“Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego” (1 Co 3:10-15).
“Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo... De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Ro 14:10b,12).
Todo juicio le ha sido confiado al Señor Jesús (Jn 5:22). Todos compareceremos algún día ante el tribunal de Cristo.
El tribunal de Cristo implica un momento en el futuro en el que los creyentes darán cuenta de sí mismos ante Cristo. Esta es la clara enseñanza de las Escrituras:
“Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Co 5:10).
La advertencia es para los creyentes, no para los incrédulos. Como el Señor Jesús enseña en Su parábola, el rey va a regresar, y en ese momento exigirá cuentas a sus siervos (Lc 19:11-26).
El tribunal de Cristo es diferente del juicio del gran trono blanco. Ese será el juicio final de los impíos antes de que sean arrojados al lago de fuego (Ap 20:11-15). Los incrédulos comparecerán ante el gran trono blanco. Los creyentes compareceremos ante el tribunal de Cristo.
El tribunal de Cristo no determina nuestra salvación; ese asunto quedó resuelto por el sacrificio de Cristo por nosotros (1 Jn 2:2) y por nuestra fe en Él (Jn 3:16). Todos nuestros pecados habrán sido perdonados para cuando comparezcamos ante el tribunal de Cristo:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Ro 8:1).
El Señor Jesús nos dice:
“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jn 5:24).
Así pues, los creyentes están seguros en Cristo, pero aun así debemos comparecer ante el tribunal de Cristo. Será un tiempo de examen y un tiempo de recompensa. El Señor inspeccionará nuestras obras:
¿Qué hiciste con los recursos que te di? ¿Cuán fiel fuiste? ¿Te rendiste al Espíritu, buscando honrar al Padre y promover Su obra en el mundo? Si es así, tendrás tu recompensa (Mt 10:41-42).
¿Descuidaste tus oportunidades de servir al Señor? Si es así, sufrirás la pérdida de tu recompensa. Pablo compara nuestro servicio cristiano con la construcción de un edificio:
“Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego” (1 Co 3:10-15).
Nótese que nuestras obras posteriores a la salvación son de dos tipos diferentes: buenas o malas. El “fuego” del escrutinio de Dios revelará la calidad de nuestras obras.
El oro, la plata y las piedras preciosas tienen un valor intrínseco (que vale realmente, por sí mismo), mientras que la madera, el heno y la paja son productos naturales sin valor o utilidad duraderos.
Las recompensas se distribuyen entre aquellos cuyas obras resisten la prueba. Aquél cuyas obras tienen un origen natural “sufrirá pérdida”: sus obras serán quemadas, pero él mismo “será salvo”.
El tribunal de Cristo no confiere ni revoca la salvación.
El tribunal de Cristo tampoco es un momento para castigar el pecado. El Señor Jesús tomó nuestro castigo de una vez y para siempre. El tribunal de Cristo es un momento en el que seremos llamados a rendir cuentas, a dar cuenta de lo que hicimos por el Señor Jesús. Será un momento solemne y necesario de rendir cuentas, pero, como redimidos de Dios, nunca seremos condenados con los impíos.
No se puede enfatizar lo suficiente que el juicio no tiene relación con el problema del pecado; es para otorgar recompensas por la labor realizada, no para castigar el fracaso.
En griego, se utiliza una sola palabra para referirse al tribunal de Cristo en Romanos 14:10 y 2 Corintios 5:10: la palabra es bema.
Bema era una plataforma elevada en la que se sentaban los jueces para ver los juegos atléticos. Su trabajo consistía en asegurarse de que los competidores siguieran las reglas y en entregar los premios a los vencedores (1 Co 9:24-27). El bema era el lugar en que se ponía a prueba la ejecución del atleta con el fin de recompensarla. Del mismo modo, el bema de Cristo no será un lugar de condenación.
Anticipándonos al tribunal de Cristo, debemos tener cuidado con lo que decimos y hacemos en esta vida. Santiago nos da este consejo:
“Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad” (Stg 2:12; cf. Mt 12:36).
Queremos rendir cuentas con alegría en ese día, y por eso nos esforzamos por servir fielmente al Señor hoy.La Biblia habla de que los creyentes recibiremos coronas por diferentes cosas. Las diversas coronas se describen en 2 Timoteo 2:5; 4:8; Santiago 1:12; 1 Pedro 5:4 y Apocalipsis 2:10.
Creemos que el tribunal de Cristo es cuando se otorgarán las coronas, y esto tendrá lugar en el cielo poco después del rapto de la iglesia (1 Ts 4:13-18).
El Señor nos dice:
“He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra” (Ap 22:12).
En preparación para el tribunal de Cristo, ¿con qué estás edificando tu obra cristiana? ¿Con oro, plata y piedras preciosas, cosas que perdurarán y te harán merecedor de recompensa de parte del Señor? ¿O con madera, heno y paja, cosas que no resistirán el día de la prueba?
No tenemos elección. No podemos decir, con falsa humildad: “No estoy interesado en recompensas ni galardones. Estoy conforme con ser salvo”.
Si has nacido de nuevo, todo lo que hagas o dejes de hacer para el Señor va a ser tomado en cuenta por Él como “obra”. El fuego probará tu obra. Él quiere galardonar a quienes edificaron con oro, plata y piedras preciosas. Porque Él quiere, para nosotros es importante.
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