menciona por primera vez durante el tiempo de Abraham (Gn 14:7). Aunque los amalecitas no se mencionan en la tabla de las naciones en Génesis 10, Números 24:20 hace referencia  ellos como “cabeza de naciones”

Génesis 36 se refiere a los descendientes de Amalec, el hijo de Elifaz y nieto de Esaú, como amalecitas (Gn 36:12, 16). Por lo tanto, los amalecitas estaban de alguna manera relacionados, pero eran distintos de los edomitas (descendientes de Esaú).

Las Escrituras registran la larga enemistad entre los amalecitas y los israelitas y la orden de Dios de erradicar a los amalecitas de la faz de la tierra (Éx 17:8-13; 1 S 15:2; Dt 25:17). 

¿Por qué Dios le ordenó a Su pueblo que exterminara a todo un pueblo? Echamos un vistazo a la historia bíblica.

Como muchos pueblos del desierto, los amalecitas eran nómadas. Números 13:29 los coloca como nativos del Neguev, el desierto entre Egipto y Canaán. Los babilonios los llamaban Sute, los egipcios Sittiu, y las tabletas Amarna se refieren a ellos como Khabbatti, o “saqueadores”.

La constante crueldad de los amalecitas hacia los israelitas comenzó con un ataque en Refidim (Éx 17:8-13). Esto se narra en Deuteronomio 25:17-19 con esta exhortación: 

Acuérdate de lo que hizo Amalec contigo en el camino, cuando salías de Egipto; de cómo te salió al encuentro en el camino, y te desbarató la retaguardia de todos los débiles que iban detrás de ti, cuando tú estabas cansado y trabajado; y no tuvo ningún temor de Dios. Por tanto, cuando Jehová tu Dios te dé descanso de todos tus enemigos alrededor, en la tierra que Jehová tu Dios te da por heredad para que la poseas, borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo; no lo olvides(Dt 25:17-19).

Los amalecitas después se unieron con los cananeos y atacaron a los israelitas en Horma (Nm 14:45). En Jueces se unieron con los moabitas (Jue 3:13) y los madianitas (Jue 6:3) para declarar la guerra a los israelitas. Ellos fueron los responsables de la reiterada destrucción de la tierra y del suministro de alimentos de los israelitas.

En 1 Samuel 15:2-3, Dios le dice al rey Saúl: 

Yo castigaré lo que hizo Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto. Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos(1 S 15:2-3).

En respuesta, el rey Saúl primero advierte a los ceneos, amigos de Israel que abandonen la zona. Entonces, él ataca a los amalecitas, pero no completa la tarea. Le perdona la vida a Agag, el rey amalecita, tomó el botín para él y su ejército, y mintió a Samuel acerca del por qué lo hizo. La rebelión de Saúl contra Dios y Sus mandamientos fue tan grave, que hizo que Dios lo rechazara definitivamente como rey, a él y a su descendencia (1 S 15:23).

Los amalecitas que escaparon, siguieron hostigando y saqueando a los israelitas durante sucesivas generaciones por cientos de años. 1 Samuel 30 reporta un ataque de los amalecitas en Siclag, una aldea de Judea donde David tenía propiedades. Los amalecitas incendiaron la aldea y tomaron cautivas a todas las mujeres y niños, incluyendo dos mujeres de David. David y sus hombres derrotaron a los amalecitas y rescataron a todos los rehenes. Sin embargo, unos pocos cientos de amalecitas escaparon. Mucho después, durante el reinado del rey Ezequías, un grupo de los Simeonitas “mató al resto de los amalecitas” que habían estado viviendo en el monte de Seir (1 Cr 4:42-43).

La última mención de los amalecitas se encuentra en el libro de Ester, donde Amán agagueo, un descendiente de Agag, el rey amalecita, se conspira para que todos los judíos en Persia sean aniquilados por orden del rey Asuero. Sin embargo, Dios salvó a los judíos de Persia; y Amán, sus hijos y el resto de los enemigos de Israel, fueron aniquilados (Est 9:5-10).

El odio de los amalecitas contra los judíos y sus repetidos intentos de destruir al pueblo de Dios, los condujo a su perdición. Su destino debe ser una advertencia para todos los que intenten frustrar el plan de Dios o quieran maldecir lo que Dios ha bendecido (Gn 12:3).

Amâlêq, significa “belicoso” o “pueblo que ama la pelea y la contienda”. Es un espíritu satánico, que se levanta contra los propósitos que Dios tiene para tu vida, tu hogar y tu descendencia. Ataca a los débiles de la fe. Como espíritu de odio y resentimiento que es, representa la carne.

Pablo nos dice que debemos hacer morir las obras de la carne en nuestra vida, o ellas nos matarán a nosotros:

“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Gl 5:16-25).

Y esta guerra entre el Espíritu y la carne dura toda la vida en el creyente.

“Y Jehová dijo a Moisés: Escribe esto para memoria en un libro, y di a Josué que raeré del todo la memoria de Amalec de debajo del cielo. Y Moisés edificó un altar, y llamó su nombre Jehová-nisi; y dijo: Por cuanto la mano de Amalec se levantó contra el trono de Jehová, Jehová tendrá guerra con Amalec de generación en generación” (Éx 17:14-16). 

¡Cristiano, cristiana: da muerte a Amalec en tu vida! Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna (1 Ti 6:12). Recuerda que Dios no tuvo compasión de Saúl por haberlo desobedecido en el tema de Amalec. Saúl consultó con temor a una bruja, se suicidó, fue decapitado y colgado por los filisteos para exhibirlo como trofeo; su cuerpo fue incinerado, enterraron sus huesos debajo de un árbol y su familia fue destituida del trono.

Puede ser que la muerte física del cristiano que se niega a matar a Amalec en su vida no sea tan trágica como la de Saúl; pero ciertamente su muerte espiritual lo será.

El Inicio de la Hostilidad

Como dijimos, la constante crueldad de los amalecitas hacia los israelitas comenzó con un ataque en Refidim (Éx 17:8-13) que Dios ha jurado nunca olvidar (Dt 25:17-19). 

En la batalla que se produjo tras el ataque de Amalec, tres hombres destacan por el rol que el Señor les asignó. Ellos son: Moisés, Aaron y Hur (sin desmerecer de ninguna manera la participación de Josué como comandante del ejército de Israel). Moisés y Aarón no necesitan ninguna presentación, pero Hur sí.

Hur es principalmente un nombre propio que significa lino blanco, o noble en hebreo. Provenía de la tribu de Judá. Como Hur se menciona a menudo junto con Aarón, el hermano de Moisés y sumo sacerdote de los israelitas, es probable que Hur también tuviera un lugar de autoridad entre el pueblo. 

Cuando Moisés ascendió al monte Sinaí para recibir los Diez Mandamientos, dejó a Aarón y Hur a cargo del pueblo. Ambos hicieron un muy mal trabajo, pues, cuando Moisés regresó, se encontró con que el pueblo había forjado un becerro de oro para adorarlo en lugar del Señor. El propio Aarón fundió el ídolo (Ex 32:2-4), y aunque no está clara la participación de Hur en la idolatría, es probable que, como líder de Israel, fuera cómplice pasivo en el asunto.

El último dato que nos da la Biblia sobre Hur, de la tribu de Judá, es que era abuelo de Bezaleel (Ex 31:2), el artesano que recibió el Espíritu de Dios para supervisar la construcción del tabernáculo y el Arca de Dios. Según una tradición judía, Hur estaba casado con la hermana de Moisés, Miriam. Otra tradición dice que Hur era hijo de Miriam. Según otra tradición judía, Hur se enfrentó a los idólatras en el monte Sinaí en el evento del becerro de oro, y fue asesinado por ellos, tras lo cual Aarón se mostró mucho más complaciente con las exigencias de la multitud. Estas especulaciones son interesantes, pero no pueden confirmarse por las Escrituras.

El nombre “Hur” también es conocido por el personaje “Judah Ben-Hur” de la película Ben-Hur. Sin embargo, el personaje de la película no se basa ni en este ni en ningún otro de los hombres llamados “Hur” en la Biblia.

Hur es uno de los dos hombres que sostuvieron los brazos de Moisés durante la batalla de los israelitas contra los amalecitas. En la bata contra los amalecitas, Moisés se situó en una colina desde la que contemplaba la batalla abajo, liderada por Josué. Bastón en mano, Moisés levantó sus manos en posición de oración (Ex 17:8-9). Mientras Moisés tuvo fuerza para mantener sus manos alzadas, los israelitas prevalecieron en la batalla; pero cuando, cansado, las bajó, los amalecitas comenzaron a vencer a los israelitas (Ex 17:11). Así que, cuando a Moisés se cansó tanto que no podía alzar sus manos, Aarón y Hur lo sentaron en una piedra y se pusieron uno a cada lado de él para levantarle las manos y mantenerlas en alto en posición de oración. Gracias a la ayuda de Aarón y Hur, las manos de Moisés alzadas hasta la puesta del sol, y Josué venció a espada al ejército amalecita (Ex 17:12-13).

así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol. Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada (Ex 17:12-13).

La enseñanza del pasaje es clara para el creyente. La batalla es del Señor:

 “Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos” (1 S 17:47).

Moisés representa al débil y cansado creyente que cree que la batalla es del Señor pero que no puede mantener sus manos alzadas durante la prolongada batalla en oración. Aarón y Hur representan, respectivamente, al Señor Jesús y al Espíritu Santo, quienes nos fortalecen y ayudan en nuestra debilidad (Ro 8:26-27He 7:22-25). Amalec (o los amalecitas) representa a Satanás, nuestro adversario en las batallas de la vida.

El Espíritu Santo Intercede por Nosotros

A veces nos encontramos sin palabras. Afortunadamente, cuando oramos como hijos del Padre, tenemos un ayudante, el Espíritu Santo, que nos ayuda en nuestra debilidad humana cada vez que las palabras se quedan cortas: 

“Porque qué pedir como conviene no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con con gemidos indecibles” (Ro 8:26).

En Romanos 8:18-27, el apóstol Pablo anima a los creyentes a aferrarnos a la esperanza y seguridad de nuestra adopción, redención y glorificación finales, incluso mientras soportamos pacientemente el sufrimiento en esta vida presente. Encontramos fuerza en medio de nuestra fragilidad humana cuando dependemos de la asistencia del Espíritu Santo en la oración. Cuando no estamos seguros de cómo orar o no sabemos por qué orar, el Espíritu Santo “gime” dentro de nuestros corazones con palabras que no se pueden pronunciar o expresar.

La frase traducida como “gemidos indecibles” significa “gemidos indescriptibles o sin palabras” en el idioma griego original. El mismo pasaje también enseña que los “gemidos sin palabras” incluyen a toda la creación, la cual gime “como con dolores de parto” (Ro 8:22 8:22), y “nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Ro 8:23).

La mayoría de nosotros hemos luchado en la oración, preguntándonos si debemos orar por la liberación de nuestro sufrimiento, el alivio y el rescate milagroso, o por la fortaleza para soportarlo. Incluso el apóstol Pablo suplicó al Señor que le quitara el “aguijón en la carne”, solo para que se le dijera que el poder de Dios se perfecciona en la debilidad humana (2 Co 12:7-9). Como Pablo, a menudo pensamos que sabemos lo que necesitamos, pero no siempre somos buenos jueces de la perfecta voluntad de Dios. ¡Qué alivio es darse cuenta de que la eficacia de nuestras oraciones no depende de nosotros! No tenemos que tener el conocimiento o las palabras para expresar lo que necesitamos porque el Padre que conoce los corazones, sabe lo que dice el Espíritu, porque el Espíritu intercede por nosotros en armonía con la voluntad de Dios (Ro 8: 27).

Nuestra visión limitada no es excusa para abandonar la oración, ya que es esencial para la vida cristiana. Pero debemos darnos cuenta de que la oración es una actividad trinitaria. Oramos al Padre. El Espíritu Santo es nuestro abogado e intercesor en el proceso (Jn 14:16, 26; 15:26; 16:7). No podemos orar verdaderamente sin la ayuda del Espíritu Santo. A través de Jesucristo, tenemos acceso al Padre por el Espíritu Santo (Ef 2:18), quien nos ayuda e intercede con gemidos indecibles. En un lenguaje que no podemos entender, el Padre escudriña el corazón humano, la morada del Espíritu, para escuchar la oración del Espíritu. Cuando el Padre escucha que el Espíritu ora de acuerdo a Su voluntad (porque el Espíritu intercede por los santos de acuerdo con la voluntad de Dios), entonces el Padre y el Espíritu están en perfecta armonía para que los propósitos de Dios se cumplan en el creyente a través del instrumento de oración.

La intercesión del Espíritu Santo con “gemidos indecibles” no debe confundirse con hablar en lenguas. En las Escrituras, las lenguas se expresan en palabras pronunciadas audibles que están destinadas a ser entendidas e interpretadas (Hch 2:4-47; 19:6; 1 Co 14:13-40). En Romanos 8:26, Pablo se refiere a gemidos silenciosos, espirituales. Estos gemidos sin palabras, sin sonido, son de naturaleza espiritual y divinamente entendidos.

Vivimos en un mundo caído que no es nuestro hogar permanente (He 13:14; Fil 3:20). Estamos atrapados entre “nuestros padecimientos presentes” y la futura “gloria que se manifestará en nosotros” (Ro 8:18). Somos acosados por debilidades internas (Mt 26:41; 2 Co 12:5-10) y poderosos enemigos externos (Ef 6:11-13). Podemos orar con palabras usando nuestro entendimiento humano, pero Dios no nos ha dejado solos en este empeño. Él nos ha dado el ministerio del Espíritu Santo que ora por nosotros con gemidos indecibles. Podemos confiar en el intelecto divino y la visión infinita del Espíritu para orar eficazmente de acuerdo con el buen propósito y la voluntad de Dios (1 Co 14:15; Ef 6:18–20; Jud 1:20).

El Señor Jesús Intercede por Nosotros

Respecto al Señor Jesús, el escritor de los Hebreos nos dice: 

“Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He 7:25). 

Este pasaje nos enseña que, aunque la obra de Cristo para asegurar la salvación de los elegidos se completó en la cruz, como se evidencia en Su clamor “Consumado es” (Jn 19:30), Su amor por los redimidos nunca terminará.

El Señor Jesús no ascendió al cielo después de Su ministerio terrenal para tomarse un descanso de Su función como Pastor eterno de Su pueblo (Ro 5:10). Si cuando estuvo humillado, despreciado, en agonía y muerto, tuvo el poder de realizar una obra tan grande como la de reconciliarnos con Dios, cuánto más podemos esperar que Él pueda guardarnos ahora que es un Redentor vivo, exaltado y triunfante, resucitado e intercediendo por nosotros ante el trono (Ro 8:34). Claramente, Jesús está todavía muy activo a favor nuestro en el cielo.

Después que el Señor Jesús ascendió al cielo y se sentó a la diestra de Dios Padre (Hch 1:9; Col 3:1), volvió a la gloria que tenía antes de Su encarnación (Jn 17:5) para continuar con su función de Rey de reyes y Señor de señores. Mientras esta caída tierra continúa siendo “ganada” para Cristo, el Señor es el Abogado de los Suyos, lo que significa que es nuestro gran Defensor. Este es el papel intercesor que Él actualmente cumple por aquellos que somos Suyos (1 Jn 2:1). Jesús siempre está defendiendo nuestro caso ante el Padre, al igual que un abogado defensor a favor nuestro.

El Señor Jesús está intercediendo por nosotros mientras que Satanás (cuyo nombre significa “adversario y acusador”) nos acusa, señalando nuestros pecados y debilidades ante Dios, tal como lo hizo con Job (Job 1:6-12). Sin embargo, las acusaciones caen en oídos sordos en el cielo, porque la obra de Jesús en la cruz pagó por completo nuestra deuda por el pecado; por lo tanto, Dios siempre ve en Sus hijos la perfecta justicia de Jesús. Cuando Jesús murió en la cruz, Su justicia (perfecta santidad) nos fue imputada, mientras que nuestro pecado se le atribuyó a Él en Su muerte. Este es el gran intercambio del que habla Pablo en 2 Corintios 5:21. Eso nos quita nuestro estado pecaminoso delante de Dios, para que Dios pueda aceptarnos como inocentes ante Él.

Finalmente, es importante entender que Jesús es el único mediador humano entre Dios y el hombre. Nadie más, ni María, ni ningún santo cristiano de la historia, tiene el poder de interceder por nosotros ante el trono del Todopoderoso. Ningún ángel tiene esa posición. Sólo Cristo es el Dios-hombre, y Él es el mediador e intercede entre Dios y el hombre (1 Ti 2:5).

Aplicación 

La intercesión del Señor Jesús y del Espíritu Santo por nosotros no es efectuada sin nosotros. Somos colaboradores de Dios (1 Co 3:9). No nos engañemos ni por un segundo creyendo que la intercesión del Señor y del Espíritu ocurren sin nosotros, o mientras estamos en pecado ante Dios. El Señor y su Espíritu interceden con nosotros, cuando nos presentamos ante el Padre en oración

Teniendo, pues, dos grandes intercesores a nuestro favor, no descuidemos el hábito de la oración DIARIA junto con el diligente estudio de la Palabra. La oración y la Palabra, la Palabra y la oración, son el Señor y el Espíritu ayudándonos a continuar en nuestro peregrinaje por este mundo condenado a la destrucción (2 P 3:10-11).

Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (He 4:16).

- - - - - - -

RELACIONADOS

NUESTROS INTERCESORES