“Por el siervo cuando reina; Por el necio cuando se sacia de pan” (Pr 30:22).
Aquí hay dos tipos de hombres que no debes ser y que debes evitar para tener paz y bienestar en la vida. Cuando un hombre es ascendido más allá de su capacidad, educación o nacimiento, a menudo se volverá intolerablemente arrogante e incompetente en su cargo. Cuando el necio es alimentado, protegido u honrado, dará rienda suelta a una locura mayor que la que habría demostrado con recursos limitados.
Dios hizo todo muy bueno al principio (Gn 1:31). Él dispuso el orden de la sociedad humana para la paz, el bienestar y la prosperidad de todos. Cuando Su orden es alterado, estos preciosos objetivos se verán comprometidos o se perderán por completo. Aquí hay dos corrupciones del orden de Dios: un siervo promovido a un lugar de autoridad, y un necio hambriento alentado por una buena comida.
Considera a un siervo promovido a un lugar de autoridad. Se le da una posición por encima de su habilidad, educación o nacimiento. El honor inmerecido inflará su ego y lo provocará a oprimir a los que están a su alrededor o debajo de él. El propósito o el valor del cargo que ocupa erróneamente sufrirá, porque no puede comprender su responsabilidad ni ejecutar adecuadamente sus funciones.
Dios hizo al amo y al siervo. Es un error trastocar este orden, por noble que suene (Pr 19:10; Ec 10:5-7). Las responsabilidades de uno superan con creces las capacidades del otro, poniendo en riesgo la estabilidad social. Es el juicio de Dios cuando se difunde esta corrupción de la autoridad (Is 3:1-5). Se ve hoy en el socialismo, el comunismo, la democracia, las juntas de diáconos, etc.
Hombres de baja cuna pueden ascender para gobernar con diligencia y devoción, con el favor de Dios—José, David y Daniel son buenos ejemplos de ello—pero es supina ignorancia pensar que una promoción por secretaría mejorará las habilidades o la diligencia de un patán. Deja que la crema ascienda hasta la cima naturalmente, pero no llames crema a la leche sin lactosa. José ascendió de siervo a gobernante en Egipto, pero él ya era un príncipe a los ojos de Dios mucho antes que Potifar lo comprara como esclavo.
Nadie crece más allá de lo que vale.
El mundo de los negocios reconoce este error en el Principio de Peter, que establece que en una jerarquía todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia. Las personas son promovidas por su buen desempeño actual, no por su capacidad para el nuevo rol, resultando en un puesto ocupado por un ineficiente. El buen desempeño en las empresas lo realizan los empleados que no han sido promovidos a su nivel de incompetencia.
Considera a un necio hambriento cuando se harta de comida. Un necio es una persona que no teme a Dios y obstinadamente piensa que tiene razón. Los necios son bastante malos sin tener el estómago lleno, y la sabiduría exige que los evites (Pr 9:6; 13:20; 14:7), los prives de cualquier honor (Pr 19:10; 26:1,8), y los castigues siempre que puedas hacerlo (Pr 10:13; 20:4; 26:3).
La prosperidad y el placer son una maldición para el necio, porque inflan su alma depravada y le hacen jactarse de su nueva posición. Cuando su barriga está llena de vino y carne, su boca es mucho más insolente y profana. Recuerda la odiosa respuesta del hastiado Nabal a David (1 S 25:2-11,36). Este necio se destruyó a sí mismo.
Tales necios se ven hoy en los jóvenes rebeldes con vidas mimadas, atletas ignorantes con salarios exorbitantes, profesores universitarios engreídos y actores inmorales con contratos extravagantes. Los jóvenes salvajes, los chicos del bajo fondo social, los políticos egocéntricos y los amantes de las cámaras son lo suficientemente malos sin ninguna ayuda. Pero cuando son elogiados, protegidos y alimentados, sus palabras y hechos se vuelven un estruendo insoportable.
Es sabiduría promover la piedad y aplastar la insensatez en cualquier esfera en la que tengas alguna influencia. Comenzando por casa: recompensa a los fieles y castiga a los rebeldes. Alaba a los justos, y condena a los impíos. Promueve al diligente e ignora al perezoso. No debes tolerar al necio, así que no seas cómplice de él otorgándole algún favor.
Que todo hombre de Dios ame el orden por Él establecido en la sociedad, y mantenga las distinciones necesarias y provechosas entre amos y siervos, entre todas las clases y todos los oficios, en tanto le sea posible. Que los necios no encuentren en ti consuelo, amistad, ayuda o apoyo. Exponlos e ignóralos donde y cuando puedas. De ello depende tu paz y tranquilidad, y la de todos los que te rodean.
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