“Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (Lc 10:38-42).
Betania
Betania era una aldea de Judea situada a unos tres kilómetros al este de Jerusalén (Jn 11:18), una distancia considerada como “camino de un día de reposo” (Hch 1:12). Betania estaba ubicada en el muy transitado camino que conducía a Jericó. Algunos estudiosos piensan que Betania era más bien como una conurbación moderna o un vecindario de Jerusalén, más que una ciudad completa. Los límites de Betania llegaban hasta el Monte de los Olivos y también colindaban con Betfagé, un suburbio de Jerusalén.
Betania es conocida por ser el pueblo natal de los buenos amigos del Señor Jesús: María, Marta y Lázaro. Betania fue el lugar donde el Señor resucitó a Lázaro de entre los muertos (Jn 11:1, 41-44); también era el hogar de Simón el leproso (Mr 14:3-10), y el lugar donde María ungió al Señor Jesús con perfume (Mt 26:6-13; Mr 14:3-9; Jn 12:1-8).
Otras referencias a Betania se encuentran en Marcos 11:1 y Lucas 19:29, que describen los preparativos para la entrada triunfal del Señor en Jerusalén; la maldición de la higuera (Mr 11:11-13), y el lugar donde Jesús se hospedó durante Su última semana de ministerio terrenal, entre Su entrada triunfal y Su crucifixión (Mt 21:17).
El nombre Betania ha sido traducido por algunos como “casa de higos”, ya que hay muchas higueras y palmeras en la zona; otros lo traducen como “casa de aflicción”, especulando que Betania era un lugar designado para los enfermos y aquellos con enfermedades contagiosas.
Betania también es significativa por ser el lugar cercano desde donde Cristo ascendió al cielo (Lc 24:50). Cuarenta días después de Su resurrección, el Señor Jesús reunió a Sus once discípulos para darles las instrucciones finales antes de dejar la tierra (Lc 24:50-51):
“Y los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo” (Lc 24:50-51; Hch 1:9).
Mientras los discípulos miraban hacia arriba, dos ángeles se les aparecieron y dijeron:
“Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch 1:11).
Betania tiene también un futuro emocionante profetizado. Zacarías 14:4 dice:
“Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente” (Zac 14:4).
Cuando el Señor Jesús regrese para establecer Su reino de mil años, lo hará en el mismo lugar de donde partió: el Monte de los Olivos, cerca de Betania. Aunque la antigua aldea de Betania haya sido pequeña y aparentemente insignificante, será escenario de un acontecimiento que cambiará al mundo: el glorioso regreso de Jesucristo como Rey de reyes y Señor de señores.
Marta
Marta es un personaje importante del Nuevo Testamento, una amiga personal de Jesús, y alguien con quien se identifican muchas mujeres hoy en día. Vivía en Betania con su hermana, María, y su hermano, Lázaro, a quien Jesús resucitó de entre los muertos (Jn 11:1-15, 43-44). Nos encontramos con Marta tres veces en la Biblia (Lc 10:38, 40-41; Jn 11:1,5,19-21,24,30,39; Jn 12:2) y cada evento ayuda a construir un perfil de esta mujer.
La Biblia menciona por primera vez a Marta en Lucas 10 (Lc 10:38, 40-41). Está en su casa en Betania donde está recibiendo a Jesús y a los discípulos. Jesús era bien conocido por Marta y sus hermanos; de hecho, Jesús amaba a esta pequeña familia (Jn 11:5). El día que Jesús la visitó, el deseo de Marta era ser una buena anfitriona, servir la mejor comida con la mejor presentación posible, por amor al Señor Jesús. Sin embargo, su hermana María, sentada a los pies del Señor, “oía su palabra” (Lc 10:39). Como Marta “se preocupaba con muchos quehaceres” (Lc 10:40), se enfadó con María y se quejó por ella: “Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude” (Lc 10:40). Con esta acusación y reproche, Marta dio a entender que Jesús no se preocupaba por ella, y le dio al Señor una orden, exigiéndole que obligara a María a ayudarla en el servicio. En su ocupación, Marta había quitado sus ojos del Salvador. El Señor Jesús, que podía ver en su alma, diagnosticó su problema: estaba preocupada por el servicio y no tenía paz en su corazón. Con delicadeza le dijo a Marta que una simple cena era más que suficiente, y le recordó que la decisión de María de sentarse a Sus pies y escuchar Su palabra era la mejor decisión (Lc 10: 41-42).
Vemos a Marta nuevamente justo después de que su hermano, Lázaro, había muerto (Jn 11:1,5,19-21,24,30,39). Las hermanas habían mandado llamar a Jesús cuando Lázaro cayó enfermo (Jn 11:3), pero Él no llegó a tiempo para sanarlo. Cuando el Señor Jesús finalmente llegó a Betania, cuatro días después de la muerte de Lázaro, Marta salió corriendo a Su encuentro y declaró: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará” (Jn 11:21-22).
Parece que Marta era la hermana mayor y estaba acostumbrada a dar órdenes en casa y a que se la obedeciera en los asuntos relacionados con la familia. También estaba acostumbrada a reprochar que las cosas no se hicieran de la manera y en el tiempo que ella quería. Aunque trató de mitigar sus reproches al Señor destacando que creía firmemente que Él podría haber sanado a Lázaro de su enfermedad, un reproche es un reproche. El Señor Jesús la anima con una de Sus declaraciones más notables:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Jn 11: 25-26).
La respuesta de Marta es de gran fe y comprensión de la naturaleza divina de Jesús:
“Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (Jn 11: 27).
La fe de Marta fue recompensada ese mismo día cuando presenció la milagrosa resurrección de su hermano de entre los muertos (Jn 11:43-44).
La tercera vez que encontramos a Marta en la Biblia, está haciendo lo que Marta era conocida por hacer: servir (Jn 12:2). El Señor nuevamente asiste a una cena en Su honor en Betania, y Marta nuevamente está sirviendo. Es en esta ocasión que la hermana de Marta, María, unge los pies de Jesús con un perfume caro (Jn 12:3). Es evidente que Marta era probablemente una mujer de recursos, como lo demuestran el tamaño de su casa, la frecuencia con que ofrecía cenas y el costoso perfume que tenía su hermana.
En los encuentros de Marta con Jesús que cambian su vida, vemos la importancia de equilibrar el servicio con la adoración, el confiar en el Señor, incluso cuando todo parece perdido, y el usar nuestros recursos materiales para la gloria de Dios.
María
María de Betania es uno de los personajes más hermosos en toda la Escritura, y podemos aprender valiosas lecciones al estudiar su vida. Vemos a María tres veces en la Biblia, comenzando con el incidente en la casa de su hermana, Marta (Lc 10:38-42), donde Jesús, y presumiblemente los discípulos que viajaban con Él, estaban como invitados. Marta estaba “preocupada con muchos quehaceres”, y frustrada por el hecho de que su hermana no la estaba ayudando, y esto se lo reprochó al Señor Jesús, acusándolo de que no le importaba de que María se sentara a Sus pies mientras ella hacía todo el trabajo. La respuesta de Jesús nos da la primera idea de María de Betania. Jesús la felicitó por haber escogido “la buena parte” (Lc 10:42), o “la mejor parte”, como diríamos en castellano. Con esta declaración el Señor Jesús dio a entender que el deseo de María de estar cerca de Él y de aferrarse a cada una de Sus palabras, era mucho más importante que estar en el ajetreo con los preparativos para una comida. Jesús dijo además que a María no se le quitaría el haber elegido la mejor parte (Lc 10:42).
Al exaltar “la mejor parte”, el Señor Jesús enseña que aquellos cuya prioridad en la vida es Cristo, el conocerle y el estar cerca de Él, han elegido lo que durará hasta la eternidad, como “el oro, la plata y las piedras preciosas” que Pablo menciona en 1 Corintios 3:11-12. A partir de este incidente, aprendemos que quienes están distraídos con lo mundano y lo terrenal, están construyendo sobre el fundamento que es Cristo, con “madera, heno y hojarasca”, materiales que no podrán resistir el fuego que vendrá en el momento de la prueba, ni serán recordados en la eternidad.
La reprensión de Marta hacia Jesús nos permite ver su corazón y mente: mientras intentaba hacer todo lo correcto, estaba tan distraída que perdió de vista con Quién era que estaba hablando. El silencio de María, que veremos de nuevo en otro acontecimiento, indica una falta de preocupación por ella misma, especialmente por defenderse. Cuando nos centramos en Cristo, Él se convierte en nuestra mayor pasión y nuestra tendencia al egoísmo se atenúa y desvanece.
El segundo incidente en el que María y Marta aparecen, ocurre cuando su hermano Lázaro es resucitado de entre los muertos (Jn 11:17-44). Cuando María escucha que Jesús ha venido y la está llamando, ella sale inmediatamente y deja a aquellos que estaban llorando en su casa y se apresura para encontrarse con el Señor. Tan grande es su amor por Él y su deseo de agradarle y obedecerle, que deja a quienes habían llegado a consolarla y se pone en los brazos del más Grande Consolador que el mundo jamás haya conocido. El Señor Jesús ve su gran tristeza y llora junto con ella, a pesar de que Él sabe que su tristeza va a ser de corta duración y que Lázaro le sería restaurado momentáneamente. De la misma manera, cuando nos afligimos y lloramos, nuestro mayor consuelo se encuentra en Jesús, cuya compasión es ilimitada. Cuando ponemos nuestra mano en la mano traspasada por los clavos, encontramos consuelo, paz y seguridad, y aprendemos la verdad del Salmo:
“Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Sal 30:5b).
La tercera y última vez que vemos a María de Betania, es justo unos días antes de la crucifixión de Cristo (Mt 26:6-13; Mr 14:3-9; Jn 12:1-8). Se había preparado una comida en casa de Simón el leproso, probablemente un leproso que había sido sanado por Jesús y se había convertido en uno de Sus discípulos. Marta nuevamente estaba sirviendo mientras Lázaro estaba a la mesa con Jesús y Sus discípulos. En un momento, María abre vaso de un alabastro, derrama una parte de ese costoso perfume sobre la cabeza y los pies del Señor Jesús, y los enjuga con sus cabellos. A pesar de las críticas de algunos de los discípulos por desperdiciar ese perfume tan costoso, María no dijo nada. Al igual que en el primer incidente, María dejó que Jesús la defendiera. Jesús la defendió diciendo que ella había guardado este perfume para Su sepultura y había hecho un gran acto de servicio para Él, que sería recordado a través de los tiempos.
Vemos aquí dos cosas acerca de María de donde podemos recibir una enseñanza. En primer lugar, parece que ella sabía que el momento de la muerte de Jesús en la cruz estaba cerca, un hecho que se le había escapado incluso a los discípulos más cercanos de Jesús, a pesar de la clara declaración que Él había hecho de esta verdad. Parece que María se contentó con escuchar a su Señor y meditar en Sus palabras, mientras que los discípulos discutían sobre quién sería el mayor de ellos en el reino. Con ello, perdieron las importantes verdades que Jesús les estaba enseñando acerca de su inminente muerte y resurrección (Mr 9:30-35). ¿Con qué frecuencia dejamos pasar verdades espirituales porque estamos enfocados en nosotros mismos y excesivamente preocupados por nuestras recompensas, nuestro estatus y nuestra reputación entre los hombres?
En segundo lugar, vemos en María una decidida convicción y confianza en su Señor, tanto que ella no está obligada a defenderse frente a las críticas. ¿Con qué frecuencia aceptamos con entusiasmo una oportunidad para justificarnos ante los ojos de los demás que nos critican y se burlan de nosotros, especialmente cuando a nuestra fe se refiere? Pero si nosotros, como María, hacemos que el sentarnos a los pies de Jesús y escucharle a Él sea nuestra prioridad, tendremos su profundo entendimiento, su pasión por Cristo, y su fe absoluta en Su plan para nuestras vidas. Puede que no tengamos a Jesús personalmente sentado en nuestra habitación, pero tenemos Su palabra, la Biblia, y a partir de aquí tenemos todo el conocimiento y la comprensión que necesitamos para vivir una vida de fe segura y confiada como la de María de Betania.
Lecciones
En el evento de la resurrección de Lázaro vemos que María ha pasado a ocupar el primer lugar al momento de la mención de su familia (Jn 11:1-2), después de que el Señor dijera que ella había escogido “la buena parte” (Lc 10:42). Antes de este evento, Marta es mencionada primero en el relato bíblico (Lc 10:38, 40-41). Esto nos muestra cómo el Señor galardonó a María por sus buenas decisiones por encima de Marta, quien, como dijimos, parece haber sido la hermana mayor que tomaba las decisiones por todos en casa. Vemos lo mismo en el caso de Pablo, quien se identificó a sí mismo como “el último de todos” (1 Co 15:8), por haber sido el último de los apóstoles al que el Señor se le apareció. “Muchos primeros serán postreros, y los postreros, primeros” (Mt 20:16; Mr 10:31), había declarado el Señor. Lo fue en el caso de María, de Juan y de Pablo; y, con toda seguridad, lo sigue siendo en el caso de muchos discípulos del Señor en la actualidad. Si consideras que tus circunstancias personales te han dejado rezagado en comparación con otros que parecen estar “floreciendo” en sus ministerios, estudia la vida de María, Juan y Pablo, y aprende de las decisiones que ellos tomaron.
El Señor no se deja impresionar por el “trabajo” en Su nombre. En Su tiempo los más fervorosos “obreros” en la viña del Señor parecían ser los fariseos, los mismos que conspiraron para matarlo por “envidia” (Mt 28:17), como claramente lo pudo ver hasta Pilato. También hoy en día la “obra” del Señor sigue estando en manos de los fariseos y saduceos que controlan los grandes centros de la palabra: ellos siguen a cargo de la obra “visible”. Pero la obra “invisible” la sigue realizando el Señor por medio de los “postreros” (Mt 20:16; Mr 10:31) que a su debido tiempo serán puestos en el lugar correspondiente por el “Señor de la mies” (Mt 9:38).
Juan 15:1-11 es un pasaje clave para explicar lo que hizo María cuando se sentó a los pies del Señor (Lc 10: 41-42). Nueve veces aparece en este pasaje (Jn 15:1-11) el verbo “permanecer”, en diferentes conjugaciones. El Señor Jesús es “la vid verdadera” y nosotros somos los pámpanos. Todo pámpano que “permanece” en la Vid, llevará fruto.
La palabra griega original que se traduce como “permanecer” (o “mantenerse”) en nuestras Biblias significa quedarse donde se está. ¿Dónde está el cristiano? El cristiano está en Cristo (Ef 2:13). ¿Dónde debe quedarse? Donde está. ¿Qué debe hacer? La Vid se lo indicará.
Un pámpano, que es un pequeño vástago de la vid, no decide por sí mismo qué hacer, ni cómo, ni cuándo hacerlo. Su única función es “permanecer”. Es esta permanencia en la vid la que le permitirá nutrirse con la savia de la misma y producir fruto de manera natural, orgánica. Eso fue lo que hizo María. Esa fue la sabia decisión que ella tomó. Eso es lo mismo que debemos hacer nosotros para agradar al Señor y llevar el fruto que Él quiera producir a través de nosotros. Esto es lo único que Él requiere de nosotros. Lo único que es necesario.
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