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Saturday, February 14, 2026

¿AVARICIA O CODICIA?




“El príncipe falto de entendimiento multiplicará la extorsión; Mas el que aborrece la avaricia prolongará sus días” (Pr 28:16).

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¿Avaricia o codicia? La avaricia se centra en la acumulación y retención tacaña de lo que ya se posee, mientras que la codicia es un deseo insaciable por obtener constantemente más riquezas o bienes. El avaro atesora sin gastar, mientras que el codicioso busca el aumento continuo, sin importar si lo gasta o no. 

Los gobernantes avaros o codiciosos son todos tiranos. En lugar de usar su autoridad para beneficiar a los ciudadanos, codician más poder y riqueza, lo que conduce a leyes y políticas opresivas. No duran mucho. Dios o un populacho infeliz los quitará de su cargo. Pero los hombres nobles que odian la avaricia y están contentos y comprometidos con servir a su pueblo permanecerán en el cargo. Aquí hay un axioma de la ciencia política dado por el rey Salomón.

El proverbio anterior advierte contra los gobernantes malvados con naturalezas irracionales y violentas como leones y osos hambrientos (Pr 28:15). Estos brutos insensibles aplastan a los pobres de una nación bajo sus programas y prácticas egoístas. Los pobres, que necesitan ayuda y protección más que los demás, se convierten en comida para sus apetitos voraces. Debido a esa advertencia, este proverbio usa “príncipe” para indicar al tipo de gobernante opresivo que se está considerando.

Un príncipe falto de entendimiento se opone a un príncipe que odia la avaricia. Por lo tanto, sabes que el príncipe opresor es también un hombre avaro. El príncipe opresor se opone al príncipe que prolongará sus días. Las prácticas opresivas de un gobernante acortan su reinado, ya sea por la mano de Dios o de los hombres.

Cuando un político avaro o codicioso está en el cargo, sus programas y políticas oprimen al pueblo hasta que este se rebela. Todos los gobiernos son populares al principio, lo que significa que los ciudadanos se someterán a él hasta que el dolor supere el costo de la rebelión. Pero los príncipes avaros, ciegos a la creciente ira contra su gobierno, eventualmente pierden su posición. Los ciudadanos tienen un límite de resistencia, cuando el límite es sobrepasado, se rebelan. ¡Así mismo el Señor tiene un límite de paciencia, luego juzga! (Ec 5:8; 1 R 21:1-24)

La enseñanza de un proverbio es tan buena como tu aceptación y obediencia a él. El rey Salomón escribió este proverbio para su hijo, el príncipe Roboam. Este príncipe insultó con arrogancia a la nación de Israel por pedir una reducción de los fuertes impuestos de Salomón (1 R 12:1-20). Su avaricia y orgullo cegaron su juicio. La nación se rebeló. Perdió diez de las doce tribus en un abrir y cerrar de ojos, y el proverbio de su padre se cumplió.

Se ha dicho: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Por lo tanto, los sabios resisten tanto la avaricia como la codicia, porque conocen su gran poder para pervertir el carácter. El profeta Agur, que contribuyó a este libro de Proverbios, oró contra las riquezas por este motivo (Pr 30:7-9). 

La sabiduría política requiere gobernantes que odien la avaricia, que es exactamente lo que Moisés requirió para los jueces de Israel (Ex 18:21; Dt 16:19). Si no se sigue este axioma, no te sorprendas de las opresivas consecuencias de tu gobierno. Los obispos y diáconos de las iglesias del Nuevo Testamento también deben odiar la avaricia, porque la Escritura demanda de ellos que no sean codiciosos de ganancias deshonestas (1 Ti 3:3,8; Tit 1:7,11; 1 P 5:2). Incluso las mujeres deben rechazar a los pretendientes ávidos de riquezas, porque serán malos maridos y padres (Pr 1:19; 15:27).

El Señor Jesucristo es el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes y Señor de señores (1 Ti 6: 13-16). Su poder absoluto sobre el universo no lo ha corrompido en nada; por el contrario, lo ha glorificado como Príncipe infinitamente justo (2 S 23:1-4; He 1:8-9; Ap 19:11). Él nada codicia porque el cielo y la tierra le pertenecen. Todos los que en Él confían reinarán con Él, y su reino durará por los siglos de los siglos (Ap 1:18; 3,21; Is 53:10). ¿Lo conoces? 

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