Lázaro, también llamado “Lázaro, de Betania” (Jn 11:1), era el hermano de María y Marta. Estos tres hermanos eran amigos y discípulos del Señor Jesús, y Él los amaba (Jn 11:5).
Una vez, un mensaje urgente llegó de Betania al Señor: Su amigo Lázaro había enfermado, y María y Marta querían que Él viniera para sanarlo, porque estaba a punto de morir. Entonces, Jesús desconcertó a Sus discípulos. Dijo:
“Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Jn 11:4).
Entonces Jesús permaneció dos días donde estaba, antes de sugerir que volvieran a Judea donde estaba Lázaro, pero también donde los enemigos del Señor recientemente también habían intentado apedrearlo (Jn 11:5-8). Durante el retraso del Señor, Lázaro murió, pero Jesús se refirió a Lázaro diciendo:
“Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle” (Jn 11:11).
Los discípulos le respondieron: “Señor, si duerme, sanará” (Jn 11:12). Entonces el Señor Jesús les dijo claramente que Lázaro había muerto, pero aun así iban a verlo (Jn 11:14).
Tomás expresa perfectamente la frustración de los discípulos al decir: “Vamos también nosotros, para que muramos con él” (Jn 11:16).
A Tomás no le gustó la decisión de Jesús de a ir a Betania, porque sabía del peligro que involucraba tal viaje (Jn 11:8).
Cuando llegaron a la casa de Lázaro en Betania, encontraron a María y a Marta desconsoladas. Habían enterrado su hermano cuatro días antes. Jesús no había venido a salvarlo. Estaban confundidas y frustradas, aunque su fe en Jesús estaba intacta (Jn 11:17-36).
Cuando el Señor llegó al lugar de la tumba en que estaba Lázaro, hizo que los discípulos quitaran la piedra de la entrada. Luego “clamó a gran voz”:
La multitud alrededor de la tumba se asombró cuando “el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario” (Jn 11:44).
Muchos de los que vieron este milagro creyeron en Jesús en ese momento, pero otros corrieron a informar lo sucedido a los líderes religiosos. Este fue el milagro que selló el destino de Jesús con los fariseos y los saduceos. “Desde aquel día acordaron matarle” (Jn 11:53).
Los líderes judíos no solo conspiraron para acabar con la vida de Jesús, sino también con la de Lázaro:
Las noticias corrieron rápido y muchas personas querían ver al hombre que había sido resucitado de entre los muertos. Alarmados, los fariseos convocaron una reunión del Sanedrín, el cuerpo gobernante de Israel. Es probable que Lázaro estuviera relatando su experiencia una y otra vez, lo que resultó en la desesperada decisión de los fariseos: Lázaro debía morir, ¡otra vez! En las mentes oscurecidas de los líderes del templo, Lázaro, la última prueba de la afirmación de Jesús de ser el Mesías, tenía que morir.
Después de que Lázaro resucitara, se reunió con sus hermanas María y Marta en la casa que compartía con ellas (Jn 12:1-2). Estuvo presente cuando María derramó el perfume costoso sobre la cabeza y los pies de Jesús, y los limpió con su cabello (Jn 12:1-8). Conociendo el milagro que Jesús había realizado recientemente, y creyendo que pronto sería crucificado, se comprende por qué María estaba tan llena de gratitud que no dudó en llegar a tal extremo.
Todo el episodio de la enfermedad, la muerte y resurrección de Lázaro, obró para dar mayor gloria a Dios, y para aumentar la fe de los seguidores del Señor Jesús, así como Él había dicho que sería cuando oyó de la enfermedad de Lázaro. Justo antes de que resucitara a Lázaro, Jesús oró:
La oración de Jesús fue respondida: Lázaro volvió a la vida, y
Cuando Jesús llamó a Lázaro, éste salió de la tumba resucitado. No era un zombi, un medio muerto o un muerto viviente, sino que estaba completamente vivo y sano. Tal es el poder de Jesús el Hijo de Dios.
Las Escrituras no registran lo que Lázaro experimentó durante sus cuatro días en el sepulcro. Podemos suponer que su alma estuvo en el paraíso durante esos cuatro días. También es posible que cuando el Señor dijo: “Nuestro amigo Lázaro duerme” (Jn 11:11) se estuviera también refiriendo a que Lázaro no tendría ninguna conciencia ni ningún recuerdo de los cuatro días en que estuvo muerto. El silencio de las Escrituras al respecto parece apoyar más ésta segunda hipótesis.
Después que Lázaro fue levantado de entre los muertos, los jefes de los sacerdotes y los fariseos conspiraron para matarlo, porque muchos que testificaron del milagro creyeron en Jesús (Jn 12:9-11). Los enemigos del Señor no podían negar el milagro; la mejor alternativa, en su opinión, era destruir la evidencia; en este caso, la evidencia era la persona viva: Lázaro mismo.
Sin embargo, no pudieron detener la propagación de la verdad.
Cuando llegaron a la casa de Lázaro en Betania, encontraron a María y a Marta desconsoladas. Habían enterrado su hermano cuatro días antes. Jesús no había venido a salvarlo. Estaban confundidas y frustradas, aunque su fe en Jesús estaba intacta (Jn 11:17-36).
Cuando el Señor llegó al lugar de la tumba en que estaba Lázaro, hizo que los discípulos quitaran la piedra de la entrada. Luego “clamó a gran voz”:
“¡Lázaro, ven fuera!” (Jn 11:43).
La multitud alrededor de la tumba se asombró cuando “el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario” (Jn 11:44).
Muchos de los que vieron este milagro creyeron en Jesús en ese momento, pero otros corrieron a informar lo sucedido a los líderes religiosos. Este fue el milagro que selló el destino de Jesús con los fariseos y los saduceos. “Desde aquel día acordaron matarle” (Jn 11:53).
Los líderes judíos no solo conspiraron para acabar con la vida de Jesús, sino también con la de Lázaro:
“Pero los principales sacerdotes acordaron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús” (Jn 12:10-11).
Las noticias corrieron rápido y muchas personas querían ver al hombre que había sido resucitado de entre los muertos. Alarmados, los fariseos convocaron una reunión del Sanedrín, el cuerpo gobernante de Israel. Es probable que Lázaro estuviera relatando su experiencia una y otra vez, lo que resultó en la desesperada decisión de los fariseos: Lázaro debía morir, ¡otra vez! En las mentes oscurecidas de los líderes del templo, Lázaro, la última prueba de la afirmación de Jesús de ser el Mesías, tenía que morir.
Después de que Lázaro resucitara, se reunió con sus hermanas María y Marta en la casa que compartía con ellas (Jn 12:1-2). Estuvo presente cuando María derramó el perfume costoso sobre la cabeza y los pies de Jesús, y los limpió con su cabello (Jn 12:1-8). Conociendo el milagro que Jesús había realizado recientemente, y creyendo que pronto sería crucificado, se comprende por qué María estaba tan llena de gratitud que no dudó en llegar a tal extremo.
Todo el episodio de la enfermedad, la muerte y resurrección de Lázaro, obró para dar mayor gloria a Dios, y para aumentar la fe de los seguidores del Señor Jesús, así como Él había dicho que sería cuando oyó de la enfermedad de Lázaro. Justo antes de que resucitara a Lázaro, Jesús oró:
“Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado” (Jn 11:41-42).
La oración de Jesús fue respondida: Lázaro volvió a la vida, y
“Entonces muchos de los judíos que habían venido para acompañar a María, y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él” (Jn 11:45).
Cuando Jesús llamó a Lázaro, éste salió de la tumba resucitado. No era un zombi, un medio muerto o un muerto viviente, sino que estaba completamente vivo y sano. Tal es el poder de Jesús el Hijo de Dios.
Las Escrituras no registran lo que Lázaro experimentó durante sus cuatro días en el sepulcro. Podemos suponer que su alma estuvo en el paraíso durante esos cuatro días. También es posible que cuando el Señor dijo: “Nuestro amigo Lázaro duerme” (Jn 11:11) se estuviera también refiriendo a que Lázaro no tendría ninguna conciencia ni ningún recuerdo de los cuatro días en que estuvo muerto. El silencio de las Escrituras al respecto parece apoyar más ésta segunda hipótesis.
Después que Lázaro fue levantado de entre los muertos, los jefes de los sacerdotes y los fariseos conspiraron para matarlo, porque muchos que testificaron del milagro creyeron en Jesús (Jn 12:9-11). Los enemigos del Señor no podían negar el milagro; la mejor alternativa, en su opinión, era destruir la evidencia; en este caso, la evidencia era la persona viva: Lázaro mismo.
Sin embargo, no pudieron detener la propagación de la verdad.
La Biblia no nos da más información sobre Lázaro. Los detalles adicionales provienen de la “tradición” o historia extra-bíblica de la iglesia.
Una tradición sostiene que, después de la ascensión de Jesús al cielo, Lázaro y sus hermanas se mudaron a Chipre, donde Lázaro se convirtió en el obispo/pastor de Kition y murió de causas naturales en el año 63 d.C. Otra tradición afirma que Lázaro y sus hermanas se mudaron a Galia para predicar el evangelio, y Lázaro se convirtió en el obispo/pastor de Marsella, donde fue decapitado bajo la tiranía del emperador Domiciano.
Si alguna de estas tradiciones fuera cierta, tal vez las palabras del Señor cuando “clamó a gran voz”:
... significaron más para Lázaro que tan solo salir de la tumba. Tal vez también significaron que saliera de Betania, de Jerusalén, de Israel:
No se sabe, en verdad, qué fue de Lázaro después de su resurrección. Pero podemos estar seguros de dos cosas:
1) Que su cuerpo físico murió una segunda vez, y que será resucitado nuevamente de entre los muertos para unirse a todos los santos de Dios en la eternidad (1 Co 15:51-53; 1 Ts 4:14-17).
“¡Lázaro, ven fuera!” (Jn 11:43).
... significaron más para Lázaro que tan solo salir de la tumba. Tal vez también significaron que saliera de Betania, de Jerusalén, de Israel:
“Y se fue, y comenzó a publicar...cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban” (Mr 5:20).
No se sabe, en verdad, qué fue de Lázaro después de su resurrección. Pero podemos estar seguros de dos cosas:
1) Que su cuerpo físico murió una segunda vez, y que será resucitado nuevamente de entre los muertos para unirse a todos los santos de Dios en la eternidad (1 Co 15:51-53; 1 Ts 4:14-17).
Y...
2) Que no pudo dejar de contar lo que había experimentado, lo que era desde el principio, lo que había oído, lo que había visto con sus ojos, lo que había contemplado y palparon sus manos tocante al Verbo de vida (1 Jn 1:1; Hch 4:20).
2) Que no pudo dejar de contar lo que había experimentado, lo que era desde el principio, lo que había oído, lo que había visto con sus ojos, lo que había contemplado y palparon sus manos tocante al Verbo de vida (1 Jn 1:1; Hch 4:20).
Porque “no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch 4:20). La experiencia personal de la verdad es tan poderosa que no se puede callar, prevaleciendo la gratitud y obediencia al Señor sobre las amenazas humanas o la presión social. Esto se basa en haber sido testigo directo de los hechos, lo que genera una convicción inquebrantable. No es solo una orden, sino una necesidad interna fruto de la fe que ha transformado la vida del individuo. Ante amenazas o prohibiciones, la prioridad es obedecer a Dios antes que a los hombres. El impacto de lo vivido impulsa naturalmente a la comunicación del mensaje.
“¡Lázaro, ven fuera!” (Jn 11:43).
Es el clamor a gran voz con el que el Señor llama a cada creyente que Él ha resucitado de entre los muertos, para que vaya y cuente “cuán grandes cosas” ha “hecho Jesús con él”; para que todos se maravillen (Mr 5:20).
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