“Hay generación limpia en su propia opinión, Si bien no se ha limpiado de su inmundicia” (Pr 30:12).
El profeta Agur describe los pecados de cuatro clases de personas; este proverbio es acerca de la segunda clase.
La mayoría de las personas son tontamente farisaicas en diversos grados, pero algunas son excepcionalmente altivas en arrogancia personal y religiosa. Son limpias en su propia opinión, y, sin embargo, no están limpias de sus pecados.
“Generación”, aquí, significa un tipo de persona. Esta segunda “generación”, o tipo de persona, es farisaica acerca de su pureza. Tiene un corazón altivo hacia la palabra de Dios, suponiendo que rara vez se aplica a ella. Confiada en su propia sabiduría y norma de santidad, desprecia a los demás como inferiores y se enseñorea de ellos en pensamiento, habla y conducta. Siente que Dios está obligado a aceptarla. Ve poca necesidad de autoexamen o arrepentimiento personal.
La persona “limpia en su propia opinión” es la mujer que desprecia a una prostituta, mientras ella en su corazón adultera contra su marido (1 Co 7:1-5). Es pensar que un sermón sobre la lengua es para otras (2 Co 13:5). Es la mujer golosa que come dos postres, pero condena el uso del vino en las comidas (Lc 21:34). Es la mujer odiosa que se niega a aprender la misericordia (Pr 27:22). Es el muchacho altivo que ridiculiza una advertencia y niega que le pueda pasar a él (1 Co 10:12).
Es Simón despreciando a la mujer pecadora a los pies de Jesús (Lc 7:36-50). Es el fariseo agradeciendo a Dios que no es pecador como el publicano (Lc 18:9-14). Son los judíos condenando al ciego de nacimiento y a sus padres (Jn 9:13-34). Es jactarse de conocer a Dios, pero no poder llevarse bien con los demás. Es decir que el Espíritu te enseña, y menospreciar la Biblia.
Hay por lo menos cinco lecciones en el proverbio: Dios odia la justicia propia; Él sólo acepta a los humildes; debes aprender a odiar este pecado; debes evitar cualquier tendencia hacia él; y debes instruir a tu hijo en este conocimiento.
El Señor odia a los fariseos. Condenó a los judíos orgullosos que decían: “Soy más santo que tú” (Is 65:1-7). Criticó a los líderes religiosos por su justicia propia que pervertía la ley de Dios con definiciones falsas (Lc 7:36-50; Lc 10:25-37; Lc 16:15; 18:9-14). Él no vino a salvar a los fariseos, y esperaba que Sus discípulos excedieran el lamentable estándar impuesto por esos líderes religiosos (Mt 5:20; Mr 2:15-17).
Dios ama a los pobres en espíritu, a los quebrantados de corazón, a los contritos por sus pecados (Sal 34:18; 51:16-17; 138:6; Is 57:15; 66:2). Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos; los justos, los limpios en su propia opinión, no son llamados al arrepentimiento, sino los pecadores (Mt 9:11-13). Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes (1 P 5:5-6). Los pobres en espíritu son benditos herederos del reino de los cielos (Mt 5:3). Si vienes al Señor Jesucristo de otra manera, Él no te recibirá (Mr 2:17).
Debes odiar la justicia propia, ser limpio en tu propia opinión, porque es un pecado condenatorio. Una vez que le permitas a esta idea entrar en tu corazón, rechazarás la misma corrección e instrucción que necesitas para agradar a Dios, porque creerás que estás libre de faltas graves (Pr 26:12; Gl 6:3). Te resentirás contra quienes traten de corregirte, reprenderte, enseñarte o advertirte. Debes volverte como un niño pequeño, admitir que no eres nada y despreciar tu propio corazón (Mt 18:5; Jer 17:9; 1 Co 3:18; Ef 3:8).
No puedes permitirte ningún autoengaño en este asunto. Eres un pecador, con deseos pecaminosos y tendencias pecaminosas. Por lo tanto, debes aplicar toda predicación y enseñanza a ti mismo, no a otros. El hipócrita que quiere quitar la paja del ojo ajeno mientras tiene una viga en el suyo tiene un grave problema con la justicia propia (Mt 7:3-5). Debes temer la sola idea de endurecer tu corazón contra el Espíritu del Señor (Hch 7:51; Pr 28:14).
Instruye a tu hijo para que sea humilde, quebrantado por el pecado y contrito por sus faltas. Si no lo haces, se convertirá en un adulto engreído, en un fariseo camino a su destrucción. Rechazará la instrucción, menospreciará a los demás y provocará al Señor para que sea su enemigo. Exalta las normas santas de Dios y enséñale la autocrítica y el autoexamen más que la autoestima. Enséñale que sin la gracia de Dios por medio del Señor Jesucristo está totalmente perdido.
Contrariamente a la declaración del proverbio, hay una generación muy sucia en su propia opinión, y, sin embargo, es limpiada completamente de toda su inmundicia. Es la generación de aquellos que de corazón creen en el Señor Jesucristo. El Señor Jesús los lava de sus pecados con Su propia sangre cada vez que vienen a Él (Ap 1:5; 7:14; 1 Co 6:11). ¿Has encontrado el manantial abierto en Jerusalén para la purificación del pecado y la inmundicia? (Zac 13:1) Se encuentra por la fe en el nombre del unigénito Hijo de Dios, “Y en ningún otro hay salvación” (Jn 3:18; Hch 4:12).
- - - - - -
