“Hacer acepción de personas no es bueno; Hasta por un bocado de pan prevaricará el hombre” (Pr 28:21).
Un hombre justo se cuida de ser siempre imparcial. Evita corromper la justicia o la verdad. Pero un hombre necio mostrará parcialidad, cuando el compromiso o la transigencia pueda beneficiarlo. Este rasgo de carácter malvado hace que un hombre sea vulnerable incluso a las tentaciones más pequeñas.
Advertencias contra la codicia y la avaricia rodean este proverbio (Pr 28:19; Pr 28:20; Pr 28:22).
La Biblia advierte repetidamente contra el hacer acepción de personas: El acto de favorecer, preferir o inclinarse hacia ciertas personas por motivos subjetivos, afectos particulares o conveniencias, en lugar de actuar con imparcialidad, implica injusticia al distribuir derechos o trato, ignorando méritos o aptitudes. La verdadera equidad y el juicio justo nunca consideran a las personas involucradas, sino que miran solo los hechos y la justicia del caso. Dios condena esta forma de hipocresía en muchos lugares de la Escritura (Pr 17:23; 18:5; Ex 23:2,8; Dt 1:17; 16:19; 2 Cr 19:7; Stg 2:1-10).
Proverbios declara en otra parte:
“También estos son dichos de los sabios: Hacer acepción de personas en el juicio no es bueno” (Pr 24:23).
Y el Señor declaró a través de Moisés:
“No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lv 19:15).
“Dios no hace acepción de personas” (Hch 10:34). Esto significa que la gracia divina y Su juicio son universales y no se basan en nacionalidad o condición social.
Al principio, un hombre puede necesitar un soborno considerable para torcer la justicia y comprometer su decisión, porque sus inhibiciones contra la corrupción le impedirán ser tentado por poco dinero. Pero una vez que cede, ha cauterizado parte de su conciencia, y le es mucho más fácil pecar la próxima vez. Pronto se ve reducido a violar la verdad y la justicia por un “bocado de pan” (casi nada en absoluto). La primera vez que cedió, sentó un precedente moral y mental que dejó la puerta entreabierta para futuras incursiones del pecado. Si no se arrepiente pronto y enfrenta las consecuencias, no hay forma alguna de que herede el reino de Dios (1 Co 6:9-10).
Considera tu propia parcialidad. ¿Sientes antipatía hacia un profesor que criticó a tu hijo? ¿Sirves a los miembros más pudientes de la iglesia mejor que a los más pobres? ¿Eres más misericordioso hacia tus amigos y cercanos, y pasas por alto sus faltas con más facilidad, que la de los no-tan-cercanos? ¿Aplicas la política de la empresa por igual a amigos y enemigos en el lugar de trabajo? ¿Eres justo en el trato que le das a cada uno de tus hijos, o eres más bien como Isaac y Jacob? (Gn 37:3; Gn 25:28).
Los ministros de Jesucristo son seriamente advertidos contra el hacer acepción de personas, y contra el mostrar parcialidad en las decisiones y juicios en la iglesia (1 Ti 5:21), porque esta actitud es una marca distintiva del profano réprobo que admira y promueve a los más favorecidos de una sociedad (Jud 16). Los ministros de Jesucristo no deben ser hombres dados a la parcialidad, porque serán más severamente juzgados (Stg 3:1).
El hacer acepción de personas no puede mezclarse con la fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo (Stg 2:1), pues es totalmente incompatible con la perfecta integridad del Señor y de sus verdaderos discípulos. Incluso los enemigos del Señor reconocieron que Él era impecablemente virtuoso en este asunto también (Mt 22:16). Además, hacer acepción de personas es una vergüenza para los creyentes porque la clase de hombres a la que los cristianos se sienten tentados a favorecer a menudo son los peores enemigos del evangelio (Stg 2:2-10).
Este proverbio te enseña la gran importancia de la justicia, la verdad y la rectitud: La imparcialidad. Un hombre piadoso asentará su corazón y decidirá temprano que siempre dirá y hará lo correcto, sin importar las consecuencias a enfrentar o las presiones de su familia, amigos o colegas. Este principio de piedad debe inculcarse en el niño cuando todavía es muy pequeño, y luego debe hacerse cumplir a lo largo de su desarrollo.
El proverbio describe este pecado como un “pecado contra la justicia”, al no atender a los méritos o necesidades de las personas, sino a los prejuicios o conveniencias. También enseña el peligro del precedente, el engaño del pecado y el daño a la conciencia. Una vez que comprometes tus convicciones, es más fácil volver a hacerlo. Cuando lo hayas hecho varias veces, tendrás una multitud de hombres malvados esperando aún más de ti por menos recompensa.
¿Cuál es la cura? Isaías la da:
“A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo” (Is 8:13).
Exalta a Dios y su amor por la justicia tan alto como debes hacerlo, y teme hacer cualquier cosa que lo ofenda. No temas a los que pueden matar el cuerpo (Pr 29:25; Lc 12:4-5; Ex 18:21-22).
“Confía en Jehová, y haz el bien; Y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad” (Sal 37:3).
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