Friday, January 9, 2026

ECHA MANO DE LA VIDA ETERNA

 


Para que nuestra fe sea inquebrantable, debe basarse firmemente en tres verdades acerca de Dios: su amor perfecto, su poder absoluto y su sabiduría perfecta. Si estamos convencidos de su amor, también debemos estarlo de su poder soberano.

Por eso el Señor Jesús nos enseña a comenzar nuestras oraciones dirigiéndonos a Dios como “Padre nuestro que estás en los cielos.

Padre nuestro nos recuerda su amor perfecto. Que estás en los cielos nos recuerda que Él es el Dios Todopoderoso que gobierna todo lo que sucede en la tierra con absoluta soberanía. Siendo Dios, también es perfectamente sabio, y por eso ordena nuestros caminos con perfección según su sabiduría.

En cuanto a Dios, perfecto es su camino, y acrisolada la palabra de Jehová; escudo es a todos los que en él esperan. Porque ¿quién es Dios sino solo Jehová? ¿Y qué roca hay fuera de nuestro Dios? Dios es el que me ciñe de poder, y quien hace perfecto mi camino (Sal 18:30-32).

Si Dios no fuera perfecto en amorpoder y sabiduría, nuestra fe no tendría un fundamento adecuado. Pero como Él es las tres cosas, no tenemos por qué temer.

La fe es la confianza del creyente en Dios; es total confianza en su amor perfecto, su poder absoluto y su sabiduría perfecta.

La mayoría de los creyentes reconocemos fácilmente que la sabiduría de Dios es perfecta. Que Sus caminos son más altos que nuestros como los cielos son más altos que la tierra.

Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos (Is 55:8-9).

Por eso, a menudo no podemos comprender cómo obra Dios ni cómo ordena nuestros asuntos. Si un hijo no puede comprender todos los caminos de su padre, no es de extrañar que nosotros tampoco podamos comprender todos los caminos de Dios. Sin embargo, a medida que crecemos espiritualmente y participamos más de la naturaleza divina, comenzaremos a comprender cada vez más los caminos de Dios.

La soberanía absoluta de Dios sobre todas las personas y circunstancias es un asunto que muchos creyentes aún dudan. Puede que lo confiesen con sus bocas, pero no  están convencidos en sus corazones, no creen que en realidad que la soberanía absoluta de Dios “se aplique en las situaciones de la vida diaria. Sin embargo, las Escrituras están llenas de ejemplos de cómo Dios obró soberanamente a favor de su pueblo, a menudo de las maneras más inesperadas.

Muchos están familiarizados con las formas obviamente milagrosas en las que Dios obró a favor de Su pueblo, como la liberación de los israelitas de Egipto, etc. Pero a menudo pasan por alto los milagros en los cuales Dios volvió la situación que Satanás había preparado contra Sus escogidos contra Satanás mismo. Hay muchos casos así en las Escrituras. La horca que Amán había hecho preparar para Mardoqueo se utilizó para romper su propio cuello y el de sus diez hijos (Est 7:10; 9:13-14). Los que maquinaron contra Daniel fueron devorados por los mismos leones que pasaron la noche en paz con el profeta en el foso (Dn 6:21-24).

Pero veamos el caso de José, porque es un ejemplo clásico que sienta un precedente para todos los posteriores. 

Dios tenía un plan para el undécimo hijo de Jacob: convertirlo en el segundo gobernante de Egipto cuando cumpliera treinta años.

José era un muchacho virtuoso y temeroso de Dios y, por lo tanto, Satanás lo odiaba. Así que Satanás instigó a sus hermanos mayores a matarlo. Pero Dios se aseguró de que no le quitaran la vida. Todo lo que pudieron hacer contra él fue venderlo a unos ismaelitas nómades. ¿Pero adónde llevaron a José estos ismaelitas? A Egipto, por supuesto. Este era el cumplimiento del primer paso del plan de Dios—recordemos los dos sueños proféticos que Dios le había dado a José (Gn 37:5-11). 

En Egipto, José fue comprado por Potifar. Esto también fue planeado por Dios. La mujer de Potifar era una mujer malvada. Encaprichada con José, intentó seducirlo una y otra vez. Finalmente, al ver que no lo conseguía, acusó falsamente a José y lo mandó a la cárcel. ¿Pero a quién encontró José en la cárcel? ¡Al copero del faraón! Dios había dispuesto que el copero del faraón también fuera encarcelado al mismo tiempo para que José pudiera conocerlo. Ese fue el segundo paso del plan de Dios.

El tercer paso de Dios fue permitir que el copero del faraón se olvidara de José durante dos años después de ser puesto en libertad. 

“El jefe de los coperos no se acordó de José, sino que lo olvidó. Aconteció que pasados dos años tuvo Faraón un sueño... Entonces el jefe de los coperos habló a Faraón... (Gn 40:23; Gn 41:1-9).

Ese era el momento, según el calendario de Dios, para que José fuera liberado de la prisión. El Salmo 105 se refiere específicamente a este evento mencionando el nombre de José:

Hasta la hora que se cumplió su palabra, el dicho de Jehová le probó. Envió el rey, y le soltó; el señor de los pueblos, y le dejó ir libre (Sal 105:19-20).

José tenía ahora 30 años. El tiempo de Dios había llegado. Así que Dios le dio a Faraón un sueño. Y Dios también le recordó al copero que José era el intérprete de su sueño. Así, José se presentó ante Faraón y se convirtió en el segundo gobernante de Egipto. La sincronización de Dios con los acontecimientos en la vida de José no pudo haber sido más perfecta.

Nunca se nos habría ocurrido poner las piezas como Dios las puso. Si hubiéramos tenido el poder de planificar la vida de José, probablemente habríamos evitado que le hicieran daño y lo hubiéramos llevado al trono de Egipto en un lecho de rosas. Pero la manera en que Dios lo hizo fue mejor, porque tenía que probar el carácter de José.

Es un milagro mucho mayor cuando el mal que nos hacen se transforma en el cumplimiento de los propósitos de Dios para nosotros. Dios se deleita en revertirle la situación a Satanás, en hacerlo caer en el pozo que cavó para su víctima (Sal 7:15-16), para que todo obre para el bien de Sus elegidos (Ro 8:28).

Ahora apliquemos estos acontecimientos a nuestras circunstancias.

¿Cuál debe ser nuestra actitud ante los hombres impíos, los hermanos que nos envidian, las mujeres que nos acusan falsamente, los amigos que prometen ayudarnos pero luego nos olvidan, o ante ser encarcelados injustamente?

¿Creemos que el Señor es lo suficientemente soberano como para usar a todas estas personas y todo lo que ellas hacen contra nosotros, ya sea de manera deliberada o accidental, para ayudar en el cumplimiento de Su propósito para nuestras vidas? Si lo hizo por José, ¿no lo hará también por nosotros? Ciertamente puede y lo hará.

Pero hay una salvedad. Alguien podría haber arruinado todo el plan de Dios para la vida de José. El propio José. 

Si hubiera cedido a las tentaciones de la mujer de Potifar, o si hubiera sido un mal mayordomo en el servicio a Potifar, sin duda Dios lo habría desechado y todo Su plan habría quedado en nada con José. Habría tenido que buscar a otro joven virtuoso, tal vez Benjamín; pero varios años habrían tenido que pasar para que el plan de Dios de poner a un hebreo en el trono de Egipto se cumpliera.  

Solo hay una persona en el universo que puede arruinar y frustrar el plan de Dios para tu vida: tú mismo.

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Ro 8:28).

“Si amas a Dios”, esto es, si como José te mantienes fiel al Señor en medio de las pruebas de la vida, nadie puede arruinar el propósito de Dios para ti. Ni tus amigos ni tus enemigos. Ni los ángeles ni Satanás. Tú eres el único que puede arruinar el propósito del Señor para ti. Una vez que comprendas esto, te liberarás de muchos de tus miedos y de las actitudes erróneas hacia quienes te hacen daño. Ellos son peones en el tablero de ajedrez del Señor, quien está probando tu carácter y moldeándote a Su imagen al hacerte pasar por el agua y por el fuego (Nm 31:23; Sal 66:12; Is 43:2). No te dejes robar. “Echa mano de la vida eterna” (1 Ti 6:12).

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