Saturday, January 24, 2026

SI EL SEÑOR NO EDIFICARE LA CASA




“Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas, Y mira con cuidado por tus rebaños” (Pr 27:23).

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Todo hombre debe tener una profesión o negocio rentable, porque el trabajo productivo es la voluntad de Dios. Pero cada hombre debe cuidar con precaución su profesión o negocio, porque cualquiera de los dos puede desaparecer fácilmente por muchas causas. La buena administración de tu negocio u ocupación es parte importante de la sabiduría enseñada en Proverbios.

¿Por qué es importante? Porque la vida en un mundo pecaminoso está llena de cambios, y un buen negocio u oficio puede declinar y terminar en un abrir y cerrar de ojos. El rey Salomón usó dos ejemplos para demostrar su punto: los ricos se empobrecen y los reyes son depuestos (Pr 27:24).

Los ricos de generaciones anteriores no son los ricos de esta generación. Las riquezas no son para siempre, se desvanecen por muchas causas. El éxito económico es temporal. De igual manera, los reyes que alguna vez rigieron poderosos imperios, han desaparecido. 

Salomón vio tal cambio político de primera mano. El rey Saúl, el primer rey de Israel, y su familia, fueron aniquilados; sólo quedó Mefiboset, un hijo de Jonatán. David, el padre de Salomón, reemplazó a Saúl, y ni siquiera era de la misma tribu de Israel. Y el hijo de Salomón, Roboam, perdió diez de las doce tribus debido a una sola decisión estúpida. La corona no perdura cada generación. El éxito político es temporal.

Asimismo, el mundo laboral y el de los negocios puede cambiar de forma drástica y rápida. Se han perdido negocios y empleos por cambios en las leyes, depresiones económicas, expansión excesiva, negligencia y pereza, nuevos inventos, competencia insuperable, cambios en los impuestos, guerras, revoluciones políticas, desastres naturales, robos, cambios culturales, muertes, tendencias de consumo, etc.. Las arenas movedizas de la economía global pueden tragarse a aquellos que no son diligentes en proveer para el futuro.

Un trabajo, negocio, ocupación, u oficio, es una bendición de Dios. Y Él espera que el sabio la cuide bien. La diligencia es necesaria y demandada (Pr 22:29; Gn 3:17-19; Ro 12:11; 1 Ts 4:11-12). La previsión también es necesaria y demandada (Pr 6:8; 22:3; 27:12; 30:25). David nombró a confiables administradores para que cuidaran de sus bienes (1 Cr 27:25-31). Y Ezequías, que amaba la agricultura, hizo esfuerzos costosos para mantenerla productiva (2 Cr 26:10).

El sabio observa cambios y tendencias en su área de trabajo. No se sorprende cuando su trabajo o negocio ya no es rentable. ¿Tu trabajo todavía está en demanda? ¿O tu profesión está en declive? ¿Estás al tanto de los cambios técnicos? ¿Tienes un plan para lo que harás dentro de diez años? ¿Es una expectativa válida o necesitarás capacitación o un nuevo trabajo? ¿Te has tomado el tiempo sabiamente para mantenerte valioso? ¿Tienes una habilidad transferible, capital líquido, contactos profesionales, o los tres, para ayudarte en el futuro?

Todos estos asuntos requieren diligencia, y Salomón te exhorta a que seas diligente en considerarlos cuidadosamente. No es suficiente seguir yendo al mismo trabajo u operando el mismo negocio todos los días. También necesitas medir la viabilidad futura de tu trabajo o negocio y hacer los cambios necesarios ahora para evitar pérdidas mañana.

El proverbio llama a la diligencia en tu ocupación, no al miedo. Ya que no puedes prever el mañana con seguridad, debes confiar en el Dios que tiene tu futuro en Sus manos. Haz lo mejor que puedas ahora para proveer para el futuro, y confía en el Señor para el resto. Porque sin Su bendición, “en vano trabajan los que edifican” y “en vano vela la guardia” (Sal 127:1). 

Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, Y que comáis pan de dolores; Pues que a su amado dará Dios el sueño (Sal 127:2).

El ministro del evangelio, que es un pastor de un  rebaño, debe ser diligente en la supervisión de la grey de Dios asignada a su cuidado (1 P 5:1-4). Un gran día de juicio viene también para él, y mucho más severo (1 Co 3:11-17; Stg 3:1).

El proverbio enseña una lección obvia, que no requiere mayor interpretación sino que demanda una aplicación literal: 

Sé diligente en conocer el estado de tu ocupación o negocio, y mira con cuidado por tu trabajo.

El Señor Jesús, quien es el Buen Pastor, cumple este proverbio a cabalidad: 

“Y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Jn 10:2-4). 

Él es diligente en conocer el estado de Sus ovejas, y mirar con cuidado por Sus rebaños. ¿Eres tú una de Sus ovejas?

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Friday, January 23, 2026

AUNQUE MAJES AL NECIO EN UN MORTERO...




“Aunque majes al necio en un mortero entre granos de trigo majados con el pisón, No se apartará de él su necedad” (Pr 27:22).

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¿Hay esperanza para el necio? No, según este proverbio. Unas pocas excepciones no alteran la regla general. No importa lo que hagas para ayudar a un necio incorregible, seguirá siendo necio porque no tiene corazón para la sabiduría. He aquí un profundo proverbio basado en una metáfora agrícola que le da fuerza y belleza.

Hay esperanza para un niño necio, incluso para un adulto que se ha comportado neciamente (Sal 51:1-5); pero no hay esperanza para un necio incorregible. Él es lo que es; no puedes ayudarlo (Pr 17:10,12; 29:9). Debes evitarlo, y aceptar que algunas personas nunca cambiarán.

¿Quién es un necio incorregible? Es uno que ha rechazado a Dios y la fe evangélica con palabras o con hechos (Sal 14:1; 53:1; Tit 1:16). Es demasiado orgulloso y obstinado para ser instruido, por lo que sólo la divina providencia puede encargarse de él para intentar cumplir la voluntad de Dios en su vida (Pr 10:8; 12:1; 14:16; 26:3).

El necio incorregible es arrogantemente confiado en sí mismo, por lo que continúa en su insensatez sin cautela ni reflexión (Pr 10:23; 12:15; 15:5; 17:16; 26:11; 28:26). Es egocéntrico y profano, interesado sólo en sus propios pensamientos (Pr 14:9; 17:24; 18:2; 20:3; Ec 10:2-3).

Todos nacemos necios, y la necedad permanece ligada en nuestros corazones si no recibimos la educación divina. En la infancia, el castigo corporal y la reprensión la pueden expulsar de los corazones receptivos (Pr 19:18; 22:15; 29:15). La necedad temporal se puede corregir así, con instrucción, disciplina, exhortación y advertencias bíblicas (Pr 1:5; 9:8-9; 19:20,25; 21:11; 25:12; 26:3). Pero los necios que no responden a estos medios que la Escritura a puesto a nuestra disposición, son incorregibles; deben ser encomendados al Señor, y ya.

Un mortero es un recipiente de piedra en forma de copa en el que se deposita grano para ser molido con un pisónuna especie mazo o garrote pequeño que cumple una función similar a la de un martillo. Majar el grano significa golpearlo, machacarlo, triturarlo hasta molerlo, hasta convertirlo en polvo. ¡La metáfora es poderosa! Enseña que ni tratando de machacar al necio en un mortero entre granos de trigo, podrás ahuyentar su necedad de él y hacerlo sabio.

¿Por qué? Porque nadie puede ser instruido en contra de su voluntad. Se requiere receptividad de parte del que es instruido. Si no la tiene, es un necio incorregible.

¿Cómo puedes tú dejar de ser un necio incorregible? El temor del Señor es el primer paso, porque es el principio de la sabiduría y el entendimiento (Pr 1:7; 9:10). Luego debes rechazar tus propios pensamientos y opiniones (Pr 16:25; 26:12). Después debes amar la instrucción y la reprensión bíblica para comenzar a adquirir sabiduría (Pr 9:8-9; 12:1). Y debes evitar a todos los necios, para no continuar siendo como ellos (Pr 9:6; 13:20).

El sabio identificará a los necios, y recordará que están más allá de toda ayuda y esperanza si no muestran interés en las Escrituras, y no perderá su tiempo ni su aliento con ellos (Pr 17:10,12; 29:9). No son dignos de instrucción, así que no los honres con ella (Pr 26:1,8; Mt 7:6). Solo les debes responder para cerrarles la boca (Pr 26:4-5; Mt 7:6). Si debes lidiar con un necio incorregible, encomiéndaselo al Señor y a Su providencia, es tu única opción (Pr 26:3; Sal 32:9). 

La mayoría de los necios de este mundo nunca fueron expuestos a la instrucción bíblica correcta. Pero aún si algunos lo fueron, debes aceptar el hecho de que aunque todo tipo de animal ha sido domado, todavía hay bestias rebeldes que son imposibles de ser amaestradas o entrenadas para que obedezcan al hombre. Así también, hay necios tan contrarios a las razones, la verdad y la sabiduría bíblicas que sólo el Señor podría lograr algo con ellos. 

Todos los hombres por naturaleza fuimos en algún momento necios e ignorantes de los caminos del Señor, no importa cómo nos hayan educado nuestros padres (Ef 2:1-3; 4:17-19; Ro 1:18-32). Incluso Pablo, que había recibido la mejor instrucción religiosa de su tiempo, admitió que antes había sido un necio (Tit 3:3). ¿Cómo puede un necio convertirse en sabio, como Pablo? Por el poder regenerador de Dios, quien es quien lo hace nacer de nuevo (Jn 1:13; 3:8; Hch 16:14; Tit 3:5); por el hábito de la oración diaria; y por el estudio reverente de las Sagradas Escrituras (2 Ti 3:15).

Esta poderosa obra de renacimiento espiritual le da al hombre la capacidad de ver, oír, conocer y hacer las cosas que le agradan a Dios (Jn 3:3; 8:43,47; 1 Co 2:14; Ro 8:7-8; Fil 2:12-13). Esta nueva naturaleza es verdaderamente sabia (1 Co 2:15). Una persona debe nacer de nuevo, primero, para poder obedecer el evangelio correctamente (Jn 3:7; Jn 5:24; 10:26; 1 Co 1:24; 2 Co 4:3-4; Hch 13:48). Este es sólo el primer paso (Pr 20:9; Job 14:4; Jn 3:6).

Es nuestro deber y privilegio temer a Dios, humillarnos ante mentores y consejeros espirituales, y rechazar la orgullosa rebelión que esclaviza el corazón y la mente del necio. Aunque este camino parezca arduo, es más fácil que ser machacado con un pisón en un mortero, lo que, según este proverbio, no es garantía de que la necedad se aparte del necio (Jn 8:24).

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¿TESTIGO DE JEHOVÁ O DE CRISTO?




En el sitio oficial de los Testigos de Jehová, en castellano en la sección de preguntas frecuentes, bajo el título ¿Qué creen los testigos de jehová?, se refieren a su creencia en Jesús de la siguiente manera:

 “Jesús. Seguimos las enseñanzas y el ejemplo de Jesucristo, y le damos honra porque es nuestro Salvador y el Hijo de Dios (Mt 20:28; Hch 5:31). Eso demuestra que somos cristianos (Hch 11:26). Sin embargo, la Biblia no enseña que Jesús sea el Dios todopoderoso ni apoya la doctrina de la Trinidad (Jn 14:28)” (enlace).

En este punto se puede ver la tremenda confusión y tergiversación de la verdad bíblica efectuada por los Testigos de Jehová. En un simple párrafo se declaran cristianos (Eso demuestra que somos cristianos) y al mismo tiempo niegan lo que los verdaderos cristianos creemos sobre el Señor Jesús.

Tal vez el punto común más importante entre los cristianos evangélicos y los testigos de Jehová es nuestra creencia y confianza en la Biblia como la máxima autoridad inspirada por Dios, sobre temas relacionados con Dios y sus expectativas para nosotros. Mientras que podemos entender las cosas de manera diferente, los testigos de Jehová deben ser elogiados por su diligencia en el estudio de las Sagradas Escrituras para conocer a Dios y su voluntad. Como los bereanos (Hch 17:10-11), seríamos sabios si examináramos todas las cosas en la vida a la luz de las Escrituras. 

Con ese fin, examinaremos los versículos de la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras (la versión de la Biblia publicada por la Sociedad Watchtower - La atalaya) para aclarar algunos malentendidos comunes.

El Nombre de Dios

Los cristianos recibimos este nombre por ser seguidores y adoradores de Jesucristo, llamados por primera vez “cristianos” en Antioquía durante el ministerio de Pablo (Hch 11:26). 

Pablo en varias ocasiones dejó en claro que para ser un cristiano uno debía ser testigo a los hombres con respecto a la persona de “Cristo”, y ser testigo de las palabras y obras de “Cristo”. Los testigos de Jehová, por otro lado, creen que deben enfocar su adoración exclusivamente en Dios el Padre (llamado en el Antiguo Testamento de la Biblia “Jehová”). 

El nombre “Jehová” en castellano, sin embargo, es un nombre híbrido creado por los cristianos al agregarle vocales al tetragramatón YHWH, que era la representación original de lo que ahora conocemos como Yavé en hebreo y Jehová en griego. Los cristianos evangélicos entendemos que el Señor Jesús es Dios en toda Su plenitud, igual en deidad, pero diferente en función de Dios el Padre. Los cristianos reconocemos que uno de los nombres de Dios es Jehová; sin embargo, hay muchos otros nombres y títulos que la Biblia usa en referencia a Dios.

Los testigos de Jehová creen y enseñan que el Señor Jesús es el Arcángel Miguel, y niegan categóricamente Su deidad. Como veremos, si entendemos al Señor Jesucristo como alguien inferior a Dios, muchos versículos de la Biblia no serán otra cosa que contradicciones obvias. 

Sabemos que la palabra de Dios es infalible y no se contradice a sí misma. Por lo tanto, debemos entender la verdad de la palabra de Dios de una manera que sea coherente y fiel a su revelación. Te darás cuenta de que estos mismos versículos carecen de cualquier contradicción si entendemos que Jesucristo es el Hijo de Dios—la plenitud de Dios en forma corporal—quien entregó sus derechos para ser el siervo sufriente y el sacrificio por nuestros pecados. 

(Todos los versículos a continuación son citados directamente de la traducción de los testigos de Jehová - La Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras.)

La Gloria de Dios

(Versículos con respecto a Dios el Padre)

Isaías 42:8: "Yo soy Jehová. Ese es mi nombre; y a ningún otro daré yo mi propia gloria, ni mi alabanza a imágenes esculpidas".

Isaías 48:11 "...Y a ningún otro daré mi propia gloria".

(Versículos acerca de Jesucristo)

Juan 8:54: "... Es mi Padre quien me glorifica, el que ustedes dicen que es su Dios".

Juan 16:14: "Aquel me glorificará...".

Juan 17:1: "Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu hijo...".

Juan 17:5: "Así que ahora, Padre, glorifícame al lado de ti mismo con la gloria que tenía al lado de ti antes que el mundo fuera".

Filipenses 2:10: "para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los [que están] en el cielo y de los [que están] sobre la tierra y de los [que están] debajo del suelo".

Hebreos 5:5: "Del mismo modo también, el Cristo no se glorificó a sí mismo mediante llegar a ser sumo sacerdote, sino [que fue glorificado por aquel] que habló respecto a él: “Tú eres mi hijo; yo, hoy, yo he llegado a ser tu padre".

El Salvador

(Acerca del Padre)

Isaías 43:3: "Porque yo soy Jehová tu Dios, el Santo de Israel tu Salvador".

Isaías 43:11: "Yo... yo soy Jehová, y fuera de mí no hay salvador”.

Isaías 45:21: "¿No soy yo, Jehová, fuera de quien no hay otro Dios; un Dios justo y un Salvador, pues no hay ninguno a excepción de mí?".

(Acerca de Jesucristo)

Lucas 2:11: "porque les ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo [el] Señor".

Hechos 13:23: "De la prole de este [hombre], según su promesa, Dios ha traído a Israel un salvador, Jesús".

Tito 1:4: "...Que haya bondad inmerecida y paz de parte de Dios [el] Padre y de Cristo Jesús nuestro Salvador".

¿En cuyo nombre se supone que debemos tener fe?

(Dicho de Jesucristo o por Jesucristo)

Juan 14:12: "Muy verdaderamente les digo: El que ejerce fe en mí, ese también hará las obras que yo hago...".

Hechos 4:12: "Además, no hay salvación en ningún otro, porque no hay otro nombre debajo del cielo que se haya dado entre los hombres mediante el cual tengamos que ser salvos”.

Hechos 26:18: "...y una herencia entre los santificados por [su] fe en mí".

Apocalipsis 2:13: "Sé dónde moras, es decir, donde está el trono de Satanás; y sin embargo sigues teniendo firmemente asido mi nombre, y no negaste tu fe en mí...".

Juan 20:28-29: "En contestación, Tomás le dijo: '¡Mi Señor y mi Dios!' Jesús le dijo: '¿Porque me has visto has creído?'".

Juan 20:31: "Pero estas han sido escritas para que ustedes crean que Jesús es el Cristo el Hijo de Dios, y que, a causa de creer, tengan vida por medio de su nombre".

Hechos 2:38: "Pedro les [dijo]: “Arrepiéntanse, y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo...".

1 Juan 3:23: "En verdad, este es su mandamiento: que tengamos fe en el nombre de su Hijo Jesucristo...".

¿Creado o Creador?

Los testigos de Jehová enseñan que Jehová creó a Jesucristo como un ángel, y que Jesucristo entonces creó todas las cosas. ¿Qué dicen las Escrituras?

(Acerca del Padre)

Isaías 66:2: "Ahora bien, todas estas cosas mi propia mano las ha hecho, de manera que todas estas llegaron a ser".

Isaías 44:24: "Yo, Jehová, estoy haciendo todo, extendiendo los cielos, yo solo...".

(Acerca de Jesucristo)

Juan 1:3: "Todas las cosas vinieron a existir por medio de él, y sin él ni siquiera una cosa vino a existir." Si todas las cosas vinieron a la existencia a través de Jesucristo, él no podría haber sido creado porque él está incluido en el "todo".

Condición, Nombres y Títulos de Jesucristo y Jehová

Isaías 9:6: "Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; y el regir principesco vendrá a estar sobre su hombro. Y por nombre se le llamará Maravilloso Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz”.

Apocalipsis 1:8: "Yo soy el Alfa y la Omega —dice Jehová Dios—, Aquel que es y que era y que viene, el Todopoderoso”.

Apocalipsis 1:17-18: "... Yo soy el Primero y el Último, y el viviente; y llegué a estar muerto, pero, ¡mira!, vivo para siempre jamás, y tengo las llaves de la muerte y del Hades".

Apocalipsis 2:8: "...Estas son las cosas que él dice, ‘el Primero y el Último’, que llegó a estar muerto y llegó a vivir [de nuevo]:".

Apocalipsis 22:12-16: "‘¡Mira! Vengo pronto, y el galardón que doy está conmigo, para dar a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin... Yo, Jesús, envié a mi ángel para darles a ustedes testimonio de estas cosas para las congregaciones. Yo soy la raíz y la prole de David, y la brillante estrella de la mañana".

Apocalipsis 21:6-7: "Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. A cualquiera que tenga sed le daré de la fuente del agua de la vida gratis. Cualquiera que venza heredará estas cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo." 

Si Jehová es el Alfa y la Omega (la primera y la última de las letras griegas), entonces el principio y el fin debe referirse a Jehová, como afirman los testigos. ¿Pero cuando murió Jehová? El único principio y fin que murió y vivió otra vez es el Señor Jesucristo (Ap 2:8).

Hebreos 1:13: "Pero ¿con respecto a cuál de los ángeles ha dicho él alguna vez: “Siéntate a mi diestra, hasta que coloque a tus enemigos como banquillo para tus pies?”

La Verdad y la Unidad

La expiación sustitutiva del Señor Jesús fue aceptada por el Padre por una sola razón: Dios acepta solamente Su propia justicia. La justicia de un hombre o un ángel no es suficiente. No puede cumplir el santo y perfecto estándar de la ley justa de Dios. El Señor Jesucristo fue el único sacrificio adecuado porque Él es la justicia de Dios, y como la ley de Dios requería sangre derramada, el Señor Jesucristo se hizo carne para que pudiese ser un rescate para todos aquellos que creen en Su nombre.

Si entendemos que el Señor Jesucristo es Dios encarnado, entonces todos los versículos anteriores se pueden entender como verídicos y mutuamente coherentes en sus declaraciones. También pueden ser entendidos claramente con razón simple, tomados al pie de la letra. Sin embargo, si intentamos sugerir que el Señor Jesús es algo menos que Dios—el Arcángel Miguel—entonces estos versículos son mutuamente excluyentes y no pueden ser verdad, si se toman en su contexto natural. Por lo tanto, la verdad de la palabra de Dios exige que debamos tener otro entendimiento en el que toda la Escritura esté unificada, interconectada, interdependiente, y sea inerrante y verdadera. 

Esta verdad unificadora puede encontrarse solamente en la persona y la deidad del Señor Jesucristo. Veamos la verdad revelada en las Escrituras tal como es, no como cada uno de nosotros quisiera que sea, y que Dios reciba toda la gloria.

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LA DIVINA PROVIDENCIA



La divina providencia es el gobierno de Dios por medio del cual Él, con sabiduría y amor, cuida y dirige todas las cosas en el universo. La doctrina de la divina providencia afirma que Dios tiene el control total de todas las cosas. Él es soberano sobre todo el universo (Sal 103:19), el mundo físico (Mt 5:45), los asuntos de las naciones (Sal 66:7), el destino humano (Gl 1:15), los éxitos y fracasos humanos (Lc 1:52) y la protección de Su pueblo (Sal 4:8). Esta doctrina se opone directamente a la idea de que el universo está gobernado por el azar o el destino.

A través de la providencia divina, Dios lleva a cabo Su voluntad. Para asegurar que Sus propósitos se cumplan, Dios gobierna los asuntos de los hombres y obra a través del orden natural de las cosas. Las leyes de la naturaleza no son más que la obra de Dios en el universo. Las leyes de la naturaleza no tienen poder inherente, sino que son los principios que Dios estableció para gobernar el funcionamiento normal de las cosas. Solo son "leyes" porque Dios las decretó.

¿Cómo se relaciona la providencia divina con la voluntad humana? Sabemos que los seres humanos tenemos libre albedrío, pero también sabemos que Dios es soberano. Nos resulta difícil comprender cómo se relacionan entre sí esas dos verdades, pero vemos ejemplos de ambas en las Escrituras. Saulo de Tarso perseguía implacablemente a la iglesia, pero, al mismo tiempo, "daba coces contra el aguijón" de la providencia de Dios (Hch 26:14).

Dios odia el pecado y juzgará a los pecadores. Dios no es el autor del pecado, no tienta a nadie a pecar (Stg 1:13) y no aprueba el pecado. Al mismo tiempo, es obvio que Dios permite cierto grado de pecado. Debe tener una razón para permitirlo temporalmente, aunque lo odie.

Un ejemplo de la providencia divina en las Escrituras se encuentra en la historia de José. Dios permitió que los hermanos de José lo secuestraran, lo vendieran como esclavo y luego le mintieran a su padre durante años sobre su destino. Esto fue malvado, y Dios estaba descontento. Sin embargo, al mismo tiempo, todos sus pecados contribuyeron a un bien mayor: José terminó en Egipto, donde fue nombrado primer virrey. José utilizó su posición para sostener al pueblo de una amplia región durante una hambruna de siete años, incluida su propia familia. Si José no hubiera estado en Egipto antes de que comenzara la hambruna, millones de personas, incluidos los israelitas, habrían muerto. ¿Cómo llevó Dios a José a Egipto? Providencialmente, permitió a sus hermanos la libertad de pecar. La providencia divina de Dios se reconoce directamente en Génesis 50:15-21.

Otro caso claro de la providencia divina que prevalece sobre el pecado es la historia de Judas Iscariote. Dios permitió que Judas mintiera, engañara, robara y, finalmente, traicionara al Señor Jesús, entregándolo en manos de Sus enemigos. Todo esto fue una gran maldad. Sin embargo, al mismo tiempo, todas las intrigas y maquinaciones de Judas condujeron a un bien mayor: la salvación de la humanidad. Jesús tuvo que morir a manos de los romanos para convertirse en el sacrificio por el pecado. Si Él no hubiera sido crucificado, todavía estaríamos en nuestros pecados. ¿Cómo llevó Dios a Cristo a la cruz? Dios permitió providencialmente a Judas la libertad de realizar una serie de actos malvados. El Señor Jesús lo afirma claramente en Lucas 22:22: 

“El Hijo del Hombre va según se ha determinado; pero ¡ay de aquel hombre por quien Él es entregado! (Lc 22:22)

Notemos que el Señor enseña tanto la soberanía de Dios (“"el Hijo del Hombre va según se ha determinado”) como la responsabilidad del hombre (“¡ay de aquel hombre por quien Él es entregado!”). Hay un equilibrio.

La providencia divina se enseña en Romanos  

“Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito” (Ro 8:28). 

“Todas las cosas” significa “todas las cosas”. Dios nunca pierde el control sobre nada. Satanás puede hacer lo peor, pero incluso el mal que está destrozando el mundo está trabajando para un propósito final mayor. Todavía no podemos verlo. Pero sabemos que Dios permite las cosas por una razón y que Su plan es bueno. Debe ser frustrante para Satanás. No importa lo que haga, descubre que sus planes se ven frustrados y que al final sucede algo bueno.

La doctrina de la providencia divina se puede resumir de esta manera: Dios, en la eternidad pasada, en el consejo de su propia voluntad, ordenó todo lo que sucederá; sin embargo, en ningún sentido Dios es el autor del pecado, ni se elimina la responsabilidad humana

El medio principal por el cual Dios lleva a cabo Su voluntad es a través de causas secundarias (por ejemplo, las leyes de la naturaleza y la elección humana). En otras palabras, Dios suele obrar indirectamente para llevar a cabo Su voluntad.

A veces, Dios también actúa directamente para cumplir Su voluntad. Estas obras son lo que llamamos milagros. Un milagro es cuando Dios altera, durante un breve periodo de tiempo, el orden natural de las cosas para cumplir Su voluntad. La luz resplandeciente que cayó sobre Saulo en el camino a Damasco es un ejemplo de la intervención directa de Dios (Hch 9:3). El frustrado plan de Pablo de ir a Bitinia es un ejemplo de la guía indirecta de Dios (Hch 16:7). Ambos son ejemplos de la providencia divina en acción.

Hay quienes dicen que el concepto de que Dios orquesta directa o indirectamente todas las cosas destruye cualquier posibilidad de libre albedrío. Si Dios tiene el control total, ¿cómo podemos ser verdaderamente libres en las decisiones que tomamos? En otras palabras, para que el libre albedrío tenga sentido, debe haber algunas cosas que estén fuera del control soberano de Dios, por ejemplo, la contingencia de la elección humana. Supongamos, por el bien del argumento, que esto es cierto. ¿Y entonces qué? Si Dios no tiene el control total de todas las eventualidades, ¿cómo podría garantizar tu salvación? Pablo dice en Filipenses 1:6 que: 

“El que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús (Fil 1:6). 

Si Dios no tiene el control de todas las cosas, entonces esta promesa, y todas las demás promesas divinas, están en duda. 

Además, si Dios no tiene el control de todas las cosas, entonces no es soberano, y si no es soberano, entonces no es Dios. Por lo tanto, el precio de mantener las eventualidades fuera del control de Dios da como resultado la creencia de que Dios no es realmente Dios. Y si nuestro libre albedrío puede prevalecer sobre la providencia divina, entonces, ¿quién es Dios en última instancia? Nosotros. Esa conclusión es inaceptable para cualquiera que tenga una cosmovisión bíblica. La providencia divina no destruye nuestra libertad. Más bien, la providencia divina toma en cuenta nuestra libertad y, en la infinita sabiduría de Dios, establece un curso para cumplir la voluntad de Dios.

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LA LABRANZA NO TIENE ALABANZA




El crisol prueba la plata, y la hornaza el oro, y al hombre la boca del que lo alaba” (Pr 27:21).

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La plata y el oro se identifican, separan y refinan de sus impurezas, en un crisol u horno de purificación. Ahí, la prueba del calor separa los minerales básicos y viles del metal precioso. El resultado final aísla al metal puro, dejándolo listo para usarse en joyería fina. 

Así, la alabanza es una prueba de fuego para la mayoría de las personas (Pr 17:3). Si un hombre tiene un carácter bajo o vil, la alabanza lo hará orgulloso, engreído y arrogante. Si un hombre tiene un carácter bueno o fuerte, no le afectará en absoluto. Continuará en su camino sencillo y humilde, glorificando a Dios y agradeciendo cualquier bien que pueda hacer por los demás.

La alabanza es una prueba severa para tu alma. La alabanza revelará qué tipo de persona eres. ¿Tienes un espíritu de humildad piadosa o un espíritu de orgullo diabólico? ¿Anhelas la alabanza de los hombres? ¿Calienta, esta, tu alma? ¿O sabes muy bien que no es del todo sincera? ¿La temes? ¿Entiendes completamente que todo lo que eres o tienes es un regalo de Dios?

¿Qué tienes que no te haya sido dado? Y si lo que tienes es un obsequio de Dios, ¿cómo puedes enorgullecerte o gloriarte en ello, como si fuera tu logro? La única diferencia entre tú y los demás es el don de Dios (1 Cor 4:7). ¡Alábalo a Él!

Aquellos enseñados por el Espíritu Santo reconocerán el gran peligro de la alabanza de los hombres. Deberías saber que eres inflamable, para mantener a distancia hasta la más mínima chispa de los elogios. Debes temer más la alabanza de los hombres que la reprensión del sabio, porque esta última da los buenos frutos de la humildad y la instrucción, pero la otra puede ser la causa de tu ruina y destrucción. La semilla del orgullo yace latente hasta en el alma más santa, y una pequeña alabanza puede ser suficiente para otorgarle un crecimiento explosivo y extenso que sofocará tu fecundidad espiritual y te atraerá el juicio del Señor.

Ya has sido advertido acerca de los elogios en este capítulo de Proverbios. Primero, se te dijo que sean otros los que te alaben, sin que tú hagas ningún esfuerzo por atraer tal alabanza (Pr 27:2). Segundo, se te dijo que las reprensiones y las heridas del que ama son mejores que el fingimiento y los besos falsos del que halaga (Pr 27:5-6). Luego se te enseñó a ignorar los elogios y halagos excesivos, porque son más una maldición que una bendición (Pr 27:14). ¿Entiendes y practicas cada una de estas advertencias sobre la alabanza de los hombres? ¿Captas el peligro y la tentación para tu alma?

David, después de matar a Goliat, podría haber escrito su propio panegírico. La opinión pública le habría asegurado el trono; después de todo, había sido ungido rey (1 S 16:1-13). Pero él le dijo a Saúl que era simplemente un hijo del siervo de Saúl, Isaí de Belén (1 S 17:58). Cuando Saúl le ofreció su hija como esposa, David pensó que el honor era demasiado alto para él (1 S 18:17-24). Fue totalmente humilde a pesar de la adulación generalizada hacia su persona, y por su humildad se ganó el corazón de Jonatán (Pr 22:11).

La mayoría de los hombres no son como David. La envidia de Saúl lo destruyó porque Israel alababa a David más de lo que lo alababan a él (1 S 18:6-11). Absalón, acostumbrado a escuchar alabanzas a lo largo de toda su vida, usó alabanzas para robar el corazón de los hombres viles de Israel (2 S 14:25; 15:1-6). El orgulloso Herodes debería haberse postrado sobre su rostro en arrepentimiento, y debió haber reprendido a los cabilderos mentirosos de Tiro y Sidón, para salvarse así de morir comido por gusanos (Hch 12:20-23). Diótrefes se ganó la severa reprimenda de Juan por amar la preeminencia en la iglesia del Señor (3 Jn 1:9).

Faltaría tiempo para escribir sobre el carácter dorado de José, Daniel y los apóstoles del Señor Jesús. Los dos primeros no permitieron que los puestos exaltados en los que los puso el Señor afectaran sus espíritus humildes y santos. Y los apóstoles, que con poder milagroso para sanar y resucitar eran alabados como dioses, rechazaron rotundamente tal blasfema pretensión (Hch 3:11-12; 10:25-26; 14:11-18; 28:1-6).

Por la delicada naturaleza del oficio, un candidato a pastor no puede ser un neófito, no sea que lo alto del cargo lo haga caer en la condenación del diablo (1 Ti 3:6). Satanás se envaneció debido a lo exaltada de su posición y aspiró, incluso, a ser como el Altísimo (Is 14:9-15). Es un ejemplo perpetuo del peligro de la vanagloria y de la severa condenación de Dios hacia ella.

El sabio Agur, profeta incluido en este libro de Proverbios, se consideró inepto para impartir sabiduría (Pr 30:1-3). El rey Salomón se consideró un niño sin habilidad para gobernar la gran nación de Israel en un conversación privada con Dios (1 R 3:7). Y el más grande de los apóstoles se consideró a sí mismo menos que el más pequeño de todos los santos, y el primero de los pecadores (Ef 3:8; 1 Ti 1:15).

Considera también al bendito Señor Jesucristo, que dejó Su trono de gloria para hacerse siervo entre los hombres (Fil 2:5-8). Incluso pidió que Sus milagros no se difundieran, porque no estaba interesado en lo más mínimo en la alabanza de los hombres (Mr 7:36).

Prepárate con anticipación para que cuando se te ofrezca el elixir letal de la alabanza, puedas rechazarlo y dirigir cortés y humildemente la atención al Señor, de quien descienden todas tus bendiciones. No eres nada sin Él, y debes darle siempre toda la gloria debida a Su nombre.

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