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Saturday, August 15, 2026

SALVACIÓN, SEGUNDA VENIDA, VIDA CRISTIANA

         



I. SEGURIDAD ETERNA VS. SEGURIDAD CONDICIONAL

Dos puntos de vista sobre la seguridad del creyente —conocidos en los círculos teológicos como calvinismo y arminianismo— han producido dos conjuntos de escrituras para respaldar sus respectivas posturas.

El calvinismo, cuyo nombre proviene de Juan Calvino (1509-1564), sostiene que quienes verdaderamente se convierten jamás perderán su salvación. Esta posición, comúnmente llamada seguridad eterna, enfatiza pasajes bíblicos sobre la fe, la gracia, la predestinación, la elección y la soberanía de Dios.

Por otro lado, el arminianismo, de Jacobus Arminius (1560-1609), sostiene que algunos, aunque se conviertan, pueden perderse. Esta postura, a veces llamada seguridad condicional, enfatiza las Escrituras sobre el arrepentimiento, la vida cristiana y la responsabilidad del hombre ante Dios.

SEGURIDAD ETERNA 

Los cristianos que defienden la seguridad eterna creen que somos salvos únicamente por gracia; que fuimos escogidos y elegidos en Cristo antes de la creación del mundo. Por lo tanto, nuestras obras no tienen nada que ver con nuestra salvación ni con mantenerla. Solo aquellos elegidos serán atraídos a Cristo, y quienes lo sean, no se perderán jamás. Se cree que esto glorifica a Dios, porque se centra no en lo que hacemos, sino en lo que Él ya ha hecho por nosotros. De esta manera, se reafirma Su soberanía. Los siguientes versículos se citan a menudo para apoyar esta postura: 

Dios quien nos salvó y llamóno conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Ti 1:9). Y si por gracia, ya no es por obras (Ro 11:6).

“...según nos escogió en él antes de la fundación del mundo... habiéndonos predestinado...  según el puro afecto de su voluntad... en quien tenemos redención por su sangre... según las riquezas de su gracia... habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad (Ef 1:4-7,11).

Porque a los que antes conoció, también los predestinóa estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificóni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro 8:29-39).

Antes de que Rebeca, la esposa de Isaac, diera a luz a Esaú y a Jacob, (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menorTendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia (Ro 9:11-16).

Pedro dice que los creyentes hemos sido:

“...elegidos según la presciencia de Dios Padre...según su grande misericordia” (1 P 1:2-3).

El Señor Jesús dijo: 

Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere (Jn 6:44). Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Jn 6:37). “... yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano (Jn 10:28). No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca (Jn 15:16). 

Lucas añade: 

“... y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hch 13:48). Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos (Hch 2:47).

Antes de la conversión, los hombres están muertos en vuestros delitos y pecados” (Ef 2:1). Un hombre muerto no puede salvarse a sí mismo, por lo que la salvación debe ser enteramente obra de aquel que es el autor y consumador de la fe (He 12:2).  

Y: 

“... el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Fil 1:6). “... la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús... el cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo (1 Co 1:4-8).

LA SEGURIDAD CONDICIONAL

Por otro lado, los cristianos que creen que la seguridad eterna es condicional señalan que, si bien la salvación no se obtiene por obras, si uno es verdaderamente salvo, las buenas obras le seguirán. Citan numerosas advertencias bíblicas, advertencias que aparentemente carecerían de sentido si todos los creyentes gozaran automáticamente de seguridad eterna. Si bien Dios es soberano, el hombre es responsable ante Él. Los siguientes versículos se citan para apoyar esta postura:

Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma (He 10:39). ¿Acaso esto no implica que “algunos” retrocederán y su alma no se salvará?

Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados (Stg 5:19-20). ¿Acaso esto no implica que un hermano (un creyente) puede desviarse de la verdad, convertirse en pecador de nuevo y perder su alma?

“...si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado (2 P 2:20-21).

Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio (He 6:4-6). Si una persona se ha arrepentido, ha sido iluminada, ha probado el don celestial, ha participado del Espíritu Santo, ¿debemos suponer que en realidad nunca fue salva?

El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida (Ap 3:5). Al que pecare contra mí, a este raeré yo de mi libro (Ex 32:33). ¿Podría borrarse un nombre del libro de la vida si nunca hubiera estado escrito en él?

Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida (Ap 2:7). El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte (Ap 2:11). ¿Qué le pasará al que no venza? (Ver también Apocalipsis 2:17; 2:26; 3:5; 3:12; 3:21; 21:7).

el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Jn 2:17). ¿Acaso esto no implica que si uno no hace la voluntad de Dios no permanecerá para siempre? 

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7:21). ¿Acaso esto no implica esta declaración que algunos que creen en el Señor Jesús no hacen Su voluntad?

Pablo le advirtió a los Gálatas que no volvieran al judaísmo, porque si lo hacían:  

“... de nada os aprovechará CristoDe Cristo os desligasteis... de la gracia habéis caído (Gl 5:1-4). 

Pedro escribió, después de enumerar ocho cosas que deben ser añadidas a la fe: 

“... tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2 P 1:10,11). Si es imposible caer de la fe, ¿por qué estas advertencias?

Adán inicialmente tuvo comunión y posición con Dios, pero todos sabemos que cayó. Los ángeles que no guardaron su estatus original cayeron (Jud 6). Ramas que alguna vez fueron parte del olivo de Dios, fueron cortadas a causa de la incredulidad. 

Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará (Ro 11:20-21).

Mas quiero recordaros, ya que una vez lo habéis sabido, que el Señor, habiendo salvado al pueblo sacándolo de Egipto, después destruyó a los que no creyeron” (Jud 5). Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga (1 Co 10:11-12). Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo (He 3:12). ¿Puede alguien apartarse de Dios si nunca ha estado cerca de Él?

Varios textos que usan el “Si” condicional al referirse a la salvación implican que esta es condicional

“…Si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza” (He 3:6). “…Si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído” (Col 1:23). “…Si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano” (1 Co15:1-2).

GRACIA / RESPONSIBILIDAD

Irónicamente, quienes enfatizan la gracia de Dios (calvinismo) y quienes enfatizan la responsabilidad del hombre (arminismo), a veces citan los mismos pasajes. Poor ejemplo, quienes enfatizan la responsabilidad citan Filipenses 2:12: “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. Y quienes enfatizan la gracia citan Filipenses 2:13: “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”.

Quienes enfatizan la gracia citan Efesios 2:8-9: “Porque por gracia sois salvos… no por obras”. Y quienes enfatizan la responsabilidad citan el siguiente versículo: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Ef 2:10).

Los que enfatizan la gracia citan Tito 2:11: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres”. Pero quienes enfatizan la responsabilidad señalan los versículos que siguen: “enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente… celoso(s) de buenas obras” (Tit 2:12-14).

Quienes enfatizan la gracia citan Tito 3:5: “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia”. Pero quienes enfatizan la responsabilidad citan Tito 3:8: “... en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras”.

Quienes enfatizan la gracia citan Hebreos 10:38: “Mas el justo vivirá por fe”. Quienes enfatizan la responsabilidad podrían citar el resto del versículo: “Y si retrocediere, no agradará a mi alma”.

Quienes enfatizan la gracia citan Juan 6:37: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera”. Pero quienes enfatizan la responsabilidad citan el versículo 66: “...muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él” (Jn 6:66).

Quienes enfatizan la gracia citan Hebreos 5:9, que dice que Cristo es “autor de eterna salvación [no temporal]. Pero quienes enfatizan la responsabilidad citan el resto del versículo, que dice que Cristo es el autor de la salvación eterna “para todos los que le obedecen”.

Nótese cómo la gracia de Dios y la responsabilidad del hombre están entrelazadas en los escritos de todos estos escritores del Nuevo Testamento. Esta estrecha relación demuestra que no veían ningún conflicto en estas afirmaciones, ¡y nosotros tampoco deberíamos verlo! Si queremos vivir de acuerdo a “todo el consejo de Dios” (Hch 20:27) debemos aprender a armonizar las escrituras que, a primera vista, parecen contradecirse.

En su libro La Soberanía de Dios, Arthur W. Pink ha escrito:

Dos cosas son indiscutibles: Dios es soberano, y el hombre es responsable... Existe un peligro en sobreenfatizar la soberanía de Dios y minimizar la responsabilidad del hombre; de hecho, la historia ofrece numerosos ejemplos de ambos casos. Enfatizar la soberanía de Dios sin reconocer también la responsabilidad del hombre tiende al fatalismo; preocuparse tanto por la responsabilidad del hombre que se pierda de vista la soberanía de Dios es exaltar a la criatura y deshonrar al Creador.

EXTREMOS EN AMBAS POSTURAS

Obviamente, pueden darse situaciones extremas en ambos lados, como demuestran los siguientes ejemplos:

Juan se crio en un hogar cristiano y desde muy joven aceptó a Cristo como su Salvador. Durante años, su vida entera reflejó valores espirituales. Pero, al crecer, tras sufrir una dolorosa ruptura matrimonial, la pérdida de sus hijos y reveses en los negocios, empezó a beber en exceso, sus principios morales decayeron y su vida se convirtió en un desastre. Reconocía abiertamente que no vivía para Dios, ¡ni mucho menos! Sin embargo, habiendo sido instruido en la doctrina de la salvación eterna (una vez “salvo siempre salvo”), afirmaba que no podía perder su salvación, sino solo su recompensa en el cielo.

Oscar se encontraba en el otro extremo. Le habían enseñado que quienes finalmente se salvaran, se salvarían “como por fuego” (1 Co 3:15). La predicación en su iglesia era a veces tan dura que a menudo sentía que debía pasar al altar y ser salvo de nuevo. Era como si Dios tuviera un gran garrote en la mano, esperando a que se desviara o cometiera un error. Era como si un día fuera salvo y al siguiente perdiera su salvación, rebotando de un lado a otro. ¡Seguro que la verdadera salvación es mucho más que un oscilante péndulo como este!

Hace siglos, un énfasis excesivo en las obras condujo finalmente a la Reforma. Para muchos, la gracia de Dios se había oscurecido tras un laberinto de rituales. Se les enseñaba acerca de Cristo, incluso que murió por ellos y pagó el precio de sus pecados en la cruz. Pero debían esforzarse de alguna manera para merecer Su gracia. Una y otra vez debían asistir a la Misa. Debían hacer penitencia y buenas obras, siempre con la esperanza de la salvación, pero sin tener la certeza absoluta. Incluso en la hora de la muerte, podían necesitar algo más: las oraciones de María en su favor. Finalmente, a través del fuego purificador del Purgatorio, esperaban alcanzar el Cielo.

Con la Reforma se renovó el énfasis en la fe: “El justo por la fe vivirá” (Ro 1:17). Si la salvación dependiera de nuestras obras, no habría verdadera seguridad de salvación. Nunca seríamos lo suficientemente buenos. Sin embargo, la fe no excluye las obras. El Señor Jesús dice: Yo conozco tus obras... por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca(Ap 3:15-16). Las obras deben ser el resultado de la fe, no al revés.

A veces, el pensamiento humano se invierte. Hablamos de “truenos y relámpagos”, pero en realidad son relámpagos y truenos. Hablamos de “ponernos los zapatos y los calcetines”, ¡pero primero nos ponemos los calcetines! Hablamos de “ir y venir”, pero ¿cómo se puede ir sin antes venir? Supongamos que colocamos un remolque delante de nuestro vehículo e intentamos empujarlo hasta una ciudad lejana. ¡Qué difícil sería! Pero si el remolque sigue al vehículo, la cosa cambia. Lo mismo ocurre con la fe y las obras. La fe es lo primero; las obras vienen después.

Uno podría escuchar a Pablo hablar de la fe —“el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley” (Ro 3:28)— y llegar a una conclusión. Otro podría escuchar a Santiago hablar de las obras —“Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Stg 2:24)— y llegar a una conclusión diferente. Pero dado que ambos hombres fueron inspirados por el Espíritu de Dios, la verdad debe encontrarse en el balance. ¡Hay un equilibrio!

Incluso en los primeros tiempos de la iglesia, la predicación de Pablo sobre la gracia fue malinterpretada. Algunos suponían que promovía la permisividad, incluso que justificaba el pecado. “¿Y por qué no decir (como se nos calumnia... que nosotros decimos): Hagamos males para que vengan bienes?” (Ro 3:8). Claramente, esta no era su postura. “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?” (Ro 6:1). Su respuesta: “En ninguna manera” (Ro 6:2). 

Un hombre que una vez enseñó en un seminario bíblico me dijo: “Cualquier predicador que diga que una persona tiene que hacer algo para ser salvo, miente”. Le pregunté cómo explicaría el Día de Pentecostés cuando la gente, al escuchar el mensaje de Pedro, preguntó: “¿Qué haremos?” (Hch 2:37). Pedro no respondió: “No tienen que hacer nada”. Les dijo qué debían hacer: arrepentirse, bautizarse y recibirían el don del Espíritu Santo (Hch 2:38).

Si bien es cierto que antes de la conversión estábamos “muertos en nuestros delitos y pecados” (Ef 2:1), y obviamente, un muerto no puede hacer nada, no conviene llevar la analogía demasiado lejos. Un muerto no puede arrepentirse, pero Dios manda a todos los hombres que se arrepientan (Hch 17:30).

La idea de que el plan de Dios es tan inflexible que los hombres no pueden hacer nada, ¡incluso ha llevado a algunos a desaprobar el evangelismo misionero! Un ejemplo notable es el del reconocido misionero William Carey (1761-1834). Cuando Carey habló por primera vez de ir a la India como misionero, el anciano John Ryland le dijo: “Siéntese, joven. Cuando Dios decida salvar a los paganos, lo hará sin su ayuda”.

En su libro Conociendo las Doctrinas de la Biblia, Myer Pearlman lo resume todo en estas palabras:

Las posturas fundamentales del calvinismo y del arminianismo se enseñan en las Escrituras. El calvinismo exalta la gracia de Dios como la única fuente de salvación —y así lo afirma la Biblia—; el arminianismo enfatiza el libre albedrío y la responsabilidad del hombre —y así lo afirma la Biblia.

La solución práctica consiste en evitar los extremos contrarios a las Escrituras de ambas posturas y en abstenerse de oponer una a la otra. Porque cuando dos doctrinas bíblicas se oponen abiertamente, el resultado es una reacción que conduce al error.

Por ejemplo: un énfasis excesivo en la soberanía y la gracia de Dios en la salvación puede llevar a una vida negligente, pues si una persona llega a creer que su conducta y actitud no tienen nada que ver con su salvación, puede volverse descuidada. Por otro lado, un énfasis excesivo en el libre albedrío y la responsabilidad del hombre, como reacción contra el calvinismo, puede someter a las personas al legalismo y privarlas de toda seguridad. La anarquía y el legalismo: estos son los dos extremos que se deben evitar.

Cuando Finney ministraba en una comunidad donde se sobreenfatizaba la gracia, hacía hincapié en la doctrina de la responsabilidad del hombre. Cuando celebraba reuniones en una comunidad donde se destacaba la responsabilidad del hombre y las obras, enfatizaba la gracia de Dios. Y al dejar atrás los misterios de la predestinación y dedicarnos a la tarea práctica de llevr a las personas a la salvación, este asunto no nos preocupará. Wesley era arminiano y Whitefield calvinista. Sin embargo, ambos guiaron a miles de personas a Cristo.

Predicadores calvinistas piadosos como Spurgeon y Finney predicaron la perseverancia de los santos de tal manera que desalentaban la negligencia. Se cuidaron de señalar que, si bien un verdadero hijo de Dios seguramente perseveraría hasta el final, el hecho de que no lo hiciera pondría en duda si realmente había nacido de nuevo. Si una persona no buscaba la santidad, decía Calvino, haría bien en cuestionar su elección.

No es raro que en una congregación haya quienes crean de una manera y quienes crean de otra.  

Sugerimos que, por el bien de la comunión en el seno de una iglesia, la tercera opción más sabia es esta: encontrar el equilibrio bíblico entre ambas posturas evitando los extremos de ambas, aceptar las Escrituras acerca de ambas posiciones y aceptarnos unos a otros como miembros de la familia de Dios.

Sin embargo, si Dios te ha llamado a ser ministro de Su palabra, ya sea como maestro, predicador o pastor, debes serle absolutamente fiel sin hacer ninguna concesión a la hora de presentar la doctrina de la seguridad condicional (2 Ti 4:3).

Por ejemplo, ¿qué enseña el Señor Jesús en cuanto  a ella?

Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador: Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino. Y el que fue sembrado en pedregales, este es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. El que fue sembrado entre espinos, este es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa. Mas el que fue sembrado en buena tierra, este es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno (Mt 13:18-23; cf Jn 15:5-6).

Muchos creen y obedecen al principio, pero luego vuelven al mundo. Lo mismo enseñan todos los apóstoles. Pedro lo pone así:

Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno (2 P 2:20-22).

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II. LA SEGUNDA VENIDA

A muchos se nos dijo que la iglesia sería arrebatada antes de la llegada del Anticristo. Sin embargo, la Biblia enseña que la iglesia primero experimentará la gran tribulación, que es la persecución de los creyentes por parte del Anticristo: “Entonces os entregarán a tribulación” (Mt 24:21). Luego, en algún día y hora no precisados, la persecución del Anticristo será acortada (Mt 24:22) por el regreso de Cristo para resucitar y arrebatar a los creyentes antes del día de la ira de Dios: 

“E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días... aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo...y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mt 24:29,30,31).

El propósito por el cual la iglesia sufrirá grandemente justo antes de la segunda venida de Cristo será para purificarla, separando a quienes dicen tener fe de quienes realmente la poseen (Mt 13:24-30). Pero a los creyentes se les promete liberación antes del día de la ira del Señor. Por consiguiente, existe una importante distinción bíblica entre los eventos de la gran tribulación del Anticristo y el día de la ira del Señor. La gran tribulación del Anticristo estará dirigida contra la iglesia, seguida por el día de la ira del Señor dirigido contra los impíos. El apóstol Pablo afirma:

“Pero con respecto a la venida de nuestro Señor Jesucristo, y nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis mover fácilmente de vuestro modo de pensar, ni os conturbéis, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, en el sentido de que el día del Señor está cerca. Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición [el anticristo](2 Ts 2:1-3)

LA GRAN TRIBULACIÓN DEL ANTICRISTO

La gran tribulación comenzará con la abominación desoladora: 

“Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel” (Mt 24:15). 

“...porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mt 24:21). 

El Señor Jesús, tomando como referencia al profeta Daniel, usa esta expresión “abominación desoladora” para personificar al Anticristo como un ídolo detestable que causa sacrilegio: 

“Y desde el tiempo que sea quitado el continuo sacrificio hasta la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días” (Dn 12:11). 

Pablo describe al Anticristo como “el hombre de iniquidad”:

“... el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios (2 Ts 2:4; Dn 7:25; 11:36; Ap 13:5-6).

El Señor Jesús, Pablo y Juan en el libro del Apocalipsis advierten sobre el engaño satánico de las señales y prodigios asociados con el Anticristo (Mt 24:24; 2 Ts 2:9; Ap 13:13-14). La gran tribulación del Anticristo contra los creyentes, dice el Señor Jesús, será “cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mt 24:21;  Ap 13:11-18). Los creyentes que se nieguen a obedecer las demandas del Anticristos serán perseguidos, y los que cedan ante ellas perderán su salvación (Ap 14:9-11).

Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo (Mt 24:10-13; Ap 14:9-13)

Tan grande será la tribulación que el Señor Jesús dice: 

Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados (Mt 24:22; 2 Ts 1:7). 

No es de extrañar que los mártires del quinto sello clamen a Dios preguntando: 

¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra? (Ap 6:10).

La gran tribulación del Anticristo no debe confundirse con la ira de Dios. La gran tribulación será la ira de Satanás en los últimos tiempos contra la iglesia, así como contra el remanente de Israel (Ap 12:13,17).

Una vez más, la gran tribulación y la ira de Dios son dos eventos diferentes que provienen de dos fuentes diferentes y tienen dos propósitos diferentes.

La gran tribulación es un tiempo de intensa persecución contra los cristianos en la tierra. Es causada por Satanás con el propósito de engañar y perder a la mayor cantidad de cristianos posible (Mt 24:24). Con un origen demoníaco, el objetivo es la persecución y el asesinato de muchas personas por parte del representante de Satanás en la tierra: el Anticristo.

La ira de Dios, en cambio, es un período de terrible sufrimiento como resultado de las plagas enviadas por Dios a través de sus ángeles, con el propósito de juzgar y castigar al Anticristo y a todos aquellos que lo siguen y le sirven.

La ira de Dios es el juicio divino contra el mal. Este juicio se manifiesta en forma de siete plagas enviadas por mandato divino contra el Anticristo y todos aquellos que reciban su marca (Ap 15:7; 16:1).

Cronológicamente, la gran tribulación termina justo antes de que comience la ira de Dios (Ap 6:15-17). 

SEÑALES EN EL CIELO

Dios finalmente pone fin a la gran tribulación con el regreso de Cristo para, primero, librar a su pueblo de la persecución del Anticristo y, a continuación, derramar Su ira sobre los impíos. Justo antes de que esto ocurra, Jesús anuncia Su venida con una gran señal en el cielo:

E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria (Mt 24:29-30; Lc 21:25-26; Ap 6:12-17)

El profeta Joel profetiza explícitamente que estas señales celestiales ocurrirán antes de la venida del día grande y terrible del Señor: 

El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová(Joel 2:31). 

Para los impíos, estas señales celestiales anuncian la ira inminente de Dios sobre ellos (Lc 21:26). También se describen gráficamente en el sexto sello (Ap 6:15-17). Pero para los creyentes significan algo muy diferente:

“Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (Lc 21:28).

RESURRECCIÓN Y ARREBATAMIENTO

Cristo aparecerá entonces en el cielo en toda Su espléndida gloria:

“Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mt 24:31). 

Pablo amplía esta visión utilizando un lenguaje explícito sobre la resurrección y el rapto (1 Ts 4:13-18). Entre el sexto y el séptimo sello, el libro de Apocalipsis describe a los resucitados y a los arrebatados por el Señor y Sus ángeles como:

“...una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos” (Ap 7:9).

El texto se asegura en confirmarnos que:

“Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero” (Ap 7:14).

Pablo amplía esta descripción de los resucitados y los arrebatados utilizando un lenguaje explícito sobre la resurrección y el rapto: 

“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras” (1 Ts 4:13-18). 

Entre el sexto y el séptimo sello, el libro de Apocalipsis describe a los arrebatados como una gran multitud que nadie puede contar (Ap 7:9, 14). A esto le sigue el inicio de la ira de Dios (Ap 8:1-6).

EL DÍA DE LA IRA DE DIOS

Los profetas describen este período como un juicio de Dios justo, vengativo, ardiente, terrible, ineludible, sangriento, destructivo y decisivo (Joel 2:28-3:21; Is 2:10-22; 13:6-13; Abd 15:15-21; Sof 1:1-18). 

El Señor Jesús, Pablo y Pedro advierten que la ira de Dios es para los impíos (Mt 24:37-41; 1 Ts 5:1-11; 2 P 3:1-18). El mismo día del arrebatamiento, comienza el día de la ira de Dios, tal como sucedió en los días de Noé y Lot (Lc 17:26-37; 2 Ts 1:5-10). 

“Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre. Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos. Asimismo como sucedió en los días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste. En aquel día, el que esté en la azotea, y sus bienes en casa, no descienda a tomarlos; y el que en el campo, asimismo no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Todo el que procure salvar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará. Os digo que en aquella noche estarán dos en una cama; el uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo juntas; la una será tomada, y la otra dejada. Dos estarán en el campo; el uno será tomado, y el otro dejado. Y respondiendo, le dijeron: ¿Dónde, Señor? Él les dijo: Donde estuviere el cuerpo, allí se juntarán también las águilas” (Lc 17:26-37).

El libro del Apocalipsis enseña que la ira de Dios comienza cuando se rompe el séptimo sello, que contiene los juicios de las trompetas y las copas (Ap caps. 8-9, 15-16).

Un estudio del día del Señor no revela nada bueno en él. La mención de la ira de Dios por parte de los profetas comienza con la clara declaración:

He aquí, el día de Jehová viene... Después saldrá Jehová y peleará con aquellas naciones, como peleó en el día de la batalla (Zac 14:1,3).

Otros profetas dicen:

He aquí el día de Jehová viene, terrible, y de indignación y ardor de ira, para convertir la tierra en soledad, y raer de ella a sus pecadores (Is 13:9).

¡Ay del día! porque cercano está el día de Jehová, y vendrá como destrucción por el Todopoderoso (Joel 1:15).

“... cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán (1 Tes 5:3).

A la luz de esta enseñanza tan seria, es imperativo que preparemos espiritualmente nuestros corazones para ser “vencedores” de lo que pronto pueda suceder, porque el Señor Jesús nos advierte:I

Ya os lo he dicho antes (Mt 24:25).

Antes” de que estas cosas sucedan, para que nos preparemos en oración.

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III. MANTENERSE SALVO ES TAN IMPORTANTE COMO HABER SIDO SALVO

Para evitar ser atados por normas legalistas que podrían arrebatarnos toda alegría y seguridad en nuestra vida cristiana, debemos purificarnos espiritualmente a diario. Esto significa que debemos dedicarnos a la oración. La oración diaria es la marca distintiva de la vida cristiana normal.

1 Juan 1:5-10 es un pasaje fundamental para la seguridad espiritual del cristiano: 

“Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros (1 Jn 1:7-9). 

Como cristianos, necesitamos que la sangre de Cristo nos limpie continuamente y así disfrutar de la seguridad de la salvación. 1 Juan 1:7 indica que la sangre de Cristo está disponible para que nos limpie de todo pecado. Su sangre está disponible, pero nosotros debemos aplicarla por medio de la oración. Este pasaje, una vez comprendido, aclara la verdad en los versículos que lo rodean.

Dios ha establecido condiciones que debemos cumplir para que la sangre de Cristo nos mantenga puros y limpios ante Sus ojos. Su mensaje es claro: “Si andamos en luz” (1 Jn 1:7). Esto incluye al menos tres hábitos: 

1) La práctica diaria de meditar en la verdad revelada de Dios (la Biblia)

2) Mirarnos seguido en el espejo de nuestra alma (Stg 1:23-24) y 

3) confesar nuestros pecados a Dios en lugar de negarlos, sabiendo que “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn 1:9).

Muchos malinterpretan este texto. La sangre de Cristo nos limpia cuando confesamos nuestros pecados; si es que lo hacemos. La confesión de nuestros pecados debe ser una práctica diaria, es parte del camino que conlleva una limpieza continua mediante la sangre de Cristo.

Juan nos dice que él ha escrito estas cosas para que sepamos que tenemos vida eterna: 

“Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Jn 5:13).

Este “saber” que tenemos vida eterna es lo que los teólogos llaman la seguridad de la salvación. Podemos tener esta seguridad, pero sólo si “Si andamos en luz” (1 Jn 1:7).

La vida eterna, nos dice Juan, es Cristo Jesús:

“Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Jn 5:20).

Así que es de vital importancia que aprendamos cómo acercarnos a Cristo y cómo mantenernos en el favor de Dios.

Tras obedecer el evangelio mediante la fe (He 11:6), el arrepentimiento (Lc 13:3) y la confesión (Ro 10:10), somos bautizados en Cristo (Ro 6:3, 4, 17, 18; Gl 3:27). Esto nos hace parte de Su cuerpo la iglesia, que está compuesta por aquellos a los que el Señor ha salvado (Hch 2:47). Después de esto, debemos ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor para permanecer fieles a Cristo y no volver al mundo, si queremos conservar la salvación que Él nos ofrece (Fil 2:12). La seguridad espiritual—la seguridad de la salvación—se basa en nuestra relación con el Señor Jesús, la fe en Dios, Su gracia, nuestra esperanza en la vida eterna por venir y una vida que le agrada a Dios. Todo esto lo resume Juan en la frase “Si andamos en luz” (1 Jn 1:7). Nótese el “Si” condicional al inicio. Es condicional. ¿Quieres tener la paz que te proporciona la seguridad de la salvación? Cumple las condiciones enumeradas por Juan en su primera epístola.

La purificación espiritual continua, diaria, es una necesidad absoluta para el cristiano porque peca a diario e incluso puede que no sea consciente de algunos de sus pecados. La purificación continua para el cristiano es una necesidad absoluta porque Dios ha prometido que, sólo a través de la sangre del Señor Jesús tenemos el perdón completo al caminar en la luz. 

El cristiano no tiene otra alternativa que la purificación espiritual continua porque si la sangre de Cristo no nos mantiene limpios no podemos tener seguridad de nuestra salvación en absoluto. Te podrás aprender de memoria Los Institutos de Calvino, y recitarlos a diario, en busca de la certeza de tu predestinación y la seguridad de la vida eterna... pero no le darán a tu corazón la paz y convicción que solo el Espíritu del Señor le puede dar al creyente que cumple las condiciones que Dios ha establecido y que Juan nos enseña en su epístola.

Nuestra confianza en la vida eterna debe basarse en Jesús como nuestro Señor, y en nuestra forma de vivir, confirmada por sus frutos (Mt 7:2). La condición es que debemos “andar en luz” (1 Jn 1:7). Juan presenta solo dos maneras de andar (o vivir): “en tinieblas” (1 Jn 1:6) o “en luz” (1 Jn 1:7). Los cristianos no se mueven continuamente entre ambas; dar un solo paso no es andar. Un cristiano fiel no sufre la muerte espiritual “automática” cada vez que peca. Sin embargo, un mal paso dado hoy, dejado sin confesar, nos puede llevar a otro mal paso dado mañana. El perdón del Señor tampoco es “automático”, pues Dios juzga nuestras vidas con misericordia y justicia. La experiencia del salmista arroja mucha luz sobre este tema:

Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano (Sal 32:3-4). 

Luego vuelve en sí, como el hijo pródigo (Lc 15:17):

“Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Sal 32:5).

Ahora el salmista nos instruye:

“Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán estas a él. Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me rodearás” (Sal 32:6-7)

Nótese que la Escritura inspirada nos advierte que debemos orar al Padre “en el tiempo en que pueda ser hallado”, implicando que puede llegar el tiempo en que Dios no pueda “ser hallado”.

Lamentablemente, algunos cristianos parecen haberse endurecido a estas verdades espirituales eternas. Creen que viven por encima del pecado porque una vez hicieron decisión de fe y nacieron de nuevo. Excusan sus pecados sin reconocerlos como tales, y no se arrepienten ni confiesan sus pecados ocultos (Sal 19:12) como si no los tuvieran, como si no fueran pecados en absoluto. Necesitan aceptar que: 

“El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Pr 28:13).

Al negar que tienen pecado mediante sus argumentos contra la purificación continua y su fundamento de seguridad espiritual, caen en el mismo error que Juan condena: 

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Jn 1:8).

Quienes se convencen a si mismo de que no han pecado —ni por ignorancia, error doctrinal, negligencia, debilidad, pensamiento, actitud, egoísmo, orgullo, avaricia u omisión— están engañados, y la verdad no está en ellos. Por el contrario, los hijos de Dios que confiesan sus pecados diariamente en lugar de negarlos, y que siguen “caminando en la luz”, son continuamente purificados por la sangre de Cristo. Estos tienen seguridad de salvación.

“...pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado (1 Jn 1:7). 

Este no es el único pasaje que da a los cristianos fieles la confianza de que participan de la vida eterna de Dios. Hay muchos otros pasajes en la Biblia que debemos examinar detenidamente para tener plena convicción de la veracidad de esta enseñanza, pero por ahora, concluiremos diciendo:
  • La purificación espiritual continua, la confesión de pecados en oración diaria, es coherente con el carácter de Dios. Él nos ama, es justo y misericordioso, y desea que seamos salvos (1 Ti 2:4). Si no fuera por su misericordia y gracia (favor inmerecido), nadie podría ser salvo. Dado que todos hemos pecado (Ro 3:23) y no podemos salvarnos por nuestras obras (Ef 2:8-9), nuestra única esperanza de seguridad de salvación reside en la gracia de Dios. 
  • La purificación espiritual diaria es razonable. Es irrazonable sostener que la perfección espiritual es necesaria para caminar en la luz. Caminar en la luz no puede significar perfección, porque nadie es impecablemente perfecto y, por lo tanto, no puede caminar en la luz si lo que este caminar requiere es perfección. El caminar de Juan se refiere literalmente a avanzar, a continuar, indicando el curso habitual de la vida, siempre hacia adelante.
  • El Señor Jesús nos dice que lo sigamos (Mr 8:34). Él es el camino, la verdad y la vida. Pablo dijo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co 11:1). Somo salvos para seguir a Cristo como lo hizo Pablo, lo cual, necesariamente, lo haremos de manera imperfecta, pero con perseverancia obtendremos la corona de la vida eterna (Stg 1:12).
Muchos afirman que saber o no acerca de la segunda venida del Señor para resucitar y arrebatar al pueblo de Dios no tiene nada que ver con la salvación. Dicen que la falta de conocimiento preciso sobre el fin de los tiempos no pone en peligro la salvación. El Señor Jesucristo discrepa. Si bien la salvación se basa fundamentalmente en la fe en la obra redentora de Cristo, el Señor Jesús vincula explícitamente la preparación para su regreso con la supervivencia espiritual. 

En pasajes como el Discurso del Monte de los Olivos (Mt 24:13), les ordena repetidamente a Sus discípulos que se mantengan despiertos y alertas en todo tiempo, pues un corazón no preparado se enfrenta a un juicio repentino, lo que indica que ignorar Sus advertencias y señales sobre la segunda venida pone en peligro la salvación. Él afirmó:

Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo (Mt 24:13). 

¿Perseverar en qué? En caminar en la luz. ¿Qué implica negativamente la afirmación del Señor? ¿En qué contexto la pronuncia? La implicación es que quien no persevere hasta el fin en caminar en la luz no será salvo, sino que se perderá. Por lo tanto, un cristiano puede perder su salvación. Y el Señor hace esta afirmación en lo que se conoce como su discurso escatológico en el Monte de los Olivos. A este discurso se le llama discurso escatológico porque su tema central son los últimos tiempos: Su segunda venida, el juicio final y el destino último del mundo y de los cristianos. También se le conoce como el Discurso del Monte de los Olivos porque fue pronunciado mientras Jesús estaba sentado en el Monte de los Olivos con vistas a Jerusalén. La salvación del cristiano está, por lo tanto, estrechamente relacionada con la segunda venida del Señor Jesucristo. Y dado que su venida tiene lugar “inmediatamente después de la tribulación de aquellos días” (Mt 24:29), muchos creyentes a quienes se les ha enseñado lo contrario se verán en peligro:

 Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará(Mt 24:10-12). 

Todo esto sucederá porque:

 “... os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre (Mt 24:9).

Por lo tanto, el conocimiento correcto sobre el momento de la venida del Señor —en la secuencia de los acontecimientos del fin de los tiempos— es vital para nuestra salvación. Debemos prepararnos de antemano, como el Señor nos manda:

Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre  (Lc 21:36).

Reconocer que los creyentes experimentarán la gran tribulación y, por lo tanto, la prueba final de su salvación puede ser muy perturbador. Lo sé, lo experimento. Sin embargo, también sé que solo hay una respuesta: fe y confianza en el Señor Jesucristo. Cuanta más oración, y cuanto más tiempo y estudio se dirijan al Padre y a sus Escrituras, más crecerán la fe, la esperanza y el amor. Así que concluiremos esta breve introducción a la seguridad eterna, la segunda venida y la salvación final del cristiano con un resumen práctico sobre:

CÓMO MANTENERSE SALVO

I. Acepta que el cristiano puede apostatar.

A. La Biblia enseña la posibilidad de caer de la gracia (Ro 11:17-22; Gl 5:4). Saber que uno puede caer de la gracia de Dios debería llevarnos a ser muy precavidos y sobrios en nuestra manera de vivir. Lee los artículos en este blog sobre el tema de la seguridad condicional del creyente, tales como: Preguntas sobre la seguridad del creyente y los mencionados al final de él, donde dice: Relacionados.

II. Esfuérzate por evitar las cosas pecaminosas o dudosas en tu vida.

Vive como una nueva criatura (2 Co 5:17). Anda en vida nueva (Ro 6:3-4; Ro 6:17-18). Siembra para el Espíritu (Gl 6:7-8). Cuídate de relacionarte sólo con buenos cristianos (1 Co 15:33). No satisfagas los deseos de la carne (Ro 13:14).

III. Mantente en comunión con el Señor a diario.

Permite que Dios te hable diariamente a través de su Palabra (2 Ti 2:15; 1 P 2:2)—medita en ella con entendimiento. Habla con el Señor diariamente en oración (Lc 18:1; 1 Ts 5:17). Pide perdón por tus pecados conocidos (1 Jn 1:9) y protección de los que te son desconocidos (Sal 19:12). Pídele al Señor que te guíe incluso en tus oraciones, y expresa todas tus necesidades (Mt 6:9-14). Al hablar con el Señor, dale gracias por las bendiciones recibidas (Ef 5:20). Pídele al Señor Jesús que interceda por ti (Ro 8:26-27,34; He 7:25) como tú intercedes por los que mencionas siempre ante Él. Adora al Padre en espíritu y en verdad (Jn 4:24), todos los días y no sólo un día en un templo. Si te es posible, ten comunión con otro creyentes (He 10:25-26).

IV. Pon al Señor primero siempre (Mt. 6:33). 

“Encomienda a Jehová tu camino, Y confía en él; y él hará” (Sal 37:5). 

“Encomienda a Jehová tus obras, Y tus pensamientos serán afirmado” (Pr 16:3).

No transijas con el error (He 10:23; Ef 4:13-15). Pon a Dios por encima del placer, los seres queridos, la compañía, el trabajo, etc. (Lc 9:23). Esto es una preparación esencial para la gran tribulación.

V. Se un hacedor de la palabra y no sólo un oidor (Stg 1:22).

Demuestra tu fe con obras (Stg 2:14-26). Visita a los necesitados (Stg 1:27). Da ofrenda a los verdaderos creyentes pobres en vez de a una iglesia (Gl 6:9-10).

VI. Nunca dejes de crecer en la fe

Anhela la leche espiritual pura, pero crece “para salvación” (1 P 2:2) con alimento sólido (He 5:12,14). Añade a tu fe “virtud...conocimiento, dominio propio... paciencia... piedad... afecto fraternal... amor... (2 P 1:5-11). Aprovecha los estudios bíblicos disponibles en este blog (2 Ti 2:15). Combate la tibieza (Ap 3:15-16). Sé fiel al Señor. Nunca te desanimes (Ap 2:10).

VII. Mantén tu mirada en la meta (Fil 3:14).

El cielo espera a quienes permanecen fieles (Ap 2:10). Recuerda el precio pagado por tu salvación (Jn 3:16; Ef 5:25). Recuerda la promesa del Señor de regresar (1 Ts 4:16). Esfuérzate por ser como semejante al Señor (1 Juan 3:2). Imita a Pablo (2 Ti 4:6-8). Procuren abundar en todo lo bueno (2 Co 8:7). Procura hacer firme tu vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás (2 P 1:10).

Recuerda que el estado final de un apóstata es peor que al principio (2 P 2:20-22). Si has pecado, arrepiéntete, confiésaselo a Dios y comienza de nuevo (1 Jn 1:8-9). Diariamente, confiesa tus pecados en general y pídele a Dios que te perdone y libre de los que te son ocultos (Sal 19:12). Ten la seguridad de que la sangre de Cristo te mantiene limpio de todo pecado mientras caminas en la luz—esto es, mantener el hábito de la oración diaria.

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