“Joven fui, y he envejecido, Y no he visto justo desamparado, Ni su descendencia que mendigue pan” (Sal 37:25).
Este versículo habla de la fidelidad de Dios al proveer para los justos a lo largo de sus vidas. Es una poderosa declaración de la confiabilidad de Dios para cuidar de quienes le son fieles.
El salmista, quien se cree es David, reflexiona sobre su propia vida y experiencias, señalando que nunca ha visto a los justos abandonados ni a sus hijos mendigando comida. Esto apunta a la provisión y fidelidad constantes de Dios hacia quienes buscan vivir según Su voluntad.
El tema de la provisión y fidelidad de Dios es un hilo conductor a lo largo de la Biblia. En el Antiguo Testamento, hay numerosas historias de Dios proveyendo para su pueblo en el desierto, como el maná del cielo (Ex 16:4,31) y el agua de la roca (Nm 20:10-13). En el Nuevo Testamento, Jesús también enfatiza la idea del cuidado de Dios por su pueblo, recordándoles que no se preocupen por las necesidades materiales, sino que busquen primero el reino de Dios (Mt 6:25-34).
Este versículo también habla del concepto de la bendición generacional. El salmista señala que el Señor no solo se provee para el justo, sino que también cuida de sus hijos. Esto evoca la promesa que Dios le hizo a Abraham en Génesis 12:2-3, donde promete bendecirlo y convertirlo en una bendición, y bendecir a todas las familias de la tierra a través de él. Esta idea de que las bendiciones de Dios se extiende a la generación futuras es un tema recurrente en la Biblia, que enfatiza la importancia de transmitir la fe y el amor al Señor a la siguiente generación.
¿Tu padres son creyentes? ¿Conoces al Señor porque tu padre te habló acerca de Él y del evangelio? ¿Le has dado las gracias por ese bien? ¿Comprendes que si el Señor no te ha desamparado es porque tu padre ora a diario por ti? ¿Qué harás al respecto? (Ex 20:12; Dt 5:16)
El contexto de este versículo también es importante. En el Salmo 37, el salmista contrasta el destino de los justos con el de los impíos, animando al creyente a confiar en Dios y esperar Su acción. El pasaje le asegura al creyente que, aunque los impíos parezcan prosperar por un tiempo, su fin último será la destrucción. Por otro lado, los justos pueden confiar en la fidelidad y la provisión de Dios siempre.
El simbolismo de este versículo reside en el contraste entre los justos y los impíos. Los justos son aquellos que buscan vivir según los mandamientos de Dios y tienen fe en Él, mientras que los impíos son aquellos que rechazan a Dios y persiguen sus propios deseos egoístas. La imagen de los justos que nunca son abandonados y de sus hijos que nunca mendigan por pan simboliza el cuidado y la provisión constantes de Dios para quienes caminan en justicia.
En resumen, el Salmo 37:25 es una poderosa declaración de la fidelidad de Dios hacia su pueblo. Anima a los creyentes a confiar en la provisión de Dios y a seguir viviendo en justicia, sabiendo que Dios cuidará de ellos y de sus descendientes.
El Salmo 37 es un pasaje alentador para quienes se enfrentan a pruebas y tribulaciones. A pesar de nuestro sufrimiento presente, el salmista sabe que Dios recompensará a los justos y castigará a los impíos (Sal 37:1-6). Este mensaje tranquilizador permite a los justos esperar en el Señor:
“Guarda silencio ante Jehová, y espera en él” (Sal 37:7; 46:10).
Mientras esperamos que el Señor nos libre de nuestras angustias y tribulaciones, debemos seguir comprometiéndonos con Él.
En el Salmo 37:25, el salmista expresa una afirmación de fe y confianza en el cuidado providencial de Dios para los justos:
“Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan” (Sal 37:25).
Este versículo es una referencia a las propias observaciones del salmista. En toda su vida, el salmista nunca había presenciado un caso en el que Dios abandonara a los justos. Esto no implica que los justos estén exentos de pobreza y dificultades. Más bien, el punto es que Dios no los abandonará ni los dejará a su suerte en tiempos difíciles (Sal 37:24; Dt 31:8 y He 13:5).
Por lo tanto, el Salmo 37:25 destaca la confianza del salmista en que Dios es fiel y no abandonará a los justos. De nuevo, no hay promesa de que los justos sean inmunes al dolor y al sufrimiento. El Señor Jesús dijo que Dios “hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5:45).
A lo largo de la Biblia, encontramos muchos ejemplos de Dios enviando lluvia sobre los justos (Job 2:10; Is 45:7; 2 Co 1:8; 12: 7-10). Pero, en medio de las turbulentas olas de la vida, Dios promete proveer y cuidar a los justos.
Si bien las palabras del salmista de que “no he visto justo desamparado” pueden parecer exageradas o alejadas de la realidad, son un poderoso recordatorio del amor inquebrantable y la fidelidad de Dios. Por lo tanto, se alienta a los creyentes a aferrarse de la mano inmutable de Dios y a confiar en que Él hará que todas las cosas obren para bien a la larga (Ro 8:28).
En lugar de considerar las palabras del salmista como una garantía de que los justos nunca enfrentarán pruebas y tribulaciones, debemos interpretar el Salmo 37:25 como una expresión de esperanza y seguridad en medio de ellas. Las experiencias personales del salmista informan su testimonio sobre el apoyo inquebrantable de Dios para los justos.
Podemos estar seguros de que en nuestras propias vidas encontraremos situaciones en las que el cuidado providencial de Dios es evidente y tendremos un testimonio propio, aunque este no parezca ser evidente de inmediato.
Finalmente, el Salmo 37:25 nos invita a reflexionar sobre nuestra propia relación con Dios y a profundizar nuestra confianza en Él. También nos anima a buscar la justicia y a alinearnos con Su voluntad (Mt 6:33; Ro 12:2), sabiendo que Él suplirá todas nuestras necesidades (Fil 4:19).
Mientras atravesamos las vicisitudes de la vida, recordemos las palabras del salmista en el Salmo 37:25 y animémonos con ellas. Cuando nos enfrentamos a obstáculos y desafíos, podemos aferrarnos al hecho de que Dios nunca desamparará a los justos. En Él tenemos todo lo que necesitamos.
TEMAS DEL SALMO
Pruebas y Tribulaciones
Una de las partes más difíciles de la vida cristiana es el hecho de que ser un discípulo de Cristo no nos hace inmune a las pruebas y las tribulaciones de la vida. ¿Por qué un Dios bueno y amoroso nos permitiría pasar por cosas tales como la muerte de un hijo, enfermedades y pérdidas de todo tipo? Ciertamente, si nos amara, quitaría todas estas cosas de nosotros. Después de todo, ¿no significa el amarnos que Dios quiere que nuestras vidas sean fáciles y cómodas? No, no es así. La Biblia enseña claramente que Dios ama a aquellos que son Sus hijos, y “todas las cosas les ayudan a bien” (Ro 8:28). Eso significa que las pruebas y tribulaciones que Él permite en nuestras vidas son parte de todas las cosas que nos ayudan a bien. Por lo tanto, para el creyente, todas las pruebas y tribulaciones deben tener un propósito divino.
Como en todas las cosas, el propósito final de Dios es que seamos transformados más y más a la imagen de Su Hijo (Ro 8:29). Esta es la meta del cristiano, y todo en la vida, incluyendo las pruebas y tribulaciones, está diseñado para permitirnos alcanzar esa meta. Es parte del proceso de la santificación, siendo apartados para los propósitos de Dios y equipados para vivir para Su gloria. Se explica la manera en que las pruebas logran esto en 1 Pedro 1:6-7:
“En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P 1:6-7).
La fe del verdadero creyente se reforzará mediante las pruebas que experimentamos para que podamos descansar en el conocimiento de que es real y va a durar para siempre.
Las pruebas desarrollan el carácter piadoso, y eso nos permite
“…[gloriarnos] en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Ro 5:3-5).
El Señor Jesús es el ejemplo perfecto:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5:8).
Estos versículos revelan aspectos de Su propósito divino tanto para las pruebas y tribulaciones del Señor Jesucristo como por las nuestras. El perseverar comprueba nuestra fe. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4:13).
Sin embargo, debemos tener cuidado de nunca victimizarnos por nuestras “pruebas y tribulaciones” si son el resultado de nuestra propia malas obras.
“Así que, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno” (1 P 4:15).
Dios perdonará nuestros pecados porque el castigo eterno para ellos ha sido pagado por el sacrificio de Cristo en la Cruz. Sin embargo, todavía tenemos que sufrir en esta vida las consecuencias naturales por nuestros pecados y malas decisiones (Gl 6:7). Pero Dios usa incluso esos sufrimientos para moldear y formarnos para Sus propósitos y nuestro bien supremo.
Las pruebas y tribulaciones vienen con un propósito y una recompensa:
“Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna… Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman” (Stg 1:2-4,12).
A través de todas las pruebas y tribulaciones de la vida, podemos estar seguros de que si permanecemos fieles al Señor, tendremos la victoria al final.
“Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co 15:57).
Aunque estamos en una batalla espiritual, Satanás no tiene autoridad sobre el creyente en Cristo. Dios nos ha dado Su Palabra para guiarnos, Su Espíritu Santo para fortalecernos, y el privilegio de venir a Él en cualquier lugar y en cualquier momento, a orar por todo.
La Fidelidad de Dios
En muchos lugares de la Escritura se exalta la fidelidad de Dios. Lamentaciones 3:22-23 dice:
“Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lm 3:22-23.
¿Qué es la fidelidad?
La palabra hebrea traducida como fidelidad significa constancia, firmeza, perseverancia. Lo contrario de ser fiel es ser cambiante, vacilante, inconstante. El Salmo 119:89-90 dice:
“Para siempre, oh Señor, Permanece tu palabra en los cielos. De generación en generación es tu fidelidad; tú afirmaste la tierra, y subsiste” (Sal 119:89-90.
Aquí la fidelidad se equipara con la Palabra de Dios. Dios habla una verdad que permanece. Si Dios habló algo hace mil años, sigue siendo válido hoy en día. Él es fiel a Su Palabra, porque Su Palabra es una expresión de Su carácter. Las promesas que hizo siguen siendo ciertas porque Él no cambia (Mal 3:6). Vemos esto ilustrado desde una perspectiva humana en una pareja casada por muchos años. Cuando la mujer yace en su lecho de muerte, su marido se sienta cerca sosteniendo su mano. Él no la deja, aunque ella ya no lo reconoce. Él es fiel a las promesas que le hizo. Del mismo modo, Dios sigue siendo fiel a Sus promesas, aunque a menudo le seamos infieles (2 Ti 2:13).
Aprendemos a confiar en el carácter de una persona al conocerla. No confiaríamos nuestra cuenta bancaria a un extraño que conocimos en la fila de la oficina del correo: no tenemos ninguna relación con él; no conocemos su carácter. Antes de conocer a Dios, tenemos miedo de confiar en Él. Todavía no sabemos Quién es o Qué puede hacer. Aprendemos a confiar en Dios conociendo Su carácter, a través de la relación con Él. Hay tres maneras de llegar a conocerlo: estudiando Su Palabra, analizando Su obra en nuestras propias vidas, y aprendiendo a seguir Su voz.
Cuando estudiamos la Palabra de Dios, surge un patrón. Aprendemos que Dios nunca cambia y nunca miente (Nm 23:19; 1 S 15:29). Aprendemos a través de las Escrituras que Dios nunca ha fallado en el pasado (Is 51:6). Él siempre fue fiel a Su Palabra a medida que obraba en las vidas de los antiguos israelitas. Cuando dijo que haría algo, lo hizo (Nm 11:23; Mt 24:35). Comenzamos a desarrollar la confianza en Su carácter revelado en las Escrituras. Podemos confiar en que Dios será fiel a Sí mismo. Nunca dejará de actuar como Dios. Nunca dejará de ser soberano, santo o bueno (1 Ti 6:15; 1 P 1:16).
Aprendemos a través de nuestra propia vida cristiana que Él jamás nos ha fallado. Una orden que Dios dio con frecuencia a los israelitas fue: “Acordaos” (Dt 8:2; Is 46:9). Cuando recordaban todo lo que Dios había hecho por ellos, podían confiar más fácilmente en Él para el futuro. Necesitamos recordar intencionalmente todas las maneras en que Dios ha provisto para nosotros y nos ha liberado en el pasado. Llevar un diario de oración puede ayudarnos a hacerlo. Cuando recordamos las formas en que Dios ha respondido a nuestras oraciones, nos prepara para seguir pidiendo y esperando respuestas. Cuando acudimos a Él en oración, sabemos que siempre nos escucha (1 Jn 5:14; Sal 34:15). Él provee lo que necesitamos (Fil 4:19). Y siempre hará que todo obre para nuestro bien cuando se lo confiamos a Él (Ro 8:28). Aprendemos a confiar en la fidelidad futura de Dios recordando Su fidelidad en el pasado.
Y también podemos confiar en Él aprendiendo a distinguir Su voz de las demás que rivalizan por llamar la atención. El Señor Jesús dice:
“Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y me siguen” (Jn 10:27).
Si somos las ovejas del Pastor cultivaremos la capacidad de escucharlo. Ya hemos visto cómo nos habla Él: principalmente a través de Su Palabra y a través de las obras en nuestra vida. Pero también puede hablar a través de otras personas, de las circunstancias y de la confirmación interna del Espíritu Santo (Ro 8:16). Cuando leemos y meditamos cuidadosamente en las Escrituras, el Espíritu Santo generalmente despierta nuestros corazones hacia un versículo o pasaje y nos ayuda a reclamarlo y aplicarlo a nuestra situación actual. Lo que el Espíritu nos muestra en Su Palabra se debe tomar por fe como Su mensaje para nosotros. Construimos la confianza al reclamar Sus promesas y aplicarlas a nuestras vidas.
Por encima de todas las cosas, a Dios le gusta que demostremos fe en Él (He 11:6). La fe es confiar en el carácter de Dios antes de ver cómo va a hacer las cosas. Él nos ha dado Su Palabra, y Sus promesas siguen vigentes. A medida que vemos la forma en que Él cumple Sus promesas, crece nuestra confianza en Su fidelidad. Así como nuestra confianza en otras personas crece con la interacción diaria, nuestra confianza en Dios crece de la misma manera. Confiamos en Él cuando lo conocemos, y conocerlo es confiar en Él. Cuando le conocemos, podemos descansar en Su bondad, incluso cuando no entendemos las circunstancias que parecen contradecirla. Podemos confiar en que el plan de Dios para nosotros prevalecerá (Pr 19:21). Al igual que un niño confía en un padre amoroso, podemos confiar en que nuestro Padre celestial siempre hará lo mejor para nuestras vidas teniendo el estado eterno en vista, más que nuestras circunstancias actuales.
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