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Monday, April 6, 2026

RESUCITAR A LOS MUERTOS HOY EN DÍA—¿ES POSIBLE?



La Biblia registra múltiples ocasiones en las que personas fueron literalmente resucitadas de entre los muertos. En el Antiguo Testamento, el profeta Elías clamó a Dios y vio cómo el hijo de la viuda volvía a la vida (1 R 17:22). Eliseo también resucitó al hijo de la sunamita (2 R 4:33-36) y, de manera sorprendente, un hombre muerto revivió cuando su cuerpo entró en contacto con los huesos de Eliseo (2 R 13:21). En el Nuevo Testamento, Jesús resucitó a la hija de Jairo (Lc 8:40-56), al hijo de la viuda de Naín (Lc 7:11-17) y a Lázaro después de cuatro días en la tumba (Jn 11:43-44). Tras la crucifixión del Señor Jesús, ocurrieron hechos aún más notables: 

“Y los sepulcros se abrieron, y los cuerpos de muchos santos que habían dormido resucitaron” (Mt 27:52). 

Los apóstoles también ejercieron poder sobre la muerte: Pedro resucitó a Tabita (Hch 9:40-41) y Pablo resucitó a Eutico (Hch 20:9-12).

Estos relatos demuestran sin lugar a dudas que resucitar a los muertos no está fuera del poder de Dios. Las Escrituras afirman que 

“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He 13:8). 

Como el carácter y el poder de Dios no cambian, se deduce que resucitar a los muertos sigue siendo posible hoy si Dios así lo desea. No hay indicación bíblica de que Él haya retirado esta capacidad de Sus propósitos soberanos. Por el contrario, se nos recuerda que “para Dios todo es posible” (Mt 19:26).

La pregunta, entonces, no es si Dios puede resucitar a los muertos—por supuesto que puede—, sino si todavía lo hace hoy en día. 

Algunos creyentes alrededor del mundo comparten testimonios de supuestas resurrecciones” en respuesta a oraciones fervientes. Tales relatos son difíciles de creer e imposibles de verificar. Aunque es cierto que el principio bíblico permanece: “La oración eficaz del justo puede mucho” (Stg 5:16), y que el mismo Dios que resucitó al Señor Jesús sigue obrando hoy, lo conveniente en estos casos es actuar como Tomás cuando los otros discípulos le dijeron que habían visto al Señor Jesús resucitado:

Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré (Jn 20:25).

También es importante recordar que los milagros de Dios siempre se realizan conforme a Su voluntad, no conforme a nuestras demandas, ni siquiera conforme a nuestras oraciones. En Juan 11, el Señor Jesús permitió que Lázaro muriera para que una gloria mayor fuese mostrada mediante su resurrección. Del mismo modo, hoy Dios puede glorificarse mediante una intervención milagrosa, o puede optar por mostrar Su gloria a través del consuelo, la fortaleza y la esperanza de la resurrección futura. Pablo relata una experiencia similar: 

“...pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos (2 Co 1:8-9).

Para los cristianos, la seguridad última no está en la posibilidad de resurrecciones temporales en esta vida, sino en la resurrección final garantizada cuando Cristo regrese. El Señor Jesús declaró: 

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11:25). 

La resurrección del Señor Jesucristo es la prueba definitiva de que la muerte ha sido vencida y de que todos los que le pertenecen resucitarán un día para vida eterna.

Por lo tanto, aunque resucitar a los muertos sigue estando dentro del alcance del poder divino hoy en día, no es probable que Él decida actuar de esta manera. La muerte de un creyente también es una señal de Su autoridad sobre la vida y la muerte, y anticipa el glorioso día cuando Él:

“...enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado” (Ap 21:4). 

Hasta ese día, los creyentes debemos seguir orando con valentía, confiando humildemente y depositando nuestra esperanza en Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos, y que también nos resucitará con Él más allá de toda sombra de duda, cuando:

“... el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras(1 Ts 4:15-18).

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