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Monday, February 23, 2026

MENOS ES MÁS

 


Se apresura a ser rico el avaro, Y no sabe que le ha de venir pobreza” (Pr 28:22).

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La avaricia es el afán desmedido y egoísta de acumular, atesorar o poseer riquezas y bienes, superando las necesidades básicas y sin intención de compartir o gastar lo acumulado. La avaricia es considerada uno de los “pecados de exceso”, junto con la gula y la lujuria. Se caracteriza por una conducta tacaña, falta de generosidad y, a menudo, el miedo a la escasez. Se diferencia de la codicia en que se centra en conservar y atesorar lo que ya se tiene, mientras que la codicia es el deseo insaciable de obtener siempre más.

La ambición, la codicia y la avaricia son los pecados clásicos que conducen a la destrucción espiritual (Pr 28:20; 1 Ti 6:7-10). El sabio se contenta con su situación económica, y se deja enriquecer por Dios; no atesorará riqueza, ni lenta ni apresuradamente.

La prisa por hacerse rico es el ansia de poseer más de lo que se tiene. El avaro se siente frustrado por un trabajo ordinario y descontento con un salario ordinario. Cree que se merece algo mejor; envidia a los hombres de éxito; quiere tener lo que ellos tienen; cree que otros le deben algo; se permite tener pensamientos materialistas. Y no quiere gastar lo que ya tiene, sea poco o mucho. Este pecado pervierte su visión. Mide a los demás por cuánto podría obtener de ellos en lugar de cuánto podrían ellos obtener de él por su servicio a ellos.

Su corazón y sus ojos están obsesionados con gastar lo menos posible, y ojalá enriquecerse de cualquier forma. Está constantemente pensando en ganar más dinero. Quiere comprar por debajo del valor del mercado, y vender por encima del valor del mercado. Desprecia cualquier actividad que no le permita acumular más dinero. Odia la caridad, odia dar, pero le encanta recibir. En todos sus pensamientos sobre el dinero, pasa por alto una gran consideración: Dios llevará al avaro a la pobreza.

Pero el sabio ofrenda y practica la caridad con los necesitados, sabiendo que esto conduce a la verdadera prosperidad; sabe que el pensamiento tacaño conduce a la pobreza y al resentimiento (Pr 11:24-26). El sabio considera al pobre y le da (Pr 19:17; Sal 41:1). Sabe que el de temor de Dios, la paz y la justicia son mejores que las riquezas sin estas virtudes (Pr 15:16-17; 16:8; 17:1; 28: 6; Sal 37:16). Los sabios tienen buena visión espiritual, ven correctamente cuáles son las prioridades de la vida (Pr 22:9).

En el tiempo del Señor, los recaudadores de impuestos y los soldados invasores a menudo usaban su estatus para practicar la codicia y la avaricia, por eso Juan el Bautista los llamó a contentarse con lo que tenían y a devolver lo que habían tomado injustamente (Lc 3:12-14). Incluso al comprar algo, debes odiar la avaricia y pagar el precio justo (Pr 20:14).

Los herejes, como los gurús de las mega-iglesias de hoy, profesan que la ganancia es piedad. Pero los sabios desprecian las riquezas y son generosos con los que de verdad están en necesidad, porque conocen las palabras de la Sagrada Escritura, que dice:

“Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores...  A los ricos de este siglo [Dios les] manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna” (1 Ti 6:6-10,17-19)

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