Agur está enumerando cuatro cosas que quitan la paz (Pr 30:21). Las últimas dos, son dos tipos de mujeres que pueden arruinar tu vida. La primera es “la mujer odiada (u odiosa) cuando se casa”.
Una esposa rencillosa, que reprocha constantemente a su marido, que lo critica, que arruina la bendición del matrimonio imponiendo su voluntad, es “la mujer odiosa” de este proverbio. El género y la institución diseñados para darle paz y placer al hombre, se convierten en la fuente de su dolor y problemas. Muchos hombres han caído en esta trampa y han sido retenidos por las garras de acero oxidado de una arpía por el resto de sus vidas.
Ser odiosa significa que esta mujer es difícil de soportar, que su hábitos molestan, que es desagradable, confusa, irritante. Esta criatura es una mujer que ha abandonado a su Creador, Su sabio diseño del género femenino, y los mandamientos de Dios para el rol que ella debe cumplir en el matrimonio. Su carácter y sus actitudes generan turbación en quienes se relacionan con ella.
Salomón concluyó que es mejor para un hombre vivir solo en el desierto, o en su azotea, que cohabitar con esta mujer (Pr 21:9,19; 25:24). No es de extrañar que se adjunte a los proverbios de Salomón la sabiduría de la madre del rey Lemuel, quien proporcionó una lista detallada del carácter de una mujer virtuosa, lo opuesto a la mujer odiosa (Pr 31:10-31).
La clave de la advertencia se encuentra en tres palabras: “cuando se casa”. La mujer odiosa es lo suficientemente engañosa como para alterar su conducta durante el noviazgo. Allí pone la trampa. Un hombre debe proceder muy lentamente, probándola muchas veces para ver si puede hacer que algo de su mal carácter salga a la luz, porque una vez que se case con ella será demasiado tarde para escapar.
La otra mujer semejante a la primera es “la sierva cuando hereda a su señora”. Dado que los tiempos modernos permiten a muy pocos el lujo y el privilegio de los sirvientes domésticos, puede ser difícil comprender de inmediato la advertencia y la lección aquí. En aras de la sabiduría que se pretende, debes transferir la advertencia principalmente a las situaciones laborales modernas.
En el pasado, cuando una sirvienta ganaba posición o privilegio comparable al de su ama, no pasaba mucho tiempo antes de que su actitud y conducta degeneraran debido al orgullo y la presunción. Dios ordenó la sociedad mediante diferentes roles y posiciones para los diversos participantes; cuando estos roles se modifican o se invierten, surgen problemas (Pr 27:8; Ec 10:5-7).
Sara y Agar ilustran el punto. Sara, desesperada por tener un hijo, le dio a su marido Abraham su sierva Agar como concubina (Gn 16:1-3). Cuando Agar concibió un hijo que sería el heredero de Abraham, su orgullo trastornó la tranquilidad doméstica al menos dos veces (Gn 16:4-6; 21:9-13). Abraham, por dirección de Dios, tuvo que echarla a ella y a su hijo para restaurar la paz en el hogar.
La sabiduría de Dios aquí advierte en contra de promover a una persona de baja condición social a una posición de honor, porque esto pondrá en evidencia su incapacidad de comportarse con clase y educación. Se enorgullecerá, se volverá prepotente e, incluso, tratará de vengarse de aquellas personas que la trataron mal antes de su enaltecimiento. Por esta razón, Pablo le encargó a Timoteo que no ordenara al ministerio a un “neófito”, es decir, a alguien inexperto en doctrina y práctica, porque la súbita posición elevada lo llevará a pecar con el mismo pecado que destruyó al diablo: el envanecimiento o soberbia (1 Ti 3:6).
Si has sido ascendido socialmente por el favor de la economía o la gestión laboral diligente, asegúrate de que tu humildad y agradecimiento asciendan proporcionalmente. Guárdate con toda diligencia, no sea que el favor de la movilidad social corrompa tu corazón, mente y desempeño. Le ocurrió a Satanás (que significa literalmente adversario), cuando era llamado “Lucero, hijo de la mañana” (Is 14:12), o Lucifer, (que significa portador de luz). ¿Cuál fue su pecado? Decir en su corazón:
“Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Is 14:13-14).
Tus ejemplos deben ser José, David y Daniel. Ascendidos mucho más que sus pares y hechos casi iguales o realmente iguales al rey, nunca perdieron de vista su posición como siervos, y fue esta misma actitud la que los hizo grandes a los ojos de Dios y de los hombres. Considera la increíble respuesta de David después de matar a Goliat (1 S 17:58).
Mejor aún, considera al Señor Jesucristo mismo. Promovido al trono del universo a la diestra del Padre (He 1:1-4), no tuvo ninguna de las ambiciones personales profanas y perversas que arruinaron a Lucifer (Is 14:12-15). Está comprometido con la obra del Padre como Sumo Sacerdote e Intercesor por Su pueblo, enteramente sometido a la voluntad de Dios (Lc 22:39-44; 1 Co 15:24-28). Él es “la [verdadera] estrella resplandeciente de la mañana” (Ap 22:16).
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