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Sunday, April 19, 2026

Y DICE: NO HE HECHO MALDAD

 


“El proceder de la mujer adúltera es así: Come, y limpia su boca y dice: No he hecho maldad” (Pr 30:20).

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Habiendo descrito cuatro cosas ocultas a la percepción natural, el profeta Agur ahora añade una quinta: la mujer adúltera (Pr 30:1,18-19).

La forma en que un águila se eleva sobre las corrientes térmicas ascendentes y descendentes, y se zambulle tras su presa, es maravillosa. La forma en que una serpiente se mueve sin brazos ni piernas sobre una roca lisa, es sorprendente. La forma en que un barco a velas navega firmemente por los mares sin remos ni motor, es casi un desafío a la física. Y la facilidad con que un hombre conquista a una doncella cuando ella está lista para tal experiencia, embelesa la imaginación. 

Agur describe estas cuatro cosas como “ocultas” (Pr 30:18) porque no dejan rastro visible, así como una mujer adúltera experta no deja rastro de su pecado para ser descubierta por su marido (Pr 30:18-20). Esta es la quinta cosa “oculta”, pero Agur no la enumera como tal, sino que la encubre en la cuarta, porque es allí donde reside en germen. Por eso dice que cuatro cosas le son “ocultas” y luego describe cinco: la quinta está contenida en la cuarta. La mujer adúltera no nace de la noche a la mañana: un día fue doncella, y nadie pudo ver el rastro del hombre en ella tampoco entonces. 

El “comer” de la adúltera no involucra comida: es un eufemismo para el acto sexual, tal como se ha usado antes en Proverbios y se usa como modismo hispanoparlante (Pr 5:15; 9:17; 20:17). Si bien otros escritores de la Biblia pueden usar un lenguaje más directo para abordar del asunto, Agur utiliza un eufemismo para suavizar poéticamente el acto de la adúltera (Ez 16:17, 25-26; 23:16-21).

Cuando Agur dice que la adúltera “limpia su boca”, no está diciendo que ella usa una servilleta, está diciendo que ella borra su rastro para evitar que la detecten. Este es el clímax del proverbio de Agur comenzado cuando dice: “Tres cosas me son ocultasAun tampoco sé la cuarta...” (Pr 30:18). Los cuatro “rastros” ocultos (Pr 30:19) mencionados anteriormente dirigen al lector hacia el quinto y último “rastro oculto”, que es la lección del proverbio.    

La mujer hace todo lo necesario para ocultar su adulterio del marido, y de los demás. Primero, procuró estar lejos de su marido (Pr 7:19-20; Gn 39:7-12). Luego, esconde cualquier señal de su pecado. Se lava el cuerpo, el pelo, se cambia de ropa, idea una mentira y se prepara para encontrarse con su marido como si nada hubiera pasado. Lleva a cabo su plan. Finge, miente, oculta. Adora a su marido en casa y en público. Entra en su cama y tiene intimidad con él como si todo estuviera bien. Juega con su hijo, habla con los vecinos, asiste a la iglesia, y sigue usando su anillo de bodas. No hay compunción, culpa ni remordimiento. Actúa como si no hubiera hecho nada malo. Está tranquila, porque ha ocultado el rastro de su pecado. Lo aprendió a ocultar en su juventud, cuando era una doncella que todos creían virgen. El águila no deja rastro en el cielo, la culebra no deja rastro sobre la peña, el velero no deja rastro en el mar, la doncella y la adúltera tampoco dejan rastro de su pecado.

La generación actual exalta el adulterio. Hollywood nunca ha exaltado el matrimonio, ¡todo lo contrario! Si bien en tiempos bíblicos el adulterio era castigado con la pena capital, la flagelación pública o una marca a fuego en la frente, hoy en día la sociedad se ríe de los que no lo aceptan, lo promueven como un evento emocionante. Aunque todavía es considerado un delito en muchos países del Medio Oriente, no se aplica el castigo en casi ninguna parte del mundo por temor a sanciones promovidas por organismos feministas y de los derechos humanos. El mundo entero come, se limpia la boca y dice: “No he hecho maldad”.

Pero hay un Dios en el cielo que todavía odia el adulterio. Para Él, el adulterio no es una aventura; no es tener un amante; no es un momento de debilidad. Es la violación del pacto matrimonial por Él instituido (Gn 2:18-24; Ex 20:14). Los adúlteros recibían ambos la pena de muerte en la nación a la que Dios le dio Sus leyes (Lv 20:10; Ez 16:38), y el intento conspirativo de los judíos para atrapar a Jesús, y Su respuesta, no cambia en absoluto el dictamen de Dios al respecto (Jn 8:1- 11).

Dios diseñó el cuerpo de la mujer para que probara su virginidad al contraer matrimonio, y dio una prueba bajo Moisés para exponer la infidelidad después del matrimonio (Dt 22:13-21; Nm 5:11-31). ¿Hasta dónde fue Él para hacer cumplir la castidad femenina? Hizo un llamado para cortar la mano de una mujer que tocara los genitales de otro hombre, incluso si lo hacía ayudando a su marido en una pelea (Dt 25:11-12). Permitió la poligamia masculina, pero no la femenina (Ex 21:10-11).

Si una adúltera se siente condenada por el comentario de este proverbio, sepa que el arrepentimiento hará toda la diferencia. El Señor Jesucristo es tan rápido en perdonar este pecado como cualquier otro (Lc 7:36-50; Jn 4:4-42; 8:1-11; 1 Co 6:9-11). Jesús recibió gustosamente a las rameras arrepentidas, y ellas entran en Su reino antes que los religiosos hipócritas (Mt 21:31-32). Puedes limpiarte por completo de este pecado atroz con la tristeza que es según Dios (2 Co 7:10-11). 

Dios perdonó a Betsabé y la incluyó en la línea genealógica de la que descendió Señor Jesús (2 S 12:24; Mt 1:6; Lc 3:31; 1 Cr 3:5). Lo mismo hizo con Tamar y Rahab, aunque también fueron culpables del pecado de adulterio (Mt 1:3,5). Si bien no se conocen los pecados de María Magdalena, una vez poseída por siete demonios, el registro evangélico es claro al revelar que el Señor Jesús se le apareció primero a ella después de Su resurrección (Mr 16:9). Alégrate, mujer, si te has arrepentido. Tus pecados te son perdonados. Vete, y no peques más (Jn 8:11).

El proverbio sólo describe a la mujer adúltera, porque Proverbios es principalmente un libro de sabiduría y advertencias para los varones (Pr 1:1-7). Pero hay un adúltero para cada adúltera. Que todo hombre recuerde que la justicia de Dios requiere la muerte tanto de la adúltera y como del adúltero (Lv 20:10). Los hombres piadosos deben hacer pacto con sus ojos: jamás mirar a una mujer para codiciarla en su corazón (Job 31:1). Todo el libro de Proverbios condena mirar a otras mujeres con esta intención, y enseña a los hombres a contentarse con solo una mujer legítima (Pr 6:24-26; 5:18-20).

Hay más de una forma de adulterar. El santo Dios del cielo considera adulterio espiritual la amistad de los cristianos con el mundo (Ez 16:1-59; Os 1:1-3; 9:1; 2 Co 11:1-4; Stg 4:4) . Él es un Dios celoso, y no compartirá Su gloria, afecto o adoración con nadie (Dt 4:23-26; Jos 24:19; He 12:28-29). Rechaza a aquellos que piensan que pueden amarlo a Él y las cosas del mundo al mismo tiempo (Mt 6:24; Fil 3:18-19; 1 Jn 2:15-17). Rechaza la adoración transigente como un marido rechazaría a su mujer por recordar o anhelar a otro hombre (Ez 23:38-39; 2 Co 6:14-17). ¡Si amas al mundo, estás cometiendo adulterio con el enemigo de Dios!

El Señor Jesucristo le mostró a Juan una visión de una gran ramera con hijas rameras, que tiene en la mano un cáliz de oro lleno de abominaciones y de la inmundicia de su fornicación (Ap 17:1-6). La ramera es símbolo de una religión sintética conocida por su fornicación espiritual contra el Dios del cielo. Su juicio final se describe en detalle (Ap 17:15-17; 18:1-24). Se nos dice que los reyes de la tierra han fornicado con ella, y que los moradores de la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación (Ap 17:2). La mujer está ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús; y cuando Juan la vio, quedó asombrado con gran asombro. Esta adúltera también se limpia la boca y dice: “No he hecho maldad”.

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