“El hombre cargado de la sangre de alguno huirá hasta el sepulcro, y nadie le detendrá” (Pr 28:17).
Los asesinos deben ser condenados a muerte inmediatamente. La pena capital por asesinato es santa, justa, necesaria y sabia. No hay nada que considerar o debatir. Cualquier pensamiento en contra de ella es locura diabólica, rebelión contra Dios y odio por la vida humana. Cualquier cómplice, defensor o pacifista que entorpezca la ejecución de la pena capital debe correr la misma suerte.
El proverbio es simple y claro: Los asesinos deben ser ejecutados de inmediato. El asesinato es un acto violento contra la vida humana y el Dios que creó y da la vida. Todos los hombres deben ayudar al proceso de la santa justicia para enviar rápidamente al asesino a su sepulcro y ante el eterno Juez. Si no estás de acuerdo con este proverbio, tienes un problema, porque Dios y Salomón tienen razón.
La sangre de Abel clamó desde la tierra a Dios en la primera generación de la familia humana (Gn 4:9-12). Aunque Abel ya no podía clamar físicamente, su sangre lo hizo por él en los oídos omniscientes de Jehová. Él la escuchó claramente y en voz alta, y maldijo a Caín. Y sigue escuchando el clamor de la sangre de cada víctima asesinada.
¿De dónde sacó Caín la violenta idea de asesinar a su hermano? ¡Del diablo, que ya había asesinado a Adán y Eva! (Gn 3:1-6; Jn 8:44; 1 Jn 3:12) Cualquier asesino, u opositor a la pena capital para él, es simplemente un títere del diablo. También se pueden aplicar a Satanás los nombres Abadón (hebreo) y Apolión (griego), porque él es “el destructor” (Ap 9:11) de vidas humanas. Pero el bendito Señor Jesús, que es la Vida misma, lo ha reservado para el tormento eterno.
Dios declaró temprano en el nuevo mundo:
“Porque ciertamente demandaré la sangre de vuestras vidas; de mano de todo animal la demandaré, y de mano del hombre; de mano del varón su hermano demandaré la vida del hombre. El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (Gn 9:5-6).
Cuando un asesinato se lleva a cabo, el asesino debe ser ejecutado; y si los hombres no hacen el trabajo, ¡el Señor lo hará!
Dios declaró esta ley para la tierra justo después de ahogar en el diluvio a todos los hombres, mujeres y niños por su malvada violencia (Gn 6:11-13)—a todos, excepto a una familia. Las palabras fueron declaradas a Noé unos 1.000 años antes de la Ley de Moisés. Y todas las naciones sabias la han obedecido desde entonces (Hch 28:4; Ro 13:4). Moisés simplemente la puso por escrito (Ex 20:13; 21:12-36; 22:2-3; Lv 24:17; Nm 35:9-34; Dt 19:1-21; 1 Ti 1:9).
En la religión de Dios no hay piedad civil ni sentimentalismo tonto por los asesinos, incluso si ruegan misericordia y se declaran inocentes (Dt 19:11-13; 1 S 15:32-33). Dios incluso demandó que la familia de la víctima hiciera los honores (2 S 21:1-9). Sería mucho mejor hoy para la generación actual ver algunas ejecuciones públicas reales en lugar de rapear sobre asesinatos violentos como una “expresión legítima de su cultura juvenil”.
En la religión de Dios, no hay juicios con jurado, apelaciones, juicios nulos, defensores públicos, suspensiones de ejecución, indultos, demostraciones de amnistía u otros obstáculos para el pronto ajusticiamiento de los asesinos. Dos testigos es todo lo que se necesita (Dt 19:15-21). Sin retrasos; sin prisión; sin última cena.
El mandamiento “No matarás”, no tiene nada que ver con la obligación civil de dar muerte a los asesinos. Razonar de esta manera es perverso. La prohibición es en contra de asesinar a sangre fría, con premeditación y alevosía, en tiempo de paz y por parte de un civil no autorizado. “No matarás” no contradice otros mandamientos de juicio civil. La pena capital y la guerra son deberes del estado (o gobierno) de una nación. El estado (o gobierno) queda excluido de esta prohibición general de quitar la vida como castigo retributivo.
El Nuevo Testamento no alteró en absoluto el castigo por asesinato. El Señor Jesús dijo:
“No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mt 5:17).
Su revocación del “ojo por ojo” fue solo para corregir la mala aplicación de esta ley a la venganza personal (Mt 5:38-42). Pablo dijo que la ley era buena para condenar a los homicidas y todos los infractores de la ley (1 Ti 1:8-11). Dijo que la pena de muerte civil es un mandamiento de Dios (Ro 13:1-7), e incluso justificó su propia ejecución, si era digno de ella (Hch 25:11).
Por supuesto, toda justicia humana es imperfecta. Pero esto no altera la necesidad de ella. Habrá raras excepciones cuando se ejecute a personas inocentes. Pero la justicia imperfecta es infinitamente superior a la ausencia total de justicia. Proteger la mera posibilidad de unos pocos a expensas de muchos miles es ridículo. Que todo hombre tome precauciones para evitar incluso la apariencia del mal, para que no sea acusado falsamente. Si los falsos testigos y los jueces corruptos fueran ejecutados rápidamente, como exige estrictamente la Biblia, las muertes injustas serían muy escasas.
Los judíos clamaron por la sangre de Jesús de Nazaret (Mt 27:25). Cambiaron la vida de un asesino sedicioso, Barrabás, por la vida inocente del Cordero de Dios. Cuando en su juicio ante Herodes y Pilato demostró su inocencia, gritaron: “Sea crucificado” Clamaron:
“Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos” (Mt 27:25).
¡Y así fue! ¡Gran holocausto! El Señor envió a matar de hambre a más de un millón de judíos con el ejército romano bajo el general Tito en el año 70 d.C. Él había profetizado este evento justo como venganza por el derramamiento de Su sangre inocente (Mt 23:35-36).
El bendito Señor tomó el sexto mandamiento, “No matarás”, y lo aplicó ampliamente a la ira injustificada y a los insultos (Mt 5:21-26). También argumentó que el pensamiento de adulterio era igual a la acción (Mt 5:27-32), como lo habían hecho otros antes que Él (Pr 6:25; 24:9; Job 31:1-12; Mal 2:10-16). La ley de Dios es sumamente amplia (Sal 119: 96). (Ver No Matarás)
¿Eres un asesino? ¿Te has arrepentido con temor y temblor?
¿Puede Dios perdonar a un asesino? ¡Definitivamente! La sangre preciosa de Cristo puede limpiar la culpa y el castigo de cualquier pecado. Perdonó a David, y perdonó a Saulo de Tarso. Jesús murió como el Sustituto de muchos asesinos, lo que resultará en una alabanza gloriosa por la eternidad. Pero Su misericordia en satisfacción legal a Dios no modifica nuestro deber.
Donde abunda el pecado, ya sea en magnitud o en multitud, abunda mucho más la gracia (Ro 5:20-21). Que todo asesino, de cualquier tipo, huya al único altar del perdón donde el Salvador asesinado suplica:
“Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34).
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