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viernes, 10 de febrero de 2012

VUESTRO ADVERSARIO EL DIABLO II - Serie Todas las Doctrinas de la Biblia



 “¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!” (Isaías 14:12). 

¿Creó Dios al Diablo?

¿De dónde vino el diablo? ¿Cómo llegó a existir semejante criatura? ¿Creó Dios a propósito un ser malvado? La Biblia nos revela las respuestas a estas preguntas, y ellas nos pueden ayudar a entender por qué Satanás es realmente el enemigo de la humanidad.

Para entender cuál es el origen de Satanás es necesario que retrocedamos mucho en la historia, hasta antes de que el hombre existiera. En Génesis 1:1 leemos: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Sin embargo, como suele ocurrir, la Biblia no nos dice toda la historia en un solo versículo o aun en varios. Encontramos más detalles en otras partes de la Biblia, en este caso en el libro de Job.

Cuando Job, debido a las dificultades que estaba atravesando, empezó a dudar del juicio de Dios, Éste le respondió con algunas preguntas; al hacerlo, Dios reveló algunos detalles acerca de la creación de la tierra:

“¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?”, le preguntó a Job. “Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes?… ¿Sobre qué están fundadas sus basas? ¿O quién puso su piedra angular, cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?” (Job 38:4-7).

Aquí Dios revela información que no podríamos saber de ninguna otra forma, ya que ningún hombre estuvo presente en el momento de la creación. Dios describió la tierra en el momento de la creación como una maravillosa joya flotando en el espacio. Los eventos de la creación fueron tan impresionantes que “se regocijaban todos los hijos de Dios”. Los ángeles, seres espirituales creados por Dios, ya existían cuando Él hizo la tierra. Al unísono expresaron su regocijo cuando Dios creó el mundo, cantando y alabando con admiración. En esos momentos todos estaban en perfecta armonía y acuerdo.

Un hermoso planeta se vuelve desolado

Dios creó la tierra en una condición tan hermosa que los ángeles estaban fascinados con ella. Dios acondicionó la tierra para que fuera un hogar maravilloso para los primeros seres humanos, tal como se narra en Génesis 1. Pero algo sucedió que la llevó a la condición de devastación y desorden en que está ahora; su belleza original fue destruida.

“Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Con que Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” (Génesis 3:1)

La historia la conocemos bien. La mujer, en vez de reprender a la serpiente, dialogó con ella. Debido a esto fue engañada e inducida a comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, del que Dios había dicho: “… no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Acto seguido, “le dio también a su marido, el cual comió así como ella” (Génesis 3:6). Tras haber consumado su rebelión en contra del mandamiento del Señor (Génesis 2:16-17), el primer hombre y la primera mujer fueron expulsados del huerto del Edén, pero no sin que antes Dios diera Su sentencia: “… maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá… Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3: 17-19).

Por causa de este pecado la tierra fue conducida a su presente estado de desorden y desolación, y ahora “la creación gime” (Romanos 8:22) esperando ser “libertada de la esclavitud de la corrupción” (Romanos 8:21).

Pero la serpiente no se conformó con esa victoria. El ser humano no aprendió la lección. Y Dios ha tenido que continuar interviniendo con juicio sobre Su creación para detener el avance del mal. La Biblia registra varios ejemplos del juicio de Dios a causa del pecado. Los versículos 5 y 6 de 2 Pedro 2 nos hablan acerca del diluvio en la época de Noé, y después se menciona la destrucción violenta de Sodoma y Gomorra.

Pero antes de eso, en el versículo 4 leemos que “Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno [de la palabra griega tartaroo, que significa un lugar de restricción] los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio”. Otra traducción de este pasaje es más ilustrativa: “Pues si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, precipitándolos en los abismos tenebrosos del Tártaro, los entregó para ser custodiados hasta el Juicio”.

¿Cuándo fue que pecaron estos ángeles y en qué consistió su pecado? Nuevamente debemos buscar en otros pasajes para encontrar la respuesta. Judas 6 nos da algunos detalles: “Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, [Dios] los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día”.

Anteriormente vimos que en la creación de la tierra todos los ángeles estaban felices y contentos, cantando y alabando juntos. Es obvio que después de esto algunos pecaron y así destruyeron la maravillosa armonía y colaboración que habían disfrutado antes. ¿Cuál fue la naturaleza de su pecado? Ellos “no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada”; en otras palabras, dejaron el lugar y la posición que Dios les había dado. ¡Se rebelaron contra su Hacedor, el Creador del universo físico y del mundo espiritual de los seres angelicales! 

La primera gran guerra

En Isaías 14 encontramos más información. Este capítulo describe esa rebelión angelical e identifica quién fue el que la encabezó. Nos da detalles importantes que no podríamos saber de ninguna otra forma.

En el versículo 4 Dios habla acerca del “rey de Babilonia”. En la época de Isaías la ciudad-estado de Babilonia estaba surgiendo como la potencia más grande de esa región. Su rey era un hombre dado a la guerra, que quería expandir su imperio por la fuerza bruta. Esclavizó, saqueó y devastó las naciones a su alrededor. Su filosofía era satánica: adquirir riqueza y poder a expensas de otros, imponiéndose por medio de la violencia y el derramamiento de sangre. Este rey de Babilonia era un ejemplo de Satanás y sus características.

En el versículo 12 el tema cambia de este rey físico a otro ser poderoso, que aquí se llama “Lucero”. La palabra hebrea original para este ser —utilizada sólo esta vez en la Biblia— es Heylel, que aparentemente significa “resplandor” o “aquel que brilla”.

Muchos eruditos reconocen que el lenguaje original de este pasaje es una forma de lamento, una manifestación de duelo por una gran pérdida. “¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (vv. 12-14).

¿Quién es este ser que tuvo la osadía de exaltarse a sí mismo por encima de las estrellas (ángeles, Apocalipsis 1:20) de Dios, y a desafiar a Dios mismo como gobernante del universo?

En Ezequiel 28 Dios nos da la respuesta. Este capítulo está escrito de una forma similar a Isaías 14. Dios comienza hablando de un gobernante humano, luego pasa a un poder espiritual detrás del trono terrestre, el gobernante que entre bastidores controla todos los reinos de este mundo (comparar con Lucas 4:5-7). En Ezequiel 28:2 Dios menciona al “príncipe de Tiro”. Tiro, un puerto situado al norte del antiguo Israel en la costa del Mediterráneo, era famoso por ser un centro comercial muy importante. Su gobernante se había llenado de soberbia y arrogancia por su gran riqueza e influencia. En los versículos 6-10 Dios dice que por su arrogancia, su poder y su riqueza, ese gobernante caería y sería depuesto.

Pero notemos en el versículo 12 que Dios comienza a hablar del “rey de Tiro”, en lugar del príncipe que había mencionado anteriormente. Este ser es el verdadero gobernante, el poder real detrás del trono.

Por la descripción que Dios hace del “rey de Tiro” es evidente que no está hablando de un ser humano. “Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura; de cornerina, topacio, jaspe, crisólito, berilo y ónice; de zafiro, carbunclo, esmeralda y oro; los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación” (vv. 12-13).

Ningún ser humano podría ser adecuadamente descrito como “el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura”. Este ser fue creado; no es como los seres humanos, que nacen. Este ser además había estado en “Edén, en el huerto de Dios”. Excepto Adán y Eva, ningún otro ser humano estuvo en el Edén. Dios expulsó de allí a Adán y Eva, y puso a un ángel “para guardar el camino del árbol de la vida” (Génesis 3:24).

En Ezequiel 28:14 Dios menciona parte de la historia de este ser: “Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas”.

La caída de un superángel

¿Qué significan estas aseveraciones tan importantes? ¿Qué es un querubín protector?

En Hebreos 8:5 se nos dice que el tabernáculo establecido por Moisés, el santuario portátil que los israelitas llevaban consigo a través del desierto, era “figura y sombra de las cosas celestiales”. En Éxodo 25:18-20 leemos que Dios instruyó a los israelitas para que hicieran una representación —un modelo físico— de su trono en el tabernáculo que ellos tendrían que llevar consigo en el desierto. A ambos lados del “propiciatorio”, que representaba el trono de Dios, había querubines de oro cuyas alas extendidas cubrían el propiciatorio. Los dos querubines, hechos de oro, representaban seres angelicales reales: los grandes superángeles cuyas alas cubren el trono de Dios.

El ser que Dios menciona por medio de Ezequiel es llamado “querubín protector”, lo que indica que alguna vez había sido uno de los grandes ángeles que estaban representados en el modelo del trono de Dios. Dios les dio a esos ángeles el increíble honor de servirlo protegiendo su mismísimo trono.

Otros pasajes dicen que Dios “mora entre querubines”, lo que demuestra que estas extrañas criaturas lo acompañan y le sirven en su verdadero trono de poder (1 Samuel 4:4; 2 Samuel 6:2; 2 Reyes 19:15; 1 Crónicas 13:6; Salmos 80:1; Isaías 37:16). Al parecer, este magnífico ser tenía una posición de honor y distinción en el mundo angelical de Dios.

También leímos que Dios había puesto a este mismo gran querubín “en el santo monte de Dios”. En la Biblia “collados” y “montes” son utilizados con frecuencia para simbolizar gobiernos (Apocalipsis 17:9-10). Al parecer, este superángel administraba y ayudaba en el gobierno de los otros ángeles, cuyo número es de millones de millones (Daniel 7:9-10).

Dios también dijo de este querubín: “Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad” (Ezequiel 28:15). Al igual que la descripción de Isaías 14, este pasaje describe un ser creado, no un ser humano. Este ser era extraordinario, perfecto, hasta que pecó. “A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector” (v. 16). Este ser, que una vez fue maravilloso, pecó y fue expulsado del trono de Dios, arrojado en desgracia.

¿Cuál fue el pecado que le acarreó a este ángel semejante castigo por parte de Dios? En Isaías 14:13-14, que leímos anteriormente, se nos da la respuesta. “Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas [ángeles] de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo”. ¡Esta poderosa entidad espiritual decidió desafiar a Dios por el control del universo!

Transformado totalmente de bueno a malo

Lo que había sido un ser espiritual increíblemente hermoso y lleno de talentos, que desempeñaba grandes responsabilidades en el mundo angelical de Dios, se convirtió por su rebelión contra el Dios todopoderoso en una criatura despreciable y perversa. Se convirtió en Satanás, el adversario, calumniador, acusador y destructor. ¡Se convirtió en el diablo, el enemigo de Dios y de la humanidad! Ahora los inmensos poderes que había utilizado para servir a Dios fueron utilizados para tratar de obstaculizar sus propósitos. Este ser espiritual sigue siendo sumamente poderoso, pero ahora emplea sus poderes para fines perversos y destructivos.

Se volvió tan vano y orgulloso que llegó a creer que debía regir el universo. Dios le dijo: “Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor…” (Ezequiel 28:17). Sus increíbles talentos y habilidades lo llevaron a pensar que era igual a Dios, incluso que era mejor que él. Su pensamiento se corrompió. Se rebeló contra Dios y trató de derrocarlo, y por su rebelión se transformó en Satanás el diablo.

Y no estuvo solo en su rebelión. Millones de ángeles más se le unieron en su rechazo de la autoridad y el liderazgo de Dios. Encontramos una descripción simbólica en Apocalipsis 12:3-4: “También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata… y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra…”. El versículo 9 identifica este dragón como Satanás. Como vimos antes, la Biblia utiliza las estrellas como símbolo de los ángeles (Apocalipsis 1:20). Esto nos indica que la tercera parte de los ángeles siguió a Satanás en su rebelión.

La Biblia llama demonios a estos ángeles rebeldes. Son ángeles caídos, que abandonaron su propósito de servir a Dios y a la humanidad (Hebreos 1:13-14); cayeron en el resentimiento y la ira contra Dios y su santo propósito para los  seres humanos. En las Escrituras ellos se muestran como capaces no tan sólo de influir sino de poseer a seres humanos (o sea que tienen más poder del que tiene un hipnotizador humano). Tal control demoníaco puede hacer que sus víctimas exhiban un comportamiento violento y autodestructivo (Mateo 8:28; 17:14-18; Hechos 19:14-16; Lucas 8:27-33).

Los siervos de Dios no deben temer ni estar demasiado preocupados porque la influencia de los demonios los afecte a ellos. Los espíritus malignos son menos en número e inferiores en poder con respecto a los ángeles fieles de Dios, quienes son “espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Hebreos 1:14). Los cristianos pueden sentirse seguros porque “no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7).

Una fe fuerte que se aferra al camino de vida de Dios es la mejor forma de resistir la influencia de los demonios. Los siervos fieles de Dios deben estar llenos del Espíritu Santo (Efesios 5:18), lo que les permite resistir esa influencia y hace que huyan los espíritus malignos (Santiago 4:7). Además, los verdaderos siervos de Cristo tienen autoridad sobre los demonios, lo que les permite echarlos fuera de aquellos que están poseídos (Mateo 10:1, 8; Marcos 6:13; 16:17). Al fin y al cabo, Dios es la fuente suprema de poder.

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