“El hombre saciado desprecia el panal de miel; Pero al hambriento todo lo amargo es dulce” (Pr 27:7).
Los pobres tienen una ventaja sobre los ricos: aprecian y disfrutan más las cosas cuando las tienen. La abundancia de los ricos les roba los placeres simples. Pero esta ventaja no depende sólo del estatus económico. El sabio puede elegirla para sí mismo. Al elegir la moderación en el uso y el consumo de todas las cosas, aumenta el placer que cada una de ellas puede proporcionarle.
El panal es muy bueno y dulce al paladar, uno de los mayores placeres de la creación (Pr 16:24; 24:13). Pero si un hombre está lleno de manjares exquisitos o se harta con una dieta ordinaria, la dulzura del panal le es insignificante y hasta puede causarle náuseas (Pr 25:16,27). Sin embargo, un hombre cansado y debilitado por el trabajo puede encontrar gran placer incluso en un simple guiso de legumbres (Gn 25:29-34).
El matrimonio es cosa dulce, don de Dios (Pr 5:18; Gn 2:18; Ec 9:9). Pero si una mujer descontenta se llena de fantasías de una vida mejor, fácilmente puede menospreciar a su marido y los placeres que debería estar disfrutando con él. Si considerara realistamente el estado de soledad en que viven muchas mujeres, encontraría placer incluso en su matrimonio promedio.
Una regla de sabiduría es vivir moderadamente. El sabio Agur oró para ser salvado tanto de la pobreza como de la riqueza: quería una alimentación austera, conveniente para una vida santa (Pr 30:7-9). Pablo aprendió a estar contento en cualquier circunstancia independientemente de la provisión (Fil 4:11-13): satisfecho o hambriento, todo estaba bien para él; y enseñó esta actitud a la luz de la venida del Señor Jesucristo (Fil 4:5).
El contentamiento, y el placer que crea, es una elección. Parte de la gran ganancia del contentamiento es el mayor disfrute que trae (Pr 15:15; 17:22; 1 Ti 6:6). Es posible estar contento con lo que se tiene, sea poco o mucho (He 13:5-6). Pablo les enseñó a los corintios esta práctica de dominio propio en todas sus actividades y ocupaciones (1 Co 7:29-32).
El mundo está obsesionado con la abundancia y el exceso. Esta generación tiene más que ninguna otra generación, pero pide a gritos aún más. Son adictos a todo, especialmente a la codicia. Cebados con todos los placeres imaginables, no están felices ni satisfechos con nada. Corren de una actividad a la siguiente, siempre en busca de un evento más satisfactorio que el anterior, y nunca encuentran lo buscan. Abruman sus sentidos en una loca búsqueda de realización, pero al final todo les es decepcionante (Ec 1:2-11).
Como una comida casera no les da placer, abusan de la comida chatarra. Como los eventos atléticos ordinarios no los satisfacen, inventan los deportes extremos. Aunque conducen solo uno a la vez, creen que poseer tres autos les proporcionará mayor placer. Como la monogamia no se corresponde con su obsesión por la variedad, eligen la fornicación y el adulterio como estilo de vida. Dado que un simple servicio de canto congregacional y predicación bíblica les resulta insípido, contratan raperos cristianos y bandas de adoración.
A menos que los justos tengan cuidado, estos hedonistas que nunca están contentos ni satisfechos con nada, les robarán la paz. Israel murmuró contra su suministro divino de maná (Nm 11: 4-9), entonces el Señor les dio a comer codornices hasta que las vomitaron (Nm 11: 18-20). Pero no aprendieron la lección; estaban casados con el descontento.
¿Estás contento con tu vida? ¿Estás verdaderamente satisfecho y en paz? ¿Es evidente para los demás el gozo de tu banquete espiritual? (Pr 15:13,15) ¿Disfrutas del placer simple de un panal? ¿Estás agradecido por placeres que aburrirían al mundo? ¿O te has unido a su carrera de ratas que llaman vida y a su obsesión por poseer siempre más en la vana búsqueda de la felicidad sin Dios?
No encontrarás la felicidad en otra actividad, otra meta, otra mujer, unas vacaciones exóticas, un auto nuevo, otro evento, una casa diferente, un trabajo mejor, un marido más romántico, etc. La felicidad es tener el corazón en paz con Dios, quien es la única Fuente verdadera de gozo, paz y esperanza. Sólo con Él, sean cuales sean tus circunstancias, encontrarás satisfacción e incluso el placer que creías no existía.
Sólo el contentamiento con lo que tienes trae gozo y paz. Y el contentamiento es una elección: la elección de estar satisfecho cuando hay poco y de tener apetito cuando hay mucho. Tal elección hace agradables tanto las cosas dulces como las amargas. Esta elección es la gran ganancia de los sabios, que valoran la piedad sobre las emociones (Sal 73:25-26; 1 Ti 6:6; He 13:5-6).
Cuanto más tienes de cualquier placer, menos satisfacción encuentras incluso en su incremento. Esto es cierto en cuanto a la comida, el sexo, el entretenimiento o casi cualquier placer. Una vida de moderación, de disciplina, de templanza, incluso de abstinencia temporal, maximizará el placer de las cosas tanto dulces como amargas. ¡Pruébalo! Por supuesto, no escucharás tal enseñanza en el mundo.
Fue cuando el hijo pródigo estaba en la pocilga, codiciando las algarrobas que comían los cerdos, que se dio cuenta de lo buena que era la comida de los jornaleros en la casa de su padre (Lc 15:16-17). ¿Cómo cayó en tal miseria? ¡Fantaseando con que el placer estaba en la ciudad del pecado! Si pones tu afecto en cualquier cosa de esta vida como necesaria para tu felicidad, creas una gran tentación para el pecado y te garantizas el desfallecimiento de ojos y la tristeza de alma de los ingratos (Dt 28:65-68).
No es una comida opípara lo que hace una gran cena; es amor en el hogar (Pr 15:17). No es un cónyuge diferente quien revivirá tu romanticismo, es amar al que ya tienes (Pr 5:19). Un hombre casado con una buena mujer, pero que está decepcionado con su matrimonio y no puede apreciar a la mujer que tiene, es el sujeto de este proverbio: el hombre saciado que desprecia el panal de miel. Si realmente considerara la vida del hombre sin una buena mujer, encontraría a la suya bastante dulce.
Los ricos de este mundo, llenos de actividades sociales, viajes y de planes de inversión, no tienen interés en el Cordero de Dios ni en Su reino espiritual. Están saciados y desprecian el panal de miel. El Señor Jesús explicó claramente a quiénes el Espíritu de Jehová le había enviado a predicar las buenas nuevas (Is 61:1-3). Los ricos son despedidos vacíos, y a los pobres colma de bienes (Lc 1:52-53).
El verdadero éxito en la vida es la piedad acompañada de contentamiento (1 Ti 6:6), y no hay ningún atajo o variación que funcione. A los que hacen del Señor su porción les espera un banquete continuo en esta vida y en la siguiente.
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